Prohibido leerme así Capítulo 14
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Capítulo 14

Notas de trabajo, mis cojones

«Soren»

E rik espera exactamente seis segundos a que Julia cierre la puerta de su habitación.

Los cuenta, probablemente. Lo oigo hacerlo en la forma en que deja respirar la casa antes de hablar, apoyado junto al sofá con la copa en una mano y esa paciencia falsa de hombre que ya ha elegido dónde va a clavar el cuchillo.

—No vas a ir.

Recojo el último cuenco de la mesa, lo llevo al fregadero y abro el grifo. El agua golpea la cerámica con un ruido áspero. Me concentro en eso, en la sopa pegada al borde, en el paño húmedo que dejo junto al fregadero, en cualquier cosa que no sea la puerta cerrada de Julia al final del pasillo.

—No.

—Has contestado muy deprisa para alguien que no lo estaba pensando.

—Tú has tardado seis segundos en empezar. Para tu media habitual, has mostrado una contención heroica.

Erik bebe un sorbo de vino. Lo veo reflejado en el cristal oscuro de la ventana, con la camisa arrugada, el pelo algo húmedo por la lluvia y esa cara suya de hombre que disfruta demasiado de tener razón incluso cuando sabe que debería callarse.

—Me gusta que reconozcas mis avances personales. Ahora reconoce los tuyos.

Cierro el grifo y cojo el paño. La cerámica queda limpia, pero sigo pasando la tela por el borde del cuenco, más tiempo del necesario.

—No voy a hablar de esto contigo.

—Claro que no. Tú prefieres hablar de horarios, de orden y del modo más eficiente de no mirar a una mujer que te está alterando por dentro.

Me giro con el cuenco todavía en la mano.

—No necesito tu opinión.

—Sí la necesitas. Lo que pasa es que prefieres los consejos en forma de silencio para poder atribuirte las ideas.

Dejo el cuenco en el escurridor. El golpe suena demasiado fuerte en la cocina. Erik levanta una ceja, y esa pequeña victoria suya me irrita más que la frase.

—La dejaste creer que había alguien —continúa—. Eso ha sido una estupidez muy tuya. Sobria, ordenada, casi respetable por fuera y bastante cobarde por dentro.

No contesto porque no se equivoca y porque no soporto que no se equivoque.

—No le dije que tuviera pareja.

—No —concede—. Solo le diste una frase lo bastante ambigua para que ella construyera una mujer entera encima.

Aprieto el paño entre las manos.

—Le alivió.

—Ya. A ti también.

Erik deja la copa sobre la mesa baja y se acerca despacio, perdiendo parte de la burla por el camino. Aún la conserva, porque Erik sin burla sería una criatura mitológica, pero debajo hay algo más serio. También algo más personal.

—Pensaste que ella era una tentación y te protegiste.

La palabra me irrita en cuanto Erik la deja sobre la mesa.

Tentación.

Tiene algo mezquino. Suena a excusa de hombre que necesita sentirse noble porque desea a una mujer. Julia no es una mala decisión nacida del encierro. Tampoco es una prueba de autocontrol que pueda resolver con distancia.

Es tierna cuando se le escapa, feroz cuando defiende a las suyas y ridículamente vulnerable cuando cree que alguien la trata con cuidado.

Tiene esa forma de reírse de sí misma antes de que otro pueda hacerlo y esa inteligencia incómoda con la que mete la mano en sitios donde los demás colocan una alfombra encima.

Me desconcierta porque no espera nada de mí, pero tampoco me castiga por no dárselo. Me discute, me desmonta, me obliga a mirar el deseo de frente y luego baja la vista con una inseguridad que me dan ganas de tocar con los dedos.

Eso es mucho más difícil de rechazar.

Y yo no sé qué soy cuando ella está delante. Es la primera persona que me obliga a preguntarme qué queda de mí cuando dejo de observar y empiezo a querer responder.

—No pensé que era eso —digo.

Erik ladea la cabeza.

—Pero pensaste en algo. Tú creías que podrías ser indiferente —continúa—. Estoy seguro. Pensaste que podías encerrarte en una cabaña con ese volcán, leerla, corregirla, discutir sexo con ella, verla defender que una mujer mire una polla porque le gusta mirarla, y no pestañear ni una vez de más.

Resoplo.

—Me dijo que no era su tipo.

Erik se queda quieto. Después suelta una risa baja, casi escandalizada, como si acabara de recibir una noticia profundamente reparadora.

—Eso sí que me interesa. Cualquier mujer que te mire y decida que no eres su tipo merece, como mínimo, una invitación a cenar.

Le dedico una mirada. Erik la recibe con una facilidad insultante.

—Ah, espera. Eso ya lo intenté y me pusiste freno. Qué impropio de ti. Qué vulgarmente humano. Casi me emociono.

Vuelvo al fregadero y empiezo a secarme las manos con el paño. Esta vez sé perfectamente qué estoy haciendo con él. Necesito ocuparlas antes de decir algo más áspero de lo conveniente.

—Me dijiste que no la distrajera. Sonaba profesional y todo: «Erik, por favor, no alteres el delicado equilibrio creativo de la autora española».

—Se inclina un poco hacia delante, con la voz aún tranquila, pero menos ligera—.

No era una distracción para ella. Era una molestia para ti.

No necesito saber si te la has tirado para entender que no querías que yo lo intentara antes.

El paño queda inmóvil entre mis manos.

—Cuidado con lo que insinúas.

—Ahí está. El problema no es mi frase. Es que tú ya la tienes colocada en un sitio donde yo no puedo tocar ni el aire alrededor sin que te cambie la cara.

Me da igual que te guste. Me molesta que actuaras como si el único con interés fuera yo.

Pero no seas ingenuo, Soren. Probablemente creyó desde el primer día que la odiabas.

A ella, a sus libros, a sus lectoras, a todo lo que escribe.

¿Qué esperabas que hiciera ella? ¿Suspirar y decir: «por fin, un noruego seco que viene a explicarme mi propio oficio»?

Reducido así, suena casi exacto.

Es probable que mi distancia, mi juicio y mi falta de entusiasmo visible le hubieran dado justo el material necesario para clasificarme como hombre serio, frío, que no entiende y no desea nada de ella salvo quizá lo que puede corregir con un lápiz y una expresión de imbécil.

—Creo que es más complicado que eso —digo.

—Por supuesto que es más complicado. Siempre lo es contigo. Qué agotador. Pero tú decidiste que aquella frase era útil porque era más fácil que preguntarte por qué te molestaba que la dijera.

Erik recoge su copa, la sostiene sin beber y mira hacia la mesa donde el libro de Julia sigue cerrado, con varios papeles doblados asomando entre las páginas. Lo he dejado ahí con descuido porque mis anotaciones están en noruego.

—¿Sabes qué es lo más interesante? —pregunta, más bajo—. Que tus anotaciones al margen ni siquiera parecen hablar de la novela.

Me acerco a la mesa antes de que él toque nada.

—No lo abras —digo.

Eso, evidentemente, es lo mismo que ponerle un hueso en la boca a un perro y pedirle que no muerda.

—Ah —dice, levantando la vista hacia mí con una lentitud insoportable—. Entonces no son notas de trabajo.

—Son notas de trabajo.

—No lo parecen cuando dices «no lo abras» con voz de hombre al que acaban de encontrarle cartas de amor.

Tiro el paño sobre la encimera. El gesto sale más brusco de lo que pretendía.

—Erik. Te estoy pidiendo que no lo leas.

Esa frase solo lo detiene un segundo. Después tira del papel doblado que asoma entre las páginas con una delicadeza falsa, casi ofensiva, y lo abre.

—Erik.

Baja la vista.

Veo cómo le cambia la cara. La burla se le queda en la boca, pero pierde brillo, pierde velocidad. Durante un instante parece entender que ha cruzado una línea que no era de juego.

—Vaya —murmura.

Extiendo la mano.

—Dámelo.

Erik no me lo da todavía.

—Hay una herida constante bajo sus escenas más descaradas. Sus mujeres saben provocar, pedir, disfrutar y mirar de frente, pero aún están aprendiendo a creer que merecen ser tratadas bien.

—Te he dicho que no sigas.

—No sé qué esperabas leer en sus novelas —dice Erik—, pero esto no es una lectura profesional.

—Sí lo es.

—No. Esto eres tú encontrándola donde ella probablemente no quería que la encontraras.

Erik me sostiene la mirada, sin esa sonrisa fácil que usa para hacer que casi todo parezca menos serio de lo que es.

—Esta tampoco habla sobre el personaje, supongo —murmura Erik—: «Hace que sus mujeres miren primero para no tener que admitir que llevan demasiado tiempo esperando ser miradas».

—Y luego estaba esta —dice al fin—. «Le preocupa ser demasiado intensa, demasiado sentimental. Luego entra en una escena y todo lo que teme de sí misma acaba volviéndola imposible de ignorar».

—La mejor era la del margen de la página marcada —dice—. «Cuando retrasa el sexo, está comprobando si él sabe esperar sin castigarla».

Doy un paso hacia él.

—Dámelo, Erik.

Esta vez me lo entrega. Doblo el papel con cuidado. Lo guardo entre las páginas del libro y cierro la cubierta.

—Joder, Soren.

Recoge la manta del sofá y la sacude una vez antes de extenderla.

—No eran para ella.

—Ya. Eso se nota. No voy a decirte que vayas a hablar con ella —dice, acomodando el cojín—. De hecho, si lo haces esta noche, probablemente quedes como un idiota.

—Qué amable.

—Estoy agotado. Mi ternura sale defectuosa después de medianoche.

Miro otra vez hacia el pasillo. La puerta sigue cerrada.

—Hablas demasiado.

—Y tú no lo bastante, que es peor. Yo, al menos, aviso cuando estoy interesado. Lo que no entiendo —dice Erik, ya sin molestarse en disimular la curiosidad— es qué te detiene exactamente. A mí, desde luego, esto no me detendría.

—A ti deberían detenerte muchas cosas —respondo, dejando el paño sobre la encimera.

—Puede, pero no acostarme con ella.

Lo dice sin rodeos, con esa sinceridad descarada que siempre utiliza conmigo, pero esta vez también está molesto. Le puse un límite con Julia y ahora me obliga a mirar de frente la razón.

—¿Se supone que debo traerla a mi retiro, al que veníamos a escribir, encerrarla en una cabaña porque un contrato, la agenda y la editorial lo han puesto todo demasiado fácil, y seducirla? —pregunto, más bajo de lo que esperaba—. ¿En serio? ¿Eso te parece correcto?

—No, Soren. Acorralarla en una cabaña y usar el trabajo como excusa para meterle la lengua en la boca no me parece profesional.

Gracias por consultar al departamento ético de la literatura nórdica.

Lo que me parece curioso es que formules todo como si ella fuera un ciervo desorientado y tú un cazador con licencia.

Aprieto la mandíbula.

—No he dicho eso.

—No. Lo envuelves mejor. Tú siempre envuelves muy bien las cosas incómodas. Pero la idea sigue ahí, que si reconoces que la deseas, entonces automáticamente estás haciendo algo sucio con su posición aquí.

—Está en mi casa.

—Está en una cabaña alquilada para escribir contigo.

—Aislada.

—Con móvil, criterio propio y una capacidad bastante notable para decirte que eres imbécil si le pareces imbécil.

No respondo, porque eso sí es verdad. Julia no es frágil y no necesita que yo le explique dónde están los límites de una situación que ella habrá analizado antes de que yo terminara de entenderla.

Pero tampoco es tan simple.

Nada en ella lo es y eso es algo que no pienso explicárselo a Erik.

—Y encima —añade, señalando el libro con un movimiento mínimo de la mano— la entiendes mejor de lo que te conviene.

Esa es la parte que te tiene hecho un desastre.

No es que Julia esté buena. Lo está, felicidades por tener ojos.

Es que la has leído. Y ahora ya no puedes hacer como si solo fuera ruido, sexo y una española con demasiadas bromas en la boca.

—Estás disfrutando demasiado de esto.

—Un poco —admite—. Pero no tanto como parece. Además, no estamos hablando de mí.

—Tú sí. Constantemente.

Levanta las manos, pero la sonrisa se le queda a medias.

—Vale. Ilumíname. Me encantan tus momentos de superioridad moral con vajilla húmeda. ¿Qué piensas hacer?

—No voy a hacer nada.

Erik no responde enseguida.

—Nada —repite Erik, igual que si probara la palabra y no le gustara el sabor.

—Nada.

—¿Esta noche, mañana, cuando se os acabe el contrato? —pregunta Erik—. Dame una fecha aproximada para saber cuánto tiempo debo soportar esta tragedia.

—No voy a darte ninguna.

Erik abre la boca.

—No —lo corto—. Y aunque lo hiciera nunca te lo diría.

—Qué horror —murmura—. Cuando te pones íntegro eres insufrible.

Vuelvo a mirar hacia el pasillo. Erik observa mi mirada.

—Te la has sacudido mientras la leías, ¿verdad?

—¿Qué cojones, Erik?

—Vamos, no seas tan misterioso. Has pasado noches leyendo novelas eróticas de una mujer que tienes aquí, en tu casa, al otro lado de un pasillo ridículamente corto.

Has marcado escenas, has escrito notas que parecen hechas por un monje reprimido con una crisis de fe y luego has acabado con ella en el asiento trasero de un coche, empañando cristales como estuvierais ardiendo. La pregunta es bastante sencilla.

—No es una pregunta que vaya a contestarte.

—Ah —dice Erik, inclinando la cabeza con una comprensión ofensiva—. O sea que sí.

—Eso es bajo incluso para ti —digo.

—Solo quiero saber si eres humano. No te estoy preguntando para burlarme de que te ponga.

—Eso sería una novedad.

—Me estoy burlando un poco, claro. Tengo principios muy flexibles, pero no inexistentes.

Me paso una mano por la nuca, cansado de él, de mí y de haber dejado que la conversación llegue hasta aquí.

—Sí —añado, antes de poder pensarlo mejor.

Erik levanta apenas las cejas.

—¿Sí a qué?

Lo miro.

—¿Necesitas que te lo deletree?

Erik tarda un segundo en reaccionar. Después suelta una risa baja, casi incrédula.

—Joder.

—Has preguntado.

—Sí, pero no esperaba que fueras a contestar. Me has desestabilizado. No me gusta.

—Me alegra aportar algo a tu noche.

—Como un puto adolescente —murmura, negando con la cabeza—. Con ella a dos metros. Durmiendo en el dormitorio del fondo.

Se tumba por fin, tira de la manta hasta el pecho y se acomoda con un gruñido bajo. Parece cansado de verdad, aunque no le afecte a la lengua, por desgracia.

—Duerme.

—Eso intento, pero hay mucha represión sexual en el ambiente y soy sensible.

Apago la luz de la cocina y dejo una lámpara pequeña encendida en el salón. La casa está oscura, Erik duerme en medio y Julia podría levantarse durante la noche para beber agua o buscar el cargador que ha olvidado en la encimera.

Lo dejo sobre la repisa del pasillo, donde lo verá al salir.

Práctico, razonable y fácil de defender.