Capítulo 13 #2
—Dudo que su mujer opine que es tan inmune —digo, cogiendo la copa de agua porque necesito algo entre mis dedos.
Erik parpadea perplejo.
Esa es la primera señal de alarma. Se queda mirándome con una sorpresa tan real que el estómago se me contrae antes de que diga nada.
—¿Mujer? —pregunta al fin, y gira la cabeza hacia Soren—. ¿Tú?
Soren deja el pan sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Nunca te dije que la tuviera —me dice solamente a mí—. Dije que alguien sabía que estábamos aquí. Y sabía que podía confiar en mí para no convertir el retiro en otra cosa… Y me refería a Erik.
La cocina se queda muy quieta. Quizá lo que se queda quieto es ese sitio de mi cabeza donde llevaba días sentada una noruega alta, elegante, discreta, muy superior a mí en gestión emocional y en confianza.
Todo eso lo puse yo. Yo levanté a una mujer entera con media frase, en voz baja y mi capacidad absurda para rellenar huecos cuando me conviene.
Erik abre la boca.
Soren lo mira por fin.
—Ni una palabra.
Erik la cierra despacio, aunque se le queda la expresión de un hombre que acaba de descubrir que ha sido utilizado como atrezo sentimental.
—Entonces la señora noruega de casi dos metros era tu editor —murmuro.
Erik levanta un dedo, con prudencia admirable.
—Sin que sirva de precedente, me gustaría aclarar que no soy una señora, no soy noruego de nacimiento y, aunque he tenido épocas magníficas, nunca he medido dos metros.
Nadie se ríe. Ni siquiera él, que parece valorar el intento y retirarlo por falta de público.
—Dejaste que lo malinterpretara —digo, y odio que la frase me salga menos afilada de lo que pretendía—. Te convenía que yo lo creyera.
Soren traga. Lo veo. La nuez se le mueve despacio en la garganta, y odio que mi cuerpo registre ese gesto incluso ahora, cuando estoy enfadada, cuando debería estar pensando solo en la media mentira, en la cobardía elegante de dejar que otra persona se equivoque porque el error conviene.
—Sí —admite—. No lo corregí, pero tú tampoco preguntaste más.
—No parecías una persona especialmente dispuesta a repartir folletos sobre su vida privada.
Y después tampoco quise detalles y agradecía que él no los diera, pero eso no se lo digo.
—Voy a poner la mesa —dice Erik, levantándose con su copa en la mano—. O a actuar como si supiera dónde están los cubiertos. Cualquiera de las dos cosas parece menos peligrosa que seguir aquí.
Erik se aleja hacia los cajones. Abre uno, luego otro. Hace ruido de hombre muy ocupado en no escuchar, aunque todos sabemos que está escuchando hasta el vapor de la olla.
—Vi que te aliviaba —añade Soren, más bajo—. No debería haberlo hecho. Pero fue más fácil dejarlo así. Tú respiraste mejor cuando pensaste que había una línea clara. Y yo no tuve que ponerla.
Desde la cocina, Erik deja caer un tenedor dentro de un cajón con un estrépito criminal.
—Perdón —dice, demasiado rápido—. Cubiertos noruegos. Muy temperamentales.
—Erik —advierte Soren.
—Ya. Mesa. Silencio. Tenedores.
El intento casi me arranca una risa, pero se me queda en la garganta. Al final cojo mi libro y lo cierro del todo, porque verlo abierto mientras hablamos de esto me parece una obscenidad nueva.
—Bueno —digo, dejando la copa en la mesa antes de que mi agitación decida contar más de la cuenta—. Entonces ya no hay señora noruega. Me caía bastante bien. Era alta, discreta, cuidaba bien de sus plantas.
—Si tuviera a alguien, no habría llegado… a eso—dice al fin, despacio, sin solemnidad—. No habría puesto mi cuerpo en una escena que pudiera confundirse con otra cosa.
Supongo que se refiere a la mesa, al coche, a su mano en mi nuca, a su boca a punto de tocar la mía y a su polla dura bajo mi palma.
—No tienes que explicarme tu código moral —respondo.
—Esta parte sí.
Y eso me calla.
—Al principio dejé ahí el malentendido porque nos servía a los dos —dice, más bajo—.
Tú dejabas de preguntarte si yo podía querer algo, y yo no tenía que preguntarme qué haría si lo querías tú.
Pero si hubiera alguien de verdad, Julia, lo habría dejado bien claro desde el principio.
Y yo me habría comportado de otra forma.
Pensé que con los días lo habías entendido.
Me río, pero no tiene gracia.
—¿Por ciencia infusa?
—Porque no había nadie que me llamara ni mensajes ni conversación. Yo creí que era evidente.
—Soren, tú podrías tener mujer, tres hijos, una hipoteca y un perro llamado Lars, y seguirías pareciendo un hombre que solo tiene libros, café y una relación emocionalmente compleja con el silencio.
Yo me paso una mano por la frente, cansada de mí, de él, de la mujer inexistente y de lo fácil que mi cabeza rellena huecos y luego me los cobra.
—No estoy enfadada contigo —digo—. Tu vida privada no era asunto mío, y yo no pregunté porque tampoco tenía unas ganas enormes de saber. La señora noruega me ordenaba bastante la cabeza. Una pena que fuera Erik con mejor pelo.
Soren no contesta. Solo me mira.
Y Erik, por desgracia, que elige ese momento para dejar tres tenedores sobre la mesa con una delicadeza de enterrador.
—Voy a fingir que no he oído nada de esto —dice.
—Pues hazlo mejor —responde Soren, sin dejar de mirarme.
Erik asiente con una solemnidad completamente falsa.
—Fingiré con más convicción.
—La cena se enfría —digo, moviéndome hacia la mesa.
Es una frase práctica, casi ridícula y perfecta porque necesito sentarme a una mesa con dos hombres y comportarme como si no supiera si sentirme enfadada o… aliviada.