Prohibido leerme así Capítulo 13
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Capítulo 13

Erik detecta contexto, Soren contempla el asesinato

«Julia»

— V eo que la espera no ha sido completamente insoportable —comenta Erik mirándonos con curiosidad.

Soren gira la cabeza hacia él.

—Erik.

Mi nombre nunca ha sonado así en boca de Soren. Para Erik viene con historial, amenaza y una paciencia agotada desde hace años. Él, por supuesto, sonríe con la tranquilidad obscena de quien ha sobrevivido a demasiados tonos parecidos y ha decidido coleccionarlos.

—Solo constato que el coche está empañado por dentro y que Julia está en el asiento trasero con una manta —responde, levantando las manos con una inocencia carísima—. Soy editor, Soren. Me pagan por detectar contexto.

—Te pagan por editar libros.

—También por entender escenas. Las ruedas explican por qué seguís aquí. La cara que tenéis al verme explica otra cosa.

—Nuestra cara explica que estamos mojados, helados y con un coche inútil en mitad de una carretera —contesto, demasiado rápido para parecer indiferente—. Es un contexto muy rico, ya que estás trabajando.

Erik arquea una ceja, encantado de haber encontrado una grieta por la que meter los dedos.

—Qué alivio. Durante un segundo pensé que había interrumpido algo.

Soren abre la boca antes que yo.

—Sube al coche, Erik. Llueve.

—Eso también lo había detectado.

El muy imbécil sonríe hacia mí, pero su sonrisa no es del todo invasiva. Tiene el punto justo de burla de un hombre acostumbrado a leer escenas ajenas, aunque esta vez se esté divirtiendo demasiado con una que no debería pertenecerle.

Yo salgo del todoterreno envuelta en la manta y con las botas resbalando sobre la grava húmeda.

Soren baja detrás de mí, cierra el coche y se queda un segundo junto a la rueda rajada, mirando la goma con una quietud seca.

Erik observa la escena desde fuera, con una mano apoyada en el techo de su coche y la otra sosteniendo las llaves.

—Has hecho fotos, supongo.

—Sí.

—Has avisado a la grúa.

—Sí.

—Has pensado en tres teorías distintas sobre quién ha podido hacerlo.

Soren lo mira.

—Cinco.

—Ese es mi chico. Vale, subimos. Antes de que Julia decida que todos los noruegos conversamos así y se vuelva a España con material para un ensayo.

—Para un ensayo tendría que entenderos primero —digo, caminando hacia su coche con la manta demasiado apretada alrededor del cuerpo—. Y de momento solo tengo dos ejemplares de muestra.

Erik me abre la parte trasera con una leve inclinación de cabeza.

—Me gusta que me tengas presente como ejemplar de muestra.

—Estoy improvisando.

Soren deja una breve instrucción en noruego por teléfono antes de sentarse delante. Cierra, se abrocha el cinturón y el coche de Erik se llena de otra clase de olor. Cuero caro, colonia, algo cítrico que no consigue borrar de mi nariz el jabón de Soren ni la lana húmeda de su jersey.

—¿Estás bien? —pregunta Erik, mirándome por el retrovisor.

—Congelada, embarrada y con una relación nueva y compleja con los neumáticos, pero entera.

—Bienvenida a la Noruega rural. Todo parece pacífico hasta que alguien decide expresar sus emociones con una navaja.

Soren mira por la ventanilla, serio, cerrado, con la mandíbula marcada por una tensión que no tiene el mismo sabor que hace diez minutos.

El coche empieza a bajar por la carretera estrecha.

Los faros cortan la lluvia y arrancan destellos blancos a las piedras mojadas.

Erik conduce bien, aunque de una forma distinta a Soren, más confiado en las curvas, más dispuesto a creer que la carretera va a perdonarle.

Soren no corrige nada. Ese silencio suyo tiene mérito y también mala leche, porque me obliga a mirar por la ventanilla para no quedarme atrapada en su perfil.

—Puedo dejarla primero en la cabaña —dice Erik, rompiendo el silencio—. Y puedo llevarte luego al taller y asistirte en la conversación sobre ruedas, vandalismo y masculinidad herida.

—A la cabaña —responde Soren antes de que yo abra la boca—. Ya iré al taller mañana.

Erik levanta las cejas.

—Vaya. Decisión rápida.

Lo encuentro mirándome por el retrovisor.

—Julia, dime una cosa —dice, con esa voz de editor que viste de casualidad mientras afila el lápiz—. ¿Soren ya ha sido insoportable con la verosimilitud de las escenas?

—Desde el primer día. Creo que al principio intentó no serlo por educación, pero le duró media página.

—Me tranquiliza saber que no reserva su encanto para el mercado nacional.

Soren gira la cabeza hacia el parabrisas, aunque puedo verle la boca desde mi sitio. No sonríe. Tampoco parece completamente inocente.

—Ayer dijo que dos adultos no acabarían follando en un coche si podían hacerlo en una cama —añado, porque mi lengua elige ese momento para lanzarse por un acantilado.

Soren se queda inmóvil.

Erik tarda menos de medio segundo en entender la parte que más le divierte.

—Ahora me siento profundamente intrigado por vuestro arco narrativo.

—El de la novela es sencillo —digo, ajustándome la manta sobre las rodillas—. Un crimen, una escritora intentando meter deseo donde tu autor estrella solo ve pruebas forenses, y un coche que ayer fue declarado escenario poco verosímil para perder la cabeza.

Erik sonríe al retrovisor.

—¿Y hoy?

—Hoy el coche ha aportado lluvia, frío, ruedas rajadas y una espera absurda solo como buen material narrativo.

—Curioso que hagas esa distinción tan deprisa.

—Curioso que conduzcas mirando tanto por el retrovisor.

Soren gira la cabeza hacia Erik.

—Mira la carretera, Erik —le ordena.

—La estoy mirando. También estoy mirando el subtexto, pero de forma responsable.

—Prueba a hacerlo en silencio.

—El silencio es tu especialidad. Yo aporto equilibrio al ecosistema.

Erik toma una curva con una tranquilidad insultante. El coche se inclina y la manta se me desliza sobre las rodillas. Me la ajusto sin mirar hacia delante, porque si veo la nuca de Soren, la línea de su cuello y esa forma rígida de contenerse, voy a recordar otra vez su mano guiando la mía.

—Por cierto —dice Erik—, esta noche no vuelvo a Bergen.

Soren gira despacio la cabeza.

—Vuelves.

—En absoluto. Mi ayuda merece techo, vino y un sofá.

—El hotel del pueblo está abierto.

—Está en dirección contraria y tú tienes una cabaña con más de una habitación, electricidad y un nivel de calefacción que considero civilizado.

Miro a Soren por el hueco entre los asientos. Le molesta a lo grande. No sé si por Erik, por la invasión de la cabaña o porque un testigo con demasiada imaginación va a dormir bajo el mismo techo después de interrumpirnos con la boca a un suspiro.

—Se queda —digo.

Los dos me miran. Erik por el retrovisor. Soren apenas vuelve la cabeza, pero basta para que la temperatura del coche cambie.

—Es de noche, la carretera está fatal y, si se mata en una curva, tendríamos que cargar con un muerto —añado, porque necesito que suene razonable y no a mujer desesperada por meter una tercera persona entre la boca de Soren y la mía—. Llevo demasiadas emociones para sumar papeleo funerario.

Erik sonríe.

—Me conmueve que alguien piense en mi supervivencia.

—Te he usado como argumento práctico. No te emociones.

—Los argumentos prácticos también pueden tener ternura.

Soren me mira un segundo más. Hay algo en su expresión que me toca en un sitio incómodo, porque parece entender exactamente por qué he hablado.

—Dormirás en el sofá —acepta, volviendo la vista a la carretera.

—Qué hospitalario.

—Sin quejas.

—Mis quejas son parte de mi encanto.

—Entonces esta noche intenta tener menos encanto.

Erik se ríe entre dientes y sigue conduciendo. Yo apoyo la cabeza en el cristal frío, con el abrigo húmedo sobre las rodillas y la certeza absurda de que, por primera vez desde que llegué a Noruega, la presencia de Erik me parece casi una medida de seguridad.

El calor de la cabaña me golpea en la cara con olor a madera, brasas apagadas y ese fondo de café, libros y limpieza sobria que ya asocio demasiado con Soren.

Me cambio en mi habitación con ropa seca, pero el cuerpo tarda más en obedecer que la tela.

Cuando vuelvo abajo, llevo el pelo húmedo recogido de cualquier manera y el jersey más grueso que he encontrado en la maleta.

Soren está en la cocina con las mangas remangadas, removiendo una olla que suelta vapor. Erik se ha instalado en una silla de la mesa con una copa de vino y uno de mis libros abierto delante.

Qué maravilla.

La noche decide no darme ni cinco minutos de conducta normal.

Erik levanta la vista con una tranquilidad demasiado estudiada.

—Soren lo tenía sobre la mesa —dice, pasando un dedo por el canto del libro sin cerrarlo—. Con anotaciones.

Soren no se gira, pero deja el cucharón apoyado en el borde de la olla con un cuidado que dice demasiadas cosas.

—Ese libro no es para ti.

—Eso resulta evidente. Hay marcas que no se hacen para compartir.

Bajo los últimos escalones y Soren se gira entonces con el plato de pan en una mano. Sus ojos van primero al libro, después a Erik, después a mí. El gesto es tranquilo, pero la calma ya no le queda tan perfecta como antes.

—La cena está lista.

Erik mantiene la mano sobre la página.

—Intentaba entender qué busca cuando te lee.

Una novela publicada se puede leer por curiosidad, por trabajo o por prejuicio.

Leerla de noche, con lápiz, y detenerse justo en las escenas donde consigues que un hombre se empalme antes de que nadie haya tenido la decencia de bajarle la bragueta ya entra en otra categoría.

—Cierra el libro —le ordena Soren con sequedad.

—Me sorprendes, eso es todo. Te hacía más inmune. Te tenía por esa clase de hombre que considera el sexo una interrupción del pensamiento.

Soren mira a Erik con cara de querer quitarle el libro, la copa, la silla y quizá varios años de amistad.

Yo debería callarme. Hay momentos en los que una mujer sensata se sienta, come sopa y deja que los hombres se destruyan solos.

Hago exactamente lo contrario.