Prohibido leerme así Capítulo 12
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Capítulo 12

Curso avanzado de calefacción humana con riesgo narrativo

«Julia»

M e cambio al asiento trasero con una torpeza poco elegante.

El todoterreno es amplio, pero no tanto cuando llevas abrigo, botas húmedas, una manta y demasiadas cosas no dichas pegadas al cuerpo.

Soren se sienta después, dejando espacio entre nosotros, cierra la puerta y el golpe nos encierra en un silencio distinto. Más pequeño.

Afuera la lluvia resbala por los cristales. Dentro, el calor empieza a escaparse rápido, y el vaho sube despacio por las ventanas como si el coche estuviera respirando por nosotros.

Soren extiende la manta sobre los dos.

—Quítate el abrigo —dice al cabo de un momento, mirando la mancha oscura de humedad sobre mi hombro—. Está mojado y te va a enfriar más.

—Esto empieza a parecer un secuestro con recomendaciones textiles.

—Julia.

Mi nombre suena bajo. No impaciente. Preocupado. Y eso me desmonta más que cualquier orden.

Me quito el abrigo como puedo, peleándome con la manga izquierda, y él me ayuda solo cuando ve que estoy a punto de arrancarme un brazo.

Sus dedos rozan mi muñeca al liberar la tela. Nada. Casi nada. Pero mi cuerpo, que hoy está demostrando una capacidad de razonamiento absolutamente indecente, convierte ese roce en algo que no debería ser.

Soren deja mi abrigo sobre el asiento delantero y se quita el suyo también. Debajo lleva un jersey oscuro, otro, porque al parecer Noruega fabrica hombres y jerséis con el mismo material: lana, silencio y peligro.

Yo llevo el mío, más fino, y una camiseta debajo, pero el frío se ha metido en la tela y me tiembla la espalda.

—Ven aquí —dice.

Lo miro.

—¿Perdona?

Soren sostiene mi mirada un segundo, y ahí está otra vez esa pausa suya, mínima, oyendo su propia frase un instante después de decirla y revisando si acaba de pisar una mina que él mismo señaló en el mapa.

Porque lo ha hecho.

La ha pisado con toda la bota noruega.

—Tienes frío —dice, señalándome con un movimiento apenas visible de la mano—. Si te acercas, entrarás en calor antes.

—Ah, no, perdona. Eso era un «ven aquí» de macho alfa.

Y ahí llega a los labios una sonrisa digna de Miguel Ángel.

—No era una orden —dice, despacio.

—Ha sonado como una.

—Sí.

El reconocimiento me desarma un poco, porque yo estaba preparada para hacerle una exposición oral sobre la hipocresía de los hombres que critican a los machos alfa de novela y luego, en cuanto tienen una manta, un coche y una mujer tiritando, sacan la voz de «acércate» como si viniera incluida en el manual del todoterreno.

Pero Soren no se defiende.

Qué falta de deportividad.

—Dijiste que ningún hombre normal le hablaría así a una mujer sin parecer un idiota —le recuerdo, ajustándome el jersey sobre el pecho porque el frío se me ha colado por debajo de la camiseta y empieza a instalarse ahí con bastante mala educación—.

Y ahora resulta que tu gran estrategia de supervivencia es: «ven aquí».

—Entonces lo reformulo.

—No, espera, no lo arregles tan deprisa. Solo te ha faltado añadir «pequeña» al final para completar la experiencia. «Ven aquí, pequeña.» Muy de hombre dominante.

—Jamás diría eso.

—Ah, perdona. No quería manchar tu expediente moral.

—Aunque eres pequeña —añade, y lo dice con tanta calma que durante medio segundo no sé si reírme, ofenderme o usar la manta para estrangularlo con fines educativos.

Lo miro muy despacio.

—No soy pequeña, Soren. Mi estatura está por encima de la media española. Otra cosa es que tú me estés midiendo bajo tus estándares de gigante nórdico criado con salmón, nieve y superioridad ósea.

—Julia, estás temblando de frío. Ven aquí —repite, pero esta vez la frase sale más baja—. Sin «pequeña».

Me acerco antes de hacer una broma peor.

El calor de su cuerpo me alcanza de inmediato, sólido, real, casi insultante. Soren levanta un brazo y lo apoya sobre el respaldo, detrás de mí. Deja espacio, por supuesto.

Yo soy la que termina inclinándome hacia él.

Hasta que mi hombro toca su pecho, y la parte externa de mi muslo queda contra el suyo. Soren baja el brazo despacio, colocándolo alrededor de mis hombros. Su mano se queda por debajo de mi hombro, frotando arriba y abajo, con una firmeza tranquila.

—¿Mejor? —pregunta.

Mejor.

Qué palabra más estúpida.

Sí. Mejor para el frío. Peor para absolutamente todo lo demás.

El frío empieza a retirarse muy despacio de mis dedos, pero no de mi estómago. Ahí se queda otra cosa. Una tensión baja, caliente, que no tiene nada que ver con la temperatura exterior.

El coche huele a Soren. A su jabón. A ese olor limpio suyo que en la cabaña se dispersa por habitaciones grandes y aquí no tiene dónde esconderse.

Me llega directo, mezclado con su calor, con su brazo alrededor de mí, con el latido lento que noto contra mi sien cuando apoyo un poco más la cabeza.

El mundo se vuelve blanco en los bordes, gris en el centro y reducido a esto y a mi cabeza empeñada en registrar todo cuando debería limitarse a señalarlo como hombre con alguien que confía en él.

—Para considerar bastante absurda la idea de dos adultos en un coche —digo, mirando el vaho del cristal porque mirarlo a él sería un error administrativo—, estás colaborando mucho con el género.

—Dije que no entendía por qué elegirían un coche si podían elegir una cama.

—Y ahora estamos aquí detrás, bajo una manta, con los cristales empañados y las cuatro ruedas rajadas. Felicidades. Has encontrado el motivo.

Soren guarda silencio un segundo.

—Sí —dice al fin—. Este motivo sí me lo creo. Sería fácil acabar follando.

Joder.

Lo dice así.

Debería sonar fuera de lugar en un hombre que ordena lápices, conduce con calma y ayuda a quitarse un abrigo mojado sin rozar más de lo necesario.

Pero no.

Suena posible.

Y eso es muchísimo peor.

Su mano cambia apenas sobre mi brazo. Solo un ajuste, quizá porque la manta se ha deslizado un poco o el brazo se le ha cansado.

Los dedos rozan mi cuello. Más jersey que piel, pero la zona bajo la tela parece enterarse con una claridad excesiva.

Me quedo quieta.

Él también.

Durante un segundo, lo único que se mueve es una gota en el cristal lateral, que desciende muy lenta, abriendo una línea limpia en el vaho.

La sigo con la vista porque no puedo seguir su mano, porque si bajo los ojos al punto donde sus dedos descansan tan cerca de mi cuello, algo en mi cara va a delatarme.

Soren retira sus dedos un centímetro de mi piel como si hubiera notado el borde exacto de algo y decidiera no apoyarse encima.

Eso debería aliviarme.

Me enciende más.

Porque ahora no sé si se ha apartado por prudencia, por desinterés o por esa maldita mujer invisible que confía en él desde algún lugar donde seguro que nadie se sienta en coches empañados con escritores ajenos.

No sé si Soren se contiene porque es decente o porque no hay nada que contener.

No sé si su calma es hielo o disciplina.

Y esa duda es peor que una respuesta.

Me muevo para recolocarme, porque la postura empieza a tensarme la espalda y porque necesito romper algo, aunque sea la posición.

El asiento trasero no está pensado para hacer nada con elegancia. La manta se engancha en mi rodilla, mi bota resbala un poco en la alfombrilla y, al girarme hacia él para liberar la tela, mi mano cae sobre su muslo.

El contacto dura apenas un segundo, pero mi palma registra músculo firme, calor bajo los dedos y la respiración de Soren deteniéndose un segundo.

Retiro la mano como si me hubiera quemado.

—Perdón.

La palabra sale baja. Rápida. Demasiado real para disfrazarla. Con cualquier otro hombre no hubiera hecho falta, pero sí con él.

Soren sigue con el brazo alrededor de mis hombros, pero su cuerpo ya no está igual. Algo se ha tensado desde el punto donde lo he tocado hasta la mandíbula.

—No pasa nada —dice, sin mirarme—. Aunque… supongo que esta es la parte en la que escribirías «la tensión aumenta».

Suena a algo que ha decidido nombrar sin nombrarlo.

—No —respondo, y mi voz no sale tan estable como quiero—. Escribiría algo mejor.

Soren gira apenas la cabeza.

—¿Qué?

No debería contestar.

Hay respuestas que abren puertas y yo ya estoy sentada demasiado cerca de una con doble candado. Pero también soy escritora, estoy helada, tengo la sangre llena de electricidad y él me está mirando como si la respuesta importara de verdad.

—Que el cuerpo entiende antes que la cabeza cuándo un silencio ha dejado de ser seguro.

—¿Y qué entiende? —pregunta al fin.

Lo dice bajo, sin mirarme y , aun así, la pregunta me entra directa al estómago.

Me incorporo un poco, no sé si para alejarme o para mirarlo mejor. Apoyo la mano sobre su pecho antes de pensarlo. Sobre el jersey oscuro, justo donde noto la firmeza de su cuerpo debajo de la lana húmeda.

Lo hago porque necesito distancia y colocar la mano ahí pudiera mantenerlo todo a raya, pero en cuanto mis dedos se abren sobre él entiendo que no estoy empujando.

Estoy tocando.

Soren se queda absolutamente quieto.

La respiración le cambia bajo mi palma. La lana sube contra mis dedos y baja después, más despacio.

Le noto el pecho ancho, duro, caliente, el latido muy hondo debajo de la tela. No tan rápido como el mío. Pero como si su cuerpo tuviera otra manera de alterarse no rompiéndose hacia fuera, sino concentrándolo todo hacia dentro.

—¿Qué entiendes, Julia? —insiste.

No está pidiendo una clase.

El cabrón me está haciendo hablar porque sabe que, si lo nombro, esto deja de ser un accidente.

—Que no estás tan tranquilo como pareces.

El silencio posterior tiene dientes.

Su garganta se mueve. Traga despacio, y miro sin disimular la nuez subiendo, la piel húmeda del cuello, la sombra de la barba, el pulso latiendo apenas en el lateral.

—No —admite—. No estoy tan tranquilo.

Mi mano baja sin permiso del pecho al esternón.

Del esternón a la parte alta del abdomen.

Sigo sobre el jersey, pero la tela es fina y está pegada lo suficiente para que mis dedos entiendan la forma de su cuerpo debajo.

El corte firme de los músculos, el calor concentrado, el movimiento contenido de su respiración cuando mis dedos llegan a su estómago.

Soren no me detiene. Sus ojos permanecen en mi cara, pero la mano que tenía sobre su muslo se cierra poco a poco, hasta que los nudillos se le marcan.

Eso sí me calienta.

No lo bueno que está. Esto. Ver cómo se contiene y deja que lo toque, pero no convierte mi gesto en un permiso para tomar nada más.

—Estoy empezando a sospechar que Noruega utiliza el clima para obligar a la gente a intimar —murmuro.

—Funciona mal. La natalidad es baja.

La frase me saca una risa breve.

—Igual el problema no es el clima —murmuro, porque soy imbécil y porque, al parecer, mi instinto de supervivencia ha decidido morirse discretamente en el asiento trasero de un todoterreno—, sino que los noruegos no dais la talla.

Soren baja los ojos a mi mano sobre su estómago. Mueve la suya libre hasta cubrir mis dedos. Su palma es grande y caliente. Me rodea la mano entera, y durante un segundo solo hace eso, cerrarla bajo la suya, mantenerme allí, sobre la tensión dura de su abdomen.

—Sigue bajando la mano y sal de dudas.

El cabrón lo dice seco, tranquilo, correcto.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Se me vacía el aire de una forma ridícula, torpe, demasiado obvia. Soren lo oye porque su mano se queda un instante más sobre la mía antes de empezar a moverla.

Despacio.

Baja conmigo sobre el jersey, por la línea de su abdomen, y cada centímetro parece escrito para alterarme. El tejido cambia bajo mis dedos. Primero músculo, después la curva baja del vientre, después el borde del cinturón.

Ahí se detiene.

Me mira.

Su mano empuja la mía un poco más abajo.

Dejo que me la lleve sobre él. Sobre la dureza clara, caliente, encerrada bajo el vaquero.

Se me va la cabeza.

No hay defensa feminista del deseo que me salve de la realidad sencilla y obscena de tener la mano sobre la erección de Soren mientras él sigue mirándome con esa calma rota por los bordes.

Está duro.

Mucho.

Y toda esa contención suya, todo ese silencio, toda esa forma de apartarse a tiempo, de medir la distancia, de tocar sin tomar, se vuelve de pronto mucho más indecente que si hubiera perdido el control desde el principio.

—Ah —se me escapa.

Soren cierra los ojos un instante. Cuando los abre su mirada baja, se queda en mis labios, y luego vuelve a mis ojos con una lentitud que no tiene nada de casual. La mano que descansa en mi hombro se cierra un poco para atraerme más hacia él.

—¿Y ahora? —pregunta—. ¿Qué entiendes?

—No entiendo nada —confieso a media voz.

Una defensa pobre, casi ridícula, teniendo en cuenta que sigo a centímetros de él, con la mano sobre su polla y con el cuerpo entero pendiente de su boca.

—A mí me parece que sí.

Me quedo mirándolo y noto el calor treparme por el cuello. Porque no está preguntando como antes. Me está leyendo. Y lo hace bien. Demasiado bien.

—Si querías saberlo —dice despacio—, ya lo sabes.

Se me vacía la cabeza.

Así de sencillo.

Si querías saberlo, ya lo sabes.

No «sí, estoy excitado». No «me pones». No «no puedo más». Nada que pueda guardarse como una confesión completa. Y me destroza un poco.

Porque eso sí lo quería saber, si el deseo de Soren era real o si yo me lo estaba inventando por culpa de la palabra follando y de esa forma suya de estar cerca sin invadir.

He querido comprobar si debajo de su calma había carne. Respuesta. Hambre. Algo que no pudiera ordenar en una página.

Sube despacio sus dedos hasta mi cuello y nuca. Me rodea la piel con los dedos, justo donde mi pulso se le entrega con una indecencia imposible de disimular.

El pulgar queda sobre la vena como si el latido bajo su dedo le hubiera contestado algo que mi boca todavía no puede decir sin romperse un poco.

Entonces los faros del coche de Erik aparecen entre los árboles.

Primero una luz blanca, borrosa por la lluvia.

Después dos.

Cortan el vaho del parabrisas desde fuera, atraviesan el cristal empañado y caen sobre nosotros.

Durante una fracción de segundo ninguno nos movemos. Él sigue con la mano en mi nuca y la boca a nada de la mía, como si también él necesitara un instante para aceptar que el mundo ha vuelto. Después cierra los ojos apenas, solo un parpadeo más largo de lo normal, y retira las manos despacio.

La ausencia me deja fría en el sitio exacto donde me estaba quemando.

—Erik —dice.

Su voz casi suena normal.

Casi.