Prohibido leerme así Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Lo miro, y el muy desgraciado sigue serio, con el pelo desordenado por el viento y barro en las botas, sosteniendo la discusión sin invadirla ni quitarme la razón, y sin darme una excusa lo bastante mala para odiarlo con comodidad.

—Podías haberme dicho que Erik estaba presionando.

—Sí —responde—. Podría haberlo hecho. Pero no confundas eso con que no quiera escribir esto contigo.

—Y podías haberme dicho que habías escrito ese informe.

—También.

—Qué irritante eres cuando no discutes.

—Puedo discutir —responde—, pero no eso.

El viento mueve los abetos detrás de nosotros. Abajo, el fiordo sigue negro, quieto, antipático. El lugar perfecto para esconder un cadáver o una conversación que nadie sabe manejar del todo.

—Estoy un poco dolida —digo al fin—. No enfadada.

—De acuerdo.

—Y sigo pensando que tu informe fue una mierda.

—Eso puedo discutirlo menos de lo que me gustaría.

Resoplo, porque esa respuesta sí suena a él, y porque una parte absurda de mí agradece que no intente arreglarlo con una frase bonita.

Cuando regresamos al coche, ya casi ha oscurecido del todo. La lluvia fina se ha convertido en una especie de aguja líquida que se mete por el cuello del abrigo, y yo camino rápido, imaginando la calefacción como quien imagina un amante generoso.

Llegamos al apartadero y él se detiene sin decir nada. Ese silencio me pone alerta antes de ver el problema.

—¿Qué pasa? —pregunto, acercándome a su lado.

Soren enfoca con la linterna la rueda delantera izquierda. La goma está hundida, abierta en un corte nítido, feo, demasiado largo para parecer mala suerte.

Luego rodea el coche sin prisa, aunque la tensión le ha cambiado la espalda. Mira la rueda trasera del mismo lado y después la del otro.

También están rajadas.

—Joder —murmuro.

—Sí.

El monosílabo sale plano, pero algo debajo no lo está. Soren se agacha junto a la rueda trasera, pasa los dedos cerca del corte sin tocar demasiado y se queda observándolo como si la goma pudiera confesar.

Yo miro alrededor, hacia la carretera vacía, los árboles, el fiordo al fondo. De pronto el sitio deja de parecer precioso y se vuelve demasiado oscuro y lejos de cualquier parte.

—¿Ha sido alguien? —pregunto, aunque la respuesta está en la pregunta.

Soren saca el móvil y hace fotos. Una rueda. Otra. El corte. La matrícula. El apartadero. Luego se incorpora y mira hacia la curva por la que hemos venido, con la mandíbula cerrada de una forma que no le había visto hasta ahora.

—Sí.

—¿Sabes quién?

No responde enseguida. Eso ya es respuesta.

—No.

Su manera de contener la rabia sin darle voz, me hace pensar en la amenaza que soltó al borracho.

—¿El hombre del bar? —pregunto.

La linterna baja un poco en su mano.

—Quizá.

—Soren.

—No tengo pruebas.

—Pero lo crees.

No dice más.

Después llama a asistencia. Habla en noruego, bajo, con esa calma que debe de resultar muy tranquilizadora si no estás cerca y no puedes verle la mano cerrada alrededor del móvil.

Yo solo entiendo el tono. Algunas palabras sueltas. Nada útil. Cuando cuelga, guarda el teléfono en el bolsillo y mira el coche con una paciencia que ya no parece paciencia, sino cansancio.

—La grúa puede tardar más de dos horas. Quizá tres.

—Maravilloso. Una excursión preciosa. Muy completa. Crimen, paisaje, sabotaje y congelación gradual.

—Voy a llamar a Erik.

Parpadeo.

—¿A Erik?

Lo digo demasiado rápido.

Soren me mira.

—Está en Bergen ahora mismo.

La forma en que lo dice casi me arranca una risa. Porque no le hace ni puñetera gracia pedirle ayuda a Erik, y eso, por algún motivo, me reconforta un poco.

No porque quiera verlo incómodo. Bueno, un poco sí.

Pero sobre todo porque Erik es el tipo de hombre que convierte cualquier palabra en una invitación y Soren, en cambio, parece el tipo de hombre que llamaría antes a un helicóptero que radmitir que necesita que alguien con sonrisa peligrosa venga a rescatarlo.

—¿No hay taxi? —pregunto, mirando la carretera vacía.

—No uno que suba hasta aquí a esta hora con este tiempo. Y no vamos a caminar hasta la cabaña.

—No estaba proponiéndolo. No tengo alma de mártir.

Soren ya está llamando. Habla en inglés esta vez, supongo que por mí.

—Sí —dice Soren, con la mirada en la carretera—. Las cuatro. No. Rajadas. No, no es divertido.

Una pausa.

Su mandíbula se tensa.

—Me interesa tu coche, Erik. No tú.

Ahí sí se me escapa una risa pequeña, porque la situación es una mierda, hace frío y mi cuerpo decide aferrarse a cualquier cosa que no sea imaginar a un hombre apareciendo entre los árboles con un cuchillo y rencor heredado.

Soren cuelga.

—Cuarenta y cinco minutos —dice—. Si no conduce como un idiota.

—¿Y conduce como un idiota?

—Conduce como Erik.

No necesito más información.

Nos metemos en el coche en los asientos delanteros. Soren arranca para poner la calefacción, pero el aire tarda en salir caliente y el interior está helado de haber estado parado bajo la lluvia.

Me quito los guantes empapados, me froto las manos y noto cómo los dedos empiezan a doler al recuperar sensibilidad.

Él abre el maletero desde dentro y baja un momento para sacar una manta gruesa, oscura, plegada con una pulcritud ofensiva. También una botella de agua.

—Por supuesto que tienes una manta —digo cuando vuelve a entrar, sacudiéndose la lluvia del pelo.

—Estás temblando.

—Estoy viviendo una experiencia cultural intensa.

Apaga el motor después de unos minutos, cuando el aire ya ha templado un poco el habitáculo, y pasa la manta hacia el asiento trasero.

—Atrás hay más espacio.

Lo dice neutro, impersonal.

—Sí, claro —respondo, porque yo también sé fingir normalidad cuando el orgullo me lo exige.