Prohibido leerme así Capítulo 11
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Capítulo 11

Cómo acabar en Mordor por culpa de una novela a cuatro manos

«Julia»

A l día siguiente, Soren me lleva a un lugar que no aparece en ninguna guía turística.

Eso ya debería haberme dado una pista.

No hay cafetería con velas, ni tienda de recuerdos con imanes de renos, ni un mirador decente donde una pueda convencerse de que está viviendo una experiencia nórdica profunda sin llenarse las botas de barro.

Hay una carretera estrecha que parece dibujada por alguien con un rencor profundo hacia los conductores, una pendiente cubierta de musgo oscuro, abetos inclinados por el viento y el fiordo abajo, quieto y negro.

De esa belleza que no intenta agradarte.

Está ahí, inmensa, fría, indiferente, tranquila, como Soren.

Aparca el todoterreno en un apartadero de grava, entre dos rocas grandes y una señal medio comida por la humedad.

—Aquí podría ocurrir una escena. La localización del primer indicio —dice él, bajando del coche con una linterna pequeña en la mano—.

Hay visibilidad hacia la carretera principal, pero desde abajo no se ve el apartadero.

Si alguien quisiera dejar un coche aquí sin llamar la atención, tendría sentido.

—Me encanta cuando un hombre me lleva a un descampado junto a un fiordo para explicarme el modus operandi de un posible crimen —respondo, abrochándome el abrigo hasta la barbilla cuando el frío me muerde la cara.

Soren cierra la puerta y me mira por encima del capó. El viento le mueve el pelo, lo suficiente para romper esa pulcritud suya de hombre que parece hecho para no desordenarse ni bajo amenaza meteorológica.

Abre la parte trasera del coche, saca unos guantes negros y una linterna pequeña, y me los tiende por encima del capó.

—Ponte esto.

Miro los guantes. Luego a él.

—Qué detalle. ¿Es para que no deje huellas?

—Es para que no te abras la mano si resbalas —dice, señalando la pendiente con la barbilla—. Baja detrás de mí y pisa donde yo pise.

Me pongo los guantes sin contestar.

Me quedan grandes. Los dedos sobran en las puntas y la piel negra conserva algo de calor, o quizá soy yo, que desde ayer interpreto cualquier objeto que haya tocado Soren con una falta de profesionalidad bastante preocupante.

Enhorabuena, Soren. Has conseguido que una mano quieta me arruine la concentración más que una polla saltarina marcando paquete.

Y por descontado, ahora mi cabeza se pregunta cómo será la suya, porque las mujeres, aunque algunas personas se empeñen en lo contrario, también tenemos ojos, imaginación y un interés perfectamente legítimo por el sexo masculino cuando el sexo masculino lleva horas haciéndose el interesante con un jersey oscuro.

Él no se mueve todavía. Se queda al otro lado del capó, con la linterna en una mano, observando cómo ajusto la correa de la muñeca con más brusquedad de la necesaria.

—Pareces enfadada —apunta él.

Y de repente me doy cuenta de que tiene razón.

Estoy enfadada.

Tengo una mezcla de deseo mal colocado y una especie de vergüenza residual que todavía me tira de la piel.

Y todo empeoró después de la llamada de Vanesa en la que acabó contándome que Erik le había reenviado un informe preliminar de Soren.

Ese informe decía, por lo visto, que el proyecto era «difícil de sostener», la mezcla de géneros «poco orgánica» y mi parte, aunque comercialmente sólida, demasiado alejada de la suya para que la novela pudiera encontrar una forma común sin perder identidad.

Tiene derecho a dudar del proyecto. No digo que no. Es seco, noruego y escribe muertos en paisajes tristes. La alegría no parece su principal línea de negocio.

Pero otra cosa muy distinta es que yo me entere por mi editora de que él ya había empezado a enterrarlo mientras me miraba trabajar, corregía mis escenas, me pedía que le explicara el deseo y se colocaba a un centímetro de mi boca para decidir, con toda su santa tranquilidad escandinava, que la mesa no servía.

—No estoy enfadada —respondo, que es justo lo que dice una persona enfadada cuando no quiere concederle al noruego la satisfacción de haberlo detectado.

Soren no contesta enseguida. Se limita a comenzar a caminar por delante de mí, apartando una rama húmeda para que no me golpee en la cara.

Ese tipo de cuidado silencioso debería parecerme práctico. Hoy me parece un insulto personal.

—Bien —dice al fin.

—¿Bien?

—Si no estás enfadada, no tengo que preguntar por qué.

Lo miro de reojo, más enfadada todavía mientras avanza con seguridad.

Hay hombres que sudan, resbalan, maldicen, se vuelven humanos. Soren se limita a existir en condiciones adversas con una eficacia que da ganas de empujarlo un poco, solo para comprobar si la gravedad se atreve con él.

—¿Esto está muy lejos? —pregunto.

—No.

—Tu «no» y mi «no» no pertenecen al mismo sistema métrico.

—Diez minutos.

—¿En tu idioma o en idioma normal?

—En el mío.

—Entonces una hora y una experiencia espiritual no solicitada.

Esta vez sí lo oigo exhalar algo que podría ser una risa. El sonido es tan breve que casi no existe, pero me alcanza igual. Me alcanza y me molesta que me alcance.

El sendero se estrecha entre dos rocas grandes y Soren se detiene para dejarme pasar primero por el hueco. Su hombro queda a un palmo del mío, la linterna ilumina mis botas y el olor de su chaqueta húmeda se mezcla con el de la tierra mojada.

—El suelo resbala más en la curva —dice, señalando con la linterna un tramo de piedra mojada—. Pisa en la raíz de la izquierda.

—Gracias —digo, pasando de lado—. Esto sí es útil. No tus conclusiones sobre la trama mientras nos internamos en Mordor con humedad ambiental.

—De nada.

Y ya está.

El bosque se abre al cabo de unos metros y el fiordo aparece de golpe. No es un lugar bonito en el sentido amable. No invita a sentarse ni a hacerse una foto con cara de mujer que ha encontrado paz interior en Noruega. Invita a callarse y a mirar dos veces.

—Ella podría estar aquí sin saber que está viendo algo importante —digo, ya en modo escritora absorbente—. Ve una luz o a alguien bajando. Lo registra porque le molesta. No porque lo entienda.

Soren se queda quieto a mi lado. No completa la frase. Espera. Eso, cuando no me dan ganas de tirarlo por una pendiente, me gusta mucho de él, que sabe esperar una idea sin pisarla.

—Más tarde vuelve a ese recuerdo —añado—. No porque encuentre una prueba nueva, sino porque algo que parecía decorado empieza a comportarse como una pista.

Soren me explica ángulos, distancias, puntos ciegos, el lugar donde tendría sentido que apareciera un cadáver o una pista, cómo podría llegar un coche sin dejar demasiadas marcas si la lluvia borrara parte del rastro.

Yo escucho. De verdad. Porque es bueno en esto.

No solo en lo de estar impresionante bajo un cielo gris, que también, por desgracia para mi estabilidad emocional, sino en construir tensión desde el espacio.

Donde yo veo un sitio para que dos personajes se digan algo demasiado íntimo, él ve huida, culpa, acceso, coartada. Y cuando juntamos las dos cosas, la escena empieza a tomar forma.

Ese es el problema.

Que juntos funcionamos.

—Eso encaja con los dos géneros —dice.

—Ya —respondo—. Aunque luego podemos escribir un informe preliminar diciendo que la escena es difícil de sostener.

Soren me mira.

—¿Eso era? —pregunta al fin, y por un segundo hay algo raro en su cara. Algo que no llega a decepción, pero se le parece demasiado—. ¿Por eso estás enfadada?

—No estoy enfadada, Soren. Tienes derecho a dar tu opinión y yo tengo que respetarla, pero no entiendo entonces qué hacemos aquí o por qué sigues buscando localizaciones para una novela que, según tu informe, no parece tener demasiadas posibilidades de llegar a ninguna parte.

—¿Quién te ha hablado del informe? —pregunta.

—Mi editora. Ya ves, las mujeres seguimos empeñadas en comunicarnos entre nosotras. Una costumbre peligrosísima.

Guarda la linterna en el bolsillo del abrigo con una calma que me pone de peor humor, porque no parece pillado en falta. Parece molesto consigo mismo.

—Era un informe preliminar solo para Erik —dice—. No era una decisión sobre el proyecto.

—Ah, bueno. Si era para Erik, mi orgullo se acaba de recomponer solo, aunque haya sido descartada.

—No descarté nada —responde, y esta vez hay algo más duro debajo de su voz—. Puse dudas encima de la mesa porque Erik estaba empujando demasiado y yo necesitaba margen.

—¿Margen para qué?

—No quería que él se pusiera cómodo… con el proyecto. Si le daba dudas, nos dejaba espacio.

Espacio fue lo que casi no dejó anoche entre su boca y la mía y volvió al cuaderno con una serenidad que todavía me dan ganas de romperle en la cabeza.

—Soren, cuando un hombre dice que una novela de romántica erótica es comercialmente sólida, una puede oír perfectamente todo lo que no está escrito y sabe exactamente cómo suena esa frase en la cena de los martes con los colegas que leen a Knausgård y consideran que el deseo femenino es un tema menor salvo cuando lo escribe un hombre con barba y crisis existencial.

—Fue una valoración pobre por mi parte —dice—. No por dudar. Dudar era razonable. Lo pobre fue escribirlo así.

Me río sin ganas.

—Qué generoso. La romántica erótica ha sobrevivido otra jornada al tribunal escandinavo.

—No te estoy juzgando.

—Desde mi lado se parece bastante. Tú miras, evalúas, mandas informes y decides si la mezcla merece vivir o si hay que dejarla morir con vistas al fiordo. Vanesa pensó que querías salirte —admito, más bajo—, o que estabas preparando el terreno para decir que esto era imposible.

— Si quisiera salir, lo diría honestamente —dice, y esa frase sí suena a él, seca y sin ganas de gustar—. No perdería el tiempo preparando la salida. Creía que lo sabrías.

Me cruzo de brazos, aunque los guantes son demasiado grandes y el gesto pierde una cantidad ofensiva de autoridad.

—Yo pensé que quizá ayer habías estado jugando a escritor aplicado con una escena que en realidad ya habías dado por muerta.

—Yo no juego con las personas, Julia.