Capítulo 10 #2
Cierro los dedos en la tela a la altura de su abdomen y puedo sentir el cuerpo debajo, el calor, la resistencia firme. Soren baja la mirada a mi mano y algo le cruza la cara. Una tensión en la mandíbula, una pausa en la respiración.
—Y si ella se acerca…
—Si se acerca —concluyo—, él entiende que puede besarla.
Soren vuelve a subir los ojos a mi cara.
—Sí.
La palabra casi no suena.
—¿Qué va ahora? ¿Qué haría uno de esos machos alfa tuyos? —pregunta, sin apartarse.
En él nada suena fuera de lugar, ni cuando debería, y eso empieza a parecerme una anomalía injusta del universo.
—¿Uno de los míos? —repito, porque necesito ganar un segundo, aunque sea un segundo miserable.
—Sí. El que toma el control, da una orden cuestionable y aun así, según tu teoría, no resulta necesariamente idiota si la escena está bien construida.
Me reiría si no tuviera su boca tan cerca.
—Le abriría a ella más las piernas —digo al fin, y mi voz sale demasiado serena para lo que acaba de hacerme la frase por dentro—. Se colocaría entre sus muslos.
Él escucha sin moverse.
—Y él tendría una erección —añade.
Joder.
Su pulgar se mueve.
Apenas.
Un roce mínimo sobre mi costado, por encima del jersey. Ni siquiera llega a ser una caricia. Más bien una consecuencia involuntaria de sujetarme sin terminar de hacerlo.
Me afecta más que si lo hubiera hecho a propósito.
—Es evidente que tendría una erección —respondo, y se me escapa una risa baja, algo rota, porque ya no sé si quiero que se aparte o que deje de comportarse como si preguntar ciertas cosas no fuera una forma de tocar—. Es importante.
—¿Por qué?
Lo pregunta como si no lo supiera.
Mentiroso.
O quizá Soren entiende la anatomía, pero no el lugar exacto que ocupa en la fantasía. Esa posibilidad me calma y me calienta a la vez, que es una combinación absurda y muy poco recomendable en una situación así.
—Porque es la forma en que el cuerpo de él le dice a ella: «mira cómo me pones» —explico, sosteniéndole la mirada con un valor que no siento del todo—.
Sin frase grandilocuente como «no sabes lo que me haces» ni esas cosas que a ti te harían pedir una orden de alejamiento contra el diálogo.
Solo con su cuerpo, si ella nota lo duro que está, sabe que la desea.
—¿Y después?
—Entonces siguen despacio, tocándose y besándose—respondo.
Y entonces se inclina como hace todo lo peligroso, con una atención insoportable. Primero invade mi aire. Después detiene sus labios a un centímetro de mi boca, tan cerca que puedo notar su respiración, el calor de su piel, el olor limpio de su jabón mezclado con café y madera quemada.
El aire entre su boca y la mía se reduce hasta convertirse en una cosa mínima, tibia, imposible de explicar en una escaleta. Está lo bastante cerca para que yo pueda entender que sus ojos no están tranquilos, aunque el resto de él insista en parecer un hombre construido con autocontrol.
No me besa.
Se queda ahí, justo en el borde, con la boca a un suspiro de la mía y la mano firme sobre mi costado, como si el beso fuera una línea dibujada en el aire y los dos estuviéramos estudiando qué pasaría si alguno tuviera la osadía de borrarla.
Yo podría hacerlo.
Ni siquiera tendría que tirar de su jersey; bastaría con levantar un poco la barbilla.
Pero entonces pienso en ella. En la señora noruega.
En esa mujer alta, impecable, de pelo platino, de casi dos metros en mi cabeza, con una confianza tan sólida que puede permitir que su pareja se encierre en una cabaña con otra mujer porque, claro, Soren Nørgaard no hace tonterías como coquetear o besar a una autora española sobre una mesa mientras discuten si el sexo sin penetración sostiene mejor la tensión narrativa.
Y, sin embargo, ahí está, con la boca a punto de tocar la mía, pero esa cara controlada de un hombre que quizá no siente nada o quizá está sintiendo demasiado y ha aprendido a no concederle espectáculo.
No sé qué es peor.
A lo mejor, él llega siempre tan lejos por realismo y esto sigue siendo método, verificación, rigor físico aplicado a una escena de ficción.
Quizá es un buen actor, que puede tocar, mirar, respirar cerca de alguien, fingir deseo tan bien y luego no llevarse nada en el cuerpo.
Siempre me he preguntado cómo pueden hacerlo, ahora me lo pregunto mucho más.
Porque yo sí lo siento todo.
El calor de su palma sobre mi jersey. La presión contenida de sus dedos. El olor limpio de su piel. La tensión de su abdomen bajo mi mano. La manera en que su boca no termina de llegar y aun así ya me ha cambiado el pulso.
Si esto es actuar, soy una pésima actriz.
Soren se queda muy quieto.
No se coloca entre mis muslos, no pega su erección a mi sexo y precisamente por eso mi cabeza lo imagina con una nitidez obscena duro contra mí.
—No —dice de repente.
Parpadeo.
—¿No?
Soren sigue sin apartarse.
—La mesa no sirve.
Durante un segundo no entiendo nada.
Nada.
Ni la frase ni el tono ni la forma en que puede estar a un centímetro de mi boca y mi sistema nervioso haciendo ruido de cristalería cayéndose por unas escaleras, y llegar a una conclusión tan ofensivamente práctica.
—¿Cómo que no? —pregunto, porque alguna parte de mí necesita comprobar si de verdad acaba de decir eso o si mi cerebro, saturado de deseo y falta de oxígeno, ha decidido inventarse una agresión contra el mobiliario.
Soren retira la mano de mi cintura entonces.
Despacio.
Afloja primero los dedos, luego aparta la palma y solo después da medio paso atrás, devolviéndome el aire.
—No sirve para él —corrige—. Para el tipo de hombre que estamos intentando escribir. Si se coloca así, la escena se vuelve demasiado obvia.
—No te gusta —corroboro.
—No.
—Después de hacerme subir a una mesa, quedarte a un suspiro de mi boca y hacerme explicar, con una serenidad que espero que alguien me premie algún día, la importancia narrativa de una erección, tu conclusión es que no te gusta la mesa.
No sonríe, pero casi.
Y ese casi, después de todo, debería estar penado en algún código civil escandinavo.
—Mi conclusión es que la mesa empuja demasiado la escena hacia un lugar que no quieres todavía.
—¿Y qué quiero? —pregunto demasiado irritada para que mi tono suene normal.
—Si él la tiene así —dice, muy despacio—, al alcance, con las piernas abiertas, agarrándole el jersey, respirando como si estuviera esperando a que él hiciera algo y enfadándose porque no lo hace…, se la follaría.
Joder.
Joder.
La palabra me golpea entre las piernas con una claridad tan brutal que por un segundo se me queda la mente en blanco.
—Tú no quieres penetración —continúa, sin moverse—, y sigo sin entender por qué no la habría si los dos están en este punto.
No hablo de metérsela porque sí. Hablo de consecuencia.
De que él ya sabe que ella no se aparta y ella ya sabe que él la desea.
Si los colocas así, sobre una mesa, con esa distancia, esa postura y esa tensión, follan.
Me bajo de la mesa con cuidado, más por orgullo que por equilibrio, y camino hasta el cuaderno. Necesito papel. Tinta. Líneas. Algo que vuelva a separar el deseo del cuerpo y lo convierta en material de trabajo antes de que yo haga alguna estupidez como estrangularlo.