Capítulo 10
La mesa no sirve, pero gracias por participar en esta crisis sexual
«Julia»
S igo pensando que la palabra penetración no debería sonar así en boca de Soren, tan seria, tan indecente, tan poco consciente del daño que causa.
Es injusto, para empezar.
Hay hombres que dicen ciertas palabras y las vuelven vulgares sin querer.
Soren no.
Él dice penetración con la misma calma con la que diría capítulo, disposición o pan de centeno, y ese acento leve, esa forma suya de colocar la palabra despacio, casi sin saber el efecto que causa, hace que se quede en la mesa, entre los dos, con una temperatura completamente distinta.
Está sentado frente a mí, con el cuaderno abierto, el lápiz entre los dedos y esa expresión suya de hombre que pretende analizar una escena sexual con la misma seriedad con la que revisaría la receta de un bizcocho.
Lleva otro jersey oscuro, las mangas subidas hasta los antebrazos, y eso debería parecer solo práctico. Un gesto de trabajo.
Pero yo ya no confío en nada.
Ni en los jerséis.
Ni en las mangas.
Ni en los antebrazos masculinos haciendo cosas inocentes.
—No entiendo por qué no pueden acostarse —dice, señalando la escaleta de nuestra tercera escena de muestra—. Son dos adultos. Se desean. Están solos. Nadie está interrumpiéndolos. No son adolescentes en un coche aparcado con miedo a que aparezca un padre.
Levanto la vista despacio.
—Qué imagen tan española te acaba de salir para ser noruego.
—He leído suficientes novelas tuyas.
—Eso no te da permiso para juzgar mis escenas dentro de un coche.
Soren deja el lápiz sobre la mesa y se recuesta apenas en el sillón con esa paciencia seca que utiliza cuando cree que yo estoy dando un rodeo literario para evitar una respuesta sencilla.
—Lo que digo —continúa— es que, si los dos quieren, impedirlo sin motivo puede parecer falso.
—No estamos impidiéndolo sin motivo —respondo, apoyando los antebrazos junto a las notas—. Estamos decidiendo qué tipo de deseo estamos construyendo. El sexo no es solo follar, Soren.
Sus ojos no se mueven.
Ni un parpadeo incómodo.
Nada.
Maldito hombre.
—Lo sé —dice.
—No, lo sabes en teoría, al parecer, que es distinto y bastante menos divertido.
—Explícamelo —pide, y qué peligro tiene esa frase cuando la dice él.
—Follar está muy bien. Maravilloso —digo, y la palabra cae con demasiada claridad en su silencio atento—.
No voy a defender la abstinencia narrativa porque se me caería la carrera al suelo, pero llevarlos a la penetración en la primera escena puede ser una forma bastante rápida de desperdiciar todo lo que puede pasar antes.
Soren no toma notas. El lápiz sigue quieto entre sus dedos, y eso me altera porque, mientras escribe, todo parece trabajo. Cuando deja de hacerlo, solo queda él escuchándome hablar de sexo con una concentración injusta.
—A veces un beso no es un trámite antes de la penetración, sino el primer sitio donde se les nota todo lo que están intentando no decir —continúo, más despacio—. Eso también es deseo. De hecho, muchas veces es lo mejor del deseo.
Soren inclina apenas la cabeza.
—Y en la página también existen los preliminares, Soren.
La penetración puede ser brutal, preciosa, sucia, lo que quieras.
Pero si llega demasiado pronto, a mí me sabe a poco.
Me gusta contenerlos hasta que ya no pueden más y un roce parece indecente o una mano debajo de la ropa tiene más tensión que tres páginas de cama mal colocada.
Soren apoya los dedos sobre el borde del cuaderno. La mano, grande, quieta, demasiado cerca de mi bolígrafo, queda a pocos centímetros de la mía.
Me fijo en el pulgar, en la articulación, en la vena que se marca cuando presiona un poco la hoja. Debería mirar otra cosa. La lámpara. La ventana. La pila de libros. La decencia, si apareciera por algún rincón.
Pero miro su mano porque me gusta demasiado y porque llevo un rato hablando de espera, de ropa que no se quita todavía, de cuerpos contenidos hasta el límite, y ahora cualquier parte de Soren parece tener una opinión indecente sobre el tema.
—Eso es una idea —dice en voz baja, como si volviera de algún sitio profundo.
—Gracias por ese entusiasmo salvaje.
—Pero ahora mismo está en abstracto.
—¿Y qué quieres? ¿Un PowerPoint con zonas erógenas?
—No.
Lo dice demasiado deprisa. Levanto los ojos hacia él.
—Quiero saber dónde tendría sentido la escena —corrige, con una serenidad admirable que llega medio segundo tarde.
—La escena no puede ocurrir en la cama —digo, obligándome a volver al papel—. Si los llevamos a una cama, el lector espera una resolución más completa.
Soren asiente despacio.
—¿El sofá?
—Quizá. El sofá permite roce, ropa, cuerpo, interrupción. No tiene la solemnidad de la cama.
No debería seguir su mirada hacia el sofá en el que yo estoy sentada. Ancho, gris oscuro, con una manta doblada sobre un brazo y dos cojines que Soren recoloca cada noche antes de ir a dormir, otorgándoles una importancia doméstica absolutamente innecesaria.
—O una mesa —digo rápidamente—. Ella sentada en el borde, quizá. Sin poder recostarse del todo. Él entre sus piernas, con las manos a cada lado de ella. Todo demasiado cerca y todavía sin llegar a ninguna parte.
Ahora mira la mesa de comedor a su espalda. Grande, de madera clara, sólida, con papeles, tazas, dos libros abiertos y suficientes notas como para que cualquier escena sexual que ocurriera sobre ella tuviera que pedir permiso a tres subrayadores.
—Entonces la escena no va de que no follen todavía —dice—. Va de cuánto pueden aguantar sabiendo que van a hacerlo.
Se me seca la boca.
—Sí.
Soren se levanta y aparta despacio una pila de hojas hacia un lado, despejando el borde de la mesa. Después me mira.
—Entonces siéntate ahí —dice—. En el borde. Como ella. Vamos a probar la escena.
Durante un segundo no me muevo. Mi cerebro, que hasta hace cinco minutos defendía con brillantez la variedad sexual en la narrativa contemporánea, se queda mirando esa frase como una imbécil.
Luego entiendo que habla de la protagonista.
De la escena. Del cuerpo imaginario que estamos intentando poner en el sitio exacto.
Claro que habla de eso.
Me levanto antes de que la interpretación alternativa me destruya la capacidad de andar.
—De acuerdo —digo, alineando mis hojas con una serenidad bastante teatral—. Coloquémosla.
Soren se aparta para dejar que me acerque. Pero con la palabra sexo todavía tibia en el aire, su proximidad cambia la temperatura de la habitación.
Me siento sobre el borde de la mesa.
La madera está fría bajo mis muslos. Ese detalle, absurdo y concreto, me devuelve un poco al cuerpo real. Vaqueros, jersey, calcetines, pelo recogido de cualquier manera, sin maquillaje. Nada muy sexy.
Soren se queda frente a mí, a un paso de distancia, mirando primero la mesa, después la postura de mis piernas, después mi cara. No hace un recorrido descarado. Mira para entender dónde empieza el personaje y dónde empieza el problema que tenemos delante.
Quizá por eso me da más calor.
—¿Ella está sentada así? —pregunta.
—Sí.
—Él viene desde la puerta.
—O desde la discusión previa.
Soren asiente, como si acabáramos de acordar algo importantísimo y no el punto de entrada de un hombre ficticio que está a punto de desear a una mujer sobre una mesa.
Da un paso.
Ahora está más cerca.
Soren nunca se coloca donde no ha sido invitado. Pero ahora sí está lo bastante cerca para que yo note el calor de su cuerpo en el espacio que queda entre mis rodillas y su cintura.
—Si él se queda aquí, no hay amenaza de contacto —dice.
—Promesa.
Soren levanta los ojos.
—¿Qué?
—No amenaza. Promesa.
Él baja la mirada a la distancia entre nosotros y luego vuelve a mí.
—Promesa —repite, como si probara la palabra y no estuviera seguro de si le gusta o le parece peligrosa.
Y ahí está otra vez ese instante suyo de reconfiguración.
—Entonces él no entra del todo en su espacio —dice.
—No al principio.
—Deja que ella note que puede.
—Sí —confirmo.
—Y que él no lo hace.
—También.
Sus manos están a los lados, quietas. Pero mi cuerpo ya está pendiente de ellas.
—Y eso puede resultar más sexual que tocar —dice.
Resoplo un poco con una risa contenida, porque si no hago algo con el aire se me queda dentro.
—Eso intento explicarte desde hacer una hora.
Esta vez sí sonríe un poco. Y entonces apoya las manos en la mesa. Una a cada lado de mis muslos.
La madera recibe su peso con un sonido sordo, mínimo.
Su cuerpo se inclina apenas hacia mí, y la distancia se reduce de forma tan inmediata que todos mis argumentos sobre la tensión sexual, la no penetración y las posibilidades del sexo sin follar se convierten en una especie de castigo divino por haber tenido razón.
Sus ojos bajan a mi boca.
Luego mueve una mano. La levanta de la mesa con una lentitud que vuelve inútil cualquier defensa racional y la lleva hacia mi cintura.
El pulgar queda sobre mi costado, los dedos rodeando la lana de mi jersey, y de pronto la conversación entera cambia de idioma. Ya no estamos hablando de si los protagonistas pueden quedarse con hambre. Estamos en el sitio incómodo donde una idea deja de ser solo una idea para el cuerpo.
Se me escapa el aire.
—Aquí —dice, con la voz algo más grave—, ella ya no puede ignorar lo que él quiere.
No sé qué parte de mí decide asentir, pero lo hago.
—No.
—¿Cómo sabe él si ella quiere que la bese? —pregunta.
Y yo, que he escrito cientos de besos, que he explicado hace diez minutos que un beso puede ser una pregunta, una entrega o un riesgo, descubro que ninguna teoría me sirve de nada cuando un hombre como Soren te mira la boca en silencio y no hace nada más.
—Porque ella no se aparta —digo, y mi voz sale más baja de lo que pretendía.
—Eso no siempre basta.
Él respira más fuerte, y me doy cuenta porque el mundo se ha reducido a esa respiración, a sus manos en la mesa, al hueco exacto entre su cuerpo y el mío.
Mi mano se mueve hacia su jersey.