Capítulo 9
El derrumbe moral del método nórdico
«Soren»
A las once y diecisiete de la noche sigo despierto.
Siempre he dormido poco. La gente suele interpretarlo como disciplina, tal vez porque la disciplina suena mejor que cualquiera de sus alternativas, incapacidad para desconectar, costumbre de escuchar la casa, cierta desconfianza antigua hacia las horas en las que todo el mundo baja la guardia.
No corrijo a nadie.
La disciplina tiene la ventaja de parecer una decisión.
Estoy acostado sobre la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, una lámpara encendida sobre la mesilla y otra novela de Julia abierta entre las manos.
Otra.
La tercera en cuatro días.
No debería estar leyéndola con esta urgencia metódica, casi vergonzosa, como si el proyecto dependiera de devorar páginas a medianoche cuando mañana tendremos seis horas de trabajo organizado y una revisión de la escaleta que, en teoría, tendría que preocuparme más que el modo en que Julia Galiano escribe a una mujer deshaciéndose en el borde de una cama mientras un hombre la observa desde una silla.
Leo una frase otra vez.
Luego la anterior.
Después paso la página hacia atrás, convencido de que hay un dato técnico que se me ha escapado y no, no hay nada que justifique que siga mirando esas líneas salvo el hecho evidente, incómodo y bastante inútil de que Julia escribe deseo como si lo conociera por dentro.
Y eso que debería ser solo una observación profesional, no lo es del todo.
La protagonista está de rodillas sobre un colchón, con la camisa abierta, el pelo pegado al cuello por el calor de la habitación y las piernas separadas mientras él le dice que no la va a tocar todavía, que quiere saber cómo se toca ella cuando nadie la mira.
Es el tipo de escena que debería resultarme innecesaria. No lo es. Eso me molesta más que la escena misma.
En manos de otro autor, la escena sería torpe, mecánica. Pero Julia hace algo que me obliga a seguir leyendo con la mandíbula quieta y los dedos demasiado firmes en el lomo del libro.
Julia escribe sexo como alguien que disfruta escribiéndolo.
Se nota en dónde se detiene, en el tiempo que concede a una mano antes de llegar a la piel, en la forma de mirar un cuerpo masculino.
El deseo no le incomoda. Tampoco el cuerpo.
Y cuando una mujer quiere en sus libros, se nota en cada página.
Y el texto disfruta con ella.
Cierro el libro sobre un dedo y miro el techo.
En otra habitación, Julia duerme, supongo, o está despierta mirando el techo como hace la gente que intenta no pensar en algo y fracasa estrepitosamente.
No debería imaginar qué hace Julia en su habitación.
Eso sí es una observación útil.
Abro otra vez el libro.
No leo sus novelas para que me afecten. Me lo repito con una seriedad que sería convincente si no fuera tan innecesaria.
Las leo porque necesito entender su mecanismo, qué esperan sus lectoras, qué consigue ella en una escena que yo no consigo ni siquiera nombrar sin que parezca una declaración judicial y qué parte de ese mundo tiene que entrar en nuestro libro y cuál debe quedarse fuera si no queremos que todo suene a un experimento editorial escrito por dos personas que no confían en el género del otro.
También hay otra razón más incómoda porque leer a Julia empieza a parecerse demasiado a entrar en una parte de ella que no me ha abierto.
En sus fantasías.
Cada escena suya me da una información que no estoy seguro de tener derecho a poseer. Sin embargo, la invasión no me detiene. Me atrae.
¿Es esto lo que le gusta a Julia?
Hombres que miran como si el mundo se redujera a la mujer que tienen delante y convierten la atención en una especie de hambre.
Yo nunca he sabido hacer eso o nunca he querido. No sé cuál de las dos opciones me favorece menos.
Me han acusado de ser distante, desapegado, frío a veces, y correcto, porque al parecer la corrección también puede ser un defecto dentro de una relación, una forma elegante de no implicarse demasiado.
Tal vez esperaban de mí esa atención completa que Julia escribe con tanta hambre física. Una mirada que eligiera sin esconderse. Un deseo visible, inequívoco, casi imprudente.
Yo nunca he sido imprudente y no sé fingir algo que no soy.
El móvil vibra sobre la mesilla y miro la pantalla.
Erik.
—Son las once y media —digo en noruego.
Erik suelta una risa baja al otro lado.
—Y, aun así, estás despierto —responde—. No me hagas creer que he interrumpido algo.
Miro el libro de Julia.
—Has interrumpido algo.
—¿Trabajo? Qué sorpresa. Avísame cuando desarrolles un vicio más interesante.
Me levanto de la cama y cruzo la habitación hasta la ventana. La lluvia corre por el cristal en líneas finas, deformando los reflejos de la lámpara.
—¿Qué quieres?
—Saber cómo vais —dice Erik, y ahora su voz cambia un poco, menos fiesta, más editor—. Vanesa quiere una actualización informal antes de la llamada del lunes. No te preocupes, he dicho informal. Sé que esa palabra te produce urticaria, pero intenta sobrevivir.
—Estamos trabajando.
—Eso ya lo suponía. Me interesa saber si estáis avanzando o si la has obligado a organizar una pizarra por colores hasta que haya perdido las ganas de vivir.
Apoyo una mano en el marco de la ventana.
—Julia se organiza perfectamente sola.
—Ah —dice Erik.
No me gusta ese «ah».
Erik tiene varios sonidos que parecen inocentes y no lo son. Ese es uno de ellos. Pequeño, abierto, lleno de puertas falsas.
—¿Ah? —pregunto, sin moverme.
—Nada. Solo que ya dices Julia, no ella.
—Es su nombre.
—Desde luego.
El silencio que deja después tiene intención. No demasiada. Erik no es torpe.
—La primera entrega estará a tiempo —digo.
—No he llamado solo por eso, Soren. También quiero saber si hay feeling.
—Define feeling.
—Por Dios. No me hagas eso a estas horas.
—Entonces pregunta algo concreto.
Erik se ríe otra vez, más cerca del teléfono, como si hubiera salido a un lugar más tranquilo para disfrutar mejor de la conversación.
—¿Funciona la colaboración? ¿Ella te entiende? ¿Tú la escuchas? ¿Puede enseñarte a escribir una escena sexual sin que parezca generada por una inteligencia artificial con ansiedad de rendimiento?
Vuelvo la vista al libro sobre la cama.
—Tiene recursos —digo.
—Qué entusiasmo. Me has empañado la pantalla.
—Tiene ritmo, entiende el cuerpo y sabe cómo hacer que una escena sexual cambie la relación entre los personajes.
Erik se queda callado un segundo.
—Vaya —dice después, más despacio—. Eso casi ha sonado a admiración.
—Ha sonado a valoración profesional.
—Ese es el deseo de todos los editores, que un autor sin alma nos explique una escena de masturbación femenina como valoración profesional.
No respondo.
—¿Estás leyendo sus libros ahora mismo?
Miro la lluvia.
—Sí.
—Qué aplicado.
—¿Querías una actualización o tocarme las narices?
—Ambas cosas. Soy versátil.
Oigo hielo contra cristal al otro lado. Erik bebe algo. Probablemente caro en un vaso que alguien le ha servido con interés porque Erik sabe provocar eso.
—La verdad —dice— es que me intriga Julia.
Mi mano se queda quieta sobre el marco.
—¿En qué sentido?
—En todos los sentidos razonables y en alguno poco recomendable.
—Eso no es parte de tu trabajo.
—Discrepo. Me gusta conocer a los autores con los que mi autor estrella se encierra en una cabaña. Sobre todo si son divertidas, inteligentes y escribe escenas de sexo.
No contesto, pero camino por la habitación.
—Estaba pensando en invitarla a cenar —dice Erik, y lo suelta con naturalidad.
Me quedo inmóvil en mitad de un paso.
—¿A Julia?
—No, a la camarera. Siempre he tenido debilidad por las mujeres que me preguntan qué quiero antes de saludarme.
—Julia está aquí para trabajar.
—Todo el mundo está ocupado trabajando, Soren. Sin embargo, algunos cenamos mientras tanto.
—No es buena idea.
—¿Porque la agenda no lo permite o porque te molesta?
La pregunta es demasiado directa para ser accidental.
Pienso en que Erik sí la miraría como a ella le gusta, con intención visible y esa seguridad que sabe que ser visto deseando puede ser una invitación. No con la distancia que yo he mantenido.
Erik seguro que sí es su tipo.
—Un retiro de trabajo implica solo espacio para la concentración —respondo.
—Qué pena. Pensaba invitarla el sábado. Hay un sitio en Bergen donde no cocinan mal. Puedes liberarla unas horas de tu estricta disciplina horaria. Estoy seguro de que agradecerá cenar con alguien que no haya planificado antes la temperatura de la sopa.
—No.
Oigo su risa, pero esta vez tiene menos ligereza. Más interés.
—Eso ha sido rápido.
—Nada de distracciones —digo, antes de que él pueda colocar la pregunta dónde quiere.
—Eso será para ti —responde Erik, y su voz baja un poco, se vuelve más cómoda, más venenosa—. A mí ella me distrajo mucho. Tiene esa energía… no sé.
No digo nada.
—Además —continúa—, una mujer que escribe como ella, pensando en escenas, en pollas, en probar cosas nuevas para ver si funcionan sobre el papel, imagino que están todo el día bastante cachondas. Yo puedo ser un buen material de investigación en ese ámbito.
—No sigas por ahí —digo, sin levantar la voz.
Al otro lado, el hielo deja de sonar. Erik no necesita verme la cara para saber que acaba de cruzar una línea.
Cuando vuelve a hablar, su tono conserva el humor, pero algo se ha recolocado.
—Vaya.
—No.
—Interesante.
—No es interesante.
—Créeme, lo es.
Maldita sea.
Aprieto el puente de la nariz un momento, no por cansancio, sino para dar a mi cuerpo una tarea pequeña que no consista en recordar la frase de Erik y querer arrancársela.
—Julia está aquí para trabajar —digo, bajando la mano—. Si quieres seducir autoras, búscate otra. Ella está ocupada.
—¿Y el domingo? Al menos descansaréis ese día.
—No.
—¿Puedes preguntárselo al menos?
La pregunta me frena más de lo que debería porque no puedo decidir por ella. Pero tampoco voy a facilitarle el camino a Erik sabiendo exactamente cómo quiere allanarlo.
—No voy a gestionar su agenda personal —digo al fin—. Pero no voy a permitir una cena que puede desviarla del trabajo durante la fase de entrega.
—Acabas de decirme que no vas a gestionar su agenda personal después de gestionar su agenda personal durante cinco minutos.
—Buenas noches, Erik.
—Soren.
Estoy a punto de colgar cuando su voz cambia. Pierde por un momento la burla.
—No todo el mundo funciona como tú —añade.
No sé a qué se refiere.
—Lo tendré en cuenta.
—No, no lo harás. Pero me gusta pensar que he cumplido con mi parte humana del día.
Cuelga.
Me quedo con el teléfono en la mano.
La pantalla se apaga poco después, y mi reflejo aparece en ella con la cara quieta, el pelo algo revuelto, la boca cerrada.
Nada revela que Erik me ha irritado más de lo razonable por decir en voz alta algo que otros hombres pensarán y ella probablemente convertirá en chiste para no dejar que duela.
Dejo el móvil sobre la mesa y vuelvo a la cama.
No voy a seguir leyendo.
Esa es la decisión más razonable.
Cojo el libro y estoy pasando otra página cuando oigo un sonido al otro lado de la pared. Bajo la vista a la página, inmóvil, esperando que la casa lo absorba y me dé una explicación razonable. Madera. Tuberías. Lluvia. Cualquier cosa.
Vuelve a sonar una respiración contenida, luego el roce breve de unas sábanas y un jadeo pequeño, como si Julia se hubiera mordido la boca para no dejarlo salir entero.
Esta vez sé lo que es. O lo intuyo.
Acabo de leer esa escena y, joder, mi cabeza ya ha llenado ese sonido con imágenes que no deberían estar ahí.
Tendría que dejar el libro en la mesilla, apagar la luz, tumbarme de espaldas y darle la intimidad que merece.
El gemido vuelve, más prolongado, más nítido y esta vez mi cuerpo responde con una claridad que me deja quieto, furioso conmigo mismo y completamente despierto.