Prohibido leerme así Capítulo 8 #2
33%

Capítulo 8 #2

—¿Quieres tomar algo antes de volver? —pregunta, señalando con la mirada una calle estrecha hacia el puerto.

—Vale —digo—. Pero si me llevas a un sitio donde solo sirven café negro y pescado fermentado, voy a necesitar que el seguro editorial cubra daños morales.

—No existe eso.

—No en tu cultura —respondo—. En España sabemos que una mala merienda puede arruinar una tarde y dos generaciones, pero confiaré en ti.

Soren echa a andar por la calle estrecha que baja hacia el puerto. Lo sigo, ajustándome la bufanda contra la lluvia fina, y entonces me pasa algo irritante.

Me acuerdo de lo alto que es.

En la cabaña, después de varios días, una empieza a normalizar ciertas cosas por pura supervivencia. La anchura de sus hombros junto a la encimera. Sus manos sexis alrededor de una taza. Su cabeza inclinada sobre un cuaderno. Todo eso, dentro de la casa, ya lo había archivado.

Pero fuera cambia.

En la calle, Soren recupera una escala que en la cabaña se me había vuelto demasiado cotidiana.

No impone porque quiera imponerse. Solo está ahí, alto, serio, tranquilo, con la mano metida en el bolsillo del abrigo, y el mundo parece apartarse un poco para no molestarlo.

Qué injusticia.

Hay hombres que intentan parecer importantes y solo consiguen dar pereza.

Soren, en cambio, compra espinacas, reorganiza compresas para que no se aplasten y camina bajo la lluvia sin ser consciente de que, a veces, la serenidad puede ser mucho más pornográfica que cualquier gesto de dominio.

El local está cerca del muelle. No tiene aspecto de bar bonito ni de cafetería para turistas. La fachada de madera está oscurecida por la humedad, los cristales tienen vaho por dentro y un cartel pequeño cuelga torcido junto a la puerta.

Al entrar, el olor me golpea con una mezcla de café recalentado, cerveza, pescado frito, lana mojada, madera vieja y sal.

Hay tres mesas ocupadas, todas por hombres mayores.

Uno lleva gorro de lana dentro. Otro tiene las manos grandes, rojas, apoyadas alrededor de una taza.

En una esquina, un televisor sin volumen muestra imágenes de una carretera nevada que no entiendo si son noticias, advertencias o una forma nacional de meditación.

Las conversaciones son bajas, guturales, llenas de sonidos que no consigo separar. El noruego, cuando no lo entiendes, puede parecer una serie de piedras suaves chocando contra madera.

Soren se acerca a la barra, habla con la mujer que atiende y pide algo que no entiendo. Ella lo reconoce, o eso creo, porque le dice una frase con una media sonrisa y él responde con dos palabras secas que la hacen reír.

Nos sentamos junto a una ventana pequeña que da al muelle. Me trae un café con leche y un bollo oscuro con algo de canela, o una prima noruega de la canela con tendencia a la introspección.

—Gracias —digo, rodeando la taza con las manos.

—No lleva pescado fermentado.

—Te lo agradezco y mi sensibilidad moral también.

La primera cucharada de espuma caliente me reconcilia un poco con el planeta. Estoy a punto de comentarlo cuando una voz suena desde la mesa del fondo.

No entiendo las palabras, pero entiendo el tono antes que cualquier idioma. Arrastrado, pastoso, alto en el sitio equivocado, con una risa pegada al final como una servilleta sucia.

Soren solo levanta los ojos.

El hombre del fondo vuelve a hablar. Esta vez sí reconozco algo.

Nørgaard.

Miro a Soren.

Él sigue tranquilo, aunque la quietud le cambia un poco.

—¿Va por ti? —pregunto en español, bajando la voz.

Soren deja pasar un segundo antes de contestar.

—Sí.

—Qué bien. Ya empezaba a sentirme invisible en la escena local. ¿Es personal?

—No del todo.

El hombre del fondo suelta otra frase. Se oye una palabra que no entiendo, luego una risa más fea, más mojada.

—Me ha reconocido —añade Soren, con la vista en su taza—. Seguramente ha leído mi nombre en algún sitio y ha decidido que hoy soy el hombre rico que hace el mundo más injusto.

—Creía que Noruega era el país donde todo el mundo era feliz, civilizado y sabía montar muebles sin llorar.

—Eso es Suecia.

—Perdón. Racismo escandinavo involuntario.

Él casi sonríe, pero no del todo.

—Noruega suele ser tranquila —dice después—. Pero a algunos hombres les provoca cualquier cosa cuando llevan bastante alcohol dentro.

Durante un segundo estoy a punto de decirle que eso ya lo sé. Que hay cosas que no hace falta traducirme, porque las entendí mucho antes de aprender a defenderme de ellas con humor, pero no lo hago.

—Sí —respondo al fin, y mi voz sale más ligera de lo que tengo el estómago—. El alcohol convierte a algunos hombres en filósofos de barra con complejo de agravio universal.

Soren me mira entonces.

Quizá ha oído lo que no he dicho debajo.

—No tienes que preocuparte —dice, muy bajo.

—No estoy preocupada.

No es mentira del todo, pero se me cierra una mano alrededor de la servilleta. Sus ojos bajan un instante a mis dedos y vuelven al hombre del fondo.

—No lo mires.

Eso sé hacerlo. No mirar demasiado ni retar ni darle una emoción grande a alguien que ha venido a pescar una. Qué práctico es descubrir que una infancia torcida te deja habilidades transferibles en un bar de pescadores noruego.

El hombre se levanta.

Ah.

Mierda.

El hombre se acerca hablando en noruego, con la sonrisa floja, el vaso todavía en la mano y el olor a cerveza vieja abriéndose paso antes que él.

Se detiene junto a nosotros.

Mi espalda se endereza sola y una parte de mí, antigua y muy despierta, empieza a contar opciones con una eficacia que me da asco.

La puerta está detrás de él.

La barra, a la izquierda.

El vaso en su mano puede utilizarse como arma.

Puedo esquivarlo si giro a la derecha.

El hombre dice algo más y señala a Soren. Luego mueve la mirada hacia mí y acompaña sus palabras de una risa baja, desagradable, buscando complicidad en los demás.

Soren dice una frase en noruego.

Baja, seca, exacta.

El efecto es inmediato.

El hombre deja de sonreír del todo. La mujer de la barra se queda quieta con el trapo en la mano.

El borracho responde algo, más áspero.

Soren se levanta.

Despacio.

Solo es un hombre alto poniéndose de pie en un bar pequeño y ocupando, de pronto, toda la conversación.

Dice otra frase en noruego. Más corta. Más fría.

El borracho abre la boca, pero no llega a terminar lo que sea que iba a decir. Mira a Soren, luego a mí, luego a los demás. Ha perdido público. Masculla algo, mueve una mano en el aire con una torpeza que quiere parecer desprecio y vuelve hacia su mesa.

Yo sigo con la servilleta entre los dedos.

Soren no se sienta enseguida. Espera a que el hombre llegue a su silla. Solo entonces vuelve a ocupar su sitio frente a mí, pero ya no de la misma forma. La conversación del bar regresa poco a poco, en fragmentos bajos, como agua llenando un hueco.

Me doy cuenta de que no he respirado bien hasta que lo hago.

—Bueno —digo, con una voz bastante aceptable para una mujer que acaba de recorrer una infancia entera en tres segundos—. No he entendido nada, pero creo que no le has recomendado un buen vino.

Soren no sonríe.

Eso me da rabia.

Necesito que sonría, o que diga algo seco, o que me devuelva el aire al sitio de siempre, donde las cosas son manejables si una las convierte en una frase jocosa.

Pero Soren no me da eso.

—Cubres muy rápido lo que te incomoda con sarcasmo.

—Se me da bien —respondo, encogiéndome de hombros.

—Lo sé —dice, muy bajo—. Eso es lo que no me gusta.

Y lo dice como si hubiera entendido que algunas habilidades se aprenden pagando demasiado.

—¿Qué le has dicho? —pregunto, porque hablar de él es más fácil que hablar de mí.

Soren baja la vista a su taza.

—Que volviera a su mesa.

—Ha sonado más largo.

—Le he dado una razón.

—¿Cuál?

Soren levanta los ojos hacia mí.

—Una que le garantizaba conservar los pocos dientes que le quedaban.

Joder.

Y lo dice sin inmutarse, igual que si comentara la temperatura del local.