Prohibido leerme así Capítulo 8
32%

Capítulo 8

La delicada gestión de las espinacas, los lácteos y la violencia justa

«Julia»

E s cierto que Soren tiene una bicicleta.

La he visto apoyada en un lateral de la cabaña, bajo el alero, con el cuadro negro mate y esas ruedas gruesas de montaña.

Todo en la vida de Soren parece haber llegado a un acuerdo razonable con la gravedad, la utilidad y el buen comportamiento. Incluso una bicicleta aparcada bajo la lluvia transmite más estabilidad que yo antes del primer café.

Pero también tiene un todoterreno.

Uno grande, oscuro, impecable sin parecer nuevo, con neumáticos de invierno, el maletero despejado y esa sobriedad masculina que no necesita presumir de nada porque podría cruzar un temporal, cargar leña, subir una cuesta imposible y seguir oliendo a cuero frío y calefacción en menos de quince minutos.

Igual que él.

Soren deja la lista de la compra en el hueco junto a la palanca de cambios mientras yo me abrocho el cinturón.

Arranca el coche sin decir nada más desde que me anunció que bajaríamos al pueblo a comprar provisiones, y yo miro por la ventanilla con la desagradable sensación de que, para ser un hombre que usa pocas palabras, las administra con una puntería bastante ofensiva.

Soren conduce como hace casi todo, con las dos manos donde deben estar, la espalda recta sin rigidez, la mirada tranquila sobre la carretera y una concentración que no tiene nada de teatral.

No acelera de más, no frena tarde, no hace ese tipo de maniobras que algunos hombres parecen confundir con una extensión de su autoestima. Simplemente conduce bien.

Muy bien.

No de macho haciendo el pavo, que eso me seca por dentro con una eficacia admirable, sino de hombre que sabe manejar una máquina pesada por una carretera estrecha, húmeda, bordeando un fiordo inmenso, y no necesita comentar ni una sola vez que sabe hacerlo.

El coche se desliza entre abetos oscuros, nieve vieja en los márgenes y rocas negras cubiertas de musgo, mientras el agua aparece y desaparece a nuestra derecha, gris, inmensa, tan quieta por tramos que parece una superficie de metal doblada por el viento.

Yo debería mirar el paisaje.

Lo hago.

También miro sus manos en el volante.

Una puede tener intereses múltiples.

—¿Vamos lejos? —pregunto, acomodándome el cinturón por encima del abrigo.

—A Balestrand —responde, mirando por el retrovisor—. Hay supermercado. Y pan decente.

—Qué bonito. Turismo gastronómico basado en hidratos de carbono.

—También necesito verduras.

Se me escapa una risa.

—Eso ya ha sonado más a ti.

Él no sonríe del todo, pero la comisura de los labios se le mueve un poco, lo justo para que yo me sienta absurdamente premiada.

Muy mal.

Fatal.

Estamos llegando a un punto en el que una casi sonrisa de Soren empieza a hacerme el mismo efecto que una chocolatina emocional. Habría que estudiar eso con alarma y quizá con apoyo farmacológico.

—¿Siempre compras tú? —pregunto al cabo de unos minutos, porque el silencio en el coche no es incómodo, pero sí demasiado fácil de llenar con pensamientos que no me convienen.

Soren no aparta la vista de la carretera.

—Sí.

—¿Y cocinas siempre?

—Como todos los días.

—Eso ya lo dijiste.

—Sigue siendo verdad.

Me giro un poco hacia él. Lleva un abrigo oscuro, el jersey de cuello vuelto asomando por debajo, el pelo todavía un poco húmedo en las puntas.

—No te preguntaba si comes. Te preguntaba si cocinas siempre. Para ti. Para… la gente que está contigo.

La frase me sale rara. Demasiado vaga. Hay una palabra mucho más corta para eso, pero no la digo porque una tiene límites, y preguntarle a un hombre con el que comparte cabaña si cocina para su pareja no entra dentro de mis estándares de supervivencia emocional.

La pausa de Soren es mínima.

Tan mínima que quizá, si no llevara días estudiando cada microvariación de su silencio como si preparara unas oposiciones absurdas, no la habría notado.

—Cuando hay alguien más, sí —responde al fin.

No dice más. Ni «me gusta cuidar» ni «soy un hombre útil que no espera que una mujer le haga la comida» ni «así me aseguro de que comas algo más que aceitunas».

Solo conduce.

Yo miro el fiordo.

—Me estás acostumbrando mal —digo, intentando que suene a broma y no a confesión diminuta.

El trayecto hasta Balestrand dura lo suficiente para que el paisaje cambie varias veces sin dejar de ser el mismo, una mezcla de montaña, agua, bosque, casas dispersas de madera clara o roja, tejados inclinados, algún embarcadero pequeño, barcas recogidas y un cartel azul con letras que sigo sin saber pronunciar aunque ahora, después de varios días, al menos ya no me siento insultada personalmente por el alfabeto noruego.

Soren me señala un desvío con la barbilla y me dice el nombre de una zona, no es que esté haciendo de guía turístico, debe de parecerle útil que sepa dónde estoy.

Me gusta que no convierta casi nada en espectáculo.

Me molesta que me guste.

Aparca cerca del centro, junto al muelle, en una zona pequeña donde varios coches están colocados con una disciplina que me hace sentir responsable de todos los aparcamientos torcidos de España.

El pueblo aparece bajo la lluvia como si alguien lo hubiera construido con madera, frío y una paleta de colores apagada llena de casas bajas, fachadas claras, ventanas con luz cálida, montañas cayendo hacia el fiordo y ese silencio extraño de los sitios pequeños fuera de temporada, cuando parecen más reales porque no están intentando gustarle a nadie.

El supermercado está a pocos pasos.

Entramos con la ropa húmeda en los hombros y el sonido de una campanilla discreta sobre la puerta.

Dentro huele a pan, detergente, fruta fría y calefacción. Soren coge una cesta grande de metal y yo estoy casi segura de que ya ha calculado el peso, el volumen y la distribución de los alimentos dentro de ella con esa cabeza suya que debe de tener cajones internos etiquetados.

Yo camino a su lado, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, intentando no parecer una turista que mira paquetes de galletas igual que si fueran documentos arqueológicos.

Fracaso.

—No entiendo nada —murmuro frente a una estantería de lácteos donde todos los envases parecen anunciar decisiones vitales muy serias.

Soren se detiene junto a mí.

—Eso es nata.

—¿Y esto?

—Crema agria.

—¿Y esto?

—También crema agria.

—Noruega tiene una relación intensa con la crema agria.

—Sí.

—Gracias por confirmar esta tesis cultural.

Él mete mantequilla en la cesta, huevos, pan oscuro, verduras, un paquete de café, una bolsa de patatas pequeñas y algo de pescado envuelto que ha elegido con una seriedad ligeramente ofensiva para quienes hemos comprado salmón en bandeja sin necesidad de establecer contacto espiritual con el animal.

Yo añado chocolate.

Soren mira la tableta en la cesta.

No dice nada.

Añado otra.

—Es para equilibrar la dieta —explico, aunque nadie me lo ha pedido—. Todo esto tiene demasiada pinta de adulto responsable.

—El chocolate también es comida.

Lo miro.

—No sabes la cantidad de puntos que acabas de ganar.

—No estaba compitiendo.

—Ya. Ese es exactamente el problema —respondo, colocando la segunda tableta encima de la primera—. No competir se te da demasiado bien para lo mucho que ganas.

Soren no contesta, pero mueve la cesta a la otra mano y sigue avanzando por el pasillo. Yo me detengo frente a una pequeña sección de productos de higiene.

Me quedo un segundo mirando los paquetes de compresas, con esa incomodidad absurda que una ya no debería tener a mi edad y que, sin embargo, aparece porque estoy en un supermercado noruego, con un hombre que no es nada mío, en una convivencia rara, comprando comida para los dos como una pareja bien avenida y no como dos autores atrapados en una prueba de tono sexual con chimenea.

Cojo una bolsa.

La meto en la cesta sin decir nada.

Soren está mirando unas manzanas. Ha visto el gesto. Lo sé porque Soren ve todo lo que decide no comentar.

No baja la mirada de manera incómoda ni hace esa broma torpe de hombre que quiere parecer moderno y acaba demostrando que considera la menstruación un fenómeno.

Simplemente coloca las manzanas a un lado para que no aplasten el paquete y deja encima una bolsa de espinacas.

Eso es todo.

Una reorganización mínima de la compra.

Me quedo mirando la cesta medio segundo más de la cuenta.

—¿Falta algo? —pregunta Soren, sin mirarme todavía, revisando la lista doblada.

Sí, pienso.

Varias herramientas para sobrevivir a lo poco que acabas de hacer.

—No —respondo, demasiado tranquila—. Creo que con esto podemos resistir otra semana sin que yo cene aceitunas como alimento básico de supervivencia.

—Compraré aceitunas si las necesitas.

—No uses la palabra necesitas con las aceitunas. Me deja en mal lugar.

Paga él, porque ha comprado provisiones para su casa y porque en su cabeza seguramente eso es tan lógico que discutirlo allí, con una señora mayor detrás esperando para pasar yogures, sería convertir un gesto práctico en un acto diplomático.

Yo le digo que luego ajustamos cuentas. Él responde que no hace falta. Yo le digo que sí hace falta. Él me mira con una calma peligrosa.

—Julia.

—Soren.

La cajera nos mira como si no entendiera el idioma pero sí el tono universal de dos personas que llevan días haciendo de la organización doméstica una forma de intimidad no reconocida.

Al final no resolvemos nada, que es una manera elegante de decir que él gana porque mete la tarjeta antes de que yo pueda sacar la mía.

Cargamos las bolsas hasta el coche. Bueno, él carga más porque reparte el peso con una eficiencia silenciosa que no me permite protestar sin parecer una señora defendiendo su derecho a romperse un dedo.

Mete las bolsas en el maletero, aparta el paquete de compresas hacia un lateral para que no se aplaste con las botellas y cierra.

Otra vez sin un solo comentario.

Hombre molesto. Hombre competente.

Hombre que debería tener una etiqueta de advertencia.