Capítulo 7 #2
—Y eso lo dice el tipo que parece salido del molde de un perfecto dios vikingo.
Silencio.
Un silencio inmediato, tan brusco que casi oigo cómo mi dignidad se rompe una pierna al intentar huir por debajo de la mesa.
La cabaña sigue existiendo, lo cual me parece de una crueldad innecesaria. Y mi frase, mi estupenda frase suicida, permanece sentada entre nosotros con las piernas cruzadas, fumándose un cigarro imaginario.
Soren levanta los ojos hacia mí muy despacio.
No sonríe, y eso me deja sin defensa. No hay suficiencia, ni triunfo, ni esa vanidad fácil de un hombre que acaba de saberse mirado.
Solo sorpresa.
Mínima, contenida, casi privada.
Peor todavía.
—No creo que eso sea relevante para el personaje —dice al fin.
El hecho de que intente volver al personaje me da ganas de reír, llorar y meter la cabeza dentro de la cafetera. Todo a la vez.
—No —respondo, cogiendo mi lápiz con una serenidad completamente falsa—. Por supuesto. Era una observación académica sobre el problema de la belleza masculina en la construcción del deseo femenino contemporáneo.
—Una observación académica.
—Muy rigurosa.
—Sobre dioses vikingos.
—Metáfora cultural —digo, y noto que el calor me sube por el cuello con una falta de profesionalidad alarmante—. Estamos en Noruega. Era contextual.
Ahora sí sonríe. Una sombra de humor que aparece y desaparece antes de que pueda acusarlo formalmente.
—Entiendo.
—No entiendes nada —murmuro, bajando la vista a la página—. Y te agradecería que colaboraras con esa ficción para que podamos seguir trabajando.
—Decía que el protagonista no tiene que ser perfecto —retoma, volviendo al párrafo con una calidez nueva en el tono—.
Si lo es demasiado, el deseo de ella se vuelve automático.
Casi obligatorio. El lector no necesita entender por qué lo desea, solo aceptar que cualquiera lo haría. Tienen que ser deseables por algo más.
Qué cansancio de hombre útil.
—Eso es dar por hecho que las mujeres funcionamos como detectores de abdominales —respondo, todavía con el lápiz entre los dedos y la cara lo bastante caliente como para plantearme demandar a mi propio sistema circulatorio—.
Y no. No somos tan simples. Ojalá, porque nos habríamos ahorrado una cantidad obscena de decisiones emocionales lamentables.
Soren me mira sin interrumpirme. Eso ayuda y molesta a partes iguales.
—Un tío puede estar buenísimo y no decirte nada —continúo, apoyando el bolígrafo en el margen de la hoja—.
Puede ser perfecto de cara, de cuerpo, de mandíbula, de todos esos departamentos que mis lectoras evalúan con una eficiencia admirable, y aun así dejarte igual que antes. Bonito, sí. Interesante, no.
—Sí —dice Soren—. Pero lo mantengo. Si solo alteran la temperatura por ser guapos, duran poco.
—Para que eso no ocurra lo hacemos atractivo de otras maneras—respondo, demasiado rápido, agradecida de volver a un terreno donde puedo fingir que tengo autoridad—.
Que escuche de verdad, que vea lo que ella intenta esconder, que sea inteligente sin aplastarla, capaz de cuidar sin convertirlo en espectáculo.
Un hombre que no prometa demasiado, pero haga café, cocine, deje espacio y se acuerde de las cosas pequeñas…
Me callo.
Mierda.
Soren sigue mirándome con esa calma suya, con la atención puesta en mí como si no hubiera entendido nada raro.
Pero yo sí.
Yo, por desgracia, lo he entendido perfectamente.
Acabo de describirlo. A Soren Nørgaard, señor de los cafés ya hechos, del kéfir cedido sin queja, de las habitaciones con baño regaladas sin ceremonia, de las frases secas que parecen pequeñas piedras calientes en el bolsillo.
Bajo la vista a la hoja con una concentración repentina y absolutamente fraudulenta.
—Eso —digo, aclarando la garganta—. Cosas así.
—Cosas así —repite él, despacio.
—No lo conviertas en una categoría.
—No iba a hacerlo.
—Tienes cara de estar haciéndolo.
—Tengo cara de estar escuchando.
Qué desgraciado.
Qué manera tan tranquila de empeorar una mañana.
—Pues escucha menos —murmuro, escribiendo cualquier cosa en el margen para no mirarlo.
Resopla. No llega a ser una risa, pero en él debe de contar como un despliegue emocional inadmisible.
—Es una petición complicada —dice, y vuelve al papel antes de que yo pueda decir otra tontería—. Aquí hay otro problema.
Señala tres líneas de diálogo, una debajo de otra, marcadas con una raya tan recta que hasta mi vergüenza parece mal alineada.
—Ningún hombre hablaría así sin parecer un idiota —explica con sequedad—. «Quítate la ropa. Quiero verte.» Luego «ven aquí». Luego «no te muevas». Parece que está dando instrucciones para montar una estantería, pero con una erección.
Me quedo un segundo mirándolo.
No debo reírme. Estoy defendiendo mi trabajo.
—Está tomando el control.
—No —dice, llanamente—. Está haciendo teatro.
—Es un macho alfa.
Ahora sí levanta la vista, despacio, como si acabara de decirle que el personaje actúa así porque tiene luna en Escorpio.
—Eso no significa nada.
Ay.
Qué ganas de tirarle un croissant . No tengo croissants , lo cual quizá salve nuestra colaboración internacional.
—A muchas mujeres nos pone que un hombre tome el control —le explico despacio—.
No porque seamos tontas ni porque estemos esperando a que venga un tío a indicarnos dónde poner las bragas.
Nos pone dentro de una fantasía segura, un hombre que sabe lo que quiere, que te mira como si ya hubiera perdido la paciencia, que te dice lo que desea. Eso tiene intensidad.
—Puede tenerla —concede Soren, y lo hace con una cara de haber aceptado una premisa molesta, no de haber visto la luz—. Pero aquí tiene frase de catálogo. Si quieres que dé órdenes, que las dé sin que suene como si hubiera aprendido a seducir viendo anuncios de colonia.
Me tapo la boca con la mano por pura supervivencia, porque esta vez la risa sí intenta salir.
—Mis lectoras adoran esa escena.
—No lo dudo.
—Algunas me escribieron cosas muy poco compatibles con la discreción.
—Eso tampoco lo dudo.
—Entonces algo hará bien.
Soren inclina la cabeza, y ahí está lo peligroso de él, que no se burla de mis lectoras ni pone esa cara de hombre literario que cree que si muchas mujeres disfrutan algo, automáticamente debe de tener menos valor. Su burla va dirigida al recurso. Al muñeco. Al gesto de cartón.
—Tiene efecto porque toca una tecla —dice—. No porque la frase sea buena.
Qué manera tan poco amable de tener parte de razón.
—Puede que las frases seas un poco… directas —reconozco despacio, recuperando el libro y mirando el párrafo con una irritación bastante evidente.
—Son ridículas.
—He dicho directas
—Y yo ridículas.
—No me metas el «ven aquí» en el mismo saco.
Soren levanta los ojos del folio.
—¿«Ven aquí» te parece distinto?
—«Ven aquí» es una frase mojabragas por derecho propio, Soren. Si el hombre correcto la dice en el momento correcto, después de haber esperado lo suficiente, puede hacer más daño que tres párrafos describiendo abdominales.
Él me mira con esa atención insoportable suya.
—A mí me sobran ambas cosas.
Levanto los ojos al cielo, por si Noruega ha previsto algún servicio de asistencia para autoras a punto de perder la paciencia.
—¿Siempre eres así de brusco en los procesos creativos?
—No.
—¿Menos?
—Más.
Esta vez sí me río. Una risa breve, resignada, que llevo demasiado tiempo conteniendo.
—Además, ella no hace nada. Él dice, ella obedece, el texto da por hecho que eso es deseo porque él está bueno y habla bajo.
—Eso es una simplificación criminal.
Aprieto los labios. La leo otra vez.
Él entra. Él mira. Él ordena. Ella se estremece. Ella obedece.
Mierda.
No es que no funcione. A veces una quiere eso. Pero este libro no va solo de eso.
Y eso me fastidia porque Soren no está atacando el placer de la escena. Está atacando la pereza de la escena.
Qué horror de hombre.
—Ya veo lo que te molesta.
—Me molesta que ella parezca mobiliario excitado.
—Ay, no vuelvas a decir mobiliario excitado para hablar de mis protagonistas.
—Entonces no las escribas así.
Nos miramos.
—Podría decirle que quiere verla —murmuro, probando otra entrada—. Pero no dando una orden. Más como si se le escapara porque ya no puede contenerse.
Soren no toca el papel. Solo observa mi mano.
—Mejor.
—No he terminado.
—Ya.
—Y ella no se quita la ropa porque él lo diga. Se la quita porque le gusta oírlo perder los papeles.
—Eso sí es distinto.
—No te emociones.
—No lo hago.
—Tu ceja está emocionada.
La ceja, evidentemente, no se mueve. Eso no le impide parecer culpable.
—Solo intento que deje de parecer un idiota.
—No te apropies de mi macho alfa tan rápido.
Escribo en el margen:
Él no ordena. Se le escapa. Ella no obedece. Decide provocarlo.
Soren lee la nota y se queda un momento callado. Coge el lápiz y, sin pedirme permiso, escribe debajo de mi frase:
Que ella le conteste siempre.
Lo hace con su letra impecable, firme, irritantemente bonita. Miro la frase. Luego lo miro a él.
—¿Y si a ella le gusta obedecer? —pregunto, bajando la mano despacio—.
Porque también existe eso, Soren. No todo tiene que convertirse en un pulso verbal brillante.
A veces a una protagonista le puede excitar hacer exactamente lo que él le pide.
No porque sea débil ni el señor tenga una mandíbula y una voz grave y de pronto ella pierda toda capacidad de contención sobre sus bragas.
Sino porque quiere jugar a eso. Le gusta concederle algo y ver qué hace él con esa concesión.
—También puede contestar obedeciendo. Se quita la ropa despacio, porque sabe que él quiere que lo haga rápido. Le da lo que ha pedido, sí, pero se lo da a su ritmo. Le obliga a mirar como ella decide ser mirada. Y entonces la orden ya no es solo suya.
Eso sí tiene algo.
No un «le entrega el poder, pero conserva su alma» ni ninguna de esas cosas que suenan a sinopsis con corsé. Algo más simple. Más físico. Más verdadero.
Puede obedecer contestando a su forma.
—Eso me lo quedo —digo.
Soren asiente.
—Deberías —dice, y alarga la mano hacia su taza.
Lo suelta, tan seco, tan seguro, tan irritantemente tranquilo después de haberme dado una idea buena, que me pica en un sitio bastante poco literario.
—No me ordenes que me quede con mis propias ideas —contesto, señalándolo con el lápiz antes de que se me escape una sonrisa demasiado fácil.
Soren se detiene con la taza a medio camino.
—Era una recomendación —dice, con una seriedad tan seca que casi parece inocente.
—Pues ha sonado muy a macho alfa.
Soren levanta la vista. Sus ojos vuelven a mí, claros, muy azules, atentos. Durante un segundo no dice nada.
Y entonces, muy seco, muy bajo, con esa calma suya que de pronto tiene un matiz mínimo de humor, responde:
—Entonces contesta.
Durante un segundo no puedo.
Esa es la parte humillante.
Tengo respuestas para todo. Para reseñas injustas, para editores tibios, para lectores con preguntas invasivas, para señores literarios con complejo de frontera cultural, para protagonistas masculinos que no saben pedir perdón y para mujeres ficticias con mucha labia.
Pero ahora mismo Soren Nørgaard me acaba de lanzar una frase que pertenece a nuestra discusión y no pertenece del todo a nuestra discusión, y mi cerebro, traidor, se queda mirando cómo cae.
Soren vuelve al cuaderno como si nada.
Muy bien.
Perfecto.
El noruego aprende demasiado rápido.