Prohibido leerme así Capítulo 7
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Capítulo 7

Auditoría nórdica del orgasmo y otros delitos contra el macho alfa

«Julia»

S oren vuelve vestido.

Gracias a Dios.

Y también qué pena, porque la memoria tiene una crueldad admirable y ahora el jersey oscuro no tapa del todo lo que ya sé.

Esa es otra cosa que deberían advertirte antes de convivir con hombres atractivos y es que una vez has visto el torso, la tela deja de ser tela y se convierte en encubrimiento.

Se sienta frente a mí, deja su café a la derecha del cuaderno y abre las notas como si el mundo fuera un lugar razonable donde dos adultos pueden trabajar sin que uno de ellos haya tenido pensamientos cuestionables sobre una gota descendiendo por unas costillas.

Muy bien por él.

Yo todavía estoy en otra investigación.

Escribe en la parte superior de una hoja limpia:

ESCENA SEXUAL / PRUEBA DE TONO / CAPÍTULO MUESTRA 3.

Lo ha escrito con mayúsculas, letra firme y una seriedad que, francamente, roza lo delictivo.

Yo lo miro desde el otro lado estupefacta.

—Sigo pensando que eso debería ser ilegal —digo.

Soren levanta la vista del cuaderno.

—¿La prueba de tono?

—La frase. Parece que hayamos venido a auditar un orgasmo.

—No estamos auditando un orgasmo.

—No, claro. Estamos redactando una escena sexual bajo supervisión nórdica, que es mucho más antinatural.

Él deja el lápiz en paralelo al borde de la mesa. Lo hace despacio, con esa rectitud suya que convierte cualquier movimiento pequeño en una forma de amenaza tranquila.

—Estamos intentando decidir qué función cumple la escena —dice.

—La función está clarísima.

—No para mí.

—Bueno, porque tú quieres que todo tenga un cadáver, una culpa moral o una ventana con lluvia.

—Y tú quieres que todo tenga una erección emocional.

Me quedo con la taza a medio camino de la boca.

—Perdona.

Soren no se inmuta.

—He leído tres novelas tuyas en los últimos días.

Es un patrón.

—¿La erección emocional?

Entonces abre una carpeta fina que no había visto hasta ahora y saca una página impresa, doblada por una esquina, con varias líneas subrayadas a lápiz.

—¿Has impreso una escena mía? —pregunto, mirando la hoja como si acabara de dejar una prueba incriminatoria sobre la mesa.

—He marcado un fragmento —responde Soren, sin la menor culpa—. Para no hablar en abstracto.

—Pues habla.

—Eres muy explícita y descriptiva con los órganos sexuales.

No dice vulgar ni innecesaria.

Soren es demasiado educado para usar palabras fáciles y demasiado inteligente para sonar como uno de esos ofendiditos de las redes que, cada cierto tiempo, deciden sembrarme las publicaciones con joyas del pensamiento contemporáneo tipo: «otra vendiendo porno como literatura», «otra señora confundiendo estar salida con tener voz narrativa» o mi favorita, por su delicadeza casi victoriana: « mucho empoderamiento, pero al final todo va de pollas».

Pero hay algo debajo. Una reserva. Un pequeño gesto casi invisible en esa pausa breve antes de continuar, intentando escoger una formulación que no suene exactamente a prejuicio aunque venga oliendo así desde el principio.

Y yo, por desgracia para su estrategia, llevo demasiados años reconociendo ese olor.

—No pongas esa cara —digo, dejando la taza sobre la mesa.

Soren levanta la vista.

—¿Qué cara?

—Esa. La de hombre culto intentando encontrar una manera elegante de decir «esto es mucho sexo para que pueda tomármelo del todo en serio».

—No he dicho eso —dice sin cambiar el tono, pero sí hay una tensión en la mandíbula, la clase de reacción mínima que en otro hombre sería una protesta enorme y en Soren apenas llega a declararse culpable.

—No —respondo, apoyando los antebrazos en la mesa—. Lo has vestido mejor.

—Me preocupa que la escena se apoye demasiado en la explicitud —dice, midiendo las palabras—. Que busque provocar antes que revelar.

Me recuesto en la silla y lo miro con una calma que no siento del todo, porque hay algo particularmente irritante en oír a un hombre que escribe cadáveres, culpa, crueldad y familias destrozadas hablar de provocación como si el problema literario empezara justo cuando una mujer describe un cuerpo masculino con hambre.

—Soren, escribes sobre asesinatos, sobre psicópatas que arruinan vidas y das detalles sobre autopsias —digo, señalando una de sus novelas, que sigue sobre la mesa desde ayer—. No me vendas ahora que tu sensibilidad se desmaya porque una mujer mire una erección con hambre.

Él no se ofende. Eso también molesta. Cualquier otro habría levantado la barbilla, habría defendido su obra, habría hecho una distinción larguísima entre violencia moral y erotismo comercial. Soren no.

—La violencia puede tener una función narrativa —responde, sin ofenderse. Esa es una de las cualidades de Soren, que escucha aunque no esté de acuerdo.

—El sexo también —replico.

—No siempre.

—La violencia tampoco, y ahí sigue, ganando premios.

La frase cae más afilada de lo que pretendía.

—Tienes razón —dice.

Eso me desconcierta lo justo para hacerme perder medio segundo.

—Qué maniobra más rastrera.

—No es una maniobra.

—Aceptar parte de mi argumento para parecer razonable antes de volver a decirme que escribo demasiadas pollas es una maniobra.

Soren parpadea solo una vez.

—No iba a formularlo así.

—Ya. Ese es uno de nuestros problemas.

Se le mueve en la boca en esa sonrisa de quien sabe que sonreír ahora podría ser usado en su contra. Tiene razón. Lo usaría. Con gusto.

Me inclino hacia delante, cojo la hoja que ha marcado y la giro hacia mí.

La frase está ahí, subrayada. El cuerpo del protagonista descrito desde los ojos de ella.

Su tamaño. Su reacción. La erección. Y esa mezcla de curiosidad que una siente cuando algo que ha imaginado aparece de pronto delante con peso, calor y consecuencias.

—Soy explícita porque me gusta el sexo —digo, y esta vez no dejo hueco para que la frase se convierta en defensa técnica—.

Me gusta escribirlo, leerlo, pensarlo y me encanta el cuerpo masculino.

Y por eso lo miro bien. A mis protagonistas también les gusta.

Y a mis lectoras también. No es una concesión barata al mercado. Es deseo femenino contado desde dentro.

Soren no aparta la mirada, pero su quietud cambia. Tal vez porque la conversación acaba de dejar de hablar de una categoría editorial y ha empezado a hablar de una mujer concreta sentada frente a él, diciendo sin bajar la voz que le gusta mirar a los hombres.

Bien.

Que apechugue un poco.

—Durante siglos —continúo, porque ahora que he abierto la compuerta no pienso cerrarla con delicadeza— nos educaron para parecer deseables, no para desear.

Nuestro cuerpo podía ser mirado, medido, pintado, corregido, vestido, desvestido y convertido en tema de conversación pública, pero nosotras debíamos seguir siendo pudorosas, castas, dóciles, casi sorprendidas por nuestro propio placer y ajenas a lo que era un cuerpo masculino.

Soren baja la mirada al papel. La baja no para evitarme, sino porque está pensando, y pensar, en él, se parece mucho a contener algo.

—Así que sí —digo al fin, más despacio—. Describo mujeres que miran sin pudor, que se excitan, que comparan, que fantasean, que quieren y que no necesitan esconderlo debajo de una metáfora elegante para que parezca más literario. Si eso incomoda, quizá el problema no es la explicitud.

—No creo que el cuerpo masculino deba ocultarse —dice.

—Qué alivio para el patrimonio universal.

—Julia.

—No, de verdad. Me quedo más tranquila sabiendo que podemos sacarlo del programa de protección de testigos.

Esta vez sí suelta una carcajada. Se le apaga enseguida, pero la he oído. Y me da una satisfacción absurda, más caliente de lo que debería.

—Lo que intento decir —continúa, recuperando esa seriedad que ya no parece tanto— es que cuando describes una parte concreta del cuerpo, tiene que hacer algo en la escena. No basta con que esté.

—Hacen mucho.

—No siempre.

Soren apoya el dedo junto a la línea subrayada. No toca mi mano, aunque la mía está cerca. No invade ese espacio ridículo entre sus nudillos y los míos. Ni siquiera parece registrarlo, cosa que mi orgullo decide no creerse del todo.

—Aquí —dice—, ella mira, pero el texto se queda más pendiente de que él resulte impresionante que de lo que le ocurre a ella al verlo.

Me inclino sobre la página, releo el párrafo y lo veo.

No entero, no con la claridad humillante que él parece tener, pero lo veo.

La escena se recrea en él, en su poder físico, en la reacción que debería provocar.

Y ella, mi protagonista, la mujer que en teoría desea con todo el cuerpo, queda un poco quieta. Un poco puesta ahí para admirarlo.

Qué rabia.

—Vale —concedo al fin, con el tono de una persona que concede territorio pero se reserva el derecho a quemar un puente si hace falta—. Aquí quizá me he enamorado demasiado de su polla.

Soren se queda absolutamente quieto.

Oh.

Qué manera de despertarlo sin tocarlo.

—No lo habría definido así exactamente —dice, después de un segundo.

—No, habrías dicho «el texto concentra demasiado egocentrismo alrededor del órgano masculino» y yo habría tenido que tirarme por el fiordo.

Vuelve a sonreír.

—Probablemente no habría dicho órgano.

—Qué sexy todo, Soren.

—Estoy hablando de morfología.

—Y yo de deseo. Por eso estamos aquí, ¿no? Para ver si esas dos cosas pueden dejar de mirarse como si una hubiera venido a bajar el precio de la otra.

La sonrisa desaparece. Su expresión se vuelve más seria.

—Sí —dice—. Por eso estamos aquí.

—No vayas a emocionarte —murmuro, bajando la vista para disimularlo—. Sigo pensando describir anatomía masculina con amor, hambre y bastante detalle. Si eso espanta a tu mercado literario, que se abrace a sus cadáveres.

—No me espanta.

—No. Solo te genera un conflicto estético muy prestigioso.

Se lleva una mano a la barbilla pensando.

—Quizá —concede—, pero sí creo que no tiene por qué ser tan espectacularmente dotado ni ser tan guapo.

La frase me sale antes de que pueda atraparla.