Prohibido leerme así Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La puerta de su habitación se cierra al fondo.

Yo dejo la taza sobre la encimera con mucho cuidado.

Después apoyo las dos manos en el borde de la isla y miro al frente, al ventanal, al fiordo, a la mañana azulada y cruel.

—Muy bien —murmuro para mí—. Perfecto. Fenomenal. Seis de la mañana y ya hemos visto argumento de sobra para despertar suspiros.

Menos mal que Soren no es mi tipo.

No lo digo con forma de tragedia. Tampoco con esa inseguridad fabricada que tanto irrita cuando una mujer adulta finge no saber si tiene algún encanto.

Sé lo que soy y lo que no. No mido metro ochenta ni tengo esa belleza rubia, limpia y afilada que una imagina caminando por Oslo con un abrigo carísimo y una piel incapaz de conocer el concepto «ojera», pero tampoco soy un gremlin .

Tengo mi gracia.

Y la experiencia necesaria para reconocer cuándo un hombre empieza a pensar con una parte del cuerpo que no figura en su currículum.

He visto esa mirada muchas veces: ese segundo de más en el escote, en la boca, en las piernas; esa sonrisa que no dice nada y, precisamente por eso, lo deja todo bastante claro.

Soren no hace eso.

Nunca.

No baja los ojos cuando podría bajarlos, no aprovecha un pasillo estrecho para rozarme con la excusa de pasar, no me toca para llamar mi atención. No invade. No prueba. No tantea. Una paz monástica con hombros.

Normal que su señora noruega duerma tranquila.

Si yo tuviera un hombre capaz de cruzar una cocina en toalla delante de una mujer con café, legañas y una evidente tendencia a mirar demasiado, y aun así comportarse como si acabara de comprobar la presión del agua, probablemente también confiaría en él con la serenidad insoportable de quien no tiene que imaginar cosas horribles a las seis de la mañana porque su pareja es, al parecer, una institución pública.

Y eso debería aliviarme.

De hecho, me alivia.

Un poco.

Mi cuerpo puede haber hecho un informe visual excelente, pero mi sistema nervioso no reconoce a los hombres como Soren. No sabe qué hacer con alguien que no me obliga a estar pendiente de si hoy toca ternura, distancia, castigo o una broma con borde.

Mi psicóloga lleva meses intentando explicarme —con paciencia heroica y una fe en mi evolución que yo no siempre comparto— que mi cabeza entiende muchas cosas que mi cuerpo aprendió al revés.

Una niña que crece en una casa con tensión no aprende a desear calma; aprende a vigilar pasos, voces, silencios y cambios de humor.

Aprende a volverse lista, graciosa, útil, invisible o imprescindible según convenga, porque a veces la paz depende de anticiparse antes de que el adulto problemático llegue a romper algo.

Mi padre bebía demasiado.

Era esa clase de alcohólico que convierte a un hombre en alguien presente y ausente a la vez.

Estaba allí, sí. Su chaqueta en la silla, sus llaves en el recibidor, su olor en la casa.

Pero muchas veces no estaba de verdad, no con la mirada clara, la ternura fácil y esa atención sencilla que una niña no debería tener que ganarse haciendo piruetas emocionales.

Y ahí se aprende algo horrible: que el cariño hay que merecerlo. Que, si eres más buena, más lista, más divertida, más paciente, más indispensable, quizá esta vez te miren a ti más que al fondo de una botella.

Quizá esta vez el hombre distante, el hombre difícil, el hombre que no sabe querer bien, haga una excepción contigo.

Qué concepto tan precioso.

Qué ruina tan rentable para mi historial de decisiones.

Porque no es que una se enamore solo del problema.

Eso sería casi sencillo, y a mí la vida jamás me ha concedido la cortesía de ser sencilla.

Es que hay una zona vieja y hambrienta de mí que todavía cree que, si consigue que un hombre inaccesible se ablande, me regale su atención y se quede donde otros se fueron, una herida ocurrida mucho antes de conocerlo dejará de doler.

Como si el amor adulto pudiera viajar al pasado con una fregona y dejar la infancia menos pegajosa.

Muy práctico todo.

El bloqueo no es por falta de ideas.

Ojalá.

Lo que no tengo es fe.

Y una autora de romántica sin fe en su propia fantasía es una señora con un mechero apagado en mitad de una fábrica de fuegos artificiales.

Porque, ¿y si ese es el problema? ¿Y si he llenado mis libros de hombres imposibles, rotos, fríos, hombres que no sabían querer y solo aprendían a quedarse cuando una mujer los amaba hasta quedarse sin sitio para sí misma?

La mujer excepcional.

La que llega donde ninguna llegó.

La que aguanta un poco más porque debajo de todo ese desastre hay un hombre bueno, o uno herido, o uno que solo necesita que alguien, por fin, lo quiera bien.

Qué bonito.

Qué peligroso.

Qué sospechosamente familiar.

Mi psicóloga no lo diría así, obvio. Ella hablaría de patrones, de infancia, de repetición, de la necesidad de conseguir en la edad adulta una respuesta que no llegó cuando debía.

Yo, que soy más dramática y menos colegiada, lo resumo peor: quizá llevo media vida intentando que hombres emocionalmente inaccesibles me miren como mi padre no supo mirarme.

Qué asco verlo escrito incluso dentro de mi cabeza.

Y claro, eso en una novela es gasolina.

En la vida real es una forma carísima de dejarse la piel.

Me apoyo en la encimera y miro la taza como si el café pudiera absolverme.

No quiero despreciar lo que escribo ni convertirme en una de esas personas insoportables que descubren un concepto psicológico y deciden que toda fantasía ajena es una patología.

Mis lectoras no son tontas. Saben distinguir un libro de una relación real, desear a un hombre peligroso en papel sin invitar a cenar a uno.

El problema no son ellas.

El problema soy yo.

O, mejor dicho, el problema es que yo ya no puedo sostener que la fantasía no me afecta personalmente y los cambio sobre el papel porque no soy capaz de conseguirlo en la realidad.

¿Y si no tengo ningún derecho a esperar que cambien por mí?

La respuesta me ha dejado sin protagonista porque quizá mi cuerpo no sabe qué hacer con un hombre que no necesita que yo gane su amor peleándome con sus ruinas.