Capítulo 6
Soren Nørgaard y el argumento anatómico contra el bloqueo creativo
«Julia»
E l despertador suena a las cinco cincuenta y cinco.
Cinco. Cincuenta. Y cinco.
Hay decisiones que una toma por ambición, por amor propio o por una versión de sí misma que claramente no ha consultado con el cuerpo.
Yo, por algún motivo que todavía no ha sido juzgado por un tribunal competente, he decidido que, si cada día me levanto quince minutos antes, en algún momento dejaré de parecer la superviviente de un naufragio y empezaré a comportarme como una autora internacional con disciplina, cutis luminoso y respeto por las mañanas.
De momento, la única conclusión científica es que madrugar no me vuelve mejor persona. Me vuelve una amenaza lenta con calcetines.
Hoy, eso sí, he conseguido despertarme cinco minutos antes de lo previsto.
No levantarme, cuidado. Despertarme.
Abrir un ojo, mirar la hora, odiar a todas las culturas que veneran el amanecer y quedarme tumbada otros tres minutos negociando con la manta, como si la manta tuviera autoridad contractual.
Cuando por fin salgo de la habitación, la cabaña está a oscuras en los bordes. No negra del todo, porque aquí la mañana no llega; se filtra.
Hay una claridad azulada detrás de los cristales, una luz fría que perfila el salón, la madera, la hilera ordenada de botas junto a la entrada. Todo parece limpio, intacto, demasiado sereno para alguien que todavía no ha recordado cómo se colocan los párpados.
Entonces veo una sombra verde al otro lado del cristal.
No una aurora de documental, cruzando el cielo para convencer a una española de que madrugar tanto tiene sentido. Apenas una mancha pálida, alta, deshecha ya por la luz que empieza a levantar el día. Algo que quizá, si no hubiera abierto el ojo cinco minutos antes, se habría marchado sin mí.
Me quedo quieta en mitad del pasillo.
—No me jodas —susurro.
Porque resulta que Noruega, además de cara, fría y muy convencida de sus propias consonantes, también hace estas cosas.
Camino hacia la cocina arrastrando los pies lo justo para no parecer oficialmente muerta.
Y entonces Soren aparece.
Viene de fuera.
De correr.
A las seis.
Hay una parte de mi cerebro que intenta procesar esa información y se apaga por falta de recursos.
Cierra la puerta con una mano, vestido con ropa técnica gris, el pelo húmedo en las sienes y la respiración algo más agitada de lo habitual, pero sin el menor rastro de sufrimiento.
Nada.
Ni una gota de esa humillación física que debería acompañar a una persona adulta que ha hecho un gran esfuerzo antes de que el sol tenga decidido si quiere participar en el día.
Tiene las mejillas enrojecidas por el frío, el cuello brillante de sudor, los hombros todavía anchos bajo la camiseta pegada al cuerpo y una energía tranquila, casi ofensiva.
Yo, en cambio, llevo una coleta que ha perdido cualquier vínculo con la civilización y la expresión de alguien que acaba de ser resucitada para pagar impuestos.
—Buenos días —dice.
No lo dice como un psicópata de gimnasio. Eso se lo concedo, pero lo dice despierto.
Qué falta de respeto.
—No hagas eso —murmuro.
Soren se detiene con una mano en la cremallera de la chaqueta.
—¿El qué?
—Existir con esa determinación antes de las seis de la mañana. Es muy agresivo.
Él baja la vista un momento, como si comprobara su propio estado físico y no encontrara nada especialmente denunciable.
—He salido a correr.
—Lo sé. Eso forma parte de la agresión.
Su boca hace ese amago mínimo que ya empiezo a reconocer y que, a estas horas, no debería tener derecho a existir. Luego se aparta para dejar las zapatillas junto a la puerta, perfectamente alineadas, porque hasta el calzado sudado de Soren Nørgaard encuentra su sitio en el mundo antes que yo.
—Hay café —me informa, porque ya debe de intuir que lo necesito.
La palabra me entra como una religión.
—No me hables de café si no vas a ponérmelo en vena.
Solo señala con la barbilla hacia la cocina, donde la cafetera ya está hecha, caliente, esperando, como si en esta casa hasta los electrodomésticos tuvieran más estabilidad emocional que yo.
Eso es lo que he aprendido en estos días, que convivir con Soren es sorprendentemente fácil.
Facilísimo.
Absurdo, incluso.
Soren es como un gato.
No un gato mono de los que se te suben encima y tiran cosas para reclamar atención.
No. Soren es un gato de esos grandes, silenciosos, muy suyos, que aparecen cuando quieren, desaparecen cuando les da la gana, te miran desde una esquina, evaluando tu utilidad en el universo y no requieren mantenimiento visible.
No hace falta alimentarlo, porque se alimenta solo.
No hace falta entretenerlo, porque probablemente considera el entretenimiento una concesión innecesaria a la especie.
No exige conversación, no pregunta si estás enfadada, no llena huecos, no dramatiza, no invade.
Existe.
A su ritmo.
En su territorio.
Con una independencia tan pulcra que a ratos resulta comodísima y otras da ganas de colgarle un cascabel.
Solo cambia cuando trabajamos.
Entonces el gato se convierte en otra cosa.
Se sienta frente a la mesa, abre el cuaderno, alinea el lápiz con una rectitud casi intimidante y entra en una especie de trance disciplinado que me da envidia y ganas de esconderle todos los bolígrafos.
Ahí sí se intensifica y aparece el Soren obsesivo, el que detecta una gotera en una escena a diez kilómetros de distancia y puede quedarse diez minutos mirando una frase sin parpadear para luego mover dos palabras como si estuviera recolocando una viga maestra.
Maniático, sí. Pero de una manera irritantemente eficaz.
En todo lo demás, es una presencia tranquila que no pide nada.
Lo cual, para alguien como yo, acostumbrada a convivir con hombres que confundían amor con servicio permanente de atención emocional, resulta casi una experiencia paranormal.
Soren pasa junto a mí hacia el baño del pasillo, el que está cerca de la cocina, ya que me cedió la habitación con baño propio el primer día.
Desde entonces él cruza media casa cada mañana para ducharse, en silencio, con el pelo revuelto y esa normalidad suya de hombre que se incomoda sin quejarse, y yo he intentado no agradecérselo demasiadas veces para no volverlo raro.
El aire frío que trae de fuera se queda un segundo a mi alrededor cuando pasa junto a mí. Huele a bosque mojado, sudor limpio y esa cosa mineral de la mañana junto al fiordo.
No miro cómo entra en el baño.
No mucho.
Solo lo justo para que mi cerebro, incluso en modo zombi, registre la camiseta pegada a la espalda.
Luego voy a por café con el orgullo que me queda, que es poco y está sin cafeína.
Bebo el primer sorbo de pie, con las dos manos alrededor de la taza.
La vida no mejora. Pero se vuelve ligeramente menos ofensiva.
Estoy mirando las hojas que dejamos la noche anterior sobre la mesa —apiladas, cómo no, porque Soren las ordenó antes de acostarse, ese hombre no puede dejar ni una crisis creativa despeinada— cuando oigo abrirse la puerta del baño.
Mi error es no prepararme.
Simplemente me giro.
Y Soren sale del baño con una toalla alrededor de la cintura.
Solo con una toalla.
Durante un segundo, mi cuerpo entero entiende la situación antes que mi educación.
El pelo le cae húmedo hacia la frente, más oscuro por el agua, revuelto de una forma que no tiene nada que ver con la pulcritud habitual.
Lleva gotas deslizándose desde la clavícula hasta el pecho, recorriendo la línea central del torso, perdiéndose entre los pectorales de una manera que, sinceramente, parece escrita por alguien con intención comercial.
Tiene un cuerpo trabajado. Pectorales llenos, hombros anchos, abdomen marcado en líneas firmes de hombre que corre a las cinco de la mañana, corta leña, y probablemente hace cien abdominales.
La toalla le queda baja en la cintura.
Tan baja que la línea de los abdominales descienda en esa V absurda que tantas veces he descrito con profesionalidad y que ahora, vista en directo, me parece una falta de consideración hacia mi estabilidad emocional.
Bajo la mirada sin querer —sin querer de verdad, aunque cualquier tribunal me retiraría la credibilidad— y la tela blanca marca un volumen por debajo de la cintura que no debería verse con tanta claridad en una cocina donde una mujer solo intenta sobrevivir a la mañana.
Me atraganto y toso.
Soren se detiene en el pasillo.
—¿Estás bien?
«Estoy viendo a un señor nórdico medio desnudo antes de las seis y media de la mañana con el sistema nervioso de una ardilla atropellada, Soren. No sé qué estándares manejas tú para el bienestar».
—Sí —digo, demasiado rápido—. El café. Muy… café.
La frase es una derrota.
Soren mira la taza. Luego me mira a mí. No baja la vista a su propia toalla, y ahí está lo realmente ofensivo, que no es consciente de sí mismo.
—Está fuerte —dice.
—Ya lo he notado —respondo.
La frase sale demasiado rápida, con todo su doble sentido.
Soren, por supuesto, no entiende nada.
—Puedo hacerte otro —dice, dando un paso hacia la encimera—. Más suave.
Naturalmente.
Más suave.
Maravilloso.
El universo acaba de decidir que todas las frases de Soren Nørgaard antes de las seis y media de la mañana tengan contenido adicional para mujeres con mucha imaginación.
—No hace falta —contesto, mirando un punto prudente por encima de su hombro—. Creo que puedo… gestionarlo.
Él asiente, igual que si acabáramos de resolver un problema técnico. Al pasar junto a mí, deja una ráfaga de olor a jabón, piel húmeda y calor recién salido de la ducha que me llega con una claridad indecente.
Yo miro la taza.
Con devoción.
Con disciplina.
Con una concentración que haría llorar de orgullo a cualquier monje.
No sirve de nada, porque el rabillo del ojo existe y trabaja para el enemigo.
La toalla se mueve con cada paso. El músculo del abdomen se contrae al caminar, el agua le brilla todavía sobre las costillas, una gota le baja por un lado del torso y desaparece justo bajo el borde de la tela.