Prohibido leerme así Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Por descontado —dice Erik, aceptando el sacacorchos con una obediencia que no le dura ni medio segundo—. Antes de que Julia descubra que también le has permitido otras cosas.

Soren cierra los ojos un instante.

Yo noto que se me está formando una sonrisa en la boca y hago lo posible por contenerla. No demasiado, porque ya he perdido la batalla hace rato.

—¿Hay algo más que haya profanado sin saberlo?

Soren por fin me mira.

Y ahí está otra vez esa cosa suya, mínima, seca, imposible de enseñar con pruebas. Una comisura apenas vencida.

—Prefiero no darte una lista.

—O sea que sí —deduzco yo solita.

—Así que —dice Erik, apoyándose en la isla y mirando las hojas que cubren la mesa con una curiosidad que no intenta disimular—, la convivencia va bien. No os habéis matado todavía.

—Todavía estamos en la fase educada —digo—. Aunque esta mañana hemos tenido una discusión bastante seria sobre la función narrativa del deseo femenino, así que igual vamos acelerados.

Erik me mira con esa sonrisa amplia y encantadora que sabe usar muy bien.

—Me gusta —le dice a Soren.

Soren recibe el comentario con el silencio específico de quien lleva años sabiendo exactamente cuándo no merece la pena responder.

—Cuéntame —dice—. ¿Qué tal es trabajar con él? Porque Soren tiene fama de ser exigente, y yo llevo diez años diciéndole que eso es un eufemismo.

—¿Diez años diciéndome qué, exactamente? —dice Soren sin levantar la vista del papel.

—Que eres un perfeccionista con tendencias monásticas y poca tolerancia al ruido humano.

—El ruido humano está sobrevalorado.

—Julia, dime que al menos que te hace buen café —insiste Erik, girándose hacia mí con esa familiaridad de primer nombre que ha llegado sin que yo la haya ofrecido.

—Cocina muy bien —respondo—. Y tiene opiniones muy claras sobre la estructura narrativa antes de las seis de la mañana, lo cual es su forma de dar los buenos días.

Erik se ríe.

—¿Y el libro? —pregunta—. ¿Vais a poder hacer algo juntos o vais a pasar tres semanas discutiendo sobre quién tiene razón acerca del deseo femenino?

—Las dos cosas no se excluyen —digo.

—No —conviene él, y me mira un segundo de más, con esa pausa suya que ya he aprendido a reconocer—. Supongo que no.

Se gira hacia Soren con la expresión de quien lleva años queriendo a alguien que le complica la vida con una regularidad admirable.

—Va bien —dice Soren, con esa economía suya que Erik recibe con una paciencia específica, la de alguien que lleva diez años traduciendo monosílabos.

—Qué detalle. —Erik se vuelve hacia mí—. ¿Y en tu versión?

—Tenemos una desaparición —intervengo—. Y una restauradora de manuscritos antiguos que encuentra algo oculto en un texto que nadie más ha sabido leer.

Estamos entre una segunda tinta, una presión rara sobre el papel o una frase borrada que no desapareció del todo.

Un investigador que desconfía de la intuición porque una intuición lo llevó a cometer un error grave.

Y la pregunta no es solo qué ha pasado, sino si la historia de amor cambia la investigación.

—Eso ya suena menos a experimento editorial y más a novela —dice al fin, apoyando una mano en la botella—. Lo cual me tranquiliza, porque no espero mucha comunicación por parte de Soren.

Entre ellos hay una confianza rara, muy asentada, de esas que se reconocen no por la calidez, sino por la libertad con la que uno puede molestar al otro sin que la relación se tambalee.

—Los correos de Soren son una experiencia sobria —añado, apoyándome en el respaldo de la silla—. Vanesa me reenvió uno con tres líneas y dijo: «No te asustes, en su idioma esto es entusiasmo».

Erik deja escapar una risa breve, real, y se gira hacia Soren.

—¿Ves? Te lo llevo diciendo años. La gente necesita señales de vida. Un adjetivo. Una exclamación cada semestre. Algo.

—De momento solo intento averiguar si cuando dice «tenemos material» significa que está contento o que ha encontrado algo que quiere diseccionar en silencio durante tres horas.

Erik se inclina un poco para mirar las hojas, pero no toca ninguna. Ese detalle me llama la atención. Puede abrir la nevera de Soren, servirse sin permiso y entrar en la cabaña como si la madera también hubiera firmado un contrato con él, pero no pone los dedos encima de nuestras notas.

—Si dice «tenemos material» —explica, con esa seriedad falsa que le queda demasiado bien—, significa que está interesado, preocupado y ligeramente irritado porque algo empieza a convencerlo antes de haberlo decidido.

Si dice «puede servir», es entusiasmo. Si dice «no está mal», llama a Vanesa, descorcha algo y prepara un comunicado.

Me río, esta vez sin poder contenerme. Soren levanta la vista hacia mí. No sé qué hay en su cara, pero no es enfado.

—Erik ha venido a traer vino y a molestar. Es importante no confundirlo con una autoridad.

—Soy su editor —responde él, llevándose la botella a los labios—. Molestar es una de mis pocas obligaciones sagradas. También impedir que se muera de pudor. Sobre todo con este proyecto.

—No me muero de pudor.

—No, claro. Tú no te mueres de nada que pueda nombrarse en voz alta. Pero he leído a Julia, y si vais a trabajar juntos, tarde o temprano vas a tener que escribir la palabra coño sin que parezca un informe médico.

Yo noto una punzada de calor en la nuca. No por vergüenza, exactamente. Más bien por esa reacción rara que me dan las conversaciones sobre mis escenas cuando ocurren delante de alguien que no pertenece a mi círculo habitual.

Mis lectoras pueden hablar de ello con una naturalidad muy dulce. Yo también. Vivo de eso. Lo defiendo y lo disfruto.

Pero oír a Erik decirlo aquí, con Soren a dos metros, me desplaza el suelo un par de centímetros.

—He leído su libro —dice Soren, muy despacio—. No necesito que hagas de intérprete.

—No, pero quizá ella sí necesita saber que no vas a tratar las escenas explícitas como un exceso que habrá que rebajar en la traducción al nórdico severo.

Erik lo dice mirándome a mí, y ahí está otra vez esa facilidad suya para dirigir la conversación hacia donde duele un poco y a la vez halaga.

Me está defendiendo y colocándose de mi lado con una elegancia muy estudiada. Sabe lo que hace. Seguramente siempre sabe lo que hace.

—No son un exceso —responde Soren antes de que yo pueda decidir si quiero contestar—. Y no he dicho que haya que rebajarlas.

—Qué alivio —dice Erik, y abre la botella de vino con un ligero «pop»—. Porque hay escenas en el libro de Julia que perderían la mitad de su fuerza si las hiciera más educadas. Sería como tapar una herida con papel de regalo. Muy bonito, muy respetable, y completamente inútil.

—¿Qué libro has leído? —pregunto, porque no acaba de llamarme atrevida ni intensa ni ninguna de esas palabras que atacan sin tocar. Ha entendido para qué sirve lo explícito, y necesito saber cuánto ha visto.

—El que Vanesa dijo que no debía leer primero.

Cierro los ojos un segundo.

—Por supuesto.

—Me pareció una recomendación excelente.

Cuando alguien me dice «este no», casi siempre empieza a interesarme la conversación.

La escena del cuarto de revelado —dice Erik, con una despreocupación muy poco tranquilizadora—.

Esa en la que ella entra para destruir las fotografías antes de que él las vea y termina encerrada allí con él, a oscuras, con la luz roja encendida y las copias colgando todavía húmedas… Es muy buena.

—Esa escena tiene muchos años —digo, que es la clase de defensa ridícula que una usa cuando no puede salir corriendo sin parecer inestable.

—Y sigue viva —responde Erik, sin moverse—.

Lo molesto de las escenas que convencen es que no envejecen solo porque su autora quiera tomar distancia.

Es explícita, sí. Mucho más de lo que Soren escribiría incluso bajo amenaza, pero no se queda en que él le suba la falda y se arrodille entre sus piernas.

O en que él le meta mano y ella se quede callada justo en la frase en la que llevaba tres páginas intentando tener razón.

Soren lo mira.

—Erik.

—Estoy hablando de que en realidad lleva mucha emoción debajo como si con cada frase estuvieras defendiendo algo. Igual… que ella puede desearlo, pedirlo y disfrutarlo.

No sé qué hacer con eso.

Está hablando de mi escena y parece que la hubiera leído de verdad. No como material caliente ni gancho comercial.

—No escribo sexo para decorar —digo al fin, y mi voz sale más baja de lo que pretendía.

Erik no sonríe ahora.

—Lo sé.

Dos palabras. Peligrosísimas, porque esta vez no suenan a coqueteo.

Soren se adelanta entonces hacia la cocina y abre el armario. El gesto rompe algo lo suficiente para devolvernos a la realidad.

—Si vas a quedarte —dice, sacando tres copas—, al menos sirve el vino que has traído antes de convertir mi cocina en una presentación literaria.

Erik acepta la interrupción con una risa suave.

—Soren odia hablar de sexo en los libros —me dice, pero esta vez lo hace con menos filo, casi con cariño—.

Lo rodea, lo evita, lo convierte en una puerta cerrada y luego escribe tres párrafos sobre la luz debajo.

Muy elegante, pero tremendamente frustrante para cualquiera que tenga curiosidad humana normal.

—No odio hablar de sexo —replica Soren, colocando las copas sobre la encimera—. Odio hablar de sexo como si fuera una categoría separada del resto de la escena.

Erik me mira, encantado.

—¿Ves? Esto es exactamente lo que digo. Le preguntas si una escena es erótica y te contesta con ontología narrativa.

No puedo evitar reírme.

Erik sirve el vino. El líquido cae claro, dorado pálido, en las copas. Me tiende una primero, con una inclinación de muñeca perfectamente medida. No roza mis dedos al hacerlo, aunque podría. Ese autocontrol suyo es tan calculado como cualquier contacto.

—A mí me gusta cómo escribes el sexo —dice, ya sin dirigirse a Soren—.

Me gusta que no lo conviertas en metáfora todo el tiempo.

Que el cuerpo tenga peso, temperatura, torpeza, hambre.

Me gusta que tus mujeres piensen demasiado incluso cuando no les conviene, y que tus hombres no puedan escapar de lo que provocan.

Es explícito, sí, pero no gratuito. Y eso, Julia, no es tan común como la gente cree.

—Vas a caerle muy mal a mi síndrome de impostora —digo al fin.

Erik se apoya en la isla con su copa.

—Tu síndrome de impostora puede sentarse con el mío. Seguro que se entretienen mucho juntos.

Eso me hace sonreír, pero no como antes. Porque Erik es un cliché, sí, el hombre que seduce sin tocar, que lee demasiado rápido en los demás. Pero no es tonto. Y eso lo vuelve mucho más peligroso.

Soren no contesta.

Ese es el problema.

Erik lo mira, divertido.

—Ahí está —dice, con una suavidad venenosa—. Le mencionas una escena explícita y Soren empieza a buscar una salida arquitectónica en la madera.

Soren deja la copa sobre la isla. Esta vez el cristal suena un poco más de lo necesario.

—No uses su libro para pincharme, Erik.

Él sonríe un poco menos.

—Eso es una forma muy elegante de no decir nada.

Soren no recoge el anzuelo. Mira las copas, la botella, el borde de la encimera. Cualquier sitio menos mi cara.

—Exacto —dice—. No voy a decir nada.

Y así cierra la puerta. A Erik, al tema, quizá a mí también. Y eso me escuece con una estupidez que no debería permitirme, porque no me debe nada, acabamos de conocernos y mi oficio no necesita la aprobación de un hombre que utiliza los silencios como cuchillos.

Pero escuece.