Capítulo 5
El editor que vino a tocar los fermentados
«Julia»
P ronto descubro que la convivencia no empieza de verdad cuando compartes una mesa de trabajo, ni cuando discutes durante tres horas sobre un protagonista.
Empieza cuando la ropa limpia vuelve de la lavandería.
Marit aparece a las seis y veinte con dos bolsas de tela enormes, botas mojadas, una chaqueta verde oscura y esa autoridad silenciosa de las mujeres que podrían dirigir un país pequeño sin cambiar de gesto.
Me saluda con un inglés perfecto, me pregunta si estoy durmiendo bien y, antes de que pueda responder, le dice algo a Soren en noruego que lo hace mirarme de reojo con una expresión demasiado neutra para ser inocente.
—¿Qué ha dicho? —pregunto cuando Marit se marcha, porque no pienso vivir seis meses rodeada de consonantes misteriosas sin exigir subtítulos.
Soren cierra la puerta y deja una de las bolsas sobre la mesa de la entrada.
—Que separas mal la ropa —responde, sin mirarme.
—Eso no tenía pinta de ir sobre calcetines —digo, observando la rigidez sospechosa de su espalda.
—Era una traducción práctica —contesta, levantando la otra bolsa con una seriedad que no lo ayuda nada.
—Nørgaard.
Se detiene a medio paso, como si hubiera calculado tarde que la salida digna ya no estaba disponible.
—Ha dicho que pareces peligrosa —admite al fin.
Parpadeo.
—¿Peligrosa?
—Para mi sistema de clasificación —añade, y entonces sí me mira, pero solo lo justo para empeorar su defensa.
—Ajá —murmuro, dejando la camiseta sobre la mesa—. Esa última parte suena muy tuya.
—Lo era.
—Ya me parecía. ¿Y la parte de Marit?
Soren tarda medio segundo en contestar. Poco para él. Una eternidad para cualquier persona normal.
—Que tenga cuidado contigo —dice, y coloca la bolsa sobre la mesa con demasiado cuidado para alguien que pretende no estar incómodo— que una mujer capaz de llevar tan poca tela para cubrir su… como ropa interior, no lo hace para pasar desapercibida.
Me quedo quieta.
—¿Ha dicho eso?
—Con otras palabras.
—Quiero esas palabras.
—No.
—Soren.
Aprieta apenas la mandíbula, y esa mínima señal de incomodidad me alegra el día de una forma bastante poco madura.
Han pasado cinco días desde mi llegada. Cinco días de café negro, lluvia contra el cristal, discusiones sobre estructura, una lista de sospechosos que ya ocupa media pared del comedor y un protagonista masculino que aún no tiene nombre porque cada vez que Soren propone uno parece un inspector de Hacienda y cada vez que yo propongo otro, él lo mira con la misma cara con la que debe de mirar una errata en un libro ya publicado.
También hemos aprendido cosas.
Yo he aprendido que Soren madruga con una disciplina ofensiva, que deja las tazas usadas dentro del lavavajillas sin hacer de ello un acontecimiento moral, que sale a correr y hacer ejercicio aunque esté lloviendo y que puede pasar veinte minutos mirando una escena sin decir nada para después señalar la única frase que estaba sosteniéndola entera.
Soren ha aprendido que yo necesito tres cafés para no interpretar la realidad como una agresión personal, que trabajo mejor a partir del mediodía y que, si me deja sola con post-its de colores, acabaré creando un sistema emocional que no entiende ni Dios, pero que a mí me parece perfectamente razonable.
La convivencia se ha vuelto rara de una forma manejable. O eso creo hasta que Soren se queda quieto con una prenda mínima de encaje negro colgando del índice.
Al principio solo lo veo sacar ropa limpia de la bolsa de Marit y hacer tres montones con una rectitud que me produce una mezcla incómoda de respeto y ganas de desordenarle algo.
Yo estoy al otro lado de la mesa, revisando la escaleta con un boli rojo en la mano y un trozo de chocolate en la boca, porque la madurez profesional tiene límites muy concretos.
—Creo que esto no es mío —dice.
—Me alegra que hayas llegado a esa conclusión por ti mismo —digo, porque por suerte mi boca tiene un departamento de emergencias independiente.
Soren baja la mirada a la prenda y vuelve a mirarme.
—Ahora entiendo mejor a Marit.
—No lo digas.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado con una claridad escandalosa.
—Es difícil evitarlo.
—Dame la braga antes de que digas otra cosa y tenga que tirarte por el fiordo.
La comisura se le mueve hacia arriba. El muy maldito está disfrutando.
—Eso también suena peligroso.
—Díselo a Marit. Parece experta.
—Preferiría no darle más material.
—Cobarde.
—Prudente.
—Aburrido.
—Superviviente.
Se me escapa una risa antes de poder evitarlo.
Y entonces abren la puerta desde el exterior.
El hombre que entra es alto, como casi todos aquí, con ese físico nórdico que parece diseñado para que la ropa caiga bien sin esfuerzo.
Pelo rubio algo largo, mandíbula limpia, ojos claros, de un azul más añil que el de Soren, y una sonrisa fácil que llega antes que el saludo.
—Soren —dice, y su voz tiene ese registro grave que no sube nunca—. No pongas esa cara. He traído el Riesling que te debo desde Oslo.
—Erik.
Soren lo dice con la economía de quien podría decir bastante más y ha decidido que no merece la pena.
—Tú tienes que ser Julia Galiano —dice, y cruza la cocina para extenderme su mano.
En las llamadas, Erik Larsen, el editor de Soren, era encantador, directo, con ese humor seco que en Noruega parece venir de serie y que yo había anotado mentalmente como rasgo cultural sin darle más vueltas.
Ahora, viéndolo en persona, entiendo que la voz no mentía exactamente, pero tampoco lo contaba todo.
—He querido conocerte antes de que Soren te convenciera de que todos los noruegos somos monosílabos con buen metabolismo.
—No tenías que venir —suelta Soren desde donde está, con los brazos cruzados.
Su editor deja la botella de vino sobre la encimera con un golpe suave y se gira hacia él.
—No presentarme sí que habría sido desconsiderado.
Lo mínimo es asegurarme de que ella existe de verdad.
Vanesa lleva semanas hablándome de esta colaboración como si fuera a salvar la industria editorial o a destruirla con muchísimo estilo, pero de Soren solo he conseguido una frase el día que llegaste.
Soren ni siquiera levanta la vista.
—Está aquí.
Erik me mira con una paciencia teatral.
—Eso fue todo. Sin adjetivos, sin valoración humana, sin una miserable coma emocional.
Así que entenderás que haya venido a comprobar si seguías viva, si él seguía siendo él y si de verdad habíais empezado a trabajar o estabais los dos sentados frente al fiordo fingiendo que el silencio cuenta como método.
—Soy bastante real.
—Ya lo veo —responde, y ahí está el tono pausado y la forma en que sus ojos terminan el recorrido por mí una fracción de segundo después de que la boca haya empezado a hablar.
Luego abre la nevera con la familiaridad de quien ha estado aquí otras veces, se inclina un poco para mirar dentro y suelta una risa breve, baja, demasiado satisfecha.
—No me lo puedo creer.
Soren se queda quieto al otro lado de la isla.
—Cierra la nevera, Erik.
—Un momento. Necesito asimilar esto —responde él, metiendo medio cuerpo en la luz fría del electrodoméstico con una teatralidad absurda—. ¿Dónde está tu kéfir?
Levanto la vista.
—¿Su qué?
Erik se incorpora con una expresión de felicidad casi ofensiva y una botella de agua en la mano.
—Su kéfir. El kéfir. Marit se lo trae todos los lunes de una granja diminuta perdida en alguna montaña donde, por lo visto, las vacas escuchan música tradicional y tienen más estabilidad emocional que nosotros. Artesano, carísimo, agrio como una mala decisión y absolutamente intocable.
Soren cierra la nevera con una calma que no consigue disimular nada.
—Estás exagerando.
—No estoy exagerando —contesta Erik, apoyándose en la encimera con la botella de agua todavía en la mano—. Hace tres años me negó una cucharada porque, según él, «no era necesario abrir otro frente de consumo». Recuerdo la frase porque pensé en ponerla en su solapa editorial.
Me quedo muy quieta porque yo llevo tres mañanas comiéndome ese kéfir con frutos rojos y miel.
Bastante miel, además, porque el kéfir en cuestión es efectivamente bastante agrio.
Giro la cabeza hacia Soren despacio.
—¿El kéfir era solo tuyo?
Soren no me mira. Primero pone los ojos en Erik, con una advertencia silenciosa que no sirve de nada porque Erik ya está disfrutando igual que si alguien acabara de regalarle una joya de edición limitada.
—No puse una etiqueta —dice Soren al fin.
—Qué argumento tan generoso para un hombre que organiza la leña por utilidad y las flechas de la escaleta por nivel de amenaza —apunta Erik, señalando el aire entre nosotros con la botella, encantado de haber encontrado una grieta por la que meter media pierna.
—Para que entiendas la gravedad del asunto, Julia: Soren comparte su casa, su mesa de trabajo y, en situaciones extremas, un vino decente. Pero el kéfir de Marit es territorio soberano.
Soren le quita la botella de la mano antes de que siga usándola como arma.
—Deja de decir tonterías.
La frase me calienta la cara de una forma estúpida, porque no debería significar nada. Pero Soren ha dejado que me lo coma durante días. Me ha visto abrir la nevera, cogerlo, arrugar la nariz al probarlo, echarle miel como si mi vida dependiera de ello, y no ha dicho nada.
Ni una queja.
Ni un comentario.
Ni uno de esos silencios suyos que pesan más que una frase completa.
—Podrías habérmelo dicho —digo, y mi voz sale más baja de lo previsto.
Soren se encoge de hombros.
—Te gusta.
Dos palabras.
Nada más.
Erik deja escapar un sonido muy parecido a una carcajada contenida.
—Dios mío.
—Erik —advierte Soren.
—No, no. Esto merece respeto. Acabo de presenciar a un hombre que no comparte fermentados desde 2019 actuando como si no tuviera importancia.
Soren abre un cajón, saca el sacacorchos y lo deja sobre la encimera con un golpe seco.
—Sirve el vino.