Prohibido leerme así Capítulo 4
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Capítulo 4

Virtud secundaria: hacer sopa. Virtud principal: no ser Arturo

«Julia»

L a palabra « calma» sigue en mitad de la mesa cuando el móvil, boca arriba, se ilumina entre una hoja donde hemos escrito « intensidad sin daño» y otra donde Soren ha trazado una flecha tan recta, tan sobria y tan convencida de sí misma que casi dan ganas de pedirle que se relaje.

Arturo.

El nombre aparece en la pantalla con una naturalidad hedionda.

No puedo vivir así, Julia. De verdad que soy nada sin ti. Dime algo.

Leo el mensaje entero antes de poder impedirlo.

Y eso es lo que más rabia me da. No es por el mensaje en sí, ni sus frases enormes, dramáticas, hinchadas de una desesperación que antes me habría abierto una grieta en el pecho, sino comprobar que mi cuerpo todavía sabe leerlo antes que mi cabeza.

Que hay una parte de mí, antigua y bastante idiota, entrenada para responder a la necesidad ajena como si cualquier dolor que no fuera mío pudiera convertirse, de pronto, en una urgencia.

Dejo el móvil boca abajo, con cuidado.

Demasiado quizá, porque Soren levanta la vista de la hoja y mira el teléfono más de un segundo.

Luego me mira a mí sin pronunciar palabra.

Se limita a observar ese pequeño desplazamiento de aire que acaba de ocurrir en la mesa y, después, recoge una de las hojas y la coloca sobre el montón de la izquierda.

—Creo que deberíamos parar un rato —dice, dejando de escribir—. Llevamos casi dos horas con este hombre y todavía no tiene nombre, pero ya parece necesitar un comité ético.

Me obligo a respirar por la nariz antes de contestar. El humor, por suerte, sigue siendo una muleta bastante digna si una no se apoya con demasiada desesperación.

—Pobre hombre —digo, echándome hacia atrás en la silla—. Cinco horas existiendo en una columna y ya lo hemos acusado de tibio, monstruo, red flag , investigador emocionalmente estreñido y posible dios de la sopa.

Soren mira la hoja, luego mira hacia la cocina, y hay algo en ese movimiento, una pausa mínima, que me hace sospechar.

—Sobre la sopa —dice, levantándose—, debo aclarar que la he hecho temprano, antes de saber que podía perjudicar la construcción erótica de un hombre.

Me quedo quieta.

Luego me río.

—Estoy segura de que saber hacer sopa es una virtud impresionante —digo, levantándome al fin sin dejar de reírme—. Solo espero que no sea la principal.

—Entonces la sopa queda como virtud secundaria.

—Muy secundaria.

—Aceptable.

—No te vengas arriba, Nørgaard. Todavía no la he probado.

Esta vez sí sonríe un poco.

Y ahí, justo ahí, me doy cuenta con más claridad de que Soren no encaja con ninguno de mis hombres habituales. No intenta resultar encantador o distante, pero tampoco invade. Solo calienta sopa, hace un comentario seco y deja que yo vuelva a la realidad por mi propio pie.

Es irritante y cómodo a la vez, y no sé qué hacer con un hombre que ve demasiado y pregunta tan poco.

Así que hago lo único sensato: busco cucharas.

—Deberíamos repartirnos las tareas —digo, abriendo el cajón de los cubiertos con más energía de la necesaria—. No quiero convertirme en la escritora española que vino a Noruega a discutir el deseo femenino mientras un señor nórdico le daba de comer tres veces al día.

—Una vez a la semana viene Marit —responde él, bajando el fuego con un gesto automático—. Recoge la ropa sucia, la devuelve limpia y planchada, trae parte de la compra si se le pide con tiempo y revisa que la cabaña siga en pie. La verás los lunes.

Me giro con dos cuencos en las manos.

—¿Limpia y planchada? —pregunto, porque hay lujos que una no espera encontrar en medio de un fiordo.

—Sí.

—¿En plan adultos ricos que nunca tienden calcetines húmedos en radiadores?

—Como si hubiera un servicio de lavandería a quince kilómetros —responde, quitándome uno de los cuencos con naturalidad para servir la primera ración.

—No me destroces la fantasía con datos, Soren. Una mujer que aparece los lunes, se lleva la ropa y la devuelve planchada suena a milagro. Déjame creer en algo.

Soren sirve la primera ración sin levantar demasiado la vista, pero la comisura se le mueve apenas.

—Creer en Marit no es difícil. Impone bastante.

—Ah, encima impone.

—Mucho.

—Perfecto. Ya tengo miedo de no separar bien la ropa blanca de la de color.

—Harías bien.

El móvil se ilumina otra vez sobre la mesa.

No necesito mirar para saber quién es. Tampoco necesito mirar a Soren para saber que se ha dado cuenta.

La sopa está caliente. El cuenco me calienta las manos. Durante unos segundos me concentro en eso, en el vapor que me sube a la cara, en el olor a pollo, puerro, pimienta y algo tostado que no identifico, en el primer bocado, que me obliga a cerrar la boca antes de soltar una tontería.

Está buena.

Muy buena, de hecho.

Porque el hombre que no es mi tipo madruga, lee, subraya, escribe frases demasiado exactas y, además, hace sopa sin convertirlo en un espectáculo sobre lo capaz que es.

Qué necesidad.

—Está rica —admito, bajando la cuchara con un cuidado ridículo, como si elogiar una sopa pudiera comprometerme de alguna forma.

—Me alegra que te guste —responde él, y lo dice con una corrección tan deliberada que casi le veo el esfuerzo.

—¿Te alegra? —pregunto, ladeando la cabeza mientras pruebo otra cucharada—. Qué sospechosamente humano.

Soren me mira con esa calma suya, la que no se inmuta ni aunque una le sacuda una frase delante de la cara como quien intenta comprobar si respira.

—He dicho una frase socialmente adecuada.

—Ya. Ahí está lo inquietante.

—¿Preferías que dijera «bien»?

—Después de anoche, no descartaba que la sopa recibiera una evaluación técnica por tu parte. Temperatura correcta. Sal aceptable. Textura práctica. Ausencia de delitos contra el puerro.

—El puerro ha cumplido.

Casi se me escapa otra risa, pero la contengo en la cuchara porque empiezo a notar que hacerlo delante de él es demasiado fácil cuando no debería serlo.

Soren no busca esa reacción, y quizá por eso la consigue. Solo deja una frase seca en medio de la cocina y permite que encuentre su sitio.

El móvil vuelve a encenderse.

Esta vez sí vibra.

Una vibración corta, densa, contra la madera de la isla.

La cuchara se me queda quieta dentro del cuenco, pero no para mirar la pantalla. El cuerpo tiene una memoria muy antipática para ciertas cosas y sabe reconocer intervalos, formas de insistencia y cuándo una vibración no trae un mensaje, sino una reclamación.

—Puedes contestar —dice, cogiendo su cuchara de nuevo.

—No quiero contestar.

—Entonces no contestes. Puedes apagarlo un rato si te molesta.

—Apagarlo me convertiría en una persona madura y ahora mismo no quiero crear expectativas falsas —respondo, echándome hacia atrás en el taburete—. No es tan sencillo.

—No he dicho que sea sencillo —responde sin mirarme.

Levanto la vista.

La cocina está caliente, pero el cristal del ventanal sigue empañado en los bordes. Fuera, el día tiene esa claridad gris de los lugares donde la luz más que iluminar, solo aclara.

Dentro huele a sopa, café y madera. Todo debería ser pequeño. Doméstico. Manejable. Un descanso entre dos sesiones de trabajo.

—A veces. Por rachas. Le pasa en cuanto su vida se desordena, se siente solo o alguna mujer decide no soportarlo.

Entonces vuelve a tirar de mí porque no soporta que yo haya dejado de estar disponible.

Quiere comprobar si todavía puede tocar una tecla y encontrarme al otro lado para escucharlo, calmarlo y hacerle sentir que no me ha perdido del todo.

Por eso, si dejo de responder, no piensa: «Julia no quiere hablar conmigo». Piensa: «Julia no puede hacerme esto».

La última frase me sale más áspera de lo previsto. La noto rozándome la garganta.

Soren no toca su cuenco. Sus manos descansan a ambos lados de la loza, grandes, quietas, sin esa ansiedad masculina de arreglar enseguida algo que no les pertenece.

—No tienes que hablar de él —dice—. Ni usarlo para justificar que el teléfono te moleste.

—Lo sé.

—Bien.

—Eres muy poco útil para sostener dramas —murmuro.

—Puedo salir y volver a entrar con más expresión si eso ayuda.

Se me escapa una carcajada pequeña, sin demasiado control. Me tapa un segundo la vergüenza y la rabia. Quizá por eso le agradezco la frase más de lo que debería.

—No, déjalo. Seguro que lo haces fatal.

—Probablemente.

El móvil vibra otra vez.

Esta vez lo cojo para apagarlo, pero el dedo se me queda un segundo sobre el cristal y veo la previsualización del segundo mensaje.

Por favor. Solo dime algo.

Algo.

Una palabra mía, convertida otra vez en moneda para comprarle aire.

Apago y dejo el teléfono dentro del bolsillo del pantalón.

—Hay una cosa muy tramposa en que alguien diga que te necesita, que no puede vivir sin ti —digo, antes de callarme y perder el impulso—.

Al principio parece amor. Incluso parece una forma intensa de amor, ¿sabes?

Te hace creer que eres imprescindible como si el mundo de la otra persona tuviera un vacío exacto con tu forma y solo tú pudieras taparlo con las manos.

Soren me mira sin apartar los ojos.

—Y luego te das cuenta de que no eres imprescindible —continúo, removiendo la sopa aunque ya no hace falta—.

Eres algo cómodo. Ese sitio donde esa persona deja lo que no sabe ordenar.

Sus miedos, su ego, su soledad, su rabia.

Todo. También sus errores, sus infidelidades, su falta de apoyo, sus ausencias, su egoísmo, esa manera suya de estar solo cuando necesita algo y desaparecer cuando eres tú quien lo necesita.

Y al final, todo encuentra la forma de volver a ti convertido en culpa.

Si él falla, es porque no lo entendiste.

Si miente, porque no supiste escuchar. Si busca fuera lo que tenía en casa, es porque tú no estuviste lo suficiente cerca o disponible.

Y tú empiezas a creer que soltar es crueldad, apartarte es abandono y no responder al mensaje dramático número ciento cuarenta y siete puede provocar algo y será culpa tuya por haber querido cenar tranquila, trabajar o dormir ocho horas como una burguesa sin corazón.

La cocina queda muy quieta después de eso.

No sé por qué lo he dicho. O sí. Lo sé perfectamente.

Es esa frase que hemos escrito en la mesa, esa calma en mitad del papel, el hombre que no necesita ser salvado, el protagonista que no convierte a la mujer en su psicóloga personal. Todo ha estado empujando hacia esta conversación desde antes de que Arturo hiciera vibrar mi móvil.

Sin embargo, no le digo que antes hubo una casa donde aprendí a medir el humor de un hombre por el ruido de un vaso, por una puerta cerrándose demasiado fuerte, por una promesa hecha al día siguiente con la voz rota y el aliento aún sucio.

Tampoco que después vinieron otros hombres distintos, con otros nombres y otros desastres, pero con la misma forma de necesitarme justo donde yo sabía sentirme útil.

Intensos. Heridos. Egoístas de maneras más o menos elegantes.

Hombres a los que yo confundía con historias profundas porque me resultaba demasiado familiar intentar salvarlos.

Soren tampoco pregunta.

Y quizá por eso me cuesta un poco más seguir respirando como si no acabara de rozar algo que todavía no sé cómo nombrar.

—Sigues cuidando su versión de la historia —dice al fin.

Lo miro sin comprender.

—¿Qué?

—Estás explicándome lo que le pasará a él si no contestas —continúa, sin subir la voz—. No has dicho una sola vez qué pierdes tú cada vez que respondes.

Me quedo con la cuchara entre los dedos.

—Pierdo respeto por mí misma —añado, removiendo la sopa con una lentitud inútil—.

Que dicho así suena muy dramático, pero es verdad.

Cada vez que contesto para que se tranquilice, para que no se hunda o no me convierta otra vez en la mala de su historia, hay una parte de mí que piensa: otra vez has confundido paz con rendirte un poco.

—Yo no cedería mi paz por alguien que la usa para descansar él —dice Soren.

—Tienes pinta de no ceder tu paz por nadie, Soren.

—No suelo.

—Qué sorpresa.

—Pero tampoco he dicho que sea invulnerable.