Prohibido leerme así Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—También está el mujeriego —apunta, y esta vez no lo dice con la misma ligereza que antes, aunque intenta disfrazarlo moviendo el lápiz entre los dedos—.

El que no se queda con nadie. El que sabe tocar, sabe mirar, sabe desvestir a una mujer con dos frases y luego desaparecer antes de que ella tenga tiempo de preguntarse si aquello significaba algo.

No escribo nada todavía. La miro, porque ahí su voz ha cambiado un poco.

—¿Y eso funciona? —pregunto.

Julia levanta la vista.

—Muchísimo.

—¿Que trate a las mujeres así?

La pregunta no sale como reproche. Al menos no intento que salga así. Pero Julia la recibe igual que se recibe una mano fría en la nuca: con un pequeño estremecimiento que no llega al cuerpo, solo a la expresión.

—No es exactamente eso —dice, y deja el lápiz sobre la mesa, como si ya no le sirviera para defenderse—. No gusta que las trate mal. Bueno… no debería gustar. Lo que gusta es la fantasía de ser la excepción.

—La excepción —repito.

—Sí. La mujer por la que deja de hacerlo.

La única a la que no mira como a las demás.

La que consigue que el hombre que nunca se queda quiera quedarse.

Es absurdo, ya lo sé —añade enseguida, con una sonrisa mínima y bastante más triste que burlona—.

Pero también es muy humano. Llevamos media vida intentando ser lo bastante especiales para que alguien cambie por nosotras.

La frase queda sobre la mesa con una incomodidad distinta.

—¿Y tú crees en eso? —pregunto.

Ella suelta una risa breve, sin alegría.

—Creer es una palabra complicada. El problema es que surte efecto —dice, señalando la hoja con el lápiz—. Es una fantasía preciosa. Que alguien te mire y decida ser mejor.

—Y ahora no quieres escribirlo —digo, antes de tener del todo claro por qué he entendido eso.

Julia me mira.

Esta vez no contesta deprisa.

—Ahora no sé si quiero seguir escribiéndolo igual —reconoce—. Ya no quiero escribir a una mujer desangrándose para que un hombre aprenda a quererla bien… No quiero alimentar esa fantasía de que… podemos cambiarlos.

La frase se le queda a medio camino entre la boca y la mesa, como si hubiera dicho más de lo que pretendía y no encontrara una forma elegante de recogerlo.

No aparta la mirada enseguida, pero sus dedos buscan un mechón de su pelo y lo gira, lo bastante despacio para que el gesto no parezca nervioso y lo bastante seguido para que lo sea.

No escribo nada.

Hay cosas que, si se anotan demasiado pronto, se convierten en material antes de terminar de ser verdad.

—Lo hemos convertido en «quédate con el monstruo hasta que se vuelva príncipe por ti». Aguanta y quiérelo. Sé especial, paciente, distinta y serás la excepción. Y ya no lo creo y tampoco quiero seguir alimentándolo.

La frase sale con cansancio y con algo demasiado real para que solo esté hablando de lo que escribe.

—Pero tus lectoras esperan intensidad —digo, porque esa contradicción está en el centro de la mesa desde que hemos empezado—. Tú misma lo has dicho.

—Sí —responde Julia, dejando el lápiz sobre la hoja—. Y no quiero quitarles eso. No quiero un protagonista que pague impuestos, pida perdón en la página tres y tenga una relación sana con su grupo de WhatsApp. Me moriría de aburrimiento y mis lectoras usarían el libro para calzar una mesa.

—Entonces ¿qué quieres?

La pregunta parece sencilla hasta que la oye.

Julia se queda quieta. Mira el cuaderno, luego la ventana, luego otra vez la hoja donde ha escrito ¿por qué se enamoran? con una contundencia que ahora parece desafiarla a ella también.

—Quiero escribir un hombre que tenga intensidad sin convertir a la mujer en su saco de boxeo —dice al fin—.

Uno que no necesite hacer daño para resultar interesante.

Que no confunda misterio con falta de responsabilidad afectiva.

Que no sea deseable porque ella tenga que ganárselo cediendo demasiado.

No respondo enseguida.

Fuera, la lluvia ha aflojado y el fiordo aparece más claro entre los árboles. Dentro, el fuego cruje bajo, casi pidiendo otro tronco. Julia no se mueve para llenar el silencio. Lo intenta, lo noto en la tensión de su boca, en cómo el pulgar busca el borde de la taza, pero esta vez se contiene.

—Eso suena más difícil de vender que un monstruo con buen arco de redención —digo.

Ella suelta una risa breve, de esas que no ocultan del todo lo que hay debajo.

—Bienvenido a mi bloqueo.

—Eso no es un bloqueo —corrijo.

Julia levanta la vista hacia mí con una cautela inmediata, como si ya estuviera preparándose para defenderse.

—Ah, perdón. ¿Qué es entonces? Me encantan los diagnósticos antes de las nueve.

Miro la hoja, la frase que ha escrito, las flechas abiertas alrededor de un hombre que todavía no existe.

—Es una objeción a seguir escribiendo algo que sabes que vende, pero que ya no puedes defender igual. No es falta de historia.

—Qué generoso para alguien que hace diez minutos quería empezar por un cadáver.

—Sigo queriendo empezar por un cadáver.

—Menos mal. Me habría preocupado haberte convertido demasiado deprisa.

Cojo el lápiz y escribo debajo de su última frase, despacio, para que no parezca una conclusión cerrada:

INTENSIDAD SIN CASTIGO.

—Eso será difícil.

—Lo es.

—Estupendo. Por un momento he temido que esta convivencia fuera a tener algo sencillo.

—No estoy diciendo que sepa cómo escribirlo —respondo—. Estoy diciendo que quizá es una dirección mejor que seguir empujando una fórmula en la que ya no crees.

Julia se queda muy quieta. Demasiado quieta para alguien que, desde que ha entrado, ha usado el humor como una forma de no dejar nada completamente expuesto.

—Entonces —dice, volviendo al papel con una energía más controlada—, nuestro protagonista no va a ser un monstruo que ella cambie. Y tampoco un buenazo insípido que le demuestre que la estabilidad es muy sexy porque sabe hacer sopa.

—Puede saber hacer sopa —convengo, conteniendo una sonrisa.

—Puede. Pero no será su principal cualidad erótica, espero.

—Anoto eso en la escaleta.

—No te atrevas —dice, y se le escapa una carcajada.

En vez de escribir lo de la sopa, apunto en la columna central:

ÉL: intensidad sin daño.

ELLA: confunde calma con falta de deseo.

Julia lee las dos líneas.

No protesta.

Eso, en ella, empieza a parecer una forma de acuerdo.

—Eso sí —dice al fin, más despacio, pasando el pulgar por el borde de la hoja—. Eso sí puede ser.

Se queda un momento mirando la frase. Después baja el lápiz, lo apoya junto a la palabra calma y aparta la mano con una cautela casi absurda.

No dice nada más.

Tampoco hace falta.

Por primera vez desde que hemos empezado a hablar de ese hombre que todavía no existe, Julia no parece estar buscando un tipo que funcione, sino averiguando si se atreve a escribirlo.