Capítulo 3 #2
—Hacerse autónomos parece el peor final.
—En España, desde luego.
No respondo enseguida. Ella tampoco se retira. Ya no parece recién levantada. El trabajo le despierta algo que el café solo había rozado. Hay más intensidad en sus ojos, más tensión en la espalda, como si por fin hubiera encontrado un motivo razonable para estar aquí.
—La desaparición permite una estructura fuerte —digo—. Primer acto: ella desaparece o aparece un indicio. Segundo: investigación, sospechosos, conflicto, riesgo creciente. Tercero: revelación, confrontación, resolución.
Julia apoya el codo en la mesa y me mira con una paciencia peligrosa.
—Eso no es una novela. Eso es el informe de un ascensor.
Hay un silencio breve.
Tira de una hoja en blanco hacia ella. Coge uno de mis lápices y escribe en el centro, con letra rápida:
¿Por qué se enamoran?
Después gira la hoja hacia mí.
—Esa pregunta tiene que estar desde la primera escena.
—La primera pregunta debería ser qué ha pasado.
—Para ti.
Miro la frase que ha escrito. A mí me parece una pregunta prematura, casi indecente en su falta de pudor narrativo.
Dos personajes todavía no tienen nombre, no hay cadáver, no hay desaparición, no hay una herida abierta en la trama, y Julia ya quiere saber por qué van a entregarse una parte de sí mismos como si eso fuera el motor y no una consecuencia.
—Aún no ha pasado nada —digo—. Me cuesta preocuparme por el motivo por el que se enamoran dos personas que todavía no tienen una razón para estar en la misma página.
—Qué fácil debe de ser escribir sobre cadáveres —dice Julia, y noto cómo el orgullo le endurece un poco la voz—. Nadie te pregunta si el muerto merecía morir para que el lector siga pasando páginas.
—La muerte no promete consuelo —respondo.
—No. Promete superioridad moral, que es mucho más elegante.
—Sí.
No aparta la mirada. Durante un segundo parece quedarse sin sitio donde colocar la queja, y eso no la calma. Al contrario. Julia apoya los dedos en el borde del plato, despacio, intentando tocar algo sólido antes de volver a hablar.
—Podrías mostrar un poco de incomodidad con la idea —dice—. Solo por acompañarme.
—Es que no me incomoda.
La frase cae entre los dos con más peso del que pretendía.
Julia me mira.
No está enfadada del todo. Más bien, parece que acabara de descubrir una pieza desagradable y estuviera pensando lanzármela ahora mismo a la cara.
—Podemos poner las dos preguntas —digo al fin.
Julia arquea una ceja.
—Cuidado. Eso ha sonado a concesión.
—Ha sonado a modo de trabajo.
—Claro. Perdona. Me he venido arriba.
Escribo debajo de su pregunta:
¿Qué ha pasado y quién lo oculta?
Después trazo una línea entre ambas.
—Las dos preguntas deben avanzar juntas. Si la historia de amor no cambia la investigación, sobra. Si la investigación no cambia la historia de amor, también sobra.
Julia se queda mirando la línea. Por primera vez en varios minutos no responde al instante. Eso, en ella, significa que algo ha encajado lo suficiente para merecer silencio.
—Vale —dice al fin, más bajo—. Eso sí.
La observo inclinarse sobre la mesa, apoyar la manga del jersey cerca de la hoja y tomar otra página. Cuando escribe, no lo hace ordenadamente. No numera. No clasifica al principio. Lanza palabras, flechas, signos de interrogación. Donde yo pondría una secuencia, ella pone desorganización.
ÉL: necesita cerrar el caso.
ELLA: necesita entenderlo.
Hay una parte de mí que querría reconducir la conversación hacia una cronología, un punto de partida verificable, una lista de sospechosos y un final posible. La otra parte entiende que, si empiezo por ahí, Julia va a pelear cada casilla igual que si le estuviera quitando aire a la novela.
—Dime quiénes son —concedo.
Se queda un segundo quieta, como si esa fuera la puerta que esperaba.
—Ella podría ser editora —dice—. O traductora. Alguien que sabe leer no solo lo que está escrito, sino lo que alguien intenta esconder dentro de lo escrito.
—Eso la convierte en útil para una investigación.
—No digas útil. Parece que habláramos de un abrelatas.
—Es importante que tenga una función.
—También es importante que tenga una vida.
—La tendrá si afecta a sus decisiones.
Julia señala el papel con el lápiz.
—Entonces pon eso. Ella no entra en el caso porque sea lista y conveniente. Entra porque hay algo personal. Quizá conocía a la desaparecida, o reconoce en lo que ha dejado algo que nadie más ve que la obliga a implicarse aunque sería más sensato apartarse.
Anoto:
Ella reconoce algo en el material de la desaparecida.
—¿Y él? —pregunta Julia.
—Investigador.
—Eso es una profesión, no un personaje.
—Necesita acceso al caso.
—También necesita una razón para no querer a alguien como ella cerca —insiste.
—Interfiere.
—Más.
—No respeta el procedimiento.
—Más.
Levanto la vista.
—Le toca las pelotas —digo al fin, con más sequedad de la necesaria.
El silencio cae de golpe.
Julia parpadea.
Luego baja la vista a mi mano, al lápiz, al cuaderno, como si necesitara comprobar que la frase ha salido de mí y no de otro lado.
—Perdona —dice despacio, apoyando el lápiz sobre la mesa con una delicadeza teatral—. ¿Acabas de decir «le toca las pelotas»?
—Tú has pedido más.
Se queda mirándome.
Y entonces se ríe.
Es una risa breve, sorprendida, que se le escapa antes de que pueda domesticarla y le cambia la cara durante un segundo.
—Dios mío —murmura, llevándose dos dedos a la boca como si quisiera contener lo que ya ha salido—. Hay una persona viva debajo del método.
—No dramatices.
—No puedo prometerte eso. Soy escritora de romántica.
Yo también dejo el lápiz sobre la mesa, porque si sigo sosteniéndolo voy a acabar marcando el papel con demasiada fuerza.
—Lo que quiero decir —digo, intentando recuperar el terreno— es que ella no le molesta solo porque interfiera. Le molesta porque le obliga a reaccionar. Porque él quiere mantenerla en una categoría fácil: obstáculo, testigo, informante, problema. Y ella no se queda quieta en ninguna.
—Eso sí tiene carne. Ahora no es solo un hombre serio diciendo «desembucha» con mandíbula escandinava —dice.
—No tiene que ser escandinavo.
—Ya, pero me venía muy bien para visualizarlo como probable interés romántico.
—Creía que los escandinavos no eran tu tipo —comento al fin, con la voz tranquila, sin subir la apuesta más de lo imprescindible.
El lápiz se le queda quieto entre los dedos.
—He dicho que tú no eres mi tipo —responde, demasiado deprisa—.
Y, para que conste, una puede reconocer que un hombre tiene buena estructura ósea sin querer complicarse la vida con él —añade, escribiendo una línea que no necesita escribir, porque la presión sobre la hoja deja evidente que ahora mismo está usando la escaleta como escudo.
—No he dicho que quieras complicarte la vida con él —respondo, dejando el lápiz sobre la mesa con cuidado, porque si sigo corrigiendo cada una de sus frases va a acabar clavándome el suyo en la mano—.
He preguntado qué clase de protagonista estás intentando construir.
Dime cómo los escribes normalmente —insisto porque empieza a parecerme que ahí está precisamente el problema de todo—.
Los que tus lectoras reconocen. Los que esperan de ti.
—Hombres emocionalmente inaccesibles, supongo —dice, inclinando la cabeza con una ligereza algo forzada—.
Muy cómodos para una novela, muy poco recomendables para una hipoteca compartida.
Fríos, difíciles, de esos que no contestan una pregunta directa si pueden mirar por una ventana como si el cristal estuviera a punto de revelarles el sentido de la vida y así te obligan a hacer malabarismos con lo que adivinas que sienten.
—Eso no es carácter —digo—. Es evasión.
Julia sonríe apenas, parece que esperaba que mordiera justo ahí.
—También puede ser deseo contenido.
—O falta de habilidades sociales —respondo con aspereza.
—Qué poco vendes, Nørgaard.
—No estoy intentando venderlo. Estoy intentando entender la escena.
—No mira por la ventana para ver el paisaje —dice, señalándome con el lápiz—. Mira por la ventana porque no sabe mirar a la mujer que tiene delante sin delatar sus sentimientos.
Miro el papel. El ventanal está a mi izquierda y de repente soy demasiado consciente de él.
Lo sé sin mirarlo, igual que sé dónde está mi taza, cuántas veces se ha tocado ella el pelo y cuánto espacio hay entre su mano y el borde de la mesa. No tiene importancia hasta que Julia lo convierte en algo que podría tenerla.
—También los escribo peligrosos —continúa, más metida ya en el catálogo que en la confesión—.
No necesariamente malos, pero sí con borde.
Hombres con mala reputación, pasado turbio, una moto si me pongo muy evidente, tatuajes si estoy generosa y esa energía de «no te convengo» que, por alguna razón lamentable, siempre acaba significando «vas a tardar trescientas páginas en convencerte de que sí».
—¿Controladores? —pregunto.
Julia me mira, y ahí la broma se le queda un poco más quieta en la boca.
—Protectores —corrige, aunque no parece del todo satisfecha con la palabra—. O eso se supone. Hombres que apartan, deciden, vigilan, intervienen, se meten donde no los llaman y luego lo justifican todo con un «era por tu bien» dicho con voz grave y una herida mal cerrada en el capítulo ocho.
Esta vez no escribo. No quiero que parezca que estoy levantando acta contra ella.
—También están los rotos —añade, bajando la vista a la hoja—.
Esos gustan mucho. Los que han sobrevivido a algo, los que tienen culpa, trauma, una familia de mierda, una ex que los dejó hechos polvo o un padre capaz de convertir a cualquiera en una advertencia con abdominales.
Hombres que duelen y, por eso, parecen más profundos.
Como si el dolor fuera siempre una prueba de calidad.
La última frase sale distinta. Más baja y menos protegida por el humor.
No sé todavía qué es, pero ya no estamos hablando solo de personajes.