Prohibido leerme así Capítulo 3
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Capítulo 3

Buenos días: aquí tiene su café, su cadáver y su escena sexual fiscalizada

«Soren»

C ierro el libro cuando oigo la puerta de Julia.

Son las siete y treinta y tres minutos. Llevo despierto desde las cinco. Ahora estoy sentado en la mesa del salón con una lámpara baja encendida, el fuego vivo en la chimenea y una taza de café negro junto al cuaderno.

He leído ciento doce páginas de su novela porque necesitaba aislar el mecanismo antes de empezar a trabajar con ella.

No lo he aislado del todo.

En teoría, debería ser sencillo. Una autora de romántica erótica con muchas lectoras, un protagonista masculino construido para provocar reacción inmediata, una protagonista que desea antes de pensar, escenas largas de tensión física, diálogos rápidos, promesas emocionales cada pocas páginas y una estructura diseñada para que la lectora no suelte el libro aunque sepa, desde el principio, hacia dónde va.

No hay misterio en eso.

Debería bastar con entender qué promete, dónde lo promete y cada cuántas páginas paga esa promesa.

Pero Julia Galiano complica cosas que podrían ser simples.

No con profundidad, todavía no sé si la palabra es esa, sino con acumulación.

Sus escenas no avanzan solo por lo que ocurre, sino por lo que la protagonista interpreta mientras ocurre.

Una mano quieta significa deseo. Un silencio significa contención.

Una mirada mal colocada basta para que tres páginas se organicen alrededor de algo que el hombre aún no ha hecho.

Marco una línea con el lápiz.

Luego otra.

Después cierro el cuaderno sin escribir una conclusión.

No quiero tener razón demasiado pronto.

La puerta del pasillo se abre del todo. Apoyo el marcapáginas entre las hojas y cierro el libro sin prisa. Anoche llegó cansada, helada, con barro en las botas y demasiadas palabras intentando ocupar el espacio.

Sus pasos se detienen un momento en el pasillo. Después continúan.

Julia aparece en el umbral con el pelo recogido de cualquier manera, un jersey amplio y la cara de alguien que no ha dormido lo suficiente, pero ha decidido presentarse igualmente en sociedad.

—Buenos días —dice, con la voz algo ronca.

—Buenos días.

Sus ojos bajan al libro cerrado. Solo un segundo.

—¿Desde cuándo estás despierto?

—Desde las cinco.

Parpadea.

—Eso no es madrugar. Eso es tener una relación tóxica con el amanecer.

—Es mi horario.

—Tu horario necesita supervisión española —murmura, entrando en la cocina—. Y quizá una orden de alejamiento de cualquier persona normal.

No respondo. La broma no necesita respuesta completa. Julia parece usar el humor para comprobar si el suelo aguanta antes de poner todo el peso encima.

—Hay café —digo.

—Obvio que hay café. Tú pareces un hombre que antes de las seis ya ha tomado café, ha leído dos capítulos y ha organizado mentalmente la leña por orden de utilidad.

—Tres capítulos.

Se gira con una taza en la mano.

—No sé si eso mejora o empeora la imagen.

Julia me mira durante un segundo todavía de pie junto al armario abierto. Tiene esa expresión de alguien que ha decidido no conceder una sonrisa completa antes de que el café haga su parte. Al final cierra el armario con la cadera y se acerca a la mesa.

Abro la carpeta que he dejado a la derecha del cuaderno donde he dibujado rayas verticales.

Necesito que los límites estén sobre la mesa de una forma que no dependa de la interpretación que cada uno quiera hacer.

Julia bebe café, mira la carpeta y luego el lápiz que he colocado en paralelo al borde de la mesa. Sus ojos vuelven a mí con un gesto divertido.

—Esto tiene pinta de reunión seria —dice, acercándose despacio—. Me habría puesto pendientes si hubiera sabido que íbamos a negociar con tres columnas.

—No vamos a negociar con las columnas.

—Qué alivio. Parecían duras.

Se sienta frente a mí, deja la taza a la derecha y gira la primera hoja apenas unos centímetros para verla mejor.

Es una tabla sencilla. Tres semanas. Tres bloques. Entregables claros, fechas concretas y suficiente espacio en blanco para que el proyecto respire sin pretender que no tiene un reloj encima.

Julia lee en silencio.

Eso dura poco.

—Fase previa de viabilidad —dice al fin, con la voz todavía algo ronca por la mañana—. Qué nombre tan sexy.

—Es el nombre del documento.

—Pues el documento debería salir más.

Bebo café para no contestar demasiado deprisa.

Sus ojos bajan de nuevo a la página.

SEMANA 1: ESCALETA GENERAL.

SEMANA 2: TRES CAPÍTULOS DE MUESTRA

SEMANA 3: ESCENA SEXUAL / PRUEBA DE TONO / CAPÍTULO MUESTRA 3.

Julia se queda inmóvil una fracción de segundo más de lo normal.

Después levanta la vista.

—Perdona —dice despacio—. ¿La escena sexual tiene cargo administrativo propio?

—Es un entregable.

—No digas «entregable» después de «escena sexual», Soren. Hay palabras que no deberían mezclarse nunca.

No puedo evitar leer la frase de nuevo. Es horrible.

—No se me ocurrió una formulación mejor.

—Eso se nota. Parece que alguien haya metido una escena de sexo en una carpeta fiscal y le haya pedido que no manchara nada.

—La editorial quiere comprobar el tono.

—La editorial quiere saber si puedo escribir sexo sin que tu mercado literario se esconda asustado debajo de una mesa de roble.

—También quiere saber si puedo escribir oscuridad sin que tus lectoras quieran denunciarme por abandono emocional.

Julia me mira un segundo más.

Esta vez no sonríe del todo.

—Mis lectoras no denuncian el abandono emocional —dice—. Lo subrayan, lo comentan en grupo y luego preguntan cuándo se arrastra él.

Anoto mentalmente la frase.

—Entonces tendremos que darle motivos para arrastrarse.

La taza se detiene cerca de su boca.

Yo también me detengo.

He hablado del personaje, pero tardo un segundo en estar seguro de que ella también.

—Eso ha sonado casi prometedor —dice.

—Trataba de darle estructura.

—Mm. El erotismo de la estructura. Mi favorito.

Baja la vista otra vez a la hoja, pero no antes de que yo vea cómo hace una mueca involuntaria. Tal vez sea la conciencia súbita de lo que esa tercera semana exige de nosotros.

Porque una escena sexual mal escrita es mecánica, y una escena sexual bien escrita siempre revela demasiado de quien la ha puesto en la página.

Julia apoya el dedo índice sobre la línea con el título.

—Dime que alguien te obligó a escribir «fase previa de viabilidad».

—Estaba solo.

—Eso explica bastantes cosas.

El papel, bajo su mano, parece menos administrativo de pronto. O quizá soy yo quien empiezo a entender que algunas palabras, cuando se colocan delante de Julia Galiano, dejan de quedarse donde uno las ha puesto.

—Bien —dice al fin, retirando la mano—. Tres semanas para demostrar que el libro puede existir.

—Sí.

—Y seis meses si sobrevive al primer corte.

—Ese es el acuerdo.

—Qué bucólico.

—No pretendía serlo.

—Ya. Eso también se te da bastante bien.

No respondo. Giro la segunda hoja hacia los dos. En la parte superior he escrito una sola palabra.

CASO

Julia la lee y frunce el ceño.

—Empezamos por el muerto.

—Empezamos por lo que ocurre.

—Por descontado. Porque en la novela negra siempre parece que primero ocurre algo y luego ya, si eso, alguien siente.

Todavía no hemos empezado y ya está intentando mover el centro de gravedad.

—La editorial pidió una novela con tensión criminal y relación romántica. Si no tenemos una investigación clara, el libro se vendrá abajo.

Julia bebe café antes de contestar. Lo hace despacio, dándole al líquido una última oportunidad de convertirme en alguien menos rígido.

—Y si no tenemos una historia de amor clara, tendremos una investigación con dos personas mirándose de vez en cuando para justificar la portada.

—Eso es una simplificación.

—Lo sé. Estoy adaptándome a tu método.

La miro.

Ella sonríe un poco, satisfecha de haber dejado la primera marca en la mesa. No es una sonrisa grande, pero cambia la habitación lo justo para recordarme que trabajar con otra persona implica aceptar que no todo va a quedarse donde uno lo ha colocado.

—Empecemos por la premisa —digo, girando la hoja hacia los dos—. Una desaparición.

—¿De quién?

—Una mujer de treinta y pocos años. Escritora, periodista o investigadora. Alguien que deja detrás material suficiente para que haya pistas.

Julia entorna los ojos.

—Qué práctico. Una mujer desaparecida para que el protagonista resuelva cosas y parezca profundo bajo la lluvia.

—No he dicho que tenga que ser un protagonista masculino.

—Has dicho desaparición con tono de hombre que ya ha colocado a un señor delante de una pared llena de fotos —me acusa.

—La investigación tiene que empezar pronto. Primer capítulo, crimen o desaparición. Algo que obligue a los dos protagonistas a trabajar juntos desde el principio.

Julia deja la taza sobre la mesa y apoya un codo junto al plato vacío de la tostada. No se inclina mucho, pero cambia la postura. Ya no está desayunando. Está entrando en discusión.

—Vale. ¿Y ellos quiénes son?

—Necesitamos una premisa concreta para el argumento —digo—. Una situación que sostenga doscientas cincuenta páginas sin depender solo de que ellos quieran acostarse.

Se queda con la boca abierta.

—Buenos días también a tu delicadeza.

—¿He dicho algo incorrecto?

—No. Has dicho «sin depender solo de que ellos quieran acostarse» con la misma alegría con la que alguien habla de una humedad en el techo. Pero sigue, por favor. Me fascina el romanticismo estructural.

Dejo el lápiz sobre el cuaderno. La punta queda señalando hacia ella.

—¿Tienes una alternativa?

—Sí. Una lectora de romántica no entra solo por la pregunta de quién mató a quién —continúa, rodeando la taza con las manos—.

Entra por otras preguntas. ¿Por qué estos dos?

¿Por qué ahora? ¿Por qué con él sí y con otro no?

¿Qué tiene esa persona para tocar justo donde no conviene?

Si no sabemos eso, la investigación puede ser impecable y aun así me dará igual si al final se besan, se disparan o se hacen autónomos.