Capítulo 2 #3
—Uno con tatuajes, una moto, tres heridas mal cerradas y la costumbre de mirar a las mujeres como si estuviera a punto de pedirles que le salvaran la vida —digo, y luego pincho una zanahoria con el tenedor—. Ya sabes. Material de ficción poco recomendable.
Soren me mira un segundo más.
—Tengo una bicicleta.
Me detengo con la zanahoria a medio camino.
—Eso confirma que no eres mi tipo.
—Bien —dice él, y vuelve a su plato.
Igual que si acabáramos de colocar una silla en su sitio.
Y, por primera vez desde que he llegado, la idea de pasar este retiro en esa cabaña me parece un poco menos absurda.
Él tiene pareja. Yo tengo un bloqueo. La editorial tiene expectativas. El libro, si algún día existe, tendrá problemas propios.
Todo lo demás no entra en el contrato.
Me repito eso mientras la lluvia golpea los cristales y Soren me sirve un poco más de agua sin preguntarme, solo porque mi vaso está vacío.
—Bien —repito yo, y me doy cuenta de que he tardado un poco demasiado—. Me alegro. Quiero decir, no me alegro de forma personal, obviamente. No es asunto mío. Me alegro de que… esté claro. Todo. Lo de la confianza. Lo de las intenciones. Lo del manuscrito.
Soren me observa unos segundos por encima de su plato.
—¿Estás nerviosa?
—Estoy intentando no sonar rara y, como puedes ver, el intento está teniendo una ejecución irregular.
Esta vez sí sonríe.
—No has sonado rara —dice, después de beber un poco de agua—. Has sonado aliviada.
Eso sí me parece razonable. Demasiado razonable, quizá, para alguien que ha impuesto una convivencia en una cabaña perdida como si fuera un método de trabajo y no una prueba de resistencia psicológica con vistas bonitas.
Pincho otro trozo de pescado y lo mastico despacio. Sigue estando bueno. Me fastidia un poco que siga estando bueno, porque me deja con menos recursos para caricaturizarlo en mi cabeza.
—Entonces, ya que estamos aclarando cosas —digo, dejando el tenedor sobre el borde del plato—, ¿cómo trabajas exactamente?
Vanesa dijo que eras metódico, pero Vanesa también usa las palabras « sin prisas» para describir plazos imposibles, así que he aprendido a no fiarme de sus adjetivos sin pruebas.
—Escribo temprano —responde—. Muy temprano, a veces. Las primeras horas suelo usarlas para revisar lo del día anterior. Después podemos trabajar juntos. Estructura, escenas, lectura, discusión. Por la tarde prefiero dejar tiempo separado para escribir cada uno lo suyo.
La respuesta es clara, y eso me gusta. No hay mística del proceso, ni discurso sobre la inspiración, ni esa cosa tan irritante de algunos escritores que hablan de escribir igual que si recibieran mensajes del más allá.
—¿Discusión? —repito, levantando un poco la ceja.
—Sí.
—Me alegra que no lo llamemos intercambio creativo de perspectivas. Me habría preocupado.
—Podemos llamarlo así si necesitas sentirte mejor.
—No, por favor. Prefiero conservar el respeto por nosotros antes de perderlo mañana, ¿a las nueve?
—A las seis —corrige él—. Mañana te dejo dormir un poco más para que descanses del viaje.
Qué generoso.
—Suelo escribir mejor por la tarde —digo, porque ya que él ha puesto cartas sobre la mesa, quizá toca poner alguna mía—. Y por la noche, si la escena se deja. Por la mañana tengo la lucidez de una cuchara.
—Entonces por la mañana podemos trabajar estructura —responde, sin inmutarse—. La estructura no necesita que estés inspirada. Necesita que estés despierta.
—Eso reduce mucho mis posibilidades.
—Habrá café.
—Estás construyéndome un sistema de dependencia con la cafeína muy rápido, Nørgaard.
—Prefiero empezar por algo que no discutas.
Lo miro.
—Eres irritante con una calma admirable, ¿lo sabías?
—No siempre.
—¿No siempre eres irritante?
—No siempre soy tranquilo.
Eso me calla un segundo.
Lo dice igual que todo lo demás, sin elevar la voz, sin acercarse, sin hacer nada que convierta la mesa en otra cosa.
—Vale, tomo nota —digo, porque cuando estoy tan cansada, mi cerebro intenta convertir el desconcierto en lista—: no siempre eres tranquilo, eres metódico, madrugas sin piedad, tienes bicicleta y no eres mi tipo.
—Tú has dicho que no soy tu tipo.
—¿Qué?
—Que eso lo has dicho tú, no yo —repite, con la misma despreocupación—. Yo no he opinado sobre eso.
Durante un segundo no sé si reírme, indignarme o pedirle a Vanesa una compensación económica por daños conversacionales. Soren no sonríe. Tampoco parece estar provocándome. Ese es el problema con él, que su forma de ser irritante no trae manual de instrucciones.
—No hacía falta que opinaras —digo, dejando el tenedor en el plato—. Era una constatación objetiva.
—No lo parecía.
Ahora sí hay una pausa distinta. Casi una sonrisa divertida y de pronto la mesa parece menos una negociación editorial y más una cena extraña entre dos personas que todavía no saben dónde empieza la incomodidad y dónde termina la curiosidad.
Recojo mi plato cuando termino, más por hacer algo que por necesidad, y Soren se levanta conmigo, lleva el suyo a la encimera y abre el lavavajillas.
—Mañana a las seis —dice, colocando los platos dentro.
—A las nueve —objeto, dejando los cubiertos en el compartimento que parece menos equivocado.
Soren cierra el lavavajillas y se apoya un momento en la encimera. La luz de la cocina le marca los pómulos y deja sus ojos más claros, casi grises.
—A las siete —insiste.
—Ocho.
Soren me mira un segundo.
—Siete y media.
Eso sí puedo sostenerlo. Suspiro derrotada.
—Buenas noches, Julia —dice.
Mi nombre vuelve a sonar un poco distinto en su boca.
—Buenas noches, Soren —respondo.
En la puerta de mi habitación, antes de entrar, miro una vez hacia el salón.
Soren ha vuelto a la mesa del centro. No se ha sentado. Solo está de pie junto a mi libro, con una mano apoyada en el respaldo de la silla y la cabeza un poco inclinada, decidiendo si abrirlo otra vez o dejarlo dormir también hasta mañana.
Coge el libro y apaga una de las lámparas justo cuando yo cierro mi puerta.
Y no sé por qué, pero me duermo con la certeza incómoda de que mañana no va a leer solo mi libro.