Capítulo 2 #2
—Está rico —admito, con cierta cautela, porque elogiar comida ajena siempre me parece abrir una puerta doméstica que no sé si quiero cruzar tan pronto.
—Bien —responde él, cortando un trozo de pescado con el lateral del tenedor, sin añadir nada más.
Comemos un par de minutos en silencio. No un silencio incómodo, al menos no del todo.
—¿Puedo preguntarte algo? —digo, partiendo un trozo de pan con los dedos.
Soren levanta la vista.
—Sí.
—¿Por qué la cabaña?
Él no responde enseguida. Mastica, deja el tenedor sobre el plato y se limpia la comisura con la servilleta, sin prisa.
No parece sorprendido por la pregunta. Más bien parece que llevaba esperándola desde antes de que yo cruzara la puerta.
—Porque trabajo así —dice al fin—. Necesito tiempo sin interrupciones. Si voy a escribir con alguien, quiero saber cómo trabaja cuando se cansa, cuando se bloquea, cuando cree que una escena sirve y cuando no. Una reunión no me sirve para eso.
La respuesta es más larga de lo que esperaba.
—Y porque tengo que decidir si esto puede sostenerse —añade, con una razonabilidad que me fastidia un poco, porque yo venía preparada para encontrarle algún matiz de arrogancia escandinava al asunto.
El tenedor se me queda quieto sobre el plato.
—Qué forma tan agradable de recordarme que estoy en periodo de prueba.
—No estoy intentando ponerte a prueba a ti —dice Soren, menos seco ahora, como si midiera dónde dejar la honestidad—. Estoy intentando no aceptar un proyecto por presión editorial y descubrir dentro de seis meses que ninguno de los dos cree en el manuscrito.
—Pues enhorabuena —respondo—. Has encontrado una forma muy elegante de decir que puedo cruzar media Europa, arrastrando una maleta, para que tú decidas si crees en mí.
—En el manuscrito.
—Soren, por favor. No insultes a mi inteligencia tan pronto. Me gustaría conservar alguna fantasía sobre nuestra convivencia.
Él no aparta la mirada ni se defiende enseguida, y eso, en un hombre como Soren Nørgaard, casi resulta más inquietante que una disculpa.
—No pensé en lo que te estaba pidiendo —dice al fin—. No lo suficiente. Pensé en el libro. En si podía sostenerse. En si tenía sentido aceptar algo así.
—Eso se ha notado.
—Lo sé —responde, y la comisura se le mueve apenas antes de beber agua, un gesto mínimo que empiezo a reconocer como una reacción suya.
—Qué bien. Entonces estamos los dos incómodos, pero al menos de forma documentada.
—Prefería ser honesto antes de que aceptáramos algo que podía salir mal.
—No, Soren. Lo que me molesta es que lo llames colaboración mientras me miras como si mi parte del libro fuera una prueba de riesgo. Habría metido botas mejores.
—No es una prueba.
—Puedes repetirlo todas las veces que quieras. Sigue teniendo pinta de prueba cuando uno de los dos parece tener la llave de salida y el otro ha venido con una maleta de veinte kilos hasta territorio hostil.
—No eres la única que puede perder algo aquí —dice, y esta vez ni siquiera intenta suavizarlo—.
Si esto sale mal, pierdo meses intentando escribir una novela apoyada en mecanismos que yo no habría elegido: tensión fabricada, deseo subrayado, hombres construidos para gustar y sexo usado como reclamo.
No llevo ni una noche en su cabaña, todavía no sé dónde guarda los platos hondos, y ya estamos hablando igual que si hubiéramos firmado un tratado de paz con letra pequeña y rencor de sobra.
—No tienes mucho interés en disimular que odias lo que escribo —apunto, y lo peor no es la frase, sino lo poco que consigo disfrazarla de broma cuando sale de mi boca—. O lo que crees que escribo, lo que represento y mis portadas demasiado evidentes.
—No odio lo que escribes.
—Qué precisión tan cómoda. Has esquivado casi todo lo demás con una elegancia muy nórdica.
—No odio tus libros —responde, sin alterarse—. Si los odiara, no habría aceptado venir aquí ni habría leído uno entero ni habría marcado escenas.
—Entonces quizá me odias a mí. Pero recuerda que yo te odié primero.
Desde el momento en que Vanesa dijo «autor noruego de novela negra, muy prestigioso, con una condición».
Ahí ya estabas bastante perdido. Te odié por la cabaña, por la prudencia, por obligarme a demostrar algo cuando yo ya venía bastante cansada de demostrar cosas.
—Todavía no te conozco lo suficiente para odiarte.
—¡Qué horror! Tenías que ser correcto, preciso, educado con mi maleta, decente con el café, cocinar y bastante menos imbécil de lo que me habría convenido.
—Siento decepcionarte.
—No lo sientas tanto.
—Julia.
Mi nombre en su boca me hace levantar la mirada.
—No me llames así cuando estoy intentando odiarte —digo.
—Eso no suena exactamente a odio.
—No me corrijas también los sentimientos. Algunos están en fase preliminar y se ofenden con facilidad.
Soren me mira un segundo más de lo prudente.
—Tampoco pensé en otra cosa hasta hace un momento —añade.
—Qué ominoso —murmuro sin pensar, como casi todo lo que digo.
—Dijiste que vivías sola.
La frase me pilla con el tenedor a medio camino. Lo bajo despacio, más por ganar tiempo que porque el pescado haya dejado de interesarme.
—¿Eso es malo?
—No —responde él, y apoya la mano en el borde de la mesa—. Pero hasta entonces no me había planteado si tenías pareja. O marido. Alguien a quien pudiera incomodarle esto.
Miro alrededor: la mesa, la chimenea, la cabaña de madera, la lluvia, el fiordo oscuro detrás del cristal. Esto. Un hombre y una mujer solos durante seis meses en un lugar donde, si una discusión sale mal, probablemente tarda más en llegar un taxi que una crisis existencial.
—Ah. —Mi cerebro decide ofrecer una contribución brillante.
—No lo digo por mí —añade Soren—. Y no porque no me gusten las mujeres. No estaba marcando ese tipo de distancia.
Levanto una ceja.
—Eso ha sonado peor de lo que creo que pretendías.
—Quiero decir que no tengo otra intención distinta de trabajar y obtener un buen manuscrito —dice, muy serio, con esa falta de rodeo que ya empieza a parecerme una característica clínica—.
No necesitas explicarme tu vida personal.
Solo he pensado que quizá debía haber preguntado antes si esta convivencia podía causarte un problema.
Durante un segundo no sé si sentirme respetada, evaluada o ligeramente ofendida por la frialdad impecable con la que acaba de apartar cualquier posibilidad incómoda de la mesa.
—Rompí con mi pareja hace un tiempo —respondo, y noto que la frase me sale más lisa de lo que esperaba—. Así que no. No hay marido, novio ni nadie esperando en Madrid con una lista de objeciones razonables.
Soren no pregunta. Solo asiente una vez, despacio, y vuelve a coger el tenedor.
—De acuerdo.
Eso es todo. Me sorprende lo mucho que agradezco que sea todo.
—No funcionó —añado, no sé por qué, quizá porque su falta de pregunta me deja demasiada libertad y no siempre sé qué hacer con ella—. Lo que fuera.
—No te he pedido explicaciones, Julia —dice, y no hay brusquedad en su voz—. No tienes que dármelas.
Me quedo mirándolo.
No sé qué hacer con eso tampoco.
Hay hombres que preguntan para que les debas intimidad.
Otros no preguntan, pero dejan el hueco abierto para que lo llenes y después puedan decir que tú fuiste quien quiso hablar.
Soren no parece hacer ninguna de las dos cosas.
Cierra la puerta sin cerrártela en la cara.
Te deja el pomo en la mano y se sienta a esperar.
—Ya —murmuro, bajando la vista al plato—. Supongo que estoy acostumbrada a justificar de más.
—Eso sí lo he notado.
Lo miro de golpe.
Soren sigue cortando el pescado, tranquilo, como si no acabara de poner un dedo en mitad de mi personalidad.
—Vanesa no exageró con lo de directo —digo.
—Probablemente no.
Me río por la nariz, muy bajo.
—¿Y tú? —pregunto antes de arrepentirme—. ¿Tienes a alguien a quien pueda incomodarle esto?
Soren levanta la vista.
No parece molesto por la pregunta, probablemente porque en su cabeza las conversaciones tienen una estructura interna que los demás vamos descubriendo tarde y con pequeñas contusiones.
—Hay alguien que sabe que estoy aquí —añade—. Y sabe que puede confiar en mí.
Por supuesto. Claro que lo sabe.
—Ah —digo, y asiento enseguida, quizá demasiado rápido—. Bien. Perfecto.
Lo digo con tanto alivio que casi resulta descortés.
Soren me observa un instante, no sorprendido, sino atento, como si intentara entender qué parte de mi alivio no encaja.
Soren Nørgaard no parece un hombre que venga a una cabaña a jugar a nada que no haya sido previamente comunicado, aceptado y archivado en una carpeta mental con separadores.
Si tiene pareja, su pareja lo sabe. Si su pareja lo sabe, confía en él.
Si confía en él, probablemente será una mujer nórdica de casi dos metros, con una melena rubia indecentemente sana, una relación adulta con la ropa térmica y la capacidad de preparar una maleta para seis meses sin meter diez jerséis por si acaso se le desordena el alma.
Me alegro por ella.
De verdad.
También me alegro por mí, porque eso deja las cosas en un terreno mucho más neutro. Profesional. Cómodo. Sin zonas ambiguas.
Un hombre con pareja estable, intenciones claras y una forma de cortar pescado que sugiere que jamás ha mandado un mensaje a las dos de la mañana con un «¿estás despierta?» no es precisamente el tipo de problema que yo suelo escribir.
Ni el que suelo buscar.
—Entonces mejor —digo, y esta vez mi voz suena más natural—. Quiero decir, mejor para todos. Así nadie tiene que preguntarse nada raro.
—No había nada raro que preguntarse.
—Ya. Lo sé. Pero ahora lo sabemos con documentación verbal.
La comisura se le mueve apenas.
—Documentación verbal.
—Es muy útil. A mí me tranquiliza mucho saber qué tipo de desastre no tengo delante.
—¿Y qué tipo sería ese?