Prohibido leerme así Capítulo 2
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Capítulo 2

Pescado, prejuicios y una bicicleta como anticonceptivo emocional

«Julia»

C uando salgo de la habitación, unos minutos después, llevo un jersey seco, el pelo recogido en un moño bajo que no sobrevivirá a la noche y la taza vacía en la mano porque no sé si en una cabaña compartida una se lleva las tazas usadas a la cocina en una cabaña compartida o si eso forma parte de un protocolo nórdico no escrito.

Soren está en el porche, de espaldas al cristal, quieto bajo la última luz del día. Cuando gira la cabeza y me descubre mirándolo, ni siquiera finge no haberme visto.

Todavía no sé qué pienso de él.

Esa es la verdad.

No sé si me cae bien, si me incomoda, si me parece demasiado serio o demasiado correcto, si su forma de ser me molesta o me inquieta.

Tampoco sé qué hacer con un hombre como él, sola en una cabaña en ninguna parte.

Bueno, escribir. Eso es lo interesante.

La puerta del porche se abre un momento después y entra una bocanada de aire frío que avanza por el salón como si hubiera estado esperando una invitación.

Soren mira la taza que llevo en la mano.

—Voy a preparar la cena —dice, cerrando la puerta a su espalda—. Puedes dejarla en la encimera.

Tardo un instante en entender que habla de la taza.

—Vale —murmuro.

La taza suena muy poco al tocar la piedra de la encimera.

Él se quita la chaqueta sin prisa y la cuelga junto a la puerta del porche. Después se remanga un poco y abre la nevera.

Yo debería hacer algo útil con mis manos.

En lugar de eso, me quedo apoyada en el borde de la isla, con los dedos sobre la piedra tibia, mirando cómo saca una bandeja con verduras, un paquete de pescado envuelto en papel y un cuenco pequeño con algo que parece salsa o quizá una decisión culinaria demasiado adulta para mi estado actual.

—Puedo ayudar —digo, porque estar quieta mientras otra persona cocina me hace sentir como una invitada de esas que no saben dónde poner los codos.

—¿Quieres ayudar o quieres no sentirte incómoda mirando? —pregunta Soren, dejando las verduras sobre una tabla.

—Las dos cosas pueden convivir —respondo, y esta vez consigo que la frase no suene defensiva, solo honesta.

Él asiente una vez, abre un cajón y saca un cuchillo. Me lo ofrece por el mango y una naturalidad que no tiene nada de teatral.

—Puedes cortar eso —dice, señalando unas zanahorias y un puerro—. En rodajas no muy finas.

—Qué confianza tan rápida en mi coordinación.

—Has llegado viva con esa maleta.

—No estoy segura de que eso hable bien de mi coordinación. Más bien de mi resistencia emocional.

El cuchillo entra limpio. La tabla hace un sonido seco bajo la hoja.

Soren trabaja a mi lado sin rozarme, dejando entre nuestros cuerpos una distancia exacta, cómoda para cocinar y suficientemente pequeña para que yo sea consciente de cada desplazamiento suyo.

Abre un armario, saca una olla baja, enciende el fuego.

No hay música. No hay televisión. Solo el golpe lento del cuchillo contra la tabla, el fuego encendiéndose, la lluvia más firme contra el cristal y, de vez en cuando, el roce de su manga cuando alcanza algo cerca de mí sin llegar a tocarme.

Cortar verduras al lado de un desconocido no debería tener ninguna carga.

La tiene, pero poquísima.

Ridícula.

Casi administrativa.

—¿Siempre cocinas? —pregunto, dejando unas rodajas de zanahoria en un plato.

—Como todos los días.

—Me refería a si te gusta.

Soren coloca el pescado sobre otra tabla, le quita el papel con cuidado y se queda un segundo mirando la pieza antes de responder.

—No especialmente. Pero me gusta comer bien.

—Eso es muy práctico.

—Sí.

Ese sí cae sin disculpa. Me hace sonreír.

Hay hombres que habrían aprovechado la pregunta para construir una personalidad entera alrededor de la cocina: la infancia, la abuela, el primer plato, la sensualidad de la sal, cualquier cosa que convirtiera cortar pescado en una carta de presentación.

Soren no. Soren cocina porque tiene hambre y sabe hacerlo. Punto.

Resulta extrañamente descansado.

También un poco irritante, porque una parte de mí no sabe por dónde agarrarlo.

—¿Siempre trabajas así? —pregunto, cortando el puerro con más cuidado del necesario.

—¿Cocinando?

—Controlándolo todo.

Soren deja el cuchillo sobre la tabla, pero no como si le molestara la pregunta, como si acabara de decidir en qué cajón colocarla.

—No lo controlo todo.

—Tienes las botas alineadas igual que si esperaran una inspección militar.

—Eso no es control. Es para no tropezar por la mañana —sigue, mientras corta sin mirarme.

—Qué decepción. Yo ya te estaba atribuyendo un trauma elegante.

—¿Eso haces con tus protagonistas?

—No. A ellos primero les quito la camisa.

—Práctico.

—Yo cocino poco —admito, pasando el cuchillo por el puerro con más lentitud de la necesaria—. No porque no sepa, sino porque vivo sola y cuando estoy escribiendo mi idea de una comida completa puede ser queso, pan, aceitunas y algo que se pueda comer de pie mientras releo una escena con odio.

—Eso no es cocinar.

—No, pero sostiene carreras literarias enteras.

—Lo creo.

Lo miro de reojo para comprobar si está bromeando. Su cara, como siempre, no me ayuda demasiado. Pero hay una sequedad en su tono, algo distinto, que empiezo a sospechar que quizá sea su forma de humor. Una especie de humor enterrado bajo tres capas de nieve y responsabilidad civil.

El pensamiento me hace gracia, pero por una vez mantengo mi lengua a raya. Algunas cosas conviene no liberarlas tan pronto.

Soren pone aceite en la olla, añade las verduras que he cortado y el olor cambia casi de inmediato.

Puerro, zanahoria, mantequilla, el fondo cálido de la madera y ese café negro que parece haberse quedado pegado a él de alguna forma.

Me retiro un poco para dejarle espacio, pero él se mueve hacia mi lado al mismo tiempo para coger un paño y durante un instante la cocina se vuelve pequeña.

Apenas nos tocamos.

Solo su brazo pasa cerca del mío, el calor de su cuerpo cruza una línea invisible y me obliga a recordar que, aunque se comporte con la neutralidad de un archivador muy educado, Soren Nørgaard es grande. Alto. Ancho. Físico de una forma escandalosa y, por eso mismo, bastante injusta.

Él coge el paño.

Yo vuelvo a respirar cuando ya no debería hacer falta.

—Perdón —dice, sin mirarme demasiado.

—No pasa nada.

Soren añade el pescado, baja el fuego y coloca una tapa. Después se lava las manos en el fregadero, con movimientos lentos, metódicos. El agua le corre por las muñecas, le oscurece un poco el vello fino del antebrazo y se pierde bajo la manga remangada. Miro medio segundo más de lo prudente.

Luego miro las zanahorias sobrantes.

—La cena tardará quince minutos —anuncia, secándose las manos.

—Perfecto. Tiempo suficiente para aparentar que ya sé dónde está todo.

—No tienes que hacerlo hoy.

No sé si habla de la cocina, de la cabaña o de esa forma mía de entrar en un sitio desconocido intentando parecer menos perdida de lo que estoy.

Probablemente de la cocina. Soren parece un hombre que dice exactamente lo que quiere decir.

Pero mi cabeza, que lleva años cobrando por añadir subtexto donde encuentra una rendija, hace lo que sabe hacer.

Lo complica.

—Gracias —respondo, más seria de lo previsto.

Sus ojos se detienen un segundo en mi cara, después bajan a la tabla, al cuchillo, a mis manos quietas sobre la encimera.

—Mañana empezamos a trabajar —dice.

Mañana en Madrid habría significado portátil, café recalentado, mensajes de Vanesa, el documento abierto y la escena mirándome desde la pantalla como un animal paciente.

Mañana aquí significa Soren sentado al otro lado de una mesa, con lápiz, café negro, silencio y una inflexibilidad que ya me ha tocado el texto sin haberlo abierto todavía.

—Hoy cenas y descansas —añade.

No es una orden, pero se lo parece lo suficiente para que yo levante una ceja.

—¿Eso forma parte de tus condiciones preliminares?

Soren deja el paño doblado junto al fregadero.

—Forma parte de que has viajado todo el día.

—Muy razonable.

—Intento serlo, pero no siempre lo consigo.

La respuesta me pilla desprevenida. Hay algo ahí, una pequeña grieta de humanidad seca, dicha sin voluntad de hacerse interesante. Y quizá por eso sí resulta interesante.

Me apoyo en la isla, cansada de verdad de repente.

El cuerpo, ahora que ha entrado en calor, parece recordar todas las horas de avión, coche y tensión acumulada.

La cocina huele bien. La lluvia suena contra los cristales.

Soren abre un armario y saca dos platos sin preguntarme nada, como si darme de cenar fuera la continuación lógica de haber abierto la puerta.

No sé qué hacer con esa clase de lógica.

Así que hago lo único que se me ocurre: cojo los cubiertos de un cajón que encuentro al segundo intento y los llevo a la mesa.

Los pongo uno frente al otro, y tardo más de lo necesario en alinear el cuchillo con el borde del plato porque hay algo tranquilizador en las tareas pequeñas cuando una no sabe muy bien dónde colocarse.

Soren coloca un trozo de pan oscuro sobre la mesa con la misma minuciosidad con la que todo parece ocurrir en sus manos.

—Puedes decirme si no te gusta —dice, dejando mi plato delante de mí—. No voy a ofenderme.

—Eso suena a mentira civilizada.

—No. Si no te gusta, preparo otra cosa —responde Soren, con esa utilidad seca que no pide gratitud ni intenta parecer amable.

Me siento despacio, porque la frase me deja sin una respuesta rápida.

—Gracias —digo al fin, cogiendo la servilleta—. Si no me gusta, intentaré comunicarlo sin destruir relaciones diplomáticas.

—Eso sería práctico.

—No esperes tanto de mí el primer día.

Mientras Soren se acerca a la silla frente a mí, pruebo el primer bocado para no seguir mirando cómo se sienta un hombre, que es una actividad bastante pobre incluso para mis estándares actuales.