Prohibido leerme así Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

La frase me sale con bastante dignidad, incluso. Con la dignidad profesional de una mujer que ha escrito suficientes escenas como para saber que una mano bien colocada puede arruinar más bragas que tres abdominales descritos con entusiasmo.

El problema es que, mientras lo digo, miro las suyas.

No de forma metafórica ni literaria ni sociológica.

Las miro porque mi manía acaba de elegir objetivo.

Soren se da cuenta y baja la vista a su propia mano.

Físicamente, Soren Nørgaard sería material para un buen protagonista. Uno muy bueno, de hecho. De esos que una pondría en portada con luz fría, jersey oscuro y cara de no haber pedido jamás que lo desearan, lo cual, naturalmente, lo haría bastante más deseable.

En cuanto al carácter, todavía estaba en fase de evaluación, porque una cosa es tener manos de novela y otra comportarse como un manual noruego de instrucciones emocionales.

Eso me mata un poco.

—No hagas eso —digo antes de pensarlo.

Él levanta los ojos.

—¿Mirarme la mano?

—Sí. Ahora parecemos dos idiotas evaluando una extremidad en una mesa.

—Tú has empezado.

—Yo trabajo en esto. Tengo licencia para entender por qué se miran. Es distinto.

Soren se mira de nuevo la mano. Flexiona apenas los dedos sobre la madera, no como un gesto de exhibición, sino como si acabara de tomar conciencia de ellos. El movimiento es mínimo. Ridículo. Una contracción suave, el pulgar rozando el lateral del índice, los nudillos tensándose y soltándose.

No tendría que provocar nada, mucho menos un efecto narrativo, biológico ni espiritual. Lo tiene.

Maldita sea.

—No estoy diciendo que vaya por ahí mirando manos como una lunática, pero diría que tienes manos de protagonista contenido —añado, porque al parecer he decidido suicidarme en noruego—.

De esos que no empujan la puerta porque saben que podrían tirarla abajo.

Tendría material para deducir si eso es autocontrol o represión emocional con buen antebrazo.

Soren se queda inmóvil.

Yo también.

La palabra buen antebrazo acaba de salir de mi boca con una tranquilidad suicida.

Bajo la vista al café, deseando poder ahogarme dentro y empezar una vida nueva.

—Voy a fingir que no he dicho eso.

—No sabía que el antebrazo estaba incluido en el informe.

Ahora sí se ríe.

El sonido es discreto, bajo, inesperado, casi oxidado, como si no lo usara a menudo y no terminara de confiar en él. Me atraviesa con una rapidez indecente.

Y entonces él mira su antebrazo.

La manga del jersey está remangada hasta media altura, dejando al descubierto la piel clara, el vello rubio oscuro, la vena que se marca apenas cuando rodea la taza con los dedos. Lo mira con nuevos ojos al descubrir que también eso puede tener opinión pública.

Yo aprieto los labios para no ridiculizarme más.

—¿Estoy siendo evaluado por partes?

—Bienvenido a mi mundo. Nosotras llevamos siglos soportándolo.

—Entiendo —dice al fin.

Cierra el libro con cuidado, sin perder la página.

—Te enseñaré la habitación.

Supongo que no pretende cortar la conversación de forma brusca, pero la corta. Se pone de pie y camina hacia mi maleta.

—Puedo llevarla yo —digo, levantándome también por puro reflejo.

—Lo sé —responde él, cogiendo el asa antes de que llegue a tocarla—. Pero pesa.

Cuando la levanta y el tejido del jersey se tensa apenas en el bíceps, mi cerebro decide registrar el detalle con un rigor absolutamente innecesario.

No dice nada más. Yo tampoco.

Bastante tengo con seguirlo por el pasillo sin pisarme los calcetines.

El pasillo es corto, con tres puertas y una alfombra estrecha de lana en tonos grises. Huele menos a chimenea aquí y más a madera, a sábanas limpias y a casa ventilada por la mañana. Soren se detiene ante la segunda puerta a la derecha y la abre empujando con dos dedos.

—Esta es la tuya —dice, entrando lo justo para dejar la maleta junto al armario—. Yo estaré en la de invitados.

La habitación es sencilla. Una cama grande con edredón blanco, una manta de lana doblada a los pies, una mesa pequeña junto a la ventana, una lámpara, un armario de madera y una butaca tapizada en gris.

Desde la ventana se ve el fiordo entre los árboles.

La luz ya empieza a caer, y el agua tiene un brillo apagado, casi de metal usado.

Dejo el bolso sobre la cama y paso la mano por la manta sin pensar. Es áspera y suave a la vez, de lana real, no de esas mantas decorativas que se compran para no tocar. El gesto me calma un poco.

—El baño está enfrente —añade Soren desde la puerta—. Las toallas están en el armario bajo el lavabo. Si necesitas más calefacción, el termostato está junto a la ventana, pero tarda en responder.

—Como casi todo lo importante —murmuro, sin saber si lo he dicho para él o para la manta.

La frase sale más baja de lo previsto. No sé si la oye. Cuando me vuelvo, Soren sigue en la puerta, una mano apoyada en el marco, el cuerpo ligeramente inclinado hacia el pasillo, listo para irse en cuanto yo lo necesite.

—Te dejo instalarte —dice.

Asiento.

—Gracias.

Él se va sin añadir nada. Oigo sus pasos alejándose por el pasillo, el sonido de una taza que se mueve en la mesa, una silla arrastrándose apenas. Después, silencio otra vez. Pero ya no es el silencio del porche, ni el del coche, ni el de la carretera. Es un silencio con alguien dentro.

Cierro la puerta de la habitación despacio, apoyo la espalda contra la madera y suelto el aire.

No sabía que lo estaba conteniendo desde hacía tanto.

Me quito el gorro, lo dejo sobre la cama y me miro en el espejo pequeño de la pared.

El reflejo no es especialmente alentador.

Tengo el pelo aplastado en la coronilla y desordenado en las puntas, las mejillas rojas por el frío, una marca de la bufanda en el cuello y esa mirada un poco brillante que me sale cuando estoy cansada o a punto de tomar una decisión absurda. Quizá ambas.

Me acerco al espejo para quitarme un resto de máscara de pestañas bajo el ojo. La yema del dedo sale manchada de negro. Me limpio con cuidado, pero solo consigo extenderlo un poco más.

—Perfecto —susurro—. Primer contacto internacional: mapache con contrato.

La frase me hace sonreír apenas. Es mi forma de agarrarme a una tontería pequeña cuando algo grande me roza demasiado cerca.

Abro la maleta y el bolso sobre la cama y empiezo a sacar todo.

Jerséis, calcetines, un neceser, el portátil, dos libretas, un paquete de bolígrafos que no recuerdo haber metido y una novela de Soren que compré en el aeropuerto aunque ya tenía otra en la maleta.

La miro durante un segundo, con la cubierta sobria, el título blanco sobre fondo oscuro y su nombre ocupando casi toda la parte superior.

La dejo boca abajo sobre la mesa pequeña.

Luego saco mi cuaderno.

El mío.

El de tapas blandas, esquinas dobladas y páginas llenas de frases sueltas, ideas tachadas, escenas que empiezan bien y se mueren en la tercera línea. Lo abro por la última página escrita. Hay una frase en medio, sola, rodeada de espacio blanco.

No sé escribir a un hombre que no duela un poco.

Lo cierro de golpe.

Porque no quiero que esa frase esté aquí todavía con Soren al otro lado del pasillo, revisando una escena vieja donde una sola frase confiaba más en sí misma que yo.