Prohibido leerme así Capítulo 1 #2
5%

Capítulo 1 #2

—¿Noruego?

—Eso sería demasiado fácil.

—¿Serio?

—También.

—¿Aburrido?

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado.

—No. He pensado que eres de esos hombres que parecen aburridos hasta que una se da cuenta de que solo están esperando a que los demás se delaten primero.

—Entonces tendré que tener cuidado con no delatarme antes —dice tan seco que podría no ser nada.

Y aun así se me queda bajo la piel.

Lo sigo hasta la mesa. Está colocada frente al ventanal, con la chimenea a la izquierda y el fiordo extendido al fondo como una superficie oscura entre montañas.

Sobre la madera hay dos portátiles, varias carpetas, un cuaderno negro, lápices, una pila de hojas impresas y la misma novela que tenía abierta cuando he entrado.

La misma que tenía abierta cuando he entrado.

Me quedo quieta un segundo con la taza entre las manos.

—Has empezado fuerte —digo, y me sale más acusación que comentario.

Soren baja la vista al ejemplar.

—Sí.

—Eso es… —Busco una palabra que no suene demasiado vulnerable y fracaso con bastante discreción—. Inquietante.

—Quería conocer tu voz.

Noto una pequeña presión bajo las costillas, porque mi voz en ese libro no es solo mi voz. Es una versión de mí que escribió a un hombre frío, difícil, inalcanzable, casi cruel, y con hambre suficiente para que una mujer confunda el peligro con una prueba de amor.

Esa versión de mí entonces no se hacía tantas preguntas.

—¿Y? —pregunto, rodeando la taza con las dos manos.

—Estoy intentando entender el mecanismo.

—Qué palabra tan encantadora.

Soren levanta la mirada, y durante un segundo no sé si ha entendido la ironía o si ha decidido archivarla para estudiarla después con guantes.

—¿Mecanismo?

—Sí. Suena a algo que se desmonta con un destornillador y vuelve a ponerse en marcha si aprietas la pieza correcta. Un libro no debería tener eso.

—Toda novela tiene piezas.

—Y toda persona tiene huesos. No por eso entras en una habitación hablando de esqueletos.

Soren se queda callado un instante.

Bien. Algo es algo.

—Tu género trabaja con expectativas muy reconocibles —me explica despacio—. Quería ver cuáles usas.

—Claro. Perdona. Por un momento he creído que ibas a leer mi novela como algo más que un aparato con piezas y me he venido arriba.

—No lo digo como crítica.

—Eso casi lo empeora.

Soren exhala despacio, con paciencia. Madre mía, empezamos bien.

—¿Qué te hubiera gustado oír?

La pregunta me pilla con la taza a medio camino de la boca.

«¿Qué me habría gustado oír?»

Algo sencillo como que le ha gustado y mi género no le parece literatura menor.

Alguna señal de que entendía por qué lo hago y que no se ha arrepentido de aceptar esta locura antes incluso de que yo consiguiera quitarme las botas.

Sobre todo me habría gustado verle una reacción más humana y menos de hombre examinando una habitación donde todo le parece demasiado incómodo para tocarlo.

—Podrías haber empezado por uno menos comprometedor —respondo, dejando la taza en la mesa con cuidado—. Ese tiene escenas muy intensas.

—Ya lo he notado.

La frase llega demasiado seca.

—¿Tú has leído algo mío? —pregunta.

—Sí —respondo, sentándome frente a él—. Dos novelas hace años. Una más esta semana.

Sus ojos no cambian demasiado, pero su atención sí se afina.

—¿Lees novela negra nórdica?

—A veces incluso leo libros sin hombres quitándose la camisa en el capítulo cuatro —digo, rodeando la taza con las dos manos—. No se lo cuentes a nadie. Podría arruinar mi imagen de mujer entregada al exceso hormonal.

Soren no sonríe, pero la comisura se le mueve un poco.

—No esperaba que me hubieras leído.

—Ya. Eso también se te ha notado.

No contesta.

Mejor.

Porque, por una vez, el silencio no me aplasta. Se queda ahí, pequeño, reconociendo algo que él no ha dicho y que yo tampoco necesito rematar.

—Leí La casa bajo el hielo cuando salió en España —digo—. Y luego Los perros del invierno . No sé si los títulos en castellano te harán daño en algún sitio sensible de autor, pero esos fueron.

—Son traducciones correctas —responde él, y el modo en que dice correctas me hace pensar que quizá acaba de perdonarles la vida a dos equipos editoriales enteros.

—El segundo me gustó mucho.

—¿Por qué?—pregunta.

Me encojo apenas de hombros, porque no sé si quiero admitir delante de él que recuerdo más cosas de las que debería.

—Por la mujer del lago —respondo—. No sé cómo se llamaba en noruego. En la traducción era Liv. Me dio rabia durante medio libro y luego me quedé pensando en ella una semana.

Soren deja la taza sobre la mesa con mucho cuidado, como si no quisiera que el gesto dijera más que sus palabras.

—Liv era insoportable —dice, plano.

Lo miro, esperando que defienda a su personaje.

No lo hace.

—Vanesa me dijo que eras directo —digo.

—Tu editora fue amable —Soren apoya la espalda en la silla, cruzándose de brazos, pero sin apartar los ojos de los míos—. Yo suelo darme cuenta de que he sido demasiado claro cuando ya es tarde.

—Eso significa que debería haberme preocupado más.

—Probablemente.

Esta vez la comisura sí se le mueve. Apenas lo suficiente para llamarlo sonrisa sin parecer desesperada, pero sí lo bastante para que mi cansancio decida registrarlo como un acontecimiento local.

Bajo la mirada a mi taza antes de que se note demasiado que me he fijado.

No he venido hasta Noruega a hacer inventario de microgestos de un hombre que probablemente considera el entusiasmo una forma menor de desorganización. Aunque, para ser justos, tampoco he venido con un plan especialmente sólido.

—¿Por qué este? —pregunto, señalando el libro con la barbilla—. Tengo otros más recientes. Este todavía tiene algunas decisiones que una toma cuando cree que la intensidad lo arregla todo.

Lo digo sin pensarlo demasiado.

En cuanto termino, me arrepiento un poco. Es verdad, pero quizá pertenece a esa clase de verdades pequeñas que una debería guardarse delante de un hombre que acaba de conocer y que, por contrato, va a pasar los próximos meses decidiendo si tu voz y la suya pueden compartir mesa sin morderse.

—Vanesa dijo que era importante para tus lectoras —responde, dejando la mano junto al lomo—. Pensé que era buen sitio para empezar. También dijo que no debía empezar por el primero.

—Ah, entonces sí quería que sobrevivieras.

—¿Es peor?

—Era primerizo —digo, y noto que la palabra me sale con una ternura rara, casi defensiva—. Es otra clase de peligro. Una escribe con mucha hambre y poca vergüenza. Luego aprende cosas, corrige otras, se avergüenza de adverbios que en su momento parecían necesarios para la supervivencia… lo normal.

—No pareces alguien con poca vergüenza.

Lo dice tan seco, tan aparentemente neutro, que tardo un segundo en entender que se refiere a mis libros y no a mí entrando en calcetines, con el pelo húmedo y una maleta que ha debido de despertar a medio fiordo.

Aun así, el calor me sube un poco por el cuello, quizá porque hay frases que no se deberían decir con esa voz si una pretende mantener una conversación estrictamente profesional.

—Es una observación peligrosa para un primer día —convengo, intentando que suene ligero—. Pero supongo que puedo hacer como que hablas de mi oficio y no de mi dignidad personal.

—Hablo del oficio —responde Soren, con una corrección tan precisa, tan ajena al coqueteo, que me deja sin protocolo.

—Bien —digo, porque algo tengo que decir—. El oficio y yo te lo agradecemos.

Deja el dedo apoyado sobre una página abierta hacia la mitad, justo donde sé que empieza una de las escenas que más mensajes me ha dado en los últimos años.

Sí.

La escena del despacho.

La de la noche, la lluvia contra los cristales, la protagonista entrando para pedir una explicación que en realidad no quiere, y él esperando junto a la ventana con esa quietud de hombre que sabe que tiene todo el poder de la escena aunque no haya movido un dedo.

En su momento me pareció tensión pura.

Ahora, vista bajo la mano de Soren Nørgaard, me parece una habitación cerrada con demasiadas cosas sin decir.

—Vas por una parte delicada —comento, y mi voz suena más tranquila de lo que me siento.

—Hay muchos comentarios de lectoras en internet sobre este capítulo —dice, levantando la vista—. No todas discretas.

—Ten cuidado —digo al fin, suavemente, rozando el asa de la taza con el pulgar—. Si empiezas a leer comentarios de romántica sin supervisión, puedes acabar encontrando hilos larguísimos sobre manos, trauma masculino y sobre si una escena contra una pared cuenta como argumento.

—Vi uno.

Casi me atraganto con el café sin haber bebido.

—¿Perdona?

—Sobre manos —responde él, muy serio—. Era largo.

Hay una pausa.

Una de esas en las que una persona normal se reiría, quizá, o se explicaría, o intentaría aliviar la frase. Soren no hace ninguna de las tres cosas. Se queda mirándome con esa calma imposible, como si acabara de aportar un dato meteorológico.

Y yo, contra todo pronóstico, noto que me entran ganas de reírme.

—Mis lectoras tienen prioridades muy claras —digo, cuando consigo recomponerme—. Y bastante criterio.

—No he dicho lo contrario —responde Soren, y lo peor es que no intenta ser encantador, ni simpático, ni accesible. Solo exacto.

Me pregunto si será agotador ser así.

—Las manos cuentan muchas cosas —continúo cuando consigo recuperar una voz razonable—.

No solo si son bonitas o grandes. Cuentan cómo toca un hombre.

O cómo no toca. Si tiene prisa, sabe esperar, si pide permiso sin decirlo.

Si usa el cuerpo para ocupar o para acercarse.

Mis lectoras lo notan porque no son tontas.

Saben que una mano bien escrita no es un adorno, es carácter.

Hay mujeres que se fijan en los ojos, otras en la espalda, otras en la voz. Yo miro las manos.