Prohibido leerme así Capítulo 1
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Capítulo 1

Mapache con contrato entra en cabaña y descubre un antebrazo sospechoso

«Julia»

S ubo los tres escalones del porche con cuidado. La madera está húmeda y cruje bajo mi peso. Dejo la maleta junto a la pared y miro la puerta.

No hay timbre, así que me quito un guante con los dientes y llamo con los nudillos. Doy dos golpes suaves y espero.

Dentro no oigo pasos, pero sí un cambio mínimo, casi una pausa en el aire. Vuelvo a llamar, esta vez un poco más fuerte, y retiro la mano enseguida porque la madera está fría.

—Adelante —dice una voz masculina desde dentro, en español.

Me quedo inmóvil un segundo.

Sabía que hablaba español. Me lo habían dicho en una frase práctica entre el horario de llegada y las instrucciones sobre lo que él exigía de mí, pero una cosa es saber que alguien habla tu idioma y otra oírlo salir de una cabaña noruega, con una calma grave, ligeramente acentuada, como si las palabras hubieran cruzado también un paisaje frío antes de llegar hasta mí.

Empujo la puerta.

La primera vez que Soren Nørgaard me ve en persona, está leyendo una de mis escenas sexuales.

No es una imagen que una quiera llevarse como bienvenida internacional.

Tampoco ayuda que yo entre con la maleta a medias, arrastrándola lo justo para que una rueda golpee el marco con un ruido demasiado fuerte. La levanto un poco, se me engancha el abrigo en el tirador, doy un paso de más y consigo no tropezar, aunque mi cuerpo hace todo el cálculo previo al desastre.

Muy elegante.

Muy de autora internacional.

Él está de pie junto a la mesa grande del salón, con una hoja impresa en una mano, un lápiz en la otra y mi novela abierta delante.

Mi nombre aparece en la cubierta con un tamaño que, en Madrid, me pareció razonable y que aquí, bajo la luz dorada de una cabaña perdida junto a un fiordo, adquiere la discreción de una bengala en un funeral.

Soren levanta la vista.

Lo primero que pienso es que es más alto de lo que parecía en las fotos.

Lo segundo, que las fotos no habían sido especialmente útiles.

No explicaban el tamaño real de su cuerpo en una habitación pequeña, ni la quietud con la que ocupa el espacio, ni esa forma de mirar sin prisa que no es intensa ni amable, pero tampoco distraída.

Lleva un jersey gris de lana, vaqueros oscuros, el cuello de una camiseta blanca asomando por debajo, el pelo rubio oscuro algo revuelto, la barba corta y unos ojos claros, de un azul grisáceo que la luz cálida de la cabaña no consigue volver del todo cercanos.

En las fotos era un autor prestigioso.

En persona es un hombre.

Y eso, con el abrigo todavía medio enganchado, una bota manchada de barro y el pelo aplastado bajo el gorro, resulta bastante menos manejable.

—Julia Galiano —dice, no a modo de saludo, sino como quien confirma un dato.

—Soren Nørgaard —respondo, y me oigo más formal de lo previsto.

Sus ojos bajan a mi equipaje. Luego vuelven a mí. No hay impaciencia en su cara, ni amabilidad excesiva, ni esa sonrisa automática que se usa con desconocidos para que todo parezca más sencillo de lo que es.

—¿Puedo? —pregunta, señalando el asa lateral.

—Sí, gracias —respondo, soltándola con más alivio del que me habría gustado mostrar—. Empiezo a sospechar que he metido dentro cosas que ni siquiera son mías.

Soren deja la hoja sobre la mesa y se acerca. Levanta la parte delantera de la maleta para salvar el pequeño desnivel de la entrada y la deja junto al banco.

No convierte el gesto en un pequeño espectáculo de fuerza. Solo resuelve el problema con una facilidad que me obliga a recordar que, hasta hace un segundo, yo estaba perdiendo contra una rueda.

—El camino está mal con lluvia —dice, apartándose para dejarme espacio.

—El camino y yo hemos tenido diferencias —respondo, quitándome el otro guante dedo a dedo—. Creo que ha ganado él, pero prefiero no reconocerlo oficialmente.

Algo se mueve en su expresión, pero no es una sonrisa. Más bien un cambio mínimo en la comisura, un ajuste tan leve que podría ser cortesía o imaginación mía. Con un hombre más fácil de leer, habría sabido qué hacer. Con él, no estoy segura.

—Puedes dejar las botas ahí —dice, señalando el banco—. El suelo está caliente.

Miro la hilera de botas junto a la pared.

Las suyas, grandes, limpias, colocadas con una precisión militar que no sé si atribuir a la cultura noruega o a algún trastorno leve de escritor que ordena mentalmente hasta las sombras.

Luego miro las mías, mojadas, con barro en un lateral y cordones empeñados en expresar también su propio conflicto.

—Genial —digo, sentándome en el banco para desatarlas—. Creo que mis botas y yo estamos terminando una relación complicada.

Me quito una bota, luego la otra, y me quedo en calcetines sobre la madera caliente.

Son de lana gris, nuevos, buenos, comprados con esa fe absurda que una desarrolla antes de un viaje importante, como si elegir bien los calcetines pudiera compensar la falta de control sobre todo lo demás.

Tienen un pequeño dibujo blanco en el tobillo, una estrella casi imperceptible que en Madrid me pareció discreta y que aquí, en el recibidor ordenado de Soren Nørgaard, adquiere una presencia bastante más comprometida.

Él no mira mis calcetines.

Da la impresión de ser un hombre que no desperdicia atención en cosas que no considera relevantes.

Eso debería tranquilizarme.

No lo hace del todo.

Me quito la bufanda despacio porque necesito esos segundos para mirar.

La cabaña se abre más allá del recibidor en un espacio amplio, cálido, sin demasiadas cosas.

Una cocina sencilla a la izquierda, con encimera gris, armarios de madera y una cafetera negra sobre la isla.

Un salón al fondo, con la chimenea encendida, dos sofás bajos, una mesa grande cubierta de papeles, un ventanal enorme frente al fiordo y varias lámparas encendidas que vuelven dorada la madera de las paredes.

No hay lujo evidente. Hay orden, fuego, libros y esa clase de silencio que no parece vacío.

Lo registro todo con una rapidez que me avergüenza un poco.

Las escritoras somos carroñeras elegantes de detalles ajenos. Una taza mal colocada, una puerta cerrada con demasiada suavidad, una frase dicha medio segundo tarde… todo puede acabar convertido en material si una tiene suficiente mala conciencia y un documento abierto.

Pero no miro solo por eso.

Cuando has crecido con un padre demasiado apegado a una botella, aprendes a contar ciertas cosas antes incluso de saber que las estás contando.

Botellas a la vista. Vasos usados. El olor dulce y agrio del alcohol pegado a una habitación. La forma en que alguien se mueve cuando ha bebido, o cuando intenta parecer que no ha bebido. Las puertas que se cierran un poco más fuerte. Las risas que duran demasiado. Los silencios que llegan después.

Lo busco porque mi cuerpo se adelanta a mí y todavía no ha recibido el aviso de que ya no vivimos allí.

Pero en la cabaña de Soren Nørgaard no hay mueble bar ni hay botellas decorativas junto a la chimenea, ni una hilera de whisky caro esperando parecer intelectual bajo la luz baja, ni vasos olvidados con ámbar seco en el fondo.

Hay café. Agua. Una botella de aceite junto a la cocina. Libros. Lápices. Una pila de leña colocada con una severidad casi ofensiva.

Nada más.

No debería importarme.

Me importa.

—Hay café recién hecho —dice, como si hubiera seguido el recorrido de mi mirada y hubiera decidido ofrecerme el único elemento socialmente aceptable de la habitación.

—Gracias —respondo, levantándome del banco—. Ahora mismo el café está por encima de cualquier protocolo social que pretendiera seguir.

Soren camina hacia la cocina. Se mueve sin ruido, con pasos firmes, económicos.

Es alto, sí, y ancho de hombros, pero lo que más se nota no es el tamaño.

Es la quietud. La ausencia de gestos de más.

Igual que si cada movimiento hubiera pasado antes por un filtro y solo hubiera sobrevivido lo necesario.

—Leche en la nevera. Azúcar en el armario de arriba —señala, sacando una taza limpia y dejándola sobre la encimera, a mi lado.

—Vale —respondo, acercándome con la sensación de estar entrando en una coreografía que él ya conoce y yo todavía no.

Abro la nevera. Hay leche, mantequilla, huevos, verduras envueltas en papel, queso, una botella de vino blanco, kéfir y varios recipientes colocados con una lógica interna que quizá entienda cuando ya no me sirva de nada.

Saco la leche, cierro con la cadera y me sirvo café bajo su mirada silenciosa, apoyado al otro lado de la isla, con una mano junto a su taza negra y el pulgar manchado de grafito.

El detalle me llama la atención.

Tiene manos grandes, de dedos largos, con las uñas cortas y los nudillos marcados. Manos de hombre que escribe, sí, pero también de hombre que puede cargar leña, abrir una ventana atascada o levantar mi maleta sin esfuerzo. Una mezcla bastante molesta de cosas prácticas y cosas literarias.

Echo leche al café. Luego azúcar. Remuevo con una cucharilla pequeña y observo cómo el líquido se aclara en círculos lentos.

—No sabía si lo tomabas solo —dice Soren.

—No después de un viaje largo —respondo, rodeando la taza con las dos manos cuando el calor empieza a llegarme a los dedos—. Después de un viaje largo creo en la leche, el azúcar y en no hacerme la interesante.

—Sería una forma rara de empezar.

Esta vez sí lo miro.

No sé si lo ha dicho como comentario neutro o como humor seco. Su cara no ayuda. Sus ojos siguen tranquilos, claros, casi imposibles de atravesar. No hay brillo de burla, ni gesto cómplice, ni ninguna de esas pequeñas invitaciones que la gente deja en la cara cuando quiere que le sigas el juego.

—¿Lo de hacerme la interesante?

—Lo de fingir —responde, y se da media vuelta hacia la mesa.

Quizá Soren Nørgaard dice cosas así porque le parece normal hablar con una crudeza que deja pequeñas marcas.

—Eres muy… —empiezo, y me detengo porque ninguna palabra que se me ocurre parece segura.

Soren me mira por encima de la taza.