Prohibido leerme así
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Prólogo
L a carretera se estrecha después del último pueblo poco a poco, como si alguien fuera retirando mundo por los bordes.
Primero desaparecen las casas bajas, con sus ventanas iluminadas y sus tejados inclinados bajo una capa irregular de nieve.
Luego se quedan atrás la gasolinera, el supermercado pequeño, el cartel azul con letras que no sé pronunciar sin sentirme ligeramente ridícula.
Después solo queda la montaña a un lado, el agua al otro y una línea de asfalto húmedo que se interna entre abetos oscuros.
El conductor no habla mucho. Me ha preguntado en inglés si era la escritora española, ha pronunciado mi apellido mejor que muchas personas en España y, desde entonces, se ha limitado a conducir con una tranquilidad que no comparto.
De vez en cuando mira por el retrovisor, quizá para asegurarse de que sigo viva, quizá porque mi maleta ha hecho un ruido sospechoso en el maletero, quizá porque los turistas de ciudad tenemos una forma muy concreta de tensar los hombros cuando la carretera se queda demasiado cerca del vacío.
Yo intento no parecer una turista de ciudad.
Fracaso con bastante dignidad, eso sí.
La cabaña está tan lejos de cualquier forma reconocible de civilización que, durante los últimos veinte minutos de trayecto, empiezo a practicar mentalmente cómo decir en noruego «por favor, no me mate».
Llevo las manos cerradas sobre el móvil, aunque hace rato que la cobertura va y viene con esa falta de sentimentalismo tan propia de las cosas que una necesita.
La pantalla se ilumina cada vez que la toco y me devuelve mi cara cansada, los ojos oscuros más grandes por el reflejo, la boca apretada, el pelo largo aplastado bajo el gorro.
Hay una línea roja de frío cruzándome la nariz y un mechón castaño que se ha escapado por un lado y se me pega a la mejilla con una insistencia bastante más fiel que mi inspiración en los últimos meses.
No quiero pensar en eso.
Naturalmente, pienso en eso.
En el documento abierto en mi portátil. En la escena que no avanza. En el hombre que debería entrar en la página con esa clase de seguridad peligrosa que antes me salía sola y que ahora se me queda quieta entre dos frases como un actor esperando instrucciones que ya no sé darle.
Miro por la ventanilla antes de que el pensamiento coja carrerilla.
Fuera, el fiordo aparece y desaparece entre cortes de niebla. No es azul ni verde ni ninguna de esas mentiras útiles que se usan para vender postales.
Es gris.
Un gris vivo, cambiante, con una superficie tan quieta que parece sólida hasta que una ráfaga de viento la arruga por encima.
Las montañas caen hacia él en pendientes cubiertas de nieve, roca negra y árboles torcidos por el invierno.
Hay cascadas muy finas bajando por las paredes, hilos blancos que se pierden antes de llegar al agua, y hasta el paisaje parece haber decidido hablar en voz baja.
Es precioso, de una forma un poco severa.
Me acomodo mejor en el asiento y repaso, no sé por qué afán de castigo, la sucesión de sucesos que me ha traído hasta aquí.
Primero fue la llamada de Vanesa, mi editora, con esa voz suya de «no te asustes todavía, pero siéntate».
Después, una reunión por Zoom con dos personas de internacional, una de marketing y alguien de derechos que sonreía muy poco y usaba la palabra «oportunidad» demasiadas veces.
Luego llegó el documento de propuesta, impecable, con membrete, calendario, objetivos, un anexo de confidencialidad y esa clase de entusiasmo corporativo que consigue que incluso una mala idea parezca una experiencia transformadora.
La mala idea, por resumir, consistía en que Soren Nørgaard y yo escribiéramos una novela a cuatro manos.
Él es un galardonado autor noruego de novela negra, traducido a medio continente, tratado por la crítica como si hubiera descubierto una forma especialmente prestigiosa de mirar el vacío.
Un hombre de frases cortas, entrevistas sobrias y fotografías en las que aparece junto a ventanas, mesas de madera o paisajes helados con la expresión de quien no ha tenido nunca la necesidad de justificar un silencio.
Yo soy una autora española de romántica erótica, bestseller , con lectoras maravillosas, portadas mucho menos discretas y una relación bastante estrecha con hombres ficticios que entran en una habitación y consiguen que hasta las cortinas parezcan tener pulso.
Según la editorial, esa mezcla tenía sentido.
Según la editorial, de hecho, era brillante.
Una autora que sabía escribir deseo y un autor que sabía escribir oscuridad. Una voz emocional, corporal, comercial frente a otra contenida, precisa, literaria.
Una novela híbrida con amor, crimen, tensión psicológica y la promesa de que aquello podía convertirse en un acontecimiento editorial si todos hacíamos como que la palabra acontecimiento no daba un poco de vergüenza.
No dije que no.
Eso ya dice bastante de mi estado de salud mental.
La parte delicada, la que Vanesa dejó caer con mucho cuidado porque me conoce, era que Soren Nørgaard había puesto una condición antes de comprometerse del todo.
No quería una reunión en Madrid, ni un almuerzo en Oslo, ni dos llamadas llenas de educación profesional y silencios traducidos. Quería trabajar conmigo primero. De verdad. Lejos del ruido, de los equipos, de las expectativas y de cualquier excusa razonable para salir huyendo.
Quería los preliminares en una cabaña perdida junto a un fiordo durante seis meses. Retiro creativo, lo llaman.
Suficiente convivencia como para comprobar si nuestras voces podían mezclarse sin destrozar el libro antes de que existiera.
No debería molestarme. En realidad, es lógico. Si yo fuera Soren Nørgaard, probablemente también querría asegurarme de que no iba a pasar casi un año atada a una desconocida con tendencia a escribir hombres que se apoyan en marcos de puerta.
Pero una cosa es entender algo y otra no notar el pinchazo. Porque, por mucho que Vanesa lo envolviera en prudencia editorial, el resultado seguía siendo el mismo.
Si al final de esas semanas Soren Nørgaard consideraba que aquello no se sostenía, no habría novela.
Habría una carpeta compartida llena de versiones fallidas, seis meses de mi vida en un fiordo noruego y mi bloqueo esperándome en casa con esa paciencia miserable que tienen las cosas que una intenta dejar atrás.
Lo que no entiendo es por qué ha aceptado él.
A mí me convenció Vanesa, claro. Vanesa y su capacidad para pronunciar «puede ser importante para tu carrera».
Pero él… no sé.
Supongo que su agente. O su editorial. O alguien con suficiente habilidad para presentarle la romántica como un territorio narrativo y no como eso que ciertos hombres dicen no leer con el mismo gesto con el que otros rechazan un postre porque «no son de dulce».
Quizá le pareció un reto.
Y tenemos tres semanas para entregar una escaleta sólida, tres capítulos de muestra y una escena sexual que convenza a los dos mundos.
A mis lectoras, que no perdonan una escena de sexo rígida, de esas que ni emocionan ni calientan, y a ese mercado más literario, más negro, más sobrio, más amigo de mirar por ventanas lluviosas con culpa existencial, al que representa Soren Nørgaard.