Prohibido leerme así Epílogo 2 #2
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Epílogo 2 #2

Yo no quería ser otro hombre entrando en su vida con una necesidad que luego ella tuviera que traducir, suavizar o cargar. Tampoco quería volverme tan prudente que mi prudencia acabara pareciéndose a rechazo. Con Julia, incluso la distancia podía hacer daño si la usaba en el momento equivocado.

Así que la miré más de lo que debía.

La cuidé peor de lo que quería.

Callé cuando quizá tendría que haber dicho algo y hablé cuando quizá habría sido mejor callar.

Aprendí tarde, pero aprendí que amar a Julia no consiste en poner orden a su alrededor para que nada la toque.

Julia no quiere una vitrina.

Necesita espacio para equivocarse, escribir una frase brutal y odiarla al día siguiente.

Necesita que la contradigan de verdad, no que la dejen ganar por condescendencia hacia su herida, y busca una mano cerca que nunca llegue a cerrarse sobre ella.

Acepta las palabras aunque a veces las reciba con cara de querer arrojármelas a la cabeza.

Y mi único plan es estar a la altura de eso.

Construir una casa donde pueda dejarse los lápices olvidados en el pelo sin sentir que su territorio corre peligro.

Compartir mañanas donde cada uno trabaje en su propia historia mientras la habitación sepa que estamos juntos, sin deudas, sin reducirla a lo que escribe.

Quiero tocarla sin obligarla a defender su deseo con ingenio; que se enfade cuando lo merezca y no me perdone rápido por miedo a perderme.

Que aprenda, al fin, que mi silencio nunca es un castigo ni mi calma una forma de estar ausente.

Me preocupa quererla tanto que empiece a tener miedo de perderla y haga alguna estupidez con ese miedo.

Eso no pienso decírselo así.

Todavía no.

Julia sigue mirándome. La pregunta del personaje ya no está en la libreta. Está entre nosotros.

—¿Y bien? —insiste—. ¿Cómo respondería él?

Me inclino un poco hacia ella y retiro uno de mis lápices de su moño. El pelo se le afloja sobre el hombro.

—Él diría: «con lo que no puedo seguir guardándome» —respondo.

Dejo el lápiz sobre la mesa, junto a su libreta. Tiene una marca de sus dientes en la madera. No recuerdo habérselo visto morder, pero ahí está. Otra pequeña prueba de que Julia deja señales incluso cuando cree no tocar nada.

—Le diría: «Porque se me han acabado las excusas para ser el tipo sensato» —continúo, más bajo—. Tardé años en construir un silencio a mi medida y bastaron dos días contigo para entender que solo era una casa vacía.

Me acerco un poco más, lo justo para que note el peso de mis palabras en el aire que compartimos.

—Y no me asusta desearte tanto, sino haber perdido la capacidad de quedar indemne. Y darme cuenta de que si tú te rompes un dedo a mí me va a doler la mano entera.

Julia contiene un pequeño jadeo.

—La parte del mundo que más me interesa es la que ocupas tú descalza, peleándote con una frase que no te obedece —continúo, tan cerca que casi puedo tocar su boca con mis palabras—.

Y todavía no he sido capaz de asimilar la velocidad con la que he aprendido a buscar tus ojos en mitad de cualquier sitio para comprobar que sigo donde quiero estar.

Julia sostiene el aire entre los dos, con los ojos fijos en los míos, midiendo la frontera exacta entre el juego y la verdad.

—Eso es demasiado para una pregunta de mi personaje —murmura.

—Tu personaje no me importa ahora.

Se le escapa una risa pequeña, rota. Pongo entonces una rodilla en el suelo entre sus piernas y ella abre un poco las rodillas para hacerme sitio y baja una mano hasta mi pelo. Y lo acaricia con los dedos rozándome la sien.

—Te quiero —digo.

Apoyo la boca en su rodilla un instante porque necesito tocarla con algo que no sean solo palabras. Julia respira mal cuando lo hago. Sus dedos se cierran un poco más en mi pelo.

—Te quiero con deseo —añado contra su piel—. No de una forma tranquila ni educada, aunque a veces sepa esperar. Pero también te quiero en lo que ocurre después. En la ropa en el suelo, en los platos sin lavar, en tus notas de voz de seis minutos, en tus silencios de media tarde.

Me mira desde arriba, con los ojos mojados y la boca temblando entre una sonrisa y algo que todavía no quiere ser llanto. Es una imagen que voy a recordar.

—Yo también te quiero —dice—. Y me parece una imprudencia enorme, porque sigues siendo seco, irritantemente minucioso y capaz de arruinarme una frase solo con levantar una ceja. Pero te quiero porque contigo no tengo que ser menos. Ni menos fuerte, ni menos libre, ni menos directa , ni menos yo.

Tengo que cerrar los ojos un segundo.

Cuando los abro, Julia sigue mirándome.

—También te quiero porque follas de una forma indecente para un hombre que ordena lápices —añade.

La risa me sale baja, contra su muslo.

—Eso era importante.

—Muchísimo. No iba a cerrar una declaración sin reconocer los méritos del departamento físico.

—Agradezco la evaluación.

Le subo las manos por la cintura y tiro de ella hacia delante. Julia se deja resbalar desde el sofá hasta quedar sobre mí, en el suelo, con las rodillas a ambos lados de mis muslos. Otro de los lápices cae de su moño y rueda bajo la mesa. Esta vez no lo recojo.

—Milagro —susurra, buscando mi boca.

—Estoy priorizando.

Me besa antes de que pueda decir nada más.

Al principio hay ternura, sí, pero no viene sola. Con Julia nunca ocurre así. La ternura se mezcla enseguida con hambre, con la risa húmeda que aún tiene en la boca, con sus manos entrando en mi pelo, con mi palma abriéndose sobre su espalda para acercarla más.

La casa alrededor sigue igual. La olla en la cocina, los platos esperando, nuestros portátiles abiertos, su personaje abandonada en mitad de una pregunta demasiado íntima.

No importa.

O quizá importa precisamente por eso.

La vida está ahí, alrededor del beso. Sin pausa dramática. Sin escenario perfecto. Solo una tarde de trabajo, una cena enfriándose, dos escritores con demasiadas palabras y, por fin, las necesarias.

Julia se aparta apenas, con la frente contra la mía.

—Mi capítulo se va a quedar colgado.

—Tu capítulo acaba de conseguir el final.

—Presumido.

—Sí.

—Me pone mucho.

—Lo sé.

Me levanto con ella en brazos. Julia rodea mi cintura con las piernas y deja la cara en mi cuello. Camino hacia el dormitorio despacio porque no necesito correr hacia las cosas para demostrar que las quiero.

En la puerta, Julia levanta la cabeza y me mira con los ojos todavía húmedos.

—Soren.

—Dime.

—La frase de la libreta…

—Mañana. Hoy no.

La dejo sobre la cama y ella tira de mi camiseta para acercarme. Madrid sigue sonando al otro lado de las ventanas. En el salón se queda todo lo que nos hemos dicho, lo que no, y un lápiz bajo la mesa que pienso recoger más tarde, aunque no se lo diga.

Ahora estoy ocupado.

Julia me abre los brazos.

Y yo voy hacia ella con la certeza tranquila, brutal, de que la primera vez que leí su nombre no empezó un proyecto.

Empezó esto.