Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 7 #7
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Capítulo 7 #7

Noah lo besó hasta que tuvo que separarse para respirar.

Apoyó la frente contra la suya.

—Esto es una locura.

—Sí.

—Hace tres días quería aparcar tu Porsche.

—Y lo hiciste.

—Ahora eres mi novio.

Julian hizo una mueca.

—Dicho así suena preocupante.

Noah rió.

—Muchísimo.

Julian lo besó otra vez.

Cuando se separaron, seguía teniendo los brazos alrededor de su cuello.

—Hay otra cosa.

Noah gimió.

—¿Qué has comprado?

—Nada.

—Gracias a Dios.

—He pensado que quizá te gustaría esto.

Julian miró hacia el helicóptero.

Noah siguió su mirada.

—¿Qué?

—El piloto ha aceptado que te sientes delante.

Noah volvió la cabeza.

—¿Qué?

Julian sonrió.

—No puedes pilotarlo.

—Ya sé que no puedo pilotarlo.

—Pero puedes ir en cabina. Y ha dicho que puede explicarte los controles durante el vuelo.

Noah miró el helicóptero.

Después a Julian.

Después otra vez el helicóptero.

Algo se le movió en el pecho.

—¿En serio?

—En serio.

Noah se quedó mirando la aeronave.

Había visto cientos.

Miles, probablemente.

En vídeos.

Fotografías.

Libros.

Desde tierra.

Nunca había estado dentro de uno.

—Joder.

Julian rió.

—¿Eso es un sí?

Noah recogió la bolsa.

Dio dos pasos.

Volvió.

Agarró a Julian por la cara y lo besó otra vez.

—Gracias.

Julian sonrió contra su boca.

—De nada.

—Pero sigo pagando yo mi formación.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—No.

—Mentiroso.

Julian empezó a caminar hacia el helicóptero.

—¿Vienes o no?

Noah se colgó la bolsa.

Antes de seguirlo, miró hacia atrás.

La carretera.

El cartel de la cafetería.

Todo seguía allí.

Noah no levantó la mano.

No necesitaba despedirse otra vez.

Se volvió.

Y corrió hacia Julian.

El piloto cumplió su palabra.

Noah ocupó el asiento delantero.

Se puso los auriculares.

Y durante los primeros minutos apenas supo dónde mirar.

—Esto es el cíclico —explicó el piloto.

Noah asintió.

—¿Y los pedales?

—Controlan el rotor de cola y el guiñaje.

—¿Y esto?

—Colectivo.

—¿Y ese indicador?

El piloto respondió.

Noah hizo otra pregunta.

Después otra.

Y otra.

Julian soltó una carcajada desde atrás.

Noah se volvió.

—¿Qué?

—Nada.

—Te estás riendo de mí.

—No.

—Tu cara sí.

Julian negó con la cabeza.

Noah volvió hacia los instrumentos.

El piloto le señaló otro indicador.

Noah escuchó cada palabra.

Entonces aumentó el sonido de los rotores.

Sintió la vibración atravesarle el asiento.

El suelo empezó a alejarse.

Despacio.

Un metro.

Dos.

Cinco.

Noah dejó de hacer preguntas.

Miró por la ventanilla.

La carretera se hizo más estrecha.

Los coches, pequeños.

La cafetería apareció debajo.

El motel.

Oakridge empezó a desplegarse bajo ellos.

Noah se quedó inmóvil.

Durante años había querido aquello.

No exactamente sobrevolar Oakridge.

Volverlo pequeño.

Ver más allá.

Saber qué había después de aquella carretera.

Se le cerró la garganta.

Una mano apareció sobre su hombro.

Julian.

Noah la cubrió con la suya.

No dijo nada.

El helicóptero siguió ascendiendo.

La carretera que durante tantos años había parecido no llevar a ninguna parte era ahora una línea fina atravesando el paisaje.

Oakridge quedó atrás.

Media hora después, Noah volvía a hacer preguntas.

El piloto parecía encantado.

—La formación es cara —explicó—, pero hay diferentes rutas. Depende de la licencia que quieras y de si tu objetivo es trabajar profesionalmente.

—Profesionalmente.

Decirlo hizo que Noah sintiera un pequeño vuelco en el estómago.

El piloto asintió.

—Entonces tendrás que acumular bastantes horas.

Horas.

Dinero.

Exámenes.

Trabajo.

Noah miró los instrumentos.

Por primera vez aquello no parecía una fantasía imposible.

Parecía difícil.

Había una diferencia enorme.

Sacó el móvil.

No tenía señal.

Lo guardó.

—Cuando aterricemos necesito internet.

Julian se inclinó ligeramente desde atrás.

—¿Para qué?

—Escuelas.

—¿Ya?

Noah lo miró por encima del hombro.

—¿Tienes algún plan mejor?

Julian pensó.

—Podríamos comer.

Noah se dio cuenta de que tenía un hambre monstruosa.

—Vale.

—Tú eliges.

Noah volvió hacia la ventanilla.

Debajo solo había carretera, tierra y un horizonte enorme.

Podían ir a cualquier parte.

Noah pensó en restaurantes.

En ciudades.

En Las Vegas.

Después recordó algo que necesitaba.

Sonrió.

—Tengo un sitio.

Julian arqueó una ceja.

—¿Dónde?

Noah se acomodó los auriculares.

—Walmart.

Julian permaneció en silencio.

El piloto soltó una carcajada.

—No.

—Has dicho que yo elegía.

—Tenemos un helicóptero.

—Precisamente.

—Noah.

—Necesito comprar cosas para Las Vegas.

Julian cerró los ojos.

—Podríamos ir a cualquier restaurante del estado.

—Después.

—Podría pedir que...

Noah levantó un dedo.

—Cuidado.

Julian abrió los ojos.

—¿Qué?

—Eso empieza peligrosamente a parecerse a que quieres resolverme la vida.

Julian lo observó.

Noah esperó.

—Walmart —dijo finalmente.

—Walmart, novio.

Julian negó con la cabeza, pero acabó riéndose.

Noah volvió hacia el parabrisas.

Más adelante solo había cielo.

—Oye, Jules.

—¿Qué?

—Cuando tenga mi licencia, conduzco yo.

El piloto soltó una carcajada.

Julian gimió detrás de él.

—Se dice pilotar.

Noah miró el cielo abierto frente a ellos.

Sonrió.

—Ya aprenderé.