Epílogo
Noah había descubierto que tener novio a distancia tenía ventajas.
La primera era que podía echar de menos a Julian.
La segunda era que, cuando dejaba de echarlo de menos porque Julian aparecía en Las Vegas, solían pasar aproximadamente veinte minutos antes de que empezara a plantearse seriamente estrangularlo.
—No.
Julian ni siquiera levantó la vista del portátil.
—No he dicho nada.
—Precisamente.
Noah cerró la puerta de la nevera y se apoyó contra ella.
—Llevas cinco minutos mirando esa pantalla con cara de millonario.
Ahora sí levantó la cabeza.
—No sé qué significa eso.
—Significa que estás a punto de comprar algo.
—Trabajo.
—Mentira.
—Noah.
—Jules.
Julian suspiró.
Noah esperó.
Había aprendido a esperar.
Era una habilidad extraordinariamente útil con Julian, porque el silencio le resultaba tan incómodo cuando ocultaba algo que normalmente terminaba traicionándose solo.
Diez segundos.
Quince.
Julian cerró el portátil.
—He encontrado una cosa.
—Sabía que lo harías.
—No la he comprado.
—Todavía.
—Ni siquiera es para ti.
Noah entrecerró los ojos.
—Eso ha sonado muchísimo peor.
Julian se levantó de la pequeña mesa.
Pequeña porque todo en el apartamento de Noah era pequeño.
Un dormitorio.
Una cocina que técnicamente formaba parte del salón.
Un baño donde Julian se había golpeado el codo contra la mampara tres veces durante su primera visita y había declarado que el arquitecto debía estar en prisión.
Noah lo adoraba.
El apartamento, no al arquitecto.
Era suyo.
Bueno.
Alquilado.
Pero suyo.
Lo pagaba trabajando en un gimnasio a cuatro calles de allí y haciendo algunos turnos en un taller los fines de semana. El taller pagaba mejor. El gimnasio le permitía entrenar gratis y había resultado ser bastante bueno consiguiendo clientes.
Los tres mil quinientos dólares de Julian habían durado menos de lo que esperaba y más de lo que Tobias habría considerado posible.
Una parte seguía intacta.
Noah estaba obscenamente orgulloso de eso.
—¿Qué has encontrado? —preguntó.
Julian se acercó.
—Primero prométeme que no vas a enfadarte.
—No.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Precisamente por eso.
—Es algo bueno.
—La última vez que dijiste eso apareciste en helicóptero.
—Y te encantó.
—Me encantó el helicóptero. Tu entrada fue ridícula.
Julian se detuvo frente a él.
—Me besaste.
—Por lástima.
—Me pediste que fuera tu novio.
—Eso es directamente falso.
—Aceptaste.
—Momento de debilidad.
Julian sonrió.
Noah también.
Seguía ocurriendo.
Seis meses.
Cientos de llamadas.
Cinco visitas de Julian a Las Vegas.
Tres viajes de Noah para verlo.
Dos discusiones serias.
Una reconciliación que había terminado con la vecina golpeando la pared.
Y seguía ocurriendo.
Julian sonreía y Noah sentía algo en el pecho.
Una cosa ridícula.
Blanda.
Muy poco masculina, según la parte de su cerebro que todavía tenía dieciocho años y era imbécil.
Noah había aprendido a ignorarla.
—Enséñamelo —dijo.
Julian cogió el móvil.
—Solo es una posibilidad.
—Jules.
—No he pagado nada.
—Jules.
—Ni he hablado con nadie.
—Julian.
—Vale.
Le enseñó la pantalla.
Noah miró.
Una página web.
Una fotografía.
Un avión pequeño.
Volvió a mirar a Julian.
—¿Qué coño es esto?
—Una escuela.
Noah dejó de respirar.
—No.
—Escucha.
—Habíamos hablado de esto.
—No voy a pagarte nada.
Noah volvió a mirar la pantalla.
Escuela de vuelo.
Las Vegas.
Programa de formación.
Horas.
Precios.
Todo.
—Entonces ¿qué haces?
—Investigar.
—¿Por mí?
—Contigo.
Noah levantó la mirada.
Julian deslizó un dedo por la pantalla.
—Tienen un programa nocturno. Puedes mantener tus horas del gimnasio. Y las clases teóricas se pueden hacer parcialmente en línea.
Noah no dijo nada.
—También tienen financiación —continuó Julian—. Antes de que empieces: no conmigo. Con ellos. Hay varias modalidades.
Noah cogió el teléfono.
Leyó.
Julian permaneció callado.
Eso también lo había aprendido.
No solucionar.
No decidir.
No sacar la tarjeta.
Solo estar.
Noah desplazó la página.
—¿Cuánto tiempo llevas mirando esto?
—Poco.
—¿Cuánto?
—Dos semanas.
Noah levantó la cabeza.
—Dos semanas.
—Quizá tres.
—Psicópata.
—Gracias.
Noah volvió a la pantalla.
Había hablado con dos escuelas.
Había pedido información.
Había calculado números.
Y después había empezado a encontrar motivos para esperar.
El alquiler.
El trabajo.
Ahorrar un poco más.
Quizá dentro de seis meses.
Quizá el año siguiente.
Quizá...
No.
Conocía demasiado bien aquella palabra.
Después.
Había perdido años dentro de ella.
—Hay una jornada de puertas abiertas el sábado —dijo Julian.
—¿Lo sabías?
—Puede.
—Claro que lo sabías.
—Podemos ir.
Noah dejó el móvil.
—¿Podemos?
—Sí.
—¿Y vas a comportarte?
Julian pareció ofendido.
—Siempre me comporto.
Noah soltó una carcajada.
—No puedes preguntar cuánto cuesta comprar la empresa.
—Nunca he hecho eso.
—Preguntaste cuánto facturaba mi gimnasio.
—Fue conversación.
—Con el dueño.
—Me pareció interesante.
—Le dio miedo.
—Es un hombre muy nervioso.
Noah negó con la cabeza.
Julian sonrió.
—Entonces ¿vamos?
Noah volvió a mirar la fotografía del avión.
Sintió miedo.
Bien.
Había empezado a reconocerlo.
A veces el miedo no significaba no lo hagas.
A veces solo significaba que importaba.
—Vamos.
Julian sonrió.
Noah señaló un dedo hacia él.
—Pero no pagas nada.
—No pago nada.
—Ni matrícula.
—No.
—Ni horas.
—No.
—Ni materiales.
—No.
—Ni me compras un puto avión.
Julian hizo una pausa.
—Eso último parece una limitación innecesariamente específica.
—¡Julian!
Él empezó a reírse.
Noah lo agarró de la camiseta.
—Eres insoportable.
—Y aun así...
—No termines esa frase.
—...me quieres.
Noah se quedó quieto.
Julian también.
Ah.
Aquello todavía era nuevo.
No el sentimiento.
La palabra.
Había aparecido por primera vez tres semanas atrás.
Sin helicóptero.
Sin gran declaración.
Julian estaba medio dormido durante una videollamada y Noah le había dicho que colgara.
Julian había murmurado:
Te quiero.
Y había colgado.
Noah se había quedado mirando el teléfono durante cinco minutos.
Después lo había llamado otra vez exclusivamente para obligarlo a repetirlo despierto.
Ahora Julian lo decía con más facilidad.
Noah todavía sentía el golpe cada vez.
—Sí —dijo.
La sonrisa de Julian se suavizó.
Noah tiró de su camiseta.
—Por desgracia.
Julian lo besó.
La cocina de Noah tenía una característica interesante.
No había espacio.
Eso significaba que dos hombres adultos no podían besarse allí sin que alguna parte del cuerpo terminara contra un mueble.
Aquella vez fue Noah contra la nevera.
No le importó.
Julian le sujetó la cintura.
Noah le pasó una mano por la nuca.
El beso cambió.
Habían aprendido mucho en seis meses.
Noah, sobre todo, había aprendido que Julian mentía descaradamente cuando decía que era una persona controlada.
Controlada, una mierda.
Solo necesitaba los incentivos adecuados.
Noah le mordió suavemente el labio inferior.
Julian soltó aire contra su boca.
Ahí.
Ese sonido.
Seguía gustándole demasiado.
—Pensaba que teníamos que cenar —murmuró Julian.
—Podemos cenar después.
—Has dicho que tenías hambre.
Noah deslizó las manos bajo su camiseta.
—Tengo prioridades.
Julian sonrió contra su boca.
—Qué romántico.
—Me esfuerzo.
Julian volvió a besarlo.
Esta vez fue él quien lo apretó contra la nevera.
Noah rió.
—¿Ves? Seis meses y ya has aprendido.
—¿Qué?
—A dejar de hablar.
Julian se apartó.
—Puedo irme.
—Ni se te ocurra.
Noah volvió a atraerlo.
Julian le pasó las manos por la espalda.
La camiseta de Noah terminó en el suelo en algún momento.
No recordaba exactamente cuándo.
Tampoco le importaba.
Julian lo miró.
Incluso después de seis meses seguía haciendo eso.
Noah lo había pillado muchas veces.
En la ducha.
Al vestirse.
Cuando salía del gimnasio.
A veces simplemente tumbado en la cama.
Aquella mirada lenta que empezaba en su cara y acababa bastante más abajo.
Al principio Noah lo provocaba.
Ahora también.
—¿Qué?
—Nada.
Noah arqueó una ceja.
—Tu cara dice otra cosa.
Julian apoyó una mano sobre su abdomen.
—Mi cara no ha dicho nada.
—Tu mano sí.
—¿Quieres que la quite?
Noah miró hacia abajo.
Después volvió a mirarlo.
—Como la quites, esta relación se termina.
Julian soltó una carcajada.
—Qué frágil era nuestro amor.
Noah le rodeó el cuello.
—Cállate y bésame.
Julian obedeció.
Eso también le gustaba.
A veces.
Llegaron al dormitorio.
Al final.
Con una breve parada en el pasillo porque Julian decidió que seis pasos hasta la cama constituían una distancia excesiva.
Noah terminó sentado en el borde del colchón con Julian entre sus piernas.
Lo miró.
Seis meses y todavía había momentos en los que no terminaba de acostumbrarse.
No al sexo.
A Julian.
A poder tocarlo.
A que Julian quisiera que lo tocara.
A que no hubiera nada que esconder después.
Noah deslizó las manos por su cintura.
—¿Sabes qué es lo peor?
Julian, que estaba besándole el cuello, murmuró:
—¿Qué?
—Que sigo pensando que estás demasiado bueno para ser tan irritante.
Julian levantó la cabeza.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Para mí sí.
—¿Me estás haciendo un cumplido?
—No te emociones.
Julian le empujó hacia atrás.
Noah cayó sobre el colchón.
—Oh.
Julian se quedó mirándolo.
Noah sonrió.
—Hola.
—Hola.
—¿Vas a hacer algo o esto forma parte de tu famoso autocontrol?
La expresión de Julian cambió.
Noah supo inmediatamente que había cometido un error.
O un acierto.
Dependía de cómo se mirara.
—Noah.
—¿Sí?
Julian se inclinó sobre él.
—A veces hablas demasiado.
Noah le rodeó la cintura con las piernas.
—Hazme callar.
Julian lo besó.
Y Noah dejó de hablar durante un rato considerable.
Más tarde, Noah estaba boca abajo sobre la cama intentando recuperar la dignidad.
No iba bien.
Julian dibujaba líneas distraídas sobre su espalda.
—No.
—¿Qué?
—Estás satisfecho contigo mismo.
—No sé de qué hablas.
Noah giró la cabeza.
Julian tenía exactamente la expresión de un hombre satisfecho consigo mismo.
—Te odio.
—Hace una hora me querías.
—Las circunstancias han cambiado.
Julian rió.
Noah le lanzó una almohada.
Julian la atrapó.
—Violencia doméstica.
—Denúnciame.
—Tengo pruebas.
—Tienes una almohada.
—Y marcas.
Noah se quedó mirándolo.
Julian sonrió.
Noah cogió la segunda almohada.
—Ni se te ocurra.
Demasiado tarde.
Cenaron a las once y media.
Pizza.
En la cama.
Desnudos bajo las sábanas porque ninguno tenía intención de volver a vestirse.
Julian miró la caja.
—Esto no puede considerarse una cena equilibrada.
Noah mordió otra porción.
—Tiene tomate.
—No funciona así.
—Y queso.
—Peor.
—Proteína.
—Mínima.
Noah le ofreció un trozo.
Julian lo aceptó.
—Hipócrita.
—Estoy adaptándome a tu cultura.
—Seis meses conmigo y ya comes pizza en la cama. Tu familia debe de estar destrozada.
Julian dejó de masticar.
Noah lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Jules.
Julian tragó.
—Estaba pensando.
—Peligroso.
—En seis meses.
Noah esperó.
—¿Qué pasa en seis meses?
—Nada.
Julian miró la pizza.
—Eso es lo extraño.
Noah frunció el ceño.
—No entiendo.
—Hace seis meses no sabía si volvería a verte después del domingo.
Noah permaneció quieto.
—Y ahora estoy comiendo una pizza mediocre desnudo en tu cama.
—Es una pizza excelente.
—Es mediocre.
—Retira eso.
Julian sonrió.
Noah le dio un golpe con el pie bajo la sábana.
—Continúa.
Julian dejó la porción en la caja.
—No hay nada que continuar.
—Mentira.
—Solo estaba pensando que me gusta.
Noah lo observó.
—¿La pizza?
—Esto.
Ah.
Julian miró alrededor.
El dormitorio minúsculo.
La ropa en el suelo.
La caja abierta.
El ventilador de techo que hacía un ruido sospechoso desde hacía dos semanas.
—Me gusta venir aquí —dijo—. Me gusta que vengas tú. Me gusta saber que dentro de dos semanas vas a llamarme porque algo se ha roto y vas a insistir en arreglarlo solo.
—Porque puedo arreglarlo.
—Ya lo sé.
—Entonces no veo el problema.
—No hay problema.
Noah dejó su porción.
—Joder.
—¿Qué?
—Te estás poniendo tierno.
—Retiro todo.
—Demasiado tarde.
Noah se acercó.
Julian levantó el brazo y Noah se acomodó contra su costado.
Habían tardado casi dos meses en dejar de bromear cada vez que hacían aquello.
Bueno.
Noah todavía bromeaba.
Pero menos.
Apoyó la cabeza sobre el pecho de Julian.
Escuchó su corazón.
—Jules.
—Mm.
—Si entro en la escuela...
Julian esperó.
—Voy a tener menos tiempo.
—Lo sé.
—Y menos dinero.
—Probablemente.
—Y voy a estar agotado.
—También.
Noah levantó la cabeza.
—No estás ayudando.
—¿Quieres que mienta?
—Un poco.
Julian le acarició el pelo.
—Vas a poder hacerlo.
Noah sostuvo su mirada.
No yo haré que puedas.
No yo me encargo.
Vas a poder hacerlo.
Noah volvió a apoyar la cabeza sobre su pecho.
—Más te vale seguir viniendo.
—Pensaba hacerlo.
—Aunque esté ocupado.
—Sí.
—Aunque no podamos follar cada vez.
Julian tardó demasiado en contestar.
Noah levantó la cabeza.
—¡Julian!
—Estoy evaluando las condiciones.
Noah empezó a reírse.
—¡Eres un gilipollas!
Julian lo agarró antes de que pudiera apartarse.
—Cien dólares.
Noah se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Las reglas son las reglas.
Noah lo miró.
Después empezó a reírse todavía más.
—Seis meses y sigues con esa mierda.
—Tú empezaste.
—Tú inventaste las multas.
—Y tú las utilizaste contra mí.
—Porque soy emprendedor.
Julian lo besó en la frente.
Noah cerró los ojos.
—Te quiero —dijo Julian.
Esta vez Noah no necesitó cinco minutos.
Ni una segunda llamada.
Ni una broma para ganar tiempo.
—Yo también te quiero.
Silencio.
Cómodo.
Fácil.
Noah pensó en el sábado.
En la escuela.
En un avión pequeño esperando en alguna pista.
Sintió miedo otra vez.
Y sonrió.
Julian le acarició la nuca.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara dice otra cosa.
Noah levantó la cabeza.
—Estaba pensando que cuando tenga mi licencia vas a tener que dejarme pilotar.
Julian palideció.
—No.
—¿Cómo que no?
—Absolutamente no.
—¡Vas a ser mi novio y no vas a subirte a un avión conmigo!
—Puedo apoyarte emocionalmente desde tierra.
—Cobarde.
—Prudente.
—Después de todo lo que te hice en la cama hace una hora, ¿ahora desconfías de mis manos?
Julian se quedó callado.
Noah sonrió lentamente.
—Eso pensaba.
Julian le tapó la cara con una almohada.
Noah empezó a reírse debajo.
Y mientras intentaba quitársela, con Julian riéndose encima de él, la pizza enfriándose sobre la mesita y una escuela de vuelo abierta todavía en el móvil de su novio, Noah pensó que el futuro no se parecía en nada a lo que había imaginado.
Era mejor.
Mucho más raro.
Mucho más complicado.
Y completamente suyo.
FIN