Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

—Eso parece.

Noah lo besó.

No fue un beso desesperado.

No necesitaba serlo.

Noah sabía que Julian estaría allí cuando se separara.

Al menos aquella noche.

Mañana sería otra cosa.

La semana siguiente también.

No tenían ninguna promesa eterna.

Ninguna garantía de que aquello funcionara fuera de una suite de hotel.

Curiosamente, Noah prefería eso.

Porque podía elegir quedarse aquella noche.

Y marcharse al día siguiente.

Una cosa no anulaba la otra.

Se separó.

Julian seguía sonriendo.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso siempre es mentira contigo.

Julian le arregló el cuello de la camisa.

—Estaba pensando que eres bastante caro.

Noah abrió la boca.

—Perdona.

—Tres mil quinientos dólares por un fin de semana.

—Soy un servicio premium.

—Y todavía tengo que pagarte un vuelo.

—Las condiciones estaban clarísimas.

—Negociaste aprovechándote de mi desesperación.

—Eres un empresario terrible.

Julian rió.

Noah lo miró.

Y ahí estaba otra vez.

Esa sensación.

Todavía no sabía nombrarla.

Quizá no necesitaba hacerlo.

—Jules.

—¿Sí?

—Cuando llegue a Las Vegas voy a mirar lo de aviación.

La sonrisa desapareció de la cara de Julian.

—¿En serio?

—Sí.

Noah tragó saliva.

Decirlo en voz alta daba miedo.

—No sé si podré permitírmelo. Ni cuánto tardaré. Ni siquiera sé si sigue siendo lo que quiero después de tantos años.

—Puedes averiguarlo.

Noah asintió.

—Eso pienso.

Julian acarició su nuca.

—Me alegro.

Noah lo observó.

—No me ofrezcas pagarlo.

Julian cerró la boca.

Noah empezó a reírse.

—¡Ibas a hacerlo!

—No.

—Jules.

—Estaba considerando posibilidades.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Vale.

Noah lo besó en la frente.

Después miró hacia el ventanal.

Mañana tendría un billete.

Tres mil quinientos dólares en la bolsa.

Después...

No tenía ni idea.

Y esa era quizá la parte más extraña.

Durante años había pensado que necesitaba saber exactamente adónde iba antes de poder empezar a moverse.

Ahora sabía que no.

Julian se colocó a su lado.

Noah buscó su mano.

Entrelazó los dedos con los suyos.

No había nadie mirando.

Ningún Richard.

Ningún padre.

Ningún empleado del centro comercial.

Nadie a quien convencer.

Julian miró sus manos.

Después a él.

—Ya no tenemos que fingir.

Noah sonrió.

—Ya lo sé.

Y no lo soltó.

Capítulo 9

Noah descubrió que marcharse era mucho más difícil cuando alguien quería que te quedaras.

Durante años había fantaseado con abandonar Oakridge.

Después había fantaseado con abandonar la cafetería.

Con subirse a cualquier coche, autobús o avión y no mirar atrás.

En ninguna de aquellas fantasías había existido Julian.

Ese era el problema.

Apoyó la frente contra la ventanilla del autobús.

Llevaba los tres mil quinientos dólares guardados en el bolsillo interior de su bolsa.

La ropa nueva.

Sus documentos.

La vieja libreta de aviación.

Todo lo que tenía.

Como la primera vez que había salido de Oakridge dos días atrás.

Solo que ahora regresaba.

Por voluntad propia.

Julian no lo había entendido.

Noah tampoco estaba seguro de entenderlo.

—Tu vuelo sale mañana —había dicho Julian cuando Noah le explicó lo que quería hacer—. Podemos cambiar el trayecto y...

—No.

—Noah.

—Quiero hacerlo yo.

Julian había cerrado la boca.

Un progreso considerable.

Noah había elegido el vuelo del martes por la tarde. Julian lo había comprado tal y como había prometido.

El billete era suyo.

Las Vegas también.

Pero antes Noah necesitaba volver una vez.

No para Tobias.

Ni para su padre.

Ni para Kevin.

Por él.

La noche anterior, acostado junto a Julian, había comprendido que no quería que su último recuerdo de Oakridge fuese meterse en un Porsche con toda su vida dentro de una bolsa porque un hombre rico acababa de ofrecerle una salida.

No quería que, dentro de diez años, al pensar en aquel momento, pareciera que Julian lo había rescatado.

Julian había abierto una puerta.

Eso era cierto.

Pero Noah quería ser quien decidiera atravesiesarla.

Así que por la mañana Julian lo llevó a la estación.

Compraron dos cafés.

Esperaron juntos.

Cuando anunciaron el autobús, Julian no intentó detenerlo.

—Llámame cuando llegues.

Noah lo besó.

—Sí, mamá.

Julian le dio un golpe en el brazo.

Noah subió.

Y ahora, cinco horas después, empezaba a preguntarse si la independencia tenía que oler necesariamente a tapicería vieja y patatas fritas.

El hombre de delante roncaba.

Una niña llevaba cuarenta minutos viendo dibujos animados sin auriculares.

Y Noah echaba de menos a Julian.

Muchísimo.

Sacó el móvil.

Tenía tres mensajes.

Julian: ¿Todo bien?

Veintidós minutos después:

Julian: No hace falta que respondas inmediatamente. Solo quiero saber que sigues vivo.

Y doce minutos después:

Julian: Ese autobús tiene una valoración de 2,3 estrellas. Esto es objetivamente una mala decisión.

Noah soltó una carcajada.

La señora del otro lado del pasillo lo miró.

Escribió:

Noah: Estoy vivo.

Los tres puntos aparecieron inmediatamente.

Julian: Bien.

Noah esperó.

Nada más.

Frunció el ceño.

Noah: ¿Eso es todo?

Julian: Me has pedido que no intente controlar tu viaje.

Noah sonrió.

Noah: Puedes preocuparte un poco.

La respuesta tardó apenas unos segundos.

Julian: Llevo cinco horas haciéndolo.

Noah dejó de sonreír.

Miró por la ventanilla.

Mierda.

Oakridge seguía exactamente igual.

Aquello casi resultaba ofensivo.

Noah bajó del autobús con la bolsa al hombro y contempló la carretera polvorienta.

El calor.

Los carteles.

La extensión interminable de tierra seca.

Dos días.

Solo habían pasado dos putos días.

Parecía imposible.

Noah empezó a caminar.

A la mañana siguiente tomaría un vuelo hacia Las Vegas.

No tenía alojamiento permanente.

No tenía trabajo.

No conocía prácticamente a nadie allí.

Tenía tres mil quinientos dólares, una bolsa llena de ropa demasiado cara y un billete de ida.

Eso era todo.

Y, extrañamente, le parecía suficiente para empezar.

El móvil vibró.

Julian: ¿Has llegado?

Noah escribió:

Noah: Sí.

Pensó un momento.

Añadió:

Noah: Te echo de menos.

Se arrepintió inmediatamente.

—Joder.

Intentó borrar el mensaje.

Demasiado tarde.

Leído.

Noah cerró los ojos.

Perfecto.

Ahora solo necesitaba tirar el móvil debajo de un camión.

Vibró.

Julian: Yo también.

Noah sonrió como un idiota durante el resto del camino.

La cafetería apareció al otro lado de la carretera.

Noah se detuvo.

Había esperado sentir algo.

Rabia.

Miedo.

Nostalgia.

No sintió gran cosa.

Solo una extraña incredulidad.

Aquel edificio había sido prácticamente toda su vida durante años.

Ahora parecía pequeño.

Entró.

Tobias estaba detrás del mostrador.

Lo miró.

Después miró la bolsa.

—¿Qué haces aquí?

Noah dejó escapar aire.

—Pasaba por el barrio.

Tobias frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

Noah miró alrededor.

La misma cafetera.

Las mismas mesas.

La mancha oscura junto a la nevera que Tobias llevaba prometiendo arreglar desde hacía tres años.

—Quería verlo una vez más.

—¿Ver qué?

Noah se encogió de hombros.

—Esto.

Tobias lo observó como si hubiera perdido la cabeza.

Quizá tenía razón.

—Creía que te habías largado con el ricachón.

—Me largué.

—¿Y entonces?

—Mañana me voy a Las Vegas.

Tobias soltó una carcajada.

Noah esperó.

—¿Las Vegas?

—Sí.

—¿A hacer qué?

—Todavía no lo sé.

—Entonces ¿para qué coño vas?

Noah pensó en ello.

—Para averiguarlo.

Tobias negó con la cabeza.

—Vas a volver en un mes.

Quizá.

Eso era lo curioso.

Noah no podía saberlo.

Antes de que Julian entrara en aquella cafetería, esa posibilidad lo habría aterrorizado.

Ahora no.

—Puede ser.

Tobias dejó de reír.

—Pero si vuelvo, no será aquí.

Aquello sí lo silenció.

Noah miró hacia la puerta que conducía a la parte trasera.

—¿Puedo pasar?

Tobias hizo un gesto irritado.

—Haz lo que quieras.

Noah avanzó por el pasillo.

Su antigua habitación estaba abierta.

Entró.

Vacía.

Bueno.

Casi.

La cama estrecha seguía contra la pared.

La mesita.

Una bombilla desnuda.

Pero no había ropa.

Ni documentos.

Ni cargadores.

Ni objetos personales.

Todo lo que era suyo estaba dentro de la bolsa que llevaba al hombro.

Noah la dejó en el suelo.

Se sentó en la cama.

El colchón se hundió bajo su peso.

Durante años había dormido allí imaginando que algún día ocurriría algo que le permitiría marcharse.

Dinero.

Una oportunidad.

Un golpe de suerte.

Algo.

Noah abrió la bolsa.

Sacó la vieja libreta.

La cubierta estaba doblada.

Había una mancha de café en una esquina.

La abrió.

Escuelas.

Horas.

Requisitos.

Costes.

Números escritos por un Noah de diecinueve años que todavía pensaba que, si trabajaba lo suficiente, podría pagarse una licencia.

Después Kevin había encontrado el dinero.

Su padre había descubierto el resto.

Y Noah había dejado de abrir aquella libreta.

Pero no la había tirado.

Cuando se marchó con Julian había metido allí toda su vida.

Y también aquello.

Noah pasó el pulgar sobre una página.

—Mira qué listo eras, cabrón.

Sonrió.

Cerró la libreta.

La guardó.

Se quedó sentado unos segundos más.

Después se levantó.

No había nada que recoger.

Eso era precisamente lo que había venido a comprobar.

Tobias seguía detrás del mostrador cuando regresó.

—¿Eso es todo?

Noah miró alrededor una última vez.

—Sí.

Tobias cruzó los brazos.

—¿Y qué pasa con ese tipo?

Noah arqueó una ceja.

—¿Qué tipo?

—El del Porsche.

—Julian.

—Como se llame.

—¿Qué pasa con él?

—¿Te vas con él o no?

Noah pensó en la pregunta.

—No.

Tobias pareció satisfecho demasiado pronto.

—Me voy a Las Vegas.

La satisfacción desapareció.

—Entonces te ha dejado.

Noah soltó una carcajada.

—No.

—¿Entonces?

—Es complicado.

—Eso significa que te ha dejado.

—Significa que no es asunto tuyo.

Tobias resopló.

Noah se colgó la bolsa.

Llegó hasta la puerta.

—Beck.

Se volvió.

Tobias parecía incómodo.

—Si aquello de Las Vegas sale mal...

Noah esperó.

—Siempre necesito gente.

Antes de que Julian entrara en aquella cafetería, Noah habría oído una oportunidad.

Un colchón.

Un sueldo miserable.

Un lugar donde dormir.

Seguridad.

Ahora solo vio exactamente lo que era.

La misma puerta por la que llevaba años entrando.

—Gracias.

Tobias asintió.

Noah abrió.

—Pero no voy a volver.

Y salió.

El sol empezaba a bajar.