Capítulo 7 #4
Noah sintió algo desagradable.
—Claro.
Julian frunció el ceño.
—No lo decía...
—Ya lo sé.
Noah se acercó al ventanal.
Las Vegas.
Una ciudad elegida casi como una broma el día anterior porque estaba suficientemente lejos de Oakridge.
Ahora tenía que convertirse en algo real.
—He estado pensando —dijo Julian.
Noah lo miró por encima del hombro.
—Eso nunca trae nada bueno.
Julian no sonrió.
Mala señal.
—Sobre después de este fin de semana.
Noah se volvió completamente.
—Vale.
Julian se pasó una mano por la corbata.
Nervioso.
Noah ya reconocía aquel gesto.
—No tienes que irte inmediatamente a Las Vegas.
Noah frunció el ceño.
—¿Qué?
—Podrías quedarte unos días.
—¿Aquí?
—Conmigo.
El pecho de Noah dio un pequeño salto.
—¿Con qué motivo?
Julian tardó demasiado en responder.
—Podríamos ampliar el acuerdo.
Y ahí estuvo.
La caída.
Noah sintió cómo algo dentro de él se cerraba.
—¿El acuerdo?
Julian pareció darse cuenta.
—No me refiero...
—¿Quieres seguir contratándome?
—Noah.
—Eso has dicho.
—No exactamente.
—Entonces ¿qué significa ampliar el acuerdo?
Julian apretó la mandíbula.
—Que podríamos pasar más tiempo juntos.
—Pagándome.
Silencio.
—Podría ayudarte mientras decides qué hacer —dijo Julian—. No tendrías que preocuparte por alojamiento ni por...
Noah soltó una risa sin humor.
—Joder.
—Escúchame.
—Pensaba que ayer habíamos dejado esto bastante claro.
—Lo dejamos.
—Entonces ¿por qué coño estás intentando alquilarme otra semana?
Julian palideció.
—No estoy intentando alquilarte.
—Pues tienes una forma rarísima de pedirle a alguien que se quede.
Julian apartó la mirada.
Eso fue peor.
Noah lo entendió.
No del todo.
Pero lo suficiente.
Julian tenía miedo.
Y estaba haciendo exactamente lo que hacía con todo lo que le daba miedo.
Intentaba convertirlo en algo que pudiera controlar.
Dinero.
Contratos.
Condiciones.
Cosas medibles.
Noah respiró.
La primera reacción había sido rabia.
La segunda dolía mucho más.
—¿No puedes simplemente pedírmelo?
Julian levantó los ojos.
—¿Qué?
—Que me quede.
Julian no respondió.
—Sin dinero. Sin trabajo. Sin inventarte una razón.
—No es tan sencillo.
—Sí lo es.
—Para ti.
Noah rió sin ganas.
—Créeme, Jules. Nada de esto es sencillo para mí.
Julian se pasó una mano por el pelo.
—Tienes que ir a Las Vegas.
—Porque yo lo elegí.
—Sí.
—No porque quiera escapar de ti.
Julian guardó silencio.
Ahí estaba.
Noah se acercó.
—¿Crees que voy a coger los tres mil quinientos dólares, subirme a un avión y desaparecer?
Julian no respondió.
—Jules.
—No lo sé.
La honestidad dolió.
Pero al menos era honestidad.
—El viernes no nos hablábamos —continuó Julian—. Dentro de unas horas termina lo que pactamos y tú tienes un billete para irte al otro lado del país.
—Todavía no lo has comprado.
—Lo compraré.
—Aunque me vaya enfadado.
Julian frunció el ceño.
—Claro.
—Aunque no vuelva a verte.
La mandíbula de Julian se tensó.
—Sí.
Eso detuvo a Noah.
—¿Por qué?
Julian lo miró como si la pregunta lo ofendiera.
—Porque te lo prometí.
Silencio.
—El dinero también —añadió—. Son tuyos.
La rabia de Noah perdió algo de fuerza.
Julian continuó:
—Lo que ocurrió anoche no cambia absolutamente nada. No compré eso. No voy a permitir que ninguna parte de lo que hicimos termine mezclada con el acuerdo.
Noah bajó la mirada.
Mierda.
—Entonces ¿por qué ofrecerme más?
Julian tardó en responder.
Esta vez Noah esperó.
—Porque no sé cómo hacer esto.
La voz era baja.
—¿Hacer qué?
Julian miró hacia la ventana.
—Pedirle a alguien que se quede cuando tiene todas las razones para marcharse.
Eso fue peor que cualquier declaración.
Noah sintió que algo se le clavaba debajo de las costillas.
—Jules...
—Tengo una reunión.
Noah parpadeó.
—¿Ahora?
—En veinte minutos.
Julian cogió su americana.
Huida.
Noah la reconoció.
—Claro.
Julian se la puso.
—Volveré en una hora.
Noah asintió.
Julian se acercó.
Pareció considerar besarlo.
No lo hizo.
—Hablamos cuando vuelva.
—Sí.
Julian salió.
La puerta se cerró.
Noah permaneció quieto.
—Fantástico.
El sobre estaba sobre el escritorio.
Noah lo encontró mientras buscaba el cargador.
Su nombre aparecía escrito delante.
Lo abrió.
Dinero.
Tres mil quinientos dólares.
Todo.
Noah lo contó dos veces.
No porque desconfiara.
Porque nunca había tenido tanto dinero en las manos.
Meses de alquiler.
Comida.
Tiempo para buscar trabajo.
El principio de algo.
Quizá incluso...
Aviación.
Miró automáticamente hacia su bolsa.
La vieja libreta estaba allí dentro.
La había metido sin pensar cuando abandonó la habitación de Tobias. Entre sus documentos, dos camisetas y todo lo demás que había podido meter en aquella bolsa.
Noah no la había abierto en años.
Ni siquiera sabía por qué se la había llevado.
O quizá sí.
Dejó el dinero sobre el escritorio.
Debajo había una hoja.
No era una nota romántica.
Por supuesto que no.
Era una lista escrita con la letra ordenada de Julian.
Tres opciones de vuelos a Las Vegas.
Horarios.
Escalas.
Equipaje incluido.
Y debajo:
Elige el que prefieras. Si ninguno te sirve, busco otro.
Noah se sentó.
El muy cabrón.
Iba a cumplirlo.
Incluso creyendo que aquello podía significar perderlo.
Noah se frotó la cara.
Había interpretado mal la propuesta.
No completamente.
Julian sí había intentado utilizar dinero para mantenerlo cerca.
Pero no porque creyera que Noah estuviera en venta.
Porque no sabía cómo pedir.
Eso no convertía la idea en buena.
Seguía siendo una mierda.
Pero era una mierda distinta.
Noah miró su bolsa.
Después el dinero.
Después los vuelos.
Podía irse.
Ahora.
No necesitaba esperar a Julian.
Podía coger un taxi al aeropuerto.
Elegir el vuelo.
Cobrar lo pactado.
Fin.
Eso había sido el plan.
Oakridge quedaba atrás.
Tobias.
Su padre.
Kevin.
Todo.
Las Vegas.
Una ciudad donde nadie conocía a Noah Beck.
Libertad.
Entonces pensó en aquella mañana.
Julian buscándolo entre trescientas personas.
Has estado increíble.
La caseta después del paintball.
Porque quería estar contigo.
La cama.
Ahora me importas.
Noah soltó aire.
—Mierda.
Cuando Julian regresó cuarenta y siete minutos después, abrió la puerta preparado para encontrar la suite vacía.
Había ensayado mentalmente esa posibilidad durante toda la reunión.
Noah se habría marchado.
Quizá habría dejado el dinero.
Quizá se lo habría llevado.
Julian esperaba que se lo hubiese llevado.
Al menos eso significaría que podría empezar de nuevo.
Entró.
La bolsa de Noah estaba junto a la puerta.
Cerrada.
Julian dejó de respirar.
Entonces oyó:
—Has tardado.
Se volvió.
Noah estaba sentado en el sofá.
—Pensaba...
—Ya sé lo que pensabas.
Julian dejó el maletín.
—Noah, antes...
—La propuesta ha sido una mierda.
Julian cerró los ojos.
—Sí.
—Realmente horrible.
—Lo sé.
—Nivel psicópata millonario.
—Eso parece excesivo.
—Intentaste ampliar un contrato falso después de acostarte conmigo.
—Cuando lo dices así...
—¿Cómo quieres que lo diga?
Julian se frotó la frente.
—No sé.
Noah se levantó.
—Ese es el problema.
Julian bajó la mano.
—¿Qué?
—Que no sabes pedir.
Silencio.
Noah se acercó.
—Sabes negociar. Sabes contratar. Sabes pagar. Sabes organizar hasta qué vuelo podría coger para desaparecer de tu vida.
Julian tragó saliva.
—Pero no sabes decir quiero que te quedes.
—Noah...
—Dilo.
—¿Qué?
—Sin dinero.
Noah se detuvo frente a él.
—Sin hotel. Sin billetes. Sin inventarte un trabajo para mí.
Julian sintió que el pecho se le cerraba.
—Dime qué quieres.
Era absurdo.
Había presentado proyectos ante salas llenas de inversores.
Había negociado contratos por millones.
Había defendido patentes frente a equipos enteros de abogados.
Y aquello parecía infinitamente más difícil.
Noah esperó.
Julian respiró.
—Quiero que te quedes.
Noah no se movió.
Julian continuó antes de perder el valor.
—No sé cuánto tiempo. No sé qué estamos haciendo. No sé cómo encaja Las Vegas. Ni tu futuro. Ni el mío.
Otro paso.
—Pero no quiero que esto termine hoy.
Noah lo observó.
—Eso está mejor.
Julian soltó una risa nerviosa.
—Gracias por la evaluación.
—De nada.
Noah miró hacia el escritorio.
—Voy a aceptar el dinero.
Julian asintió inmediatamente.
—Bien.
—Todo.
—Es tuyo.
—Y quiero el billete.
Eso dolió.
Julian intentó que no se notara.
—Por supuesto.
Noah lo vio.
—No he terminado.
Julian esperó.
—Quiero ir a Las Vegas.
—Vale.
—Quiero encontrar trabajo. Un sitio donde vivir. Y quiero averiguar qué necesito para retomar aviación.
Julian sintió algo parecido a orgullo.
—Deberías.
—Y no quiero que pagues por eso.
—Noah...
—El billete estaba en el acuerdo. Lo demás es mío.
Julian cerró la boca.
—Necesito saber que puedo hacerlo —continuó Noah—. Que no he salido de Tobias para convertirme en alguien que depende de ti.
—Nunca querría eso.
—Lo sé.
Noah sonrió ligeramente.
—Ahora lo sé.
Julian bajó la mirada.
—Entonces te vas.
—Sí.
La palabra cayó entre ellos.
—Pero no estoy terminando esto.
Julian levantó los ojos.
Noah arqueó una ceja.
—Bueno, técnicamente ni siquiera sé qué coño es esto.
Julian casi rió.
—Yo tampoco.
—Podríamos averiguarlo.
—¿Desde Las Vegas?
—Existen los aviones.
—Eso he oído.
—Y los teléfonos.
—Tecnología revolucionaria.
—Además, eres rico. Puedes visitarme.
Julian arqueó una ceja.
—Qué generoso.
—Y yo puedo visitarte cuando tenga dinero.
Eso hizo que Julian dejara de bromear.
—No tienes que...
—Sí.
Noah sostuvo su mirada.
—Tengo que poder hacerlo también.
Julian comprendió.
No era rechazo.
Si aquello iba a existir después del contrato, Noah necesitaba poder llegar a él alguna vez por sus propios medios.
No como empleado.
No como proyecto.
Como Noah.
—Vale —dijo Julian.
Noah pareció sorprendido.
—¿Vale?
—Vale.
—Pensaba que discutirías más.
—Estoy creciendo.
Noah rió.
Después miró la bolsa.
—Pero no me voy hoy.
Julian se quedó quieto.
—¿No?
—Mi vuelo puede salir el martes.
—Puede.
—Y tú has dicho que quieres que me quede.
—Sí.
Noah se acercó otro paso.
—Entonces voy a quedarme esta noche.
Julian sonrió antes de poder evitarlo.
—Bien.
—Sin cobrar.
—Noah.
—Era importante aclararlo.
—Eres insoportable.
Noah le rodeó la cintura.
—Y aun así quieres que me quede.
Julian apoyó las manos sobre su pecho.