Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

La ducha terminó siendo demasiado pequeña pese a sus dimensiones absurdas.

O quizá Noah ocupaba demasiado espacio.

Julian salió primero.

Cogió una toalla.

Noah apareció detrás.

Julian le lanzó otra.

—Sécate.

—Qué romántico.

—Vas a empapar toda la habitación.

—Eso te preocupa ahora.

Julian lo miró.

Noah sonrió.

—Vale.

Se secaron a medias.

No fue suficiente.

Ninguno tuvo paciencia.

Cuando llegaron al dormitorio, Noah lo besó otra vez.

Julian sintió el borde del colchón detrás de las piernas.

Se sentó.

Noah permaneció de pie frente a él.

Durante un segundo, ninguno hizo nada.

La situación cambió.

Julian lo sintió.

Hasta entonces todo había sido besos, ropa, agua, risas.

Ahora estaban allí.

En la cama.

Sin excusas.

Noah también lo comprendió.

—Jules.

Julian levantó la mirada.

La seguridad habitual de Noah había disminuido.

Solo un poco.

Pero Julian lo conocía ya lo suficiente para verlo.

—¿Qué?

Noah se pasó una mano por el pelo todavía húmedo.

—Tengo que decirte algo.

Julian esperó.

—No tengo tanta experiencia como probablemente crees.

Aquello no era completamente nuevo.

Habían hablado en el coche.

Pero decirlo allí era diferente.

—Lo sé.

—No. —Noah negó con la cabeza—. Sabes que no he tenido novio.

—Y que has estado con muy pocos hombres.

—Muy pocos significa prácticamente ninguno.

Julian lo miró.

Noah apartó los ojos durante un segundo.

Ahí estaba.

La vulnerabilidad que ocultaba detrás de todas aquellas bromas.

—Noah.

—No quiero hacerlo mal.

Julian sintió que algo se le ablandaba dentro del pecho.

—Ven aquí.

Noah se acercó.

Julian lo agarró de la cintura.

—No tienes que demostrarme nada.

—Fácil decirlo.

—Te aseguro que no estoy evaluándote.

—Eres capaz de evaluar hasta cómo pido la sal.

Julian soltó una carcajada.

—Eso fue una vez.

—Traumático.

—Idiota.

Noah sonrió.

Julian le acarició el costado.

—Podemos parar cuando quieras.

Noah lo miró.

—No quiero parar.

—Entonces tampoco tienes que saberlo todo.

—¿Me vas a enseñar?

La forma en que lo dijo hizo que el calor regresara inmediatamente.

Julian sostuvo su mirada.

—Si quieres.

Noah se inclinó.

—Quiero.

Después, el tiempo perdió estructura.

Hubo besos.

Muchos.

Manos aprendiendo.

Preguntas dichas en voz baja y respuestas que a veces consistían únicamente en acercarse más.

Julian descubrió que Noah era mucho menos seguro cuando dejaba de hablar.

Noah descubrió que Julian era mucho menos contenido cuando dejaba de pensar.

La combinación resultó peligrosa.

Noah podía pasar de una caricia cuidadosa a besarlo con una necesidad que hacía que Julian olvidara qué pretendía decir.

Y Julian descubrió que le gustaba desarmarlo.

Le gustaba ver desaparecer aquella sonrisa insolente.

Escuchar cómo su respiración cambiaba.

Comprobar que el hombre que parecía capaz de dominar cualquier habitación podía quedarse completamente quieto cuando Julian lo tocaba de determinada manera.

—No te rías —murmuró Noah en algún momento.

—No me estoy riendo.

—Lo estás haciendo.

—Un poco.

—Eres horrible.

Julian le acarició la nuca.

—Y sigues aquí.

—Sí.

La respuesta fue demasiado seria.

Julian dejó de sonreír.

Noah lo besó.

Y esta vez ninguno hizo bromas.

Cuando finalmente se permitieron cruzar el límite que habían estado rodeando desde la noche anterior, no ocurrió como Julian había imaginado.

No fue perfecto.

Fue mejor.

Hubo nervios.

Una pausa.

Noah preguntando si estaba seguro una última vez.

Julian contestando que sí.

Noah creyéndolo.

La intensidad no desapareció por ir despacio.

Se multiplicó.

Porque ahora Julian sabía que podía detener aquello en cualquier momento.

Y precisamente por saberlo no quería hacerlo.

Se aferró a Noah.

Lo sintió estremecerse.

Lo oyó pronunciar su nombre de una forma que nadie lo había hecho antes.

Y por un rato dejó de existir todo lo demás.

No Oakridge.

No Richard.

No el contrato.

No los tres mil quinientos dólares.

No Las Vegas.

Solo Noah.

El peso de su cuerpo.

Sus manos.

Su respiración.

La forma en que lo miraba como si necesitara comprobar que Julian seguía allí.

Y Julian permaneció.

Hasta que la urgencia terminó convirtiéndose en agotamiento y los dos quedaron hundidos entre las sábanas desordenadas, respirando como si acabaran de correr otra vez por aquella maldita colina.

—Bueno.

Julian tenía los ojos cerrados.

—No.

Noah, tumbado a su lado, soltó una risa.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Te conozco.

—Eso dijiste esta mañana.

—Y tenía razón.

Noah se giró hacia él.

Julian sintió un brazo sobre su cintura.

No lo apartó.

—Iba a decir que ha estado bien.

Julian abrió un ojo.

—¿Bien?

Noah intentó mantener la expresión.

Duró dos segundos.

—Extraordinario.

—Mejor.

—Espectacular.

—Estás empeorándolo.

—Transformador.

Julian le dio un golpe en el pecho.

Noah se rió y lo atrapó contra él.

Julian terminó con la cabeza apoyada sobre su hombro.

No tenía ninguna intención de moverse.

Y eso era un problema.

Noah empezó a acariciarle distraídamente el brazo.

Pasaron varios minutos sin hablar.

Julian escuchaba su respiración.

El ruido lejano de la ciudad.

El aire acondicionado.

—Jules.

—Mm.

—Creo que ahora entiendo por qué la gente se vuelve idiota por esto.

Julian sonrió contra su hombro.

—¿Por el sexo?

Noah tardó demasiado en contestar.

—No.

Julian abrió los ojos.

Noah estaba mirando hacia el techo.

—¿Entonces?

—Esto.

Su brazo se cerró un poco más alrededor de Julian.

—Quedarse.

Julian no respondió.

—La otra vez que estuve con un hombre —continuó Noah— no sabía ni cómo se llamaba de verdad. Creo que él tampoco sabía mi apellido. Terminó y me fui.

Julian permaneció quieto.

—¿Te arrepientes?

—No.

Noah pensó.

—Bueno, quizá del baño. Era bastante asqueroso.

Julian rió.

—Hablo en serio.

—Yo también. Deberían haber clausurado aquel sitio.

—Noah.

—No me arrepiento.

La mano que acariciaba su brazo se detuvo.

—Necesitaba saber que podía hacerlo. Que no iba a pasarme toda la vida escondiéndome.

Julian levantó ligeramente la cabeza.

—¿Y ahora?

Noah lo miró.

—Ahora no siento que tenga que demostrar nada.

Aquello hizo que Julian permaneciera en silencio.

Noah volvió a mirar al techo.

—Es raro.

—¿Qué?

—Esta mañana estaba sentado con el presidente de una farmacéutica fingiendo que soy tu novio. Hace dos días servía cafés a camioneros.

—Ayer.

Noah parpadeó.

—¿Qué?

—Ayer servías cafés.

Noah se quedó pensando.

Después soltó una carcajada.

—Joder.

—Ha sido un día largo.

—Larguísimo.

Julian volvió a apoyar la cabeza.

—¿Te arrepientes de haber venido?

—No.

Respuesta inmediata.

—¿Ni un poco?

—De Richard sí.

—Eso es razonable.

—Del caviar.

—También.

—De estos pantalones que cuestan más que todo lo que tenía en mi bolsa.

—Dramático.

—Pero de venir contigo, no.

Julian sintió otra vez aquella presión.

No quería analizarla.

Así que hizo lo que Noah llevaba desde el día anterior intentando enseñarle.

No pensó.

Se acercó y lo besó.

Despacio.

Noah respondió inmediatamente.

Cuando se separaron, permanecieron muy cerca.

—Lo de Las Vegas sigue en pie —dijo Julian.

Noah parpadeó.

—Lo sé.

—El dinero también.

—Jules...

—Necesito decirlo.

Noah guardó silencio.

Julian continuó:

—Esto no cambia nuestro acuerdo. No voy a descontarte nada. No me debes nada más. Y si mañana decides que no quieres volver a hacer esto...

—No voy a decidir eso.

—Noah.

—Vale.

Suspiró.

—Continúa.

—Si decides que no quieres, no cambia nada. El domingo recibirás los tres mil quinientos y el billete.

Noah lo observó.

—¿Ya está?

—Sí.

—Bien.

Julian esperó alguna broma.

No llegó.

Noah le acarició la mejilla.

—Entonces ahora escúchame tú.

—Te escucho.

—No he hecho esto por los tres mil quinientos.

—Lo sé.

—Ni por el billete.

—Lo sé.

—Ni porque crea que es parte del trabajo.

Julian sostuvo su mirada.

—Lo sé.

Noah sonrió ligeramente.

—Bien.

—¿Eso era todo?

—No.

La sonrisa desapareció.

—No quiero que cuando esto termine pienses que para mí ha sido una especie de extra del fin de semana.

Julian sintió un golpe bajo las costillas.

—Noah...

—No estoy diciendo que esté enamorado de ti.

La rapidez de la aclaración resultó casi ofensiva.

Julian arqueó una ceja.

—Gracias.

—Joder. No quería decirlo así.

Julian empezó a reírse.

—Eres extraordinariamente malo en esto.

—Te he advertido que no tengo experiencia.

—Eso no te exime de saber hablar.

—Déjame terminar.

Julian hizo un gesto con la mano.

—Adelante.

Noah respiró.

—No sé qué es esto.

Esta vez no había humor.

—Ayer ni siquiera sabía que volvería a verte. Ahora...

Miró sus cuerpos juntos.

Después a Julian.

—Ahora me importas.

Julian dejó de respirar durante un segundo.

Noah continuó:

—Y sé que eso complica las cosas. Sé que vas a Las Vegas en mi cabeza cada vez que intento pensar más allá del domingo. Sé que tú tienes una vida aquí y yo ni siquiera sé dónde voy a dormir dentro de una semana.

—Noah...

—Pero no quiero fingir que esto me da igual solo porque sería más fácil.

Julian no encontró una respuesta inmediata.

Eso era exactamente lo que llevaba intentando evitar.

El sexo podía entenderlo.

Deseo.

Atracción.

Curiosidad.

Incluso la satisfacción retorcida de acostarse finalmente con alguien que había ocupado una parte demasiado grande de sus recuerdos.

Pero aquello no era solo sexo.

Noah tenía razón.

Y Julian también empezaba a comprenderlo.

—A mí tampoco me da igual —dijo.

Noah lo miró.

Julian sintió que acababa de abrir una puerta que quizá no sabría cerrar.

—Eso es todo lo que puedo darte ahora.

Noah asintió.

—Me vale.

Julian frunció el ceño.

—¿No vas a hacer ninguna broma?

—Estoy teniendo un momento emocional.

—Ah.

—No lo arruines.

—Perdona.

Noah lo acercó otra vez.

—Además, todavía nos queda mañana.

—Hasta mañana por la noche.

—No seas deprimente.

—Soy preciso.

—Eso lo he dicho yo antes.

—Y ahora es mío.

Noah rió.

Julian cerró los ojos.

Durante unos minutos permanecieron así.

No había necesidad de hablar.

Y Julian descubrió que aquello era quizá lo más íntimo de todo.

No estar besándose.

No estar tocándose.

Simplemente poder permanecer en silencio con Noah sin esperar que ocurriera algo malo.

Más tarde, Julian despertó sin recordar haberse quedado dormido.

La habitación estaba más oscura.