Capítulo 7
El problema de decir ya veremos era que Noah había pasado el resto de la tarde esperando averiguar cuándo se convertiría en un sí.
Julian lo sabía.
Lo supo cuando abandonaron el campo de paintball y Noah lo miró mientras se quitaba el chaleco.
Cuando subieron al coche.
Cuando Noah se sentó a su lado todavía con el pelo húmedo de sudor y una mancha amarilla en la camiseta.
Cuando pararon en un semáforo y Julian cometió el error de volver la cabeza.
Noah ya lo estaba mirando.
No sonrió.
Eso fue peor.
Durante el trayecto apenas hablaron.
No porque estuvieran incómodos.
Todo lo contrario.
Había una conversación entera ocurriendo sin palabras.
Julian la sentía cada vez que Noah cambiaba de marcha y su mano quedaba demasiado cerca de su pierna.
Cada vez que el coche se detenía.
Cada vez que Noah lo miraba.
En la caseta, Julian había sido quien había cruzado la distancia.
Él lo había besado.
Él había decidido continuar.
Y cuando Noah había mencionado el hotel, Julian no había dicho que no.
Ahora empezaba a preguntarse si había sido una imprudencia.
Porque Noah estaba obedeciendo.
No había intentado tocarlo.
Ni una vez.
Y aquella contención resultaba mucho más excitante de lo que Julian habría querido admitir.
En el ascensor estaban solos.
Julian pulsó el número de su planta.
Las puertas se cerraron.
Noah se apoyó contra la pared opuesta.
No dijo nada.
Julian miró los números.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Podía sentir sus ojos.
—¿Qué? —preguntó finalmente.
—Nada.
Julian volvió la cabeza.
Noah parecía inocente.
Una actuación pésima.
—Llevas mirándome desde que hemos salido.
—Tú también.
—No es verdad.
—Jules.
Julian sintió el habitual tirón en el estómago.
—¿Qué?
—Me has mirado tres veces en los últimos treinta segundos.
—Estamos dentro de un ascensor.
—Precisamente. No hay mucho más que mirar.
Julian apretó los labios.
Noah sonrió.
—No te estoy presionando.
La sonrisa desapareció.
Aquello sí iba en serio.
—Lo sé.
—Bien.
Ocho.
Nueve.
Julian bajó la mirada hacia sus manos.
—Noah.
—¿Sí?
—Lo de antes...
Las puertas se abrieron.
Noah no se movió.
—¿Qué pasa con lo de antes?
Julian salió.
Noah fue detrás.
El pasillo estaba vacío.
—No me he arrepentido.
Silencio.
Julian continuó caminando.
Noah tardó un segundo en alcanzarlo.
—¿Eso significa...?
—Significa exactamente lo que he dicho.
—Eres desesperante.
Julian sacó la tarjeta.
—Y tú hablas demasiado.
Abrió la puerta.
Entró.
Noah lo siguió.
El clic de la cerradura sonó detrás de ellos.
Julian dejó la tarjeta sobre la consola.
Se quitó el reloj.
Lo colocó al lado.
Después se volvió.
Noah seguía junto a la puerta.
No había avanzado ni un paso.
La distancia entre ambos era ridícula.
Unos pocos metros.
Parecía mucho más.
—¿Vas a quedarte ahí? —preguntó Julian.
—Estoy intentando ir despacio.
Julian casi sonrió.
—Lo estás haciendo estupendamente.
—Me está costando muchísimo.
Eso sí le arrancó una sonrisa.
Noah no correspondió.
Continuaba mirándolo.
—Dímelo, Jules.
Julian sabía exactamente qué quería.
Y agradeció que lo pidiera.
—Quiero que vengas aquí.
Noah avanzó.
Sin prisa.
Julian sintió cómo se le aceleraba la respiración antes siquiera de que lo tocara.
Noah se detuvo frente a él.
Muy cerca.
—¿Aquí?
—No seas idiota.
—Estoy intentando ser preciso.
Julian lo agarró de la camiseta.
Y lo besó.
La reacción de Noah fue inmediata.
Una mano rodeó su cintura. La otra subió hasta su nuca.
Julian chocó contra su cuerpo.
Calor.
Sudor.
Todavía olía ligeramente al bosque.
Noah lo besó con la misma intensidad que en la caseta, pero ya no había una partida ocurriendo a pocos metros.
No había nadie que pudiera interrumpirlos.
No tenían que volver a ninguna actividad.
Y ambos lo sabían.
Julian sintió la espalda contra la pared.
Noah se apartó apenas.
—¿Bien?
Julian abrió los ojos.
—Si vuelves a preguntármelo cada diez segundos voy a perder la paciencia.
Noah soltó una risa.
—Eso también podría ser interesante.
Julian volvió a atraerlo.
Esta vez fue Noah quien perdió parte del control.
El beso se volvió más profundo, más urgente.
Sus manos recorrieron la espalda de Julian y se detuvieron en su cintura.
Julian podía sentir el esfuerzo consciente detrás de cada movimiento.
Noah quería más.
Mucho más.
Pero seguía esperando.
Julian le agarró la mano y la llevó hasta su pecho.
Noah dejó de besarlo.
Lo miró.
—Jules.
—No he cambiado de opinión.
Algo oscuro apareció en los ojos de Noah.
—Vale.
Y volvió a besarlo.
Llegaron al baño sin decidir realmente ir allí.
Julian retrocedió.
Noah avanzó.
La espalda de Julian golpeó el marco de la puerta.
—Cuidado.
—Ha sido culpa tuya.
—Tú eres el que pesa cien kilos.
—Ciento cuatro.
Julian se quedó mirándolo.
—¿De verdad acabas de corregirme?
—Soy un hombre preciso.
Julian rió contra su boca.
Noah sonrió.
Aquello era lo que más lo desarmaba.
No la intensidad.
La facilidad.
Poder estar besándolo como si el mundo se estuviera acabando y, un segundo después, reírse.
Noah abrió la ducha.
Julian arqueó una ceja.
—¿Qué haces?
—Estoy cubierto de barro.
—Buen argumento.
—Tú también.
—Eso ha sonado menos romántico de lo que pretendías.
—No pretendía ser romántico.
Noah volvió a besarlo.
Julian tiró de su camiseta mojada.
—Quítatela.
Noah obedeció.
Julian dejó de respirar durante un segundo.
Lo había visto sin camiseta esa mañana.
No era nuevo.
Pero aquello sí lo era.
Noah delante de él.
Mirándolo.
Esperando.
Con varios pequeños hematomas empezando a oscurecerse sobre el torso y el hombro.
Julian pasó los dedos por uno.
Noah hizo una mueca.
—¿Te duele?
—Un poco.
Julian encontró otro cerca de las costillas.
—Este también.
—Ese cabrón tenía buena puntería.
Julian levantó la mirada.
—Te pusiste delante de mí.
Noah se encogió de hombros.
—Instinto.
—Podrías haber dejado que me alcanzara.
—Podría.
—Era pintura.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Noah lo miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque no quería.
Julian sintió aquel mismo vuelco que había sentido en el bosque.
Le acarició el moratón con el pulgar.
Después se inclinó y besó suavemente la piel cercana.
Noah inhaló.
Julian volvió a hacerlo.
Esta vez un poco más arriba.
La mano de Noah se cerró sobre su nuca.
—Jules.
—¿Qué?
—Nada.
Julian levantó la cabeza.
—Eso pensaba.
Noah lo besó.
El agua tardó unos segundos en calentarse.
Entraron todavía con parte de la ropa puesta.
Noah soltó una maldición cuando el primer chorro frío le cayó sobre la espalda.
Julian se echó a reír.
—Muy masculino.
—Está helada.
—El gran Noah Beck derrotado por una ducha.
Noah lo agarró de la cintura.
—Repite eso.
Julian levantó la barbilla.
—Derrotado.
Noah lo besó.
El agua empezó a calentarse.
Julian sintió las manos de Noah en los botones de su camisa.
—Esto es una atrocidad —murmuró.
—¿Qué?
—La camisa.
—Tú la elegiste.
—Y está costando una fortuna.
Noah miró la tela completamente empapada.
—Te compraré otra.
Julian soltó una carcajada.
—Con mi dinero.
—Detalles.
Los botones fueron cediendo.
Uno.
Otro.
Otro.
Noah no tenía prisa ahora.
Eso sorprendió a Julian.
Había esperado desesperación.
En cambio, Noah abrió la camisa lentamente y se quedó mirándolo.
Julian sintió una vulnerabilidad extraña.
—¿Qué?
Noah negó con la cabeza.
—Nada.
—Otra vez esa respuesta.
—Estoy intentando no decir alguna barbaridad.
—Eso sí sería una novedad.
Noah sonrió.
Después apoyó las manos sobre su cintura.
El contacto directo de sus palmas calientes hizo que Julian contuviera el aliento.
Noah lo notó.
Sus ojos volvieron inmediatamente a los de él.
—¿Bien?
Julian asintió.
Esta vez no protestó por la pregunta.
—Sí.
Noah acarició lentamente sus costados.
Julian sintió cada centímetro.
La aspereza de las manos.
La presión.
El contraste con el agua.
Había algo profundamente desconcertante en aquellas manos.
Noah trabajaba con ellas.
Motores.
Cajas.
Café.
Herramientas.
Tenía pequeñas marcas en los nudillos y callos que Julian no tenía.
Julian cogió una.
La abrió.
Observó su palma.
—¿Qué haces?
—Mirando.
—Ya me había dado cuenta.
Julian pasó el pulgar sobre uno de los callos.
—Tienes las manos destrozadas.
—Eso ocurre cuando uno trabaja.
Julian levantó los ojos.
No había reproche en el tono.
Aun así, la frase le recordó todo lo que separaba sus vidas.
Noah debió verlo en su expresión.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Pensar demasiado.
Julian soltó una pequeña risa.
—No sé hacer otra cosa.
—Pues yo sí.
Noah entrelazó los dedos con los suyos.
Después le besó la mano.
Julian se quedó inmóvil.
Noah hizo lo mismo con la otra.
Nada provocador.
Nada destinado a excitarlo.
Y precisamente por eso Julian sintió que algo dentro de él cedía.
—Noah.
—¿Mm?
Julian lo atrajo.
El beso siguiente fue distinto.
Menos urgente.
Más peligroso.
Porque ya no podía atribuirlo simplemente al deseo.
Noah le quitó la camisa.
Julian hizo lo mismo con el resto de su ropa mojada.
No hubo elegancia.
Hubo botones que no cooperaban.
Ropa pegándose a la piel.
Noah casi perdió el equilibrio intentando quitarse una prenda y Julian se rió de él durante tanto tiempo que recibió una mirada ofendida.
—No vuelvas a contárselo a nadie.
—Voy a mencionarlo durante la cena.
—Te abandono.
—Estás contratado.
—Entonces dimito.
—No puedes.
—¿Por qué?
Julian sonrió.
—Necesitas los tres mil quinientos dólares.
La broma murió inmediatamente.
Julian lo supo en cuanto terminó de decirlo.
Noah se quedó quieto.
Mierda.
—Noah...
—Estoy bien.
—No. Ha sido...
—Jules.
Noah le cogió la cara.
—Estoy bien.
Julian sostuvo su mirada.
—No debería haberlo dicho.
—Era una broma.
—Una mala.
—Horrible.
Julian soltó aire.
—Lo siento.
Noah lo observó un instante.
—¿Quieres parar?
La pregunta lo sorprendió.
—No.
—¿Seguro?
Julian miró al hombre que tenía delante.
Al hombre al que estaba pagando para fingir una relación.
Al mismo que, desde el día anterior, llevaba demostrando una y otra vez que sabía distinguir perfectamente la actuación de aquello.
—Sí.
Noah esperó.
Julian se acercó y lo besó.
—Seguro.
La tensión abandonó los hombros de Noah.
—Vale.
Y aquello fue todo.
No utilizaron el dinero otra vez.