Capítulo 6
Julian odiaba el paintball.
No de una forma elegante o moderada.
Lo odiaba con toda su alma.
—¡Muévete!
Noah lo agarró por la parte posterior del chaleco y tiró de él justo cuando una cápsula roja reventaba contra el árbol donde Julian había estado apoyado.
—¡Joder!
—Te he dicho que no te quedes quieto.
—Estaba buscando desde dónde disparaban.
—Pues ellos ya te habían encontrado a ti.
Noah se agachó junto a él.
Llevaba el visor salpicado de barro, el pelo húmedo pegado a la frente y una mancha amarilla atravesándole el hombro que no contaba como eliminación porque pertenecía a su propio equipo.
Parecía estar pasándoselo extraordinariamente bien.
Por supuesto.
—Estás disfrutando —acusó Julian.
—Muchísimo.
—Te odio.
—Eso dijiste anoche y mira cómo acabamos.
Julian giró la cabeza.
—Yo no dije que te odiara.
—Detalles.
Una nueva ráfaga golpeó los árboles.
Julian se agachó todavía más.
Noah soltó una carcajada.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
—¿No se suponía que ibas a protegerme?
—Lo estoy haciendo.
—Acaban de dispararme seis veces.
—Y ninguna te ha dado.
Julian tuvo que concederle eso.
Noah se asomó por el lateral del tronco.
Disparó dos veces.
Alguien gritó a unos metros.
—Uno menos.
—¿Cómo demonios haces eso?
Noah volvió a cubrirse.
—Fútbol.
—Eso no tiene absolutamente nada que ver con disparar.
—Leer el campo. Saber dónde está la gente sin estar mirándola todo el tiempo.
—Eso sigue sin explicar tu inquietante entusiasmo por dispararle a ejecutivos farmacéuticos.
—Eso es talento natural.
Julian soltó una risa a pesar de sí mismo.
Noah sonrió.
Y durante un segundo Julian se olvidó de dónde estaban.
Error.
Una cápsula explotó contra el tronco.
Julian dio un respingo.
Noah dejó de sonreír.
—Eh.
—Estoy bien.
Noah lo observó.
—No lo parece.
—Solo odio esto.
—Eso ya lo había notado.
Julian ajustó la marcadora contra el pecho.
No quería explicarlo.
Ni siquiera estaba seguro de poder hacerlo sin que sonara absurdo.
No era el juego.
Sabía que era pintura.
Sabía que nadie iba a hacerle daño.
Pero el ruido.
Las risas a distancia.
No saber quién estaba escondido detrás de los árboles.
Sentirse observado.
Esperar el siguiente impacto.
Su cuerpo reconocía ciertas cosas aunque su cerebro supiera que no tenían relación.
Noah volvió a mirar hacia el campo.
—Podemos salir.
Julian lo miró.
—¿Qué?
—Levantamos las manos, nos eliminan y nos vamos.
—No.
—Julian.
—No pienso darle a Richard esa satisfacción.
Noah giró lentamente la cabeza.
—¿Estás aquí por Richard?
—Estoy aquí porque es una actividad de la conferencia.
—Mentira.
Julian apretó los labios.
Noah esperó.
—El año pasado fue... desagradable.
—¿Qué hizo?
—Nada importante.
—Jules.
Julian sintió algo en el pecho al oír el apodo.
Todavía no se había acostumbrado.
—Se dedicó a perseguirme medio campo con dos de sus amigos.
La expresión de Noah cambió.
—¿Aunque ya estabas eliminado?
—Técnicamente no me habían alcanzado.
—Eso no es lo que he preguntado.
Julian apartó la mirada.
—Se divirtieron.
Silencio.
Cuando volvió a mirar a Noah, ya no sonreía.
—Vale.
—¿Vale qué?
Noah comprobó el cargador.
—Ahora sí estoy jugando.
—¿Qué estabas haciendo antes?
—Divirtiéndome.
—Noah...
—Quédate conmigo.
No fue una orden agresiva.
Precisamente por eso Julian obedeció.
Durante los siguientes quince minutos, Noah se convirtió en una pesadilla.
No se separó de Julian.
Ni una vez.
Le indicaba cuándo avanzar.
Dónde agacharse.
Qué lado cubrir.
Y, cuando Julian consiguió acertar a un hombre que intentaba rodearlos, Noah levantó una mano.
—¡Eso!
Julian sintió una satisfacción ridículamente intensa.
—Le he dado.
—Ya lo he visto.
—Le he dado.
Noah rió.
—Estoy orgulloso de ti.
Julian lo miró.
Noah probablemente ni siquiera recordó la práctica del día anterior.
He cerrado el trato.
Estoy orgulloso de ti.
Julian sí.
Apartó la mirada antes de hacer alguna estupidez.
—Concéntrate.
—Sí, jefe.
—No me llames jefe.
—Cariño.
—Peor.
—Jules.
Julian lo miró.
Noah sonrió detrás del visor.
—Ese sí.
Julian negó con la cabeza.
Definitivamente había sido un error concederle aquel privilegio.
Uno que no pensaba revocar.
—¡Tenemos que avanzar! —gritó alguien desde unos árboles cercanos.
Julian miró hacia la pendiente.
—No.
Noah estaba agachado delante de él.
—¿Qué?
—Es demasiado evidente.
—¿El qué?
—Han dejado de disparar.
Noah observó la colina.
Julian señaló hacia arriba.
—Hace treinta segundos había al menos cuatro personas allí.
—Quizá se han movido.
—Exactamente.
Noah permaneció quieto.
Después asintió.
—Tienes razón.
Julian parpadeó.
—¿Perdón?
—No te acostumbres.
—No, repítelo.
—Cállate.
El resto del equipo empezó a avanzar.
Noah miró a Julian.
—Nos quedamos.
—Gracias.
Un hombre pasó corriendo junto a ellos.
—¡Vamos!
—¡Esperad! —gritó Julian.
Demasiado tarde.
Los primeros disparos llegaron desde ambos lados.
—Te lo dije —murmuró Julian.
—Puedes presumir después.
Noah lo agarró de la muñeca.
—Por aquí.
Corrieron.
Julian apenas veía nada.
El visor se le empañaba.
Las botas resbalaban sobre hojas húmedas.
Noah seguía delante de él, tirando de su brazo.
Una cápsula golpeó el suelo junto a sus pies.
Otra pasó cerca de su hombro.
—¡Noah!
—¡Sigue!
Bajaron por una pequeña pendiente.
Julian pisó mal.
El suelo desapareció bajo su bota.
Chocó contra Noah.
Los dos rodaron.
Julian perdió la marcadora.
Terminó de espaldas contra el suelo.
Noah cayó prácticamente encima.
Durante un segundo ninguno se movió.
Julian sintió todo su peso.
El pecho.
Las piernas.
La respiración de Noah detrás del visor.
—¿Estás bien?
Julian asintió.
—Creo que sí.
Noah levantó ligeramente el cuerpo.
Sus manos recorrieron rápidamente los brazos de Julian.
—¿Te duele algo?
—Mi dignidad.
—Eso no tiene arreglo.
—Imbécil.
Noah rió.
Entonces algo rojo explotó contra su visor.
Noah se quedó inmóvil.
Julian también.
La pintura comenzó a deslizarse lentamente por el plástico.
—No.
Noah cerró los ojos.
—Me cago en...
—Te han dado.
—Gracias, Julian. No lo había notado.
Alguien rió desde arriba.
Julian vio una silueta entre los árboles.
Y algo completamente irracional se encendió dentro de él.
Levantó la marcadora.
Disparó.
Una vez.
Dos.
Tres.
El hombre se escondió.
Otro apareció por el lateral.
Julian disparó también.
—¡Jules!
—¿Qué?
—¡Estás completamente descubierto!
—¡Tú estás muerto!
—¡Eso no significa que tú tengas que morir también!
Una cápsula pasó rozándole.
Julian se tiró al suelo.
Noah estaba tumbado a su lado.
Se miraron.
—Esto es humillante —dijo Julian.
Noah empezó a reírse.
—¿Qué?
—Nada.
—Te acaban de eliminar y te ríes.
—Porque tienes una rama en el casco.
Julian se la arrancó.
—Odio este deporte.
—Ven aquí.
Noah pasó un dedo por la pintura roja de su propio visor y dibujó una línea sobre el chaleco de Julian.
Julian lo miró.
—¿Qué haces?
—Ahora estás muerto.
—Eso es trampa.
—Denúnciame.
Julian cogió más pintura y se la estampó en el pecho.
Noah abrió la boca.
—Eso era innecesario.
—Ahora estás más muerto.
Noah soltó una carcajada.
Julian también.
Y, durante unos segundos, tumbados entre barro y hojas mientras el resto del equipo seguía disparándose alrededor, Julian no sintió ninguna vergüenza.
Ni miedo.
Ni necesidad de demostrar nada.
Solo se rió.
Encontraron una pequeña caseta de madera lejos de la zona principal.
Julian recordaba haberla visto el año anterior.
—Podemos esperar aquí.
Noah empujó la puerta.
—Después de ti.
El interior estaba vacío salvo por un banco estrecho, algunas cajas y una ventana sin cristal.
Se quitaron los cascos.
Noah sacudió la cabeza.
Su pelo quedó todavía peor.
Julian lo miró.
—Pareces un perro mojado.
Noah pasó una mano por el cabello.
—¿Sexy?
—No.
—Mentiroso.
Julian dejó el casco sobre una caja.
Noah se quitó el chaleco.
Después el protector del cuello.
La camiseta que llevaba debajo estaba húmeda y pegada al cuerpo.
Julian miró.
No debería.
Lo hizo igualmente.
Noah lo descubrió.
Por supuesto.
—¿Otra vez?
Julian levantó los ojos.
—¿Qué?
—Me miras mucho para alguien que quiere ir despacio.
Julian sintió calor en la cara.
—No confundas mirar con...
—¿Querer arrancarme la ropa?
—Noah.
Él sonrió.
—Vale.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared.
Julian permaneció de pie.
—Por cierto —dijo Noah—, tenías razón.
—Me gusta esta conversación.
—Sobre la emboscada.
—También.
—Lees bien el campo.
Julian se sentó frente a él.
—Yo no lo llamaría así.
—¿Cómo lo llamarías?
Julian se encogió de hombros.
—Esperar que ocurra algo malo.
Noah dejó de sonreír.
Julian se arrepintió de haberlo dicho.
—No quería...
—Ya sé.
Silencio.
Afuera continuaban oyéndose disparos.
Más lejanos ahora.
Noah apoyó los brazos sobre las rodillas.
—¿Por eso odias tanto esto?
Julian miró hacia la ventana.
—En parte.
Noah esperó.
No preguntó más.
Julian agradeció que no lo hiciera.
—El año pasado Richard y los otros se lo pasaron estupendamente —dijo finalmente—. Y me recordó demasiado a otras cosas.
No necesitó decir cuáles.
Noah bajó la mirada.
—Oakridge.
—Sí.
Otra pausa.
—Lo siento.
—No tienes que pedirme perdón cada vez que algo me lo recuerde.
—Probablemente sí.
—Noah.
—No puedo arreglarlo.
—No.
—Pero puedo lamentarlo.
Julian sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Noah jugueteó con una tira del chaleco.
—A veces no sé qué quieres que haga con eso.
—¿Con qué?
—Con lo que pasó.
Julian tardó en responder.
Era una buena pregunta.
—Nada.
Noah frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—No necesito que hagas nada.
—Entonces ¿qué necesitas?
Julian lo miró.
—Tiempo.
Noah soltó aire por la nariz.
—Otra vez esa palabra.
—Te advertí.
—Sí.
—Y sigues aquí.
Noah levantó los ojos.
—Me pagas por estar aquí.
La frase sonó ligera.
Pero Julian recordó inmediatamente la noche anterior.
El dinero.
El desequilibrio.
Todo lo que había intentado explicar.
—No me refería al contrato.
Noah quedó inmóvil.
Julian continuó:
—Anoche podrías haberte enfadado conmigo.
—Me enfadé un poco.
—Podrías haber insistido.
—Me dijiste que parara.
—Sí.
—Entonces paré.
Como si fuera lo más sencillo del mundo.
Para Julian no lo era.