Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Julian se despertó con una pierna que no era suya entre las suyas.

Permaneció inmóvil.

Todavía medio dormido, tardó varios segundos en comprender qué estaba ocurriendo.

Después abrió los ojos.

Noah.

Durante la noche, los casi dos metros de distancia que habían dejado prudentemente entre ambos se habían reducido a nada.

Noah dormía boca abajo, con la cara hundida parcialmente en la almohada y un brazo extendido hacia el lado de Julian. Una de sus piernas había invadido territorio ajeno hasta quedar atrapada entre las de él.

Julian miró hacia el techo.

Perfecto.

Con muchísimo cuidado, intentó apartarse.

Noah murmuró algo incomprensible.

Julian se congeló.

Noah volvió a acomodarse.

Su rodilla subió.

Julian cerró los ojos.

No.

Definitivamente no.

Apartó la pierna con toda la delicadeza que pudo y consiguió sentarse en el borde del colchón.

Respiró.

La habitación estaba en silencio.

La luz de la mañana empezaba a filtrarse por las cortinas.

Debería levantarse.

Ducharse.

Vestirse.

Revisar el programa.

Pensar en su presentación.

En cualquier cosa que no fuera la boca de Noah.

Mala elección.

El recuerdo llegó inmediatamente.

Noah acercándose.

La corbata deshecha.

Dime que pare.

Y después el beso.

Julian se frotó la cara con ambas manos.

Había estado a punto de acostarse con él.

No metafóricamente.

No como una fantasía absurda que podía guardar en algún rincón de su cabeza y negar al día siguiente.

Lo había tenido entre los brazos.

Había sentido sus manos.

Había querido más.

Mucho más.

Y si Noah no hubiese aceptado el límite a la primera...

Julian no estaba completamente seguro de haber tenido la voluntad necesaria para repetirlo.

Giró ligeramente la cabeza.

Noah seguía dormido.

La sábana se había deslizado hasta su cintura durante la noche. Llevaba los pantalones grises de pijama y nada más.

Julian apartó la mirada.

La volvió a llevar hacia él.

Idiota.

Noah tenía una espalda extraordinaria.

Eso era simplemente un dato objetivo.

No significaba nada.

También tenía una pequeña cicatriz cerca del hombro derecho que Julian no había visto antes.

Se preguntó de dónde habría salido.

Después se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo contemplando a un hombre dormido y se levantó.

Necesitaba una ducha.

Urgentemente.

El agua fría no solucionó absolutamente nada.

Julian apoyó las manos contra los azulejos y dejó que le golpeara la nuca.

Había hecho lo correcto.

Estaba convencido.

Noah podía asegurar que el dinero no tenía nada que ver, pero la situación seguía siendo extraña.

Julian lo había contratado.

Lo había sacado de Oakridge el mismo día.

Le había comprado ropa.

Pagaba el hotel.

La comida.

El viaje.

Y Noah dependía de que Julian cumpliera su palabra para recibir tres mil quinientos dólares y un billete de avión al terminar el fin de semana.

Julian no quería añadir sexo a esa ecuación.

No todavía.

Pero había otra razón.

Una bastante menos noble.

Tenía miedo.

No de Noah.

De sí mismo.

Porque había esperado encontrar al mismo imbécil arrogante que recordaba.

Eso habría sido sencillo.

Podría haberlo deseado y despreciado simultáneamente.

Podría haber disfrutado de tenerlo a su lado durante unos días, pagarle y verlo desaparecer.

Pero Noah había pedido perdón.

Había reconocido lo que hizo sin intentar convertir su miedo adolescente en una absolución.

Había defendido a Julian delante de Richard.

Había conseguido hacerlo reír.

Y anoche, cuando Julian había pedido parar, Noah había parado.

Sin insistir.

Sin enfadarse porque le negaran algo que deseaba.

Después incluso le había dado las gracias.

Aquello era mucho más peligroso que seguir odiándolo.

Julian cerró el grifo.

Necesitaba dejar de pensar.

Tenía una conferencia.

Un negocio.

Una reputación profesional que mantener.

Y un falso novio que, si todo salía bien, lograría pasar al menos una mañana completa sin hacer ninguna referencia a su vida sexual.

Julian calculó las probabilidades.

Bajas.

Cuando regresó al dormitorio, Noah ya estaba despierto.

Y en ropa interior.

Julian se detuvo.

Noah estaba frente al armario examinando dos camisas.

Se volvió.

—Buenos días.

Como si nada.

Como si doce horas antes no hubiese tenido la lengua de Julian en su boca.

—Buenos días.

Julian entró.

No miró hacia abajo.

Lo consiguió durante aproximadamente tres segundos.

Calzoncillos blancos.

Piernas largas.

Caderas estrechas.

Volvió inmediatamente a su cara.

Noah sonrió.

Mierda.

Lo había visto.

—¿Qué?

—Nada.

—Noah.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Ahora resulta que puedes cobrarme por pensamientos.

Julian abrió su propia maleta.

—Voy a empezar a hacerlo.

Noah levantó las dos camisas.

—¿Cuál?

Julian las miró.

Blanca y azul oscura.

—La blanca.

—¿Por qué?

—Te queda mejor con esos pantalones.

Noah dejó la azul.

—Blanca entonces.

Empezó a ponérsela.

Julian intentó concentrarse en elegir una corbata.

No funcionó.

—¿Dormiste bien? —preguntó Noah.

—Sí.

—Yo también.

Julian asintió.

—Bien.

—Aunque alguien me robó media cama.

Julian se volvió.

—¿Yo?

Noah empezó a abotonarse la camisa.

—Me desperté pegado al borde.

—Tú tenías una pierna encima de mí.

Noah se quedó quieto.

Después sonrió lentamente.

—¿En serio?

Julian se arrepintió inmediatamente.

—Dormido.

—Qué atrevido soy.

—Noah.

—¿Y qué hiciste?

—Apartarla.

—Qué decepción.

Julian cogió una corbata.

—Ponte los pantalones.

—Estás muy mandón por las mañanas.

—Y tú estás medio desnudo.

Noah arqueó una ceja.

—Eso parece molestarte muchísimo.

Julian sostuvo su mirada.

Error.

Noah dejó de sonreír.

Por un instante regresó exactamente lo mismo de la noche anterior.

El silencio.

La conciencia de que estaban solos.

El recuerdo físico.

Julian fue el primero en romperlo.

—Tenemos que bajar en veinte minutos.

Noah asintió.

—Vale.

No hizo ninguna broma.

Eso resultó todavía más desestabilizador.

Cinco minutos después, Noah estaba peleándose con la corbata.

Julian lo observó desde el espejo.

—Eso está mal.

—Ya me he dado cuenta.

—Déjame.

Noah soltó la tela.

Julian se colocó delante de él.

—Levanta la barbilla.

Noah obedeció.

Julian deshizo el nudo.

Sus dedos rozaron accidentalmente el cuello de Noah.

Noah inhaló.

Muy ligeramente.

Julian levantó los ojos.

Noah ya lo estaba mirando.

—No empieces —murmuró Julian.

—No estoy haciendo nada.

—Exactamente.

Una sonrisa apareció en la boca de Noah.

—¿Eso te pone nervioso?

—No.

—Mentiroso.

Julian apretó el nudo un poco más de lo necesario.

—Eh.

—Quieto.

Noah soltó una risa.

Julian terminó de colocar la corbata.

Después alisó el cuello.

No necesitaba hacerlo.

Ya estaba perfecto.

Pero sus manos permanecieron allí un segundo más.

Noah bajó la mirada hacia ellas.

—Jules.

Julian se quedó inmóvil.

—No.

Noah frunció ligeramente el ceño.

—¿No te gusta?

Julian retiró las manos.

Ese era precisamente el problema.

—Nadie me llama así.

—Entonces puedo ser el primero.

—Noah.

—Vale.

Levantó las manos.

—Julian.

Julian dio un paso atrás.

—Gracias.

Noah se observó en el espejo.

La camisa blanca le quedaba extraordinariamente bien.

—¿Qué tal?

—Muy bien.

Noah se giró.

—¿Muy bien profesional o muy bien de verdad?

Julian lo recorrió con la mirada.

No iba a mentir.

—De verdad.

La sonrisa que recibió fue distinta.

Pequeña.

Satisfecha.

—Tú tampoco estás mal.

Julian miró su reflejo.

Traje gris oscuro.

Camisa azul pálido.

Corbata.

—Es lo habitual.

—No hablaba del traje.

Julian cerró los ojos.

—Vamos a desayunar.

Noah rió y fue tras él.

No llegaron al ascensor.

—¡Whitmore!

Julian reconoció la voz inmediatamente.

Por supuesto.

Richard avanzaba por el pasillo acompañado por dos hombres que Julian conocía demasiado bien.

Alistair Cole.

Daniel Mercer.

Los tres llevaban acreditaciones colgadas del cuello.

Julian compuso automáticamente la expresión que reservaba para aquel tipo de encuentros.

—Richard.

—Justo hablábamos de ti.

—Eso nunca es tranquilizador.

Richard rió.

Alistair estrechó la mano de Julian.

—Enhorabuena por el horario de mañana.

—Gracias.

—Mediodía, auditorio central. Nada mal.

—La organización lo decidió.

—Por supuesto.

El tono decía otra cosa.

Julian lo ignoró.

Richard miró detrás de él.

—¿Y tu acompañante?

Julian se volvió.

Noah se había detenido unos metros atrás para comprobar algo en su móvil.

Levantó la cabeza.

Vio al grupo.

Y cambió.

Julian lo percibió inmediatamente.

No de forma exagerada.

Noah simplemente guardó el teléfono, se enderezó y se acercó.

La sonrisa que apareció en su cara no era la que utilizaba con Julian.

Era social.

Segura.

Encantadora.

—Buenos días.

Se colocó junto a Julian.

Una mano se apoyó naturalmente en su espalda.

—Noah Beck —dijo Julian—. Alistair Cole y Daniel Mercer. A Richard ya lo conoces.

—Por desgracia —dijo Noah.

Richard soltó una carcajada.

—Me cae bien.

—Dale tiempo —respondió Julian.

Noah le rozó el costado con los dedos.

Parecía un gesto insignificante.

Julian sabía que no lo era.

Estaba interpretando.

Y lo hacía mucho mejor de lo que Julian había esperado.

—Íbamos a desayunar —dijo Alistair—. Sentaos con nosotros.

Julian dudó.

No tenía ningún interés.

Pero rechazar la invitación tampoco era conveniente.

—Claro.

—Perfecto.

Richard pulsó el botón del ascensor.

—Podrás contarnos algo del nuevo prototipo.

—No.

Richard lo miró.

Julian sonrió.

—La presentación es mañana.

—Vamos, Whitmore. Solo una pequeña exclusiva.

—Tendrás que esperar.

Noah lo miró.

Había algo parecido a diversión en sus ojos.

Las puertas se abrieron.

Entraron.

—Siempre has sido muy reservado con tus juguetes —comentó Richard.

—Patentes —corrigió Julian.

—Lo mismo.

—No exactamente.

Daniel rió.

—Déjalo, Rich. Si cuenta algo antes de tiempo, tendremos que fingir sorpresa mañana.

Richard miró el reloj de Julian.

—Por cierto, bonito modelo. ¿Nuevo?

Julian bajó la vista.

—Hace unos meses.

—Muy discreto.

El sarcasmo era evidente.

Julian sintió la vieja irritación.

No por el reloj.

Por la necesidad constante de Richard de convertir cualquier conversación en una competición que solo existía en su cabeza.

—Me gustó —respondió.

—Eso es lo importante.

Noah permanecía callado.

Julian sintió su mano todavía en la parte baja de su espalda.