Capítulo 4 #2
—Llevo horas queriendo hacerlo.
La admisión lo silenció.
Julian cerró los ojos un instante.
—Ese es precisamente el problema.
Noah frunció el ceño.
—No entiendo nada.
—Te estoy pagando para estar aquí.
—No por esto.
—Lo sé.
—Entonces deja de utilizar el dinero como excusa.
—No es una excusa.
—Pues explícame qué coño es.
Julian lo miró.
Y Noah vio cómo algo cambiaba.
La excitación seguía ahí.
Pero también otra cosa.
Algo mucho más antiguo.
—Hace menos de un día que has vuelto a entrar en mi vida.
Noah se quedó quieto.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decidir lo que voy a decir antes de que lo diga.
Noah cruzó los brazos.
—Adelante.
Julian respiró hondo.
—Te deseo.
La crudeza de la frase lo sorprendió.
Julian casi nunca hablaba así.
—Mucho más de lo que me conviene —continuó—. Y precisamente por eso necesito pensar.
—¿Pensar qué?
—Si puedo hacer esto sin despertarme mañana odiándome.
Eso sí dolió.
Noah retrocedió un paso.
—¿Odiándote por acostarte conmigo?
—No.
—Ha sonado exactamente así.
—Por olvidar demasiado rápido.
Noah se quedó callado.
Ahí estaba.
Oakridge.
Otra vez.
—Ya.
Cogió la corbata de la cama.
—Noah...
—No pasa nada.
—Sí pasa.
—¿Qué quieres que diga?
La vergüenza empezó a mezclarse con el deseo que todavía no había desaparecido.
Una combinación horrible.
—Pensaba que habíamos avanzado.
—Hemos avanzado.
—No lo suficiente para que me quieras en tu cama.
Julian apretó la mandíbula.
—Estás literalmente delante de mi cama después de haberme besado durante los últimos cinco minutos.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Y estás intentando convertirlo en algo mucho más simple de lo que es.
Noah dejó caer la corbata.
—Entonces hazlo complicado.
Julian lo miró.
—Explícamelo.
Silencio.
—Porque yo no sé cómo funciona esto —continuó Noah—. Te miro y sé que te gusto. Te toco y respondes. Me besas como si quisieras arrancarme la ropa y después te apartas y vuelves a mirarme como...
Se detuvo.
—¿Como qué?
Noah soltó una risa amarga.
—Como si tocarme fuera traicionarte a ti mismo.
Julian palideció ligeramente.
Noah supo que había acertado.
Eso lo hizo todavía peor.
—No quiero ser una forma de vengarte de mí —dijo Noah.
—No lo eres.
—¿Seguro?
Julian frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Me encontraste trabajando para Tobias. Me ofreciste más dinero del que he tenido junto en años. Me compraste ropa. Me trajiste aquí. Y cada vez que empiezo a olvidar quién era yo para ti, algo te lo recuerda.
—Porque ocurrió.
—Ya lo sé.
La voz de Noah salió más alta de lo que pretendía.
—Sé lo que hice.
Julian permaneció inmóvil.
Noah respiró hondo.
—Sé que pedirte perdón no lo borra.
—Entonces ¿por qué te enfadas conmigo por no haberlo superado en unas horas?
La pregunta cayó como un golpe.
Noah abrió la boca.
No salió nada.
Julian continuó, más bajo:
—Tú has tenido nueve años para convertirte en otra persona. Yo he tenido unas horas para conocerla.
Noah apartó la mirada.
Mierda.
—Eso no es justo.
—No intento ser justo.
—Ya.
—Intento ser sincero.
Noah se pasó una mano por el pelo.
Seguía sintiendo los labios de Julian.
Eso hacía todo mucho peor.
—Entonces dime una cosa.
—¿Cuál?
Noah volvió a mirarlo.
—¿Cuando me besabas estabas pensando en él?
Julian frunció el ceño.
—¿En quién?
—En el Noah de dieciocho años.
La respuesta tardó.
—No.
Noah sintió que algo dentro de él aflojaba.
—¿En quién pensabas?
Julian lo miró directamente.
—En ti.
Silencio.
—En el hombre que tengo delante.
Aquello le hizo más daño que el rechazo y, al mismo tiempo, reparó algo.
Noah tragó saliva.
—Vale.
Julian se acercó un paso.
Noah no retrocedió.
—Eso es lo que intento entender.
—¿Si soy ese hombre de verdad?
—Sí.
Noah asintió lentamente.
—Supongo que me lo he ganado.
Julian bajó la mirada.
—No quería decirlo así.
—Pero es verdad.
Noah se sentó en el borde de la cama.
La excitación había disminuido, sustituida por algo mucho más incómodo.
—Fui un cobarde.
Julian permaneció de pie.
—Tenía miedo de que alguien se diera cuenta de que te miraba. Y cuando aparecieron mis amigos aquella vez...
Noah apretó las manos.
—Elegí hacerte daño antes que permitir que sospecharan de mí.
Julian no dijo nada.
—Eso no lo hizo mi padre. Ni Kevin. Ni el pueblo. Lo hice yo.
La habitación quedó en silencio.
—Lo sé —dijo Julian.
Noah soltó una risa pequeña.
—Podrías haber fingido que no.
Julian se sentó a su lado.
No se tocaban.
—También sé que tenías dieciocho años.
Noah miró al frente.
—Eso tampoco lo arregla.
—No.
—Eres terrible consolando.
—No estaba intentando consolarte.
Noah soltó una risa.
Esta vez real.
—Ahí estás.
Julian sonrió.
El silencio que siguió ya no dolió tanto.
Noah miró sus manos.
—Sigo queriendo acostarme contigo.
Julian cerró los ojos.
—Por supuesto.
—Muchísimo.
—Noah.
—Solo quería que constara en acta.
Julian negó con la cabeza.
—Ha quedado bastante claro.
Noah lo miró de lado.
—¿Tú sigues queriendo?
Julian tardó un segundo.
—Sí.
La respuesta le recorrió el cuerpo.
—Eso no ayuda.
—No pretendía que ayudara.
Noah se puso en pie.
—Voy a bañarme antes de volver a cometer una estupidez.
—Probablemente sea buena idea.
Noah caminó hacia la puerta.
Se detuvo.
—Julian.
—¿Qué?
—Si cuando salga has cambiado de opinión...
Julian levantó una ceja.
Noah sonrió.
—Solo digo que soy flexible.
—Vete.
Noah rió y cerró la puerta del baño.
La bañera no tenía jacuzzi.
Aquello sí que era imperdonable.
Noah se hundió hasta los hombros y dejó caer la cabeza contra el borde.
El agua estaba demasiado caliente.
Perfecto.
Necesitaba algo que consiguiera borrar de su piel la sensación de las manos de Julian.
No funcionó.
Cerró los ojos.
Peor.
Ahora podía verlo.
Julian pegado a él.
La boca entreabierta.
La respiración agitada.
La mano en su cintura.
Noah abrió los ojos.
—Joder.
Había deseado hombres antes.
Desde luego.
Había pasado años mirando a escondidas, fantaseando, imaginando qué sentiría si alguna vez pudiera dejar de preguntarse quién estaba observando.
Pero aquello era diferente.
Julian no era una fantasía.
No era un hombre anónimo en una pantalla.
Ni alguien encontrado una noche en una ciudad donde nadie conocía su apellido.
Era Julian.
Y eso complicaba absolutamente todo.
Noah deslizó las manos por el agua y miró el techo.
Había estado convencido de que el problema sería él.
Que llegado el momento quizá se bloquearía.
Que años escondiéndose le pasarían factura.
No había ocurrido.
Cuando Julian lo había besado, su cuerpo había entendido perfectamente lo que quería.
La sorpresa había sido descubrir cuánto.
No era únicamente curiosidad.
Ni una forma de demostrar que era gay.
Deseaba a Julian específicamente.
Su boca.
Sus manos.
Su cuerpo.
La forma en que podía pasar de completamente compuesto a respirarle contra los labios en cuestión de segundos.