Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Noah descubrió durante la cena que el caviar sabía a agua de mar con ínfulas.

Lo había pedido porque costaba una cantidad absurda de dinero y porque, por una vez en su vida, podía señalar lo más caro de una carta sin preguntarse cuánto le quedaría después en la cuenta.

También pidió langosta.

Un filete.

Champán.

Julian no protestó por nada.

Eso había sido decepcionante.

—¿No vas a decirme que pare?

Julian levantó los ojos de su plato.

—¿De hacer qué?

—De intentar arruinarte.

Miró el caviar que Noah llevaba varios minutos empujando de un lado a otro.

—No parece que lo estés disfrutando demasiado.

—Es repugnante.

—Lo sé.

Noah dejó la cucharilla.

—¿Y has dejado que lo pidiera?

—Parecías ilusionado.

—Eres un cabrón.

Julian sonrió detrás de la copa.

—Trescientos.

—No puedes seguir descontándome dinero indefinidamente.

—Puedo si continúas insultándome.

—¿Y si te insulto cariñosamente?

—Dependerá del insulto.

Noah sonrió.

Había sido una buena cena.

Una cena sorprendentemente buena.

Quizá porque por primera vez desde que Julian había aparecido en la cafetería no tenían nada que hacer.

No estaban huyendo de Tobias.

Ni enfrentándose a su familia.

Ni comprando ropa.

Ni fingiendo delante de Richard.

Solo estaban sentados uno frente al otro.

Y Noah había descubierto que Julian era bastante menos perfecto de lo que parecía.

La primera versión del dispositivo que había terminado convirtiéndolo en millonario no había funcionado.

Tampoco la segunda.

Ni la tercera.

—¿Cuántas? —había preguntado Noah.

Julian había bebido vino.

—Siete.

—¿Fallaste siete veces?

—El octavo prototipo funcionó.

Noah había sonreído.

—Eso me gusta.

Julian había fruncido el ceño.

—¿Que fracasara?

—Que seas humano.

Algo había cambiado entonces en su expresión.

Noah había tenido ganas de inclinarse sobre la mesa y besarlo.

No lo había hecho.

Ahora empezaba a arrepentirse.

El hotel era ridículo.

Noah decidió que no existía otra palabra.

Se quedó parado en mitad del vestíbulo mirando una lámpara de cristal que parecía pesar lo mismo que una casa.

—No.

Julian siguió caminando.

—¿Qué?

—Ese trasto podría aplastar a veinte personas.

Julian levantó la vista.

—Qué pensamiento tan agradable.

—¿Cuánto cuesta una habitación aquí?

—No quieres saberlo.

—Ahora quiero saberlo muchísimo.

—La empresa paga.

—Tú eres el dueño de la empresa.

—Detalles.

Un hombre tocaba el piano en un rincón.

Había flores frescas por todas partes.

Mármol bajo sus zapatos nuevos.

Personas hablando en voz baja como si incluso hacer ruido allí costara dinero.

Noah bajó la vista hacia sí mismo.

La camisa gris.

Los pantalones oscuros.

La americana.

Los zapatos que Julian había escogido.

La gente lo miraba de otra manera.

O quizá era él quien caminaba de otra manera.

Un empleado se acercó para hacerse cargo de las bolsas.

Noah le entregó varias.

Cuando el hombre extendió la mano hacia su vieja bolsa de lona, Noah la retuvo.

—Esa no.

Julian se detuvo.

—Dásela.

—Puedo llevarla.

—Ya lo sé.

Noah miró la bolsa.

Una esquina estaba desgastada. La cremallera llevaba meses cerrando mal.

De repente resultaba grotesca junto a todo lo demás.

—Dentro está todo lo que tengo.

Julian no sonrió.

—Precisamente por eso.

Noah levantó la mirada.

—¿Qué?

—No tienes que agarrarte a ella para demostrar que sigue siendo tuyo.

La respuesta le resultó demasiado seria.

Entregó la bolsa.

—Como desaparezca, me debes unos calzoncillos viejos y tres camisetas.

—Creo que puedo asumir la pérdida.

—Una tiene valor sentimental.

—Ahora estoy preocupado.

Noah sonrió.

Mucho mejor.

La suite tenía una cama.

Una.

Noah se quedó en la puerta del dormitorio observándola.

Después miró a Julian.

Después otra vez la cama.

—Qué interesante.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Te conozco lo suficiente.

—Eso es discutible.

La cama era enorme.

Aun así, seguía siendo una cama.

Una cama que iban a compartir.

Noah sintió un tirón bajo el estómago.

El día entero pareció regresar de golpe.

El primer beso.

El segundo.

Las manos de Julian en su cuello mientras le arreglaba la camisa.

Su mirada en el probador.

Yo también quería.

Había pasado horas fingiendo que aquella frase no seguía dándole vueltas por la cabeza.

Julian dejó las llaves sobre una mesa y comenzó a sacar prendas de las bolsas.

Noah se acercó al ventanal.

La ciudad brillaba varios pisos más abajo.

Durante tres años había dormido en una habitación en la que podía tocar dos paredes extendiendo los brazos.

Aquella suite tenía un salón más grande que la cafetería.

—¿Qué te parece?

Noah vio el reflejo de Julian en el cristal.

—Creo que empiezo a comprender por qué la gente quiere ser rica.

—Profundo análisis económico.

—Tengo más.

—No lo dudo.

Noah se volvió.

Julian se había quitado la americana.

También el reloj.

Llevaba las mangas remangadas hasta los antebrazos y el primer botón de la camisa abierto.

Nada extraordinario.

Y, sin embargo, Noah se quedó mirándolo.

Julian se dio cuenta.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso ha sido una mirada.

—Tengo ojos.

Julian arqueó una ceja.

Noah sonrió.

Había bebido.

No lo suficiente para perder el control.

Sí lo suficiente para cansarse de fingir que no llevaba todo el día imaginando cómo sería tener a Julian sin una mesa, un coche o una tienda llena de gente alrededor.

Lo siguió hasta el dormitorio.

Julian empezó a guardar la ropa.

Noah se apoyó en el marco.

—¿Hay jacuzzi?

—Creo que una bañera grande.

—Qué decepción.

—Puedes presentar una reclamación.

—Podríamos comprobarla.

—Adelante.

Noah se quitó la americana.

La dejó sobre un sillón.

—Los dos.

Las manos de Julian se detuvieron.

Noah sintió una pequeña satisfacción.

—Noah.

Ese tono.

No era exactamente una advertencia.

Todavía.

Noah se aflojó el nudo de la corbata.

—¿Qué?

—No hace falta que sigamos interpretando aquí.

—No estoy interpretando.

Julian se volvió.

Noah tiró suavemente de la corbata hasta deshacer el nudo.

No apartó los ojos de él.

La habitación quedó muy silenciosa.

—Te dije antes que quería besarte —dijo Noah.

—Lo recuerdo.

—Y tú dijiste que también querías.

Julian tragó saliva.

Pequeño movimiento.

Noah lo vio.

—También lo recuerdo.

Noah dejó la corbata sobre la cama.

Se acercó.

Un paso.

Después otro.

Julian no retrocedió.

Eso fue suficiente para que el calor que llevaba horas acumulándose en el cuerpo de Noah se concentrara de golpe.

Se detuvo frente a él.

—Entonces deja de hablarme del contrato.

Julian levantó la mirada.

Noah era algo más alto.

Nunca había sido tan consciente de ello.

—Noah...

—No quiero los tres mil quinientos dólares por esto.

Le cogió una mano.

Julian podría haberla retirado.

No lo hizo.

Noah llevó esa mano hasta su cintura.

La dejó allí.

—Esto no forma parte del trato.

Los dedos de Julian se tensaron sobre la tela de su camisa.

—Lo sé.

La voz había cambiado.

Más baja.

Noah sintió un escalofrío.

—Bien.

Le tocó la cintura.

Nada más.

Primero con cuidado.

Julian permaneció quieto.

Noah deslizó las manos hacia su espalda y lo acercó.

Esta vez Julian dejó escapar aire.

Sus cuerpos se tocaron.

Noah sintió el pecho de Julian contra el suyo.

Su abdomen.

El calor de su cuerpo atravesando la ropa.

Y toda la seguridad que llevaba exhibiendo durante el día estuvo a punto de desaparecer.

Aquello era diferente cuando no había público.

Cuando no era una provocación.

Cuando no podía esconderse detrás de estamos practicando.

Julian alzó ligeramente la barbilla.

Noah miró su boca.

—Dime que pare.

Julian no lo hizo.

Noah lo besó.

Despacio al principio.

Había esperado que Julian se quedara rígido.

No ocurrió.

La mano que descansaba en su cintura se cerró sobre él.

Noah sintió cómo Julian lo acercaba.

Y entonces el beso cambió.

Ya no se parecía al del aparcamiento.

Ni a la breve prueba de aquella tarde.

Julian dejó de contenerse lo suficiente para que Noah entendiera que había estado haciendo exactamente eso durante todo el día.

Contenerse.

Noah le pasó una mano por la nuca.

Julian lo besó otra vez.

Más intenso.

Más seguro.

Noah sintió que el pulso se le disparaba.

Joder.

Esto.

Esto era lo que había estado esperando.

Retrocedió sin separarse hasta que la parte posterior de sus piernas tocó la cama.

Julian fue con él.

Durante unos segundos Noah olvidó por completo el dinero, la conferencia y Oakridge.

Solo existía aquella boca.

Aquellas manos.

El hombre que había deseado cuando era demasiado cobarde incluso para admitir que miraba a otros hombres.

Ahora estaba allí.

Tocándolo.

Noah deslizó las manos por la espalda de Julian y tiró suavemente de su camisa para acercarlo más.

Julian soltó un sonido bajo contra su boca.

Eso estuvo a punto de terminar con cualquier resto de prudencia.

Noah se apartó apenas lo necesario para respirar.

—Joder.

Julian tenía los labios enrojecidos.

Las mejillas también.

Noah sonrió.

—Mucho mejor que el aparcamiento.

Julian soltó una risa sin aire.

—Cállate.

Noah volvió a besarlo.

Esta vez Julian fue quien le agarró la nuca.

Y Noah sintió una descarga tan violenta de deseo que durante un segundo no supo qué hacer con ella.

Había fantaseado.

Muchísimo.

Pero fantasear no se parecía a aquello.

A sentir realmente otro cuerpo masculino contra el suyo.

La firmeza de su pecho.

La fuerza de sus manos.

La ligera aspereza de su mandíbula.

Era nuevo.

Y no le producía ninguna de las dudas que había temido.

Solo quería más.

Le acarició el costado.

Julian se tensó.

Noah bajó la boca hacia su mandíbula.

—Noah.

—Mm.

—Espera.

La palabra tardó un segundo en atravesar la niebla.

Noah se detuvo.

Julian tenía una mano apoyada contra su pecho.

No empujándolo.

Pero marcando distancia.

Noah respiró hondo.

—¿Qué pasa?

Julian retrocedió.

El aire frío entró inmediatamente entre ambos.

Noah lo odió.

—No deberíamos.

La excitación se convirtió en desconcierto.

—¿Qué?

Julian se pasó una mano por el pelo.

—Esto.

—¿Esto qué?

—Seguir.

Noah lo miró.

Los labios de Julian seguían hinchados por los besos.

Respiraba tan deprisa como él.

—No me digas que no quieres.

Julian levantó los ojos.

—No he dicho eso.

—Bien, porque no te habría creído.

—Noah.

—Acabas de besarme como si llevaras horas queriendo hacerlo.