Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 3 #3
38%

Capítulo 3 #3

—Cámbiate.

Noah cogió la camisa gris.

Después lo miró.

—¿Delante de ti?

—Hace unas horas estabas trabajando sin camiseta.

—Eso era diferente.

Julian arqueó una ceja.

Noah no sabía por qué había dicho eso.

Se quitó la camiseta.

La mirada de Julian bajó.

Esta vez Noah la vio claramente.

Pecho.

Abdomen.

Otra vez pecho.

Y arriba.

Los ojos de ambos se encontraron en el espejo.

Julian desvió la mirada.

Noah sonrió.

—Interesante.

—Pruébate la camisa.

—Sí, señor.

Se la puso.

La tela era ridículamente agradable.

Abrochó varios botones y se miró.

—Joder.

Julian levantó la vista.

Noah giró hacia él.

—¿Qué tal?

Julian tardó demasiado en contestar.

—Bien.

—Eso no ha sonado a bien.

—Te queda muy bien.

—Mucho mejor.

Noah se volvió hacia el espejo.

Tenía que admitirlo.

Parecía otra persona.

No exactamente.

Seguía siendo él.

Pero una versión que no había visto en mucho tiempo.

Quizá nunca.

Julian se levantó.

—El cuello.

—¿Qué le pasa?

—Está doblado.

Se acercó.

Noah dejó que lo arreglara.

Los dedos de Julian rozaron su cuello.

Después el borde de la camisa.

Noah dejó de mirar el espejo.

Julian estaba muy cerca.

Podía ver el azul de sus ojos.

Las pestañas oscuras.

La sombra de barba en la mandíbula.

—Ya está —murmuró Julian.

No se apartó.

Noah tampoco.

—¿Esto también forma parte del entrenamiento?

Julian levantó los ojos.

—No.

La respuesta le recorrió el cuerpo.

Noah tragó saliva.

Podría besarlo.

Lo sabía.

Julian también.

Pero después de lo ocurrido en el aparcamiento, no quería volver a ser él quien cruzara la distancia sin saber si Julian realmente lo deseaba o simplemente estaba siguiendo el juego.

Así que esperó.

Julian bajó la mirada hacia su boca.

Un segundo.

Dos.

Después retrocedió.

—Pruébate los pantalones.

Noah soltó lentamente el aire.

—Claro.

Julian regresó al sillón y sacó el teléfono.

Noah se desabrochó el cinturón.

Esta vez no intentó convertirlo en un espectáculo.

Aunque sabía perfectamente que Julian estaba fingiendo leer algo.

Se cambió los vaqueros por los pantalones oscuros.

—¿Estos?

Julian levantó la vista.

Y se quedó callado.

Noah miró el espejo.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa palabra significa algo distinto cada vez que la utilizas.

Julian carraspeó.

—Date la vuelta.

Noah obedeció.

—¿Así?

Julian miró.

Noah vio cómo intentaba no hacerlo demasiado.

Eso le gustó mucho más de lo que debería.

—Te quedan bien.

—¿Seguro?

—Sí.

—Porque noto cierta presión.

Julian cerró los ojos.

—Noah.

Él rió.

—En la cintura. Pervertido.

Julian abrió los ojos.

—Eres un imbécil.

—Eso ha sido demasiado fácil.

—Por favor, cámbiate.

Noah todavía sonreía cuando volvió hacia el espejo.

—Oye.

—¿Qué?

—¿Por qué no tienes novio?

El silencio que siguió fue distinto.

Noah se arrepintió inmediatamente de haber preguntado.

Julian dejó el teléfono.

—Trabajo mucho.

—Eso no es una respuesta.

—Es parte de ella.

Noah esperó.

Julian miró hacia la puerta cerrada.

—Cuando tienes dinero, llega un momento en que no sabes si alguien está interesado en ti o en todo lo que viene contigo.

Noah bajó la vista hacia la camisa que llevaba puesta.

Probablemente costaba más que su antiguo sueldo mensual.

—Ah.

—No digo que todo el mundo sea así.

—Pero te ha pasado.

Julian no respondió.

Otra respuesta.

Noah se miró en el espejo.

Por primera vez entendió otra cara de aquella propuesta.

Julian le estaba pagando.

Literalmente.

Por fingir que lo quería.

—Eso hace que nuestro acuerdo sea un poco deprimente.

Julian soltó una risa suave.

—Bastante.

—Al menos conmigo sabes exactamente por qué estoy aquí.

Julian levantó la mirada.

—Por tres mil quinientos dólares.

Noah sonrió.

—Y un billete a Las Vegas. No olvides el billete.

—Jamás.

Noah se giró hacia él.

—Pero no te besé por el dinero.

Julian se quedó completamente quieto.

Noah tampoco sabía por qué lo había dicho.

Pero ya estaba fuera.

—En el aparcamiento —aclaró—. La primera vez sí estaba provocando a mi padre. La segunda...

Julian lo observaba.

Noah sintió calor en la nuca.

Esto era mucho más difícil que hacer bromas sexuales.

—La segunda quería hacerlo.

Silencio.

Julian se puso en pie.

Noah siguió cada movimiento.

Se acercó.

Una vez frente a él, alzó una mano.

Noah creyó durante un instante que iba a tocarlo.

Julian cogió la etiqueta de la camisa.

La miró.

—Nos llevamos esta.

Noah soltó una carcajada incrédula.

—Eres un cabrón.

—Y los pantalones.

—Acabo de confesarte que quería besarte.

—Lo he oído.

—¿Y?

Julian levantó los ojos.

Había algo diferente en ellos.

—Y yo también quería.

Noah dejó de sonreír.

Julian se apartó.

—Ahora cámbiate. Llegamos tarde.

Abrió la puerta.

—Julian.

Él se volvió.

Noah apoyó las manos en las caderas.

—Eso ha sido cruel.

Julian sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Satisfecha.

—Tres mil quinientos dólares, cariño. Nadie dijo que fuese a ser fácil.

La puerta se cerró.

Noah se quedó mirándola.

Después miró su reflejo.

La camisa gris.

Los pantalones caros.

El pelo todavía algo desordenado.

Y una sonrisa de completo idiota que no recordaba haber autorizado.

—Estoy jodido —murmuró.

Y lo peor era que apenas llevaban unas horas.