Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Empezaba a gustarle demasiado aquello.

No las compras.

Julian.

Y eso era mucho menos conveniente.

—¿Cómo me pedirías la sal?

Noah lo miró fijamente.

—¿Qué?

Julian señaló un par de zapatos.

—Estos.

—No cambies de tema. ¿Acabas de preguntarme cómo pediría la sal?

—Sí.

—¿Crees que como con las manos?

—No.

—¿Que no sé utilizar cubiertos?

—Noah...

—¿Quieres comprobar si sé distinguir un tenedor de una cuchara?

Julian frunció el ceño.

—No estoy intentando humillarte.

—Pues se te da regular.

Aquello lo hizo callar.

Noah dejó las prendas sobre un asiento cercano.

La diversión se había evaporado.

—Sé que no tengo tu dinero. Y sé que llevo tres años sirviendo café, pero no soy idiota.

—Nunca he dicho que lo seas.

—Me estás enseñando a comportarme en una cena.

—Porque esa gente puede ser cruel.

—¿Y?

Julian apretó la mandíbula.

—Y no quiero darles ninguna oportunidad contigo.

Noah parpadeó.

—¿Conmigo?

—Van a fijarse en todo. Cómo hablas. Qué llevas puesto. Qué haces. Y si detectan algo que puedan utilizar para hacerte sentir fuera de lugar, lo harán.

—¿Por qué?

Julian soltó una risa sin humor.

—Porque pueden.

Noah lo observó.

Por fin comprendió que aquella conversación nunca había tratado sobre la sal.

—¿Te lo hacen a ti?

Julian miró hacia otro lado.

Eso era respuesta suficiente.

Noah recogió las prendas.

—Vale.

Julian volvió a mirarlo.

—¿Vale?

—Enséñame lo que creas que necesito saber.

—No quiero que pienses...

—Ya sé lo que no quieres.

Noah se acercó un poco.

—Y sé pedir la puta sal.

Julian sonrió a pesar suyo.

—Lo imaginaba.

—«Julian, ¿puedes pasarme la sal, por favor?».

—Perfecto.

—Incluso puedo decirlo sin eructar.

Julian negó con la cabeza.

—Eres imposible.

—Pero refinado.

—Eso está por demostrar.

Una voz masculina llegó desde detrás.

—Vaya. Si es nuestro pequeño genio.

Noah notó el cambio en Julian antes de volverse.

Su cuerpo se puso rígido.

La sonrisa desapareció.

Noah miró al recién llegado.

Cincuenta y tantos.

Alto.

Traje gris.

Bronceado demasiado uniforme para ser natural.

Sonrisa demasiado blanca para resultar agradable.

El hombre recorrió a Noah de arriba abajo.

—Y este año vienes acompañado.

Julian recuperó la compostura con una velocidad impresionante.

—Richard.

—Rich, por favor.

El hombre extendió la mano hacia Noah.

—No creo que nos conozcamos.

Noah la estrechó.

—Noah Beck.

Richard mantuvo el apretón un segundo de más.

—Richard Hammond.

—Encantado.

—Igualmente.

Mentira.

Noah había tratado con suficientes clientes desagradables para reconocer una sonrisa que significaba exactamente lo contrario.

Richard miró la ropa que llevaba en brazos.

Después sus vaqueros.

Después otra vez a Julian.

—¿Compras de última hora?

—Noah acaba de llegar —respondió Julian.

Richard arqueó las cejas.

—¿De dónde?

Noah abrió la boca.

Julian respondió primero.

—Los Ángeles.

Noah estuvo a punto de mirarlo.

Bien.

Los Ángeles.

Podía trabajar con eso.

—El vuelo se retrasó —añadió Noah—. Mi maleta decidió tomarse unas vacaciones por su cuenta.

Julian giró ligeramente la cabeza.

Noah le sonrió.

Richard soltó una risa.

—Las aerolíneas.

—Un desastre.

Noah pasó el brazo alrededor de la cintura de Julian.

Esta vez no estaba practicando.

Notó cómo Julian se tensaba durante una fracción de segundo antes de acomodarse contra él.

—¿Lleváis mucho juntos? —preguntó Richard.

—Desde después de la conferencia del año pasado —respondió Julian.

Noah lo miró.

Un año.

Interesante.

—Casi.

Le dio un beso en la sien.

Exactamente como habían practicado.

—Aunque él sigue fingiendo que no fue amor a primera vista.

Julian levantó la mirada hacia él.

Noah esperaba irritación.

Encontró otra cosa.

Algo cálido.

Duró poco.

—Noah tiende a dramatizar —dijo Julian.

—Solo cuando estoy enamorado.

Richard los observó.

Noah reconoció entonces qué estaba haciendo.

Evaluándolos.

Buscando una grieta.

Y, de repente, entendió perfectamente para qué Julian lo había contratado.

No era por tener un hombre guapo colgado del brazo.

Era porque estaba cansado de entrar solo en habitaciones llenas de gente como Richard.

La comprensión le sentó mal.

—¿Y a qué te dedicas, Noah?

Ahí estaba.

Julian hizo un movimiento casi imperceptible.

Noah respondió antes de que pudiera intervenir.

—Entrenamiento personal.

No sabía por qué había elegido eso.

Quizá porque al menos podía sostener la mentira.

Richard miró su cuerpo.

—Tiene sentido.

—Gracias.

—Supongo que Julian aprovecha tus servicios.

Noah notó la burla.

También notó cómo Julian se endurecía bajo su brazo.

Sonrió.

—Constantemente.

Julian le clavó los dedos en el costado.

Noah mantuvo la sonrisa.

—Aunque es un cliente terrible. Nunca hace caso.

Richard rió.

—Siempre ha sido un poco terco.

—Lo sé.

Noah miró a Julian.

—Es una de las cosas que más me gustan de él.

Silencio.

Julian lo estaba mirando otra vez de aquella forma.

Noah empezaba a disfrutar demasiado provocando esa expresión.

Richard no.

—Bueno —dijo—, espero que este año tengas más suerte en el paintball.

Julian puso los ojos en blanco.

—No sabía que mi actuación del año pasado hubiera sido tan memorable.

—Lo fue.

—¿Paintball? —preguntó Noah.

Richard lo miró.

—Una de las actividades del sábado.

Noah sonrió lentamente.

—Perfecto.

Julian cerró los ojos.

—No.

—¿Qué?

—Conozco esa cara.

—No conoces ninguna de mis caras.

—Esa sí.

Richard soltó una risita.

—Quizá este año tengas quien te proteja.

Noah dejó de sonreír.

—No creo que Julian necesite que lo proteja nadie.

Richard arqueó las cejas.

Noah mantuvo la mirada.

—Pero estaremos en el mismo equipo.

La mano de Julian se apoyó sobre la suya.

Un toque breve.

—Nos veremos en el hotel, Richard.

—Por supuesto.

El hombre se alejó.

Noah esperó hasta que estuvo lo bastante lejos.

—Es un gilipollas.

Julian soltó aire.

—Te lo dije.

—No. Dijiste que no eran tus amigos.

—Es una forma diplomática de decirlo.

Noah retiró el brazo de su cintura.

—¿Todos son así?

—No.

Julian recolocó una camisa en el montón.

—Algunos son peores.

Noah soltó una carcajada.

—Esto empieza a ponerse interesante.

—Has estado bien.

—¿Solo bien?

—Muy bien.

—Repítelo.

—No abuses.

—Vamos. Quiero escucharlo otra vez.

Julian empezó a caminar hacia los probadores.

—Has estado muy bien.

Noah lo siguió.

—Gracias, cariño.

—No empieces.

—¿Has visto el beso en la sien? Impecable.

—Lo hemos practicado hace diez minutos.

—Soy un alumno extraordinario.

Julian se detuvo.

Noah casi chocó contra él.

—Lo que has dicho al final.

—¿Qué?

—Que no necesito que nadie me proteja.

Noah se encogió de hombros.

—Es verdad.

Julian lo observó.

—Antes no habrías dicho algo así.

La frase cayó entre ambos.

Noah dejó de sonreír.

Ahí estaba.

El instituto.

Siempre esperando debajo de todo.

—Antes era un gilipollas.

—Sí.

Noah apretó la mandíbula.

—No hace falta que me lo recuerdes cada cinco minutos.

—No lo hago.

—Pues parece que sí.

Julian bajó la voz.

—Noah, tú puedes haber cambiado. Yo no puedo fingir que no ocurrió.

—No te he pedido que lo hagas.

—Acabas de enfadarte porque lo he mencionado.

—Porque no sé qué coño esperas de mí.

Varias personas estaban cerca.

Noah bajó también la voz.

—Te pedí perdón. Te expliqué por qué lo hice. Sé que no lo arregla. Pero si cada vez que hago algo decente vas a compararlo con el imbécil que era a los dieciocho...

—No estaba atacándote.

—Pues ¿qué estabas haciendo?

Julian guardó silencio.

Noah esperó.

Finalmente:

—Intentando entender quién eres ahora.

La respuesta le quitó parte del enfado.

Noah lo miró.

Julian parecía incómodo.

No furioso.

No acusador.

Solo sincero.

—Yo también —admitió Noah.

Julian frunció ligeramente el ceño.

—¿Tú también qué?

—Estoy intentando averiguarlo.

Durante un instante ninguno dijo nada.

Noah fue el primero en apartar la mirada.

—Vamos. Quiero ver cuánto cuesta ese traje antes de que me dé un infarto.

Julian sonrió ligeramente.

—Los gastos están cubiertos.

—Eso dices porque no has visto mi talento para gastar dinero ajeno.

—Estoy empezando a conocerte.

—Eso debería darte miedo.

—Créeme. Me lo da.

El probador era más grande que la habitación de Noah en la cafetería.

No estaba seguro de si aquello resultaba gracioso o deprimente.

Dejó la ropa sobre un banco de cuero.

Julian entró detrás.

Noah lo miró.

—¿También vienes?

—Tengo que comprobar cómo te queda.

—Pensaba que habías dicho que la ropa interior podía elegirla sin supervisión.

—Noah.

—Solo pregunto.

Julian se sentó en un pequeño sillón.