Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Noah había descubierto dos cosas sobre Julian durante el trayecto.

La primera: era obscenamente rico.

La segunda: no sabía qué hacer cuando Noah se quedaba callado.

Aquella última resultaba especialmente divertida.

Cada pocos minutos, Julian encontraba algo nuevo que contarle.

Primero había sido la conferencia. Después, el hotel.

Luego había intentado explicarle el dispositivo que había desarrollado años atrás y que, según Noah había conseguido entender, permitía realizar determinadas pruebas diagnósticas sin necesitar un laboratorio convencional.

Noah había asentido con mucha seriedad.

Había entendido aproximadamente un cuarenta por ciento.

Lo importante era que Julian lo había inventado, patentado y convertido en un negocio lo bastante rentable como para conducir un Porsche y llevar un reloj que probablemente costaba más que todo lo que Noah poseía.

No estaba mal para Lovelace.

Noah hizo una mueca.

Julian.

Había prometido no volver a llamarlo así.

Miró de reojo al hombre que conducía a su lado.

Nueve años.

En nueve años, Julian había pasado de ser aquel chico flaco que caminaba por los pasillos intentando no llamar la atención a alguien que podía hablar de patentes, inversores y congresos internacionales como si aquello formara parte de una vida completamente normal.

Noah, por su parte, llevaba todas sus pertenencias en una bolsa de lona en el asiento trasero.

Fantástico.

—¿Qué?

Noah parpadeó.

—¿Qué de qué?

—Me estás mirando.

—Tú me has mirado bastante hoy. Pensaba que habíamos establecido que estaba permitido.

Julian mantuvo los ojos en la carretera.

—Solo preguntaba.

Noah sonrió y volvió a mirar por la ventanilla.

Estaba empezando a reconocer algunas cosas.

La forma en que Julian apretaba ligeramente la mandíbula cuando intentaba no responder a una provocación.

Cómo se le coloreaban las orejas antes que las mejillas.

Y cómo su voz se volvía especialmente correcta cuando estaba incómodo.

El beso en el aparcamiento había provocado las tres.

Noah todavía podía sentirlo si pensaba demasiado.

Así que procuraba no hacerlo.

No había sido su primer beso con un hombre.

Pero había sido diferente.

Mucho.

Y eso era un problema que prefería examinar cuando Julian no estuviera sentado a menos de medio metro.

El Porsche abandonó la carretera principal y entró en una zona comercial que Noah no conocía.

Miró por la ventanilla.

—¿No íbamos al hotel?

—Antes necesitamos ropa.

Noah se miró.

Vaqueros.

Camiseta blanca.

Zapatillas.

—Estoy vestido.

—Ya hemos tenido esta conversación.

—Y sigo teniendo razón.

Julian entró en el aparcamiento de un centro comercial enorme.

No se parecía en nada al de Oakridge.

Noah vio escaparates de marcas que solo conocía porque alguna vez había oído sus nombres en televisión.

—¿Aquí?

—Aquí.

—Julian, puedo comprar una camisa en cualquier sitio.

—Lo sé.

—Una camisa es una camisa.

Julian aparcó.

Apagó el motor.

Entonces se volvió hacia él.

—Noah.

—¿Qué?

—Vas a pasar tres días rodeado de gente que se fija en esa clase de cosas.

Noah miró hacia el centro comercial.

—¿En las camisas?

—En todo.

Aquello sonó distinto.

Noah volvió la cabeza.

Julian jugueteó un momento con las llaves.

—No quiero que entres allí pensando que tienes que demostrar nada. Ni que te pases todo el fin de semana preguntándote si alguien está juzgándote por cómo vas vestido.

Noah se quedó callado.

Eso no era lo que había esperado.

—Así que —continuó Julian— compraremos lo necesario. Está incluido en los gastos.

—¿Y puedo elegir yo?

—Dentro de unos límites razonables.

—Ahí está la trampa.

Julian sonrió.

Noah abrió la puerta.

—Vale, ricachón. Vísteme.

La sonrisa desapareció.

—No eres mío.

Noah se detuvo con una pierna fuera del coche.

—Era una broma.

—Ya.

Julian desvió la mirada.

Noah lo observó un instante.

Interesante.

—Vale —repitió, esta vez sin bromear—. Vamos a comprar ropa.

Caminar de la mano de Julian resultó bastante más extraño de lo que Noah había imaginado.

Y había sido idea suya.

Habían entrado en el centro comercial uno al lado del otro hasta que Noah preguntó:

—¿No deberíamos practicar?

Julian lo había mirado.

—¿Ahora?

—Dentro de unas horas voy a ser tu novio delante de toda esa gente. Supongo que estaría bien que tocarte no pareciera una emergencia médica.

Julian había abierto la boca.

La había cerrado.

Y después había extendido la mano.

Así de sencillo.

Noah la había cogido.

Y ahora llevaba casi un minuto siendo demasiado consciente de sus dedos entrelazados.

Era ridículo.

Había besado a Julian.

Dos veces, dependiendo de cómo se contaran las cosas.

Una mano no debería resultar más íntima.

Pero lo hacía.

Quizá porque nadie estaba mirando.

O, mejor dicho, porque había mucha gente mirando y a ninguno parecía importarle.

Una pareja pasó junto a ellos empujando un carrito de bebé.

Ni una segunda mirada.

Dos adolescentes se hicieron una foto delante de un escaparate.

Una mujer discutía por teléfono.

Nadie se volvió.

Noah sintió algo extraño en el pecho.

—¿Estás bien?

Miró a Julian.

—Sí.

—Me estás aplastando la mano.

Noah aflojó inmediatamente los dedos.

—Perdón.

—No pasa nada.

Julian no lo soltó.

Eso fue peor.

Noah miró hacia delante.

—En Oakridge ya nos habrían mirado unas veinte personas.

Julian tardó un momento en responder.

—Lo sé.

—Aquí no le importa a nadie.

—No.

Noah tragó saliva.

Qué cosa tan estúpida para emocionarse.

Julian le rozó el pulgar sobre los nudillos.

Un movimiento mínimo.

Noah bajó la mirada hacia sus manos.

—Eso ha estado bien.

—¿El qué?

—Eso.

Julian pareció darse cuenta entonces de lo que había hecho.

—Ah.

—¿Ha sido práctica?

—Sí.

—Claro.

Las orejas de Julian empezaron a ponerse rojas.

Noah decidió tener piedad.

Por el momento.

—Entonces, profesor, ¿qué tengo que aprender?

Julian soltó aire.

—No necesitas aprender a ser una persona.

—Gracias.

—Necesitamos que nuestra relación resulte creíble.

—También sé cómo funciona una pareja.

Julian lo miró de reojo.

—Nunca has tenido una.

—Eso no significa que haya vivido en una cueva.

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado.

—Noah.

—Vale. Continúa.

Julian señaló discretamente con la barbilla a una pareja que caminaba unos metros por delante.

—Fíjate.

—¿En ellos?

—Sí.

Noah observó.

El hombre llevaba una bolsa en una mano. La mujer caminaba pegada a su costado. De vez en cuando se decían algo. Nada espectacular.

—Parecen aburridos.

—Parecen cómodos.

Noah volvió a mirarlos.

Julian tenía razón.

—No necesitas estar besándome constantemente —continuó—. Ni decirme cariño cada treinta segundos. Si lleváramos meses juntos, tocarme sería algo que harías sin pensar.

—Como esto.

Noah soltó su mano y pasó el brazo alrededor de su cintura.

Julian dio medio paso hacia él por la sorpresa.

Noah lo acercó.

—¿Demasiado?

Julian lo miró.

—No.

La respuesta llegó demasiado deprisa.

Noah sintió una pequeña descarga de satisfacción.

—Bien.

Siguieron caminando.

—Imagina que estamos cenando —dijo Julian.

—Contigo.

—Sí, conmigo.

—Romántico.

—Con otras personas.

—Has arruinado el momento.

Julian ignoró el comentario.

—Estoy hablando con un inversor. Acabo de cerrar un acuerdo importante. ¿Qué haces?

Noah lo pensó.

—Te felicito.

—¿Cómo?

—Bien hecho.

Julian esperó.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres una ovación?

—Quiero que parezcamos pareja.

Noah sonrió.

Se inclinó y le dio un beso en la sien.

—Estoy orgulloso de ti.

Julian dejó de caminar.

Noah también.

—¿Qué?

Julian lo estaba mirando de una forma extraña.

—Eso.

—¿Eso qué?

—Eso funciona.

Noah soltó una risa.

—¿Ves? Soy un novio excelente.

Julian volvió a caminar.

—No te emociones.

Noah lo siguió.

—Te ha gustado.

—Ha sido convincente.

—Te ha gustado mucho.

—Cien dólares.

—¡Eso no cuenta!

—Funciona de maravilla.

—Eres un cabrón.

—Doscientos.

Noah cerró la boca.

Cinco pasos después:

—Esto es explotación laboral.

Julian se rió.

Noah sintió una satisfacción absurda.

La tienda a la que Julian lo llevó parecía el tipo de lugar donde respirar demasiado fuerte podía generar una factura.

Noah redujo el paso al entrar.

Madera oscura.

Cristal.

Ropa colocada con tanta separación entre una prenda y otra que daba la impresión de que cada camisa necesitaba espacio personal.

No había precios a la vista.

Eso nunca era buena señal.

—No.

—¿Qué?

—Este sitio es demasiado caro.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no hay etiquetas grandes anunciando descuentos.

—Hay etiquetas.

—Escondidas.

Julian soltó su mano.

—Elige lo que te guste.

—¿Y si me gusta algo de dos mil dólares?

—Dudo que encuentres una camisa de dos mil dólares.

—No ha sido un no.

Julian se acercó a un perchero.

Noah lo observó.

—¿Cuánto dinero tienes?

—El suficiente.

—Eso es exactamente lo que diría alguien obscenamente rico.

—No soy obscenamente rico.

Noah miró su reloj.

Después miró a Julian.

—Claro.

Julian cogió una camisa gris.

La colocó frente al pecho de Noah.

—Esta.

Noah bajó la mirada.

—¿Gris?

—Te favorece.

—¿Ya has pensado qué colores me favorecen?

Julian retiró la camisa.

—Tienes ojos claros.

—Me estabas estudiando.

—Tengo ojos.

—Y los utilizas mucho conmigo.

Julian dejó la camisa sobre su brazo.

—Blanca también.

Noah sonrió y empezó a seguirlo.

Aquello podía ser divertido.

Julian escogía prendas con una rapidez desconcertante.

Una camisa blanca.

Otra azul oscura.

Pantalones.

Una americana.

Noah empezó a acumularlo todo sobre el brazo.

—¿Tengo derecho a voto?

—Por supuesto.

—No lo parece.

Julian se detuvo.

—Elige algo.

Noah examinó los percheros.

Cogió una camisa negra.

—Esta.

Julian la miró.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—Esperaba una discusión.

—¿Por qué?

—Porque parece que disfrutas mandándome.

Julian se quedó quieto.

—No disfruto mandándote.

Noah sonrió.

—Una pena.

La mirada de Julian bajó hacia su boca.

Solo un segundo.

Pero Noah lo vio.

Y esta vez fue él quien tuvo que apartar la mirada.

Mierda.

Necesitaba dejar de jugar con algo que todavía no sabía manejar.

—Zapatos —dijo Julian.

—¿También?

—Sí.

—¿Ropa interior?

Julian siguió caminando.

—Eso puedes elegirlo sin supervisión.

—Cobarde.

—Trescientos.

—¡Ni siquiera he hecho nada!

—Sé lo que ibas a hacer.

Noah rió y fue tras él.