Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Seguía cerca.

Demasiado.

—¿Ves? —murmuró—. No ha muerto nadie.

Julian podía sentir su aliento.

Menta.

Otra vez.

Miró su boca.

No debería.

Noah dejó de sonreír.

Por primera vez desde que se habían reencontrado, ninguno de los dos tenía una frase preparada.

Julian fue quien rompió la distancia.

No supo por qué.

Quizá porque detestaba que Noah creyera que podía desconcertarlo.

Quizá porque llevaba nueve años preguntándose cómo habría sido besar al chico que había deseado y odiado al mismo tiempo.

O quizá porque Noah tenía razón y aquello era parte del trabajo.

Lo besó.

Esta vez de verdad.

Una mano de Noah se cerró alrededor del borde del asiento.

Julian notó el movimiento.

También notó que Noah no intentaba tocarlo.

Eso le dio suficiente seguridad para permanecer allí un segundo más.

Dos.

Después se apartó.

El silencio dentro del Porsche se volvió insoportable.

Noah parpadeó.

Julian se abrochó el cinturón.

—Eso —dijo, sorprendido de que su voz sonara normal— ha sido práctica.

Noah tardó un momento en responder.

—Claro.

Julian puso primera.

—Y no volverá a ocurrir sin avisar.

—Entendido.

Salieron del aparcamiento.

Pasaron casi un minuto sin hablar.

Un récord.

Julian empezaba a respirar con normalidad cuando Noah dijo:

—Besas bastante bien para ser tan estirado.

Julian apretó el volante.

—Cien dólares.

—¡¿Qué?!

—Trescientos si sigues.

—Eso es extorsión.

—Cuatrocientos.

Noah cerró la boca.

Julian sonrió.

Esta vez no pudo evitarlo.

Oakridge quedó atrás poco después.

Julian sintió alivio al ver desaparecer las últimas casas por el retrovisor.

No había entendido hasta ese día cuánto detestaba volver allí.

Noah también se había quedado callado.

Miraba el paisaje con la ventanilla ligeramente bajada y un brazo apoyado en la puerta.

Sin las gafas, parecía diferente.

Más joven, quizá.

O simplemente menos protegido.

—¿Te arrepientes? —preguntó Julian.

Noah giró la cabeza.

—¿De qué?

—De venir.

—Todavía no.

—Respuesta tranquilizadora.

—Pregúntame cuando conozca a tus amigos ricos.

—No son mis amigos.

—Tus colegas ricos.

—Tampoco todos son ricos.

—¿Tú sí?

Julian lo miró.

Noah sonreía.

—No tienes ningún filtro.

—Tengo curiosidad.

—Pues aprende a convivir con ella.

—Definitivamente eres rico.

Julian decidió ignorarlo.

Noah volvió a mirar por la ventanilla.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tienes novio?

La pregunta llegó con una naturalidad engañosa.

—No.

—¿Hace cuánto?

Julian dudó.

—Bastante.

—¿Meses?

—Noah.

—¿Años?

—¿Esto forma parte de tu preparación profesional?

—Necesito conocer a mi pareja.

Julian suspiró.

—Dos años.

Noah volvió la cara.

—¿Dos años sin novio?

—Sí.

—¿Y sin...?

Julian lo miró.

Noah levantó las manos.

—Vale. Nada de intimidades. Lo recuerdo.

Julian volvió la atención a la carretera.

—¿Y tú?

No sabía por qué había preguntado.

Noah tardó en responder.

—Nunca.

Julian frunció el ceño.

—¿Nunca qué?

—Nunca he tenido novio.

Aquello sí lo sorprendió.

—¿En serio?

—¿Por qué te extraña tanto?

Julian lo miró de arriba abajo antes de poder impedirlo.

Noah soltó una risa.

—Ah. Por eso.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Eres un hombre atractivo.

La sonrisa de Noah perdió algo de fuerza.

—Gracias.

—Y no pareces precisamente tímido.

—No lo soy.

—Entonces...

Noah se encogió de hombros.

—Salí del armario hace tres años. Ya has visto dónde vivía.

Julian recordó al padre.

A Kevin.

Las miradas dentro del centro comercial.

—Sí.

—Aquí no hay demasiadas opciones. Y menos si no tienes coche para irte a la ciudad cada vez que quieres conocer a alguien.

—Existen aplicaciones.

—También existe la posibilidad de que la mitad de los perfiles sean tíos que conozco desde primaria y que siguen fingiendo que son heterosexuales.

Julian no pudo discutir eso.

—¿Así que nada?

—No he dicho nada.

Julian arqueó una ceja.

—Una vez fui a un club en la ciudad.

—Ah.

—Y ocurrió algo.

—No necesito detalles.

—No pensaba dártelos.

—Bien.

Silencio.

—Fue en un baño.

Julian cerró los ojos.

—Noah.

—Solo era contexto.

—No necesito contexto.

Noah se rió.

Pero la risa desapareció pronto.

—No es que haya tenido una vida sexual especialmente emocionante, si es lo que preguntas.

Julian no estaba seguro de qué había estado preguntando.

Aquello le resultaba difícil de encajar.

Noah tenía una seguridad física casi insolente. Coqueteaba sin esfuerzo. Miraba directamente. Tocaba cuando quería tocar. Besaba como si nunca hubiese dudado de sí mismo.

Pero quizá Julian estaba confundiendo seguridad con experiencia.

—¿Y el instituto? —preguntó.

Noah lo miró.

—¿Qué pasa con el instituto?

—Has dicho que yo te gustaba.

—Sí.

—Pero salías con chicas.

—Sí.

—¿Nunca estuviste con un chico?

La expresión de Noah cambió.

—No.

Julian sintió algo extraño en el estómago.

No supo identificarlo.

—Entonces yo...

Se detuvo.

Noah sonrió lentamente.

—¿Tú qué?

—Nada.

—Vamos.

—Noah.

—¿Fui tu primer chico?

Julian apretó la mandíbula.

—No he dicho eso.

—No hace falta.

—Noah.

La sonrisa se ensanchó.

—Fui tu primer chico.

—Te voy a cobrar otros cien dólares simplemente por existir.

Noah rió.

Julian volvió a mirar la carretera.

Pero una pregunta ya se había instalado en su cabeza.

—Entonces el beso de antes...

—¿Qué pasa con él?

Julian dudó.

—¿Has besado a muchos hombres?

Noah permaneció callado.

Demasiado.

Julian volvió la cabeza.

—Noah.

—Define muchos.

—Oh, Dios.

—Dos.

Julian parpadeó.

—¿Dos?

—Tres contigo.

Julian casi pisó el freno.

Noah empezó a reírse.

—¡Mira la carretera!

—Estoy mirando.

—Parece que acabas de descubrir que tengo una enfermedad.

—No es eso.

—¿Entonces?

Julian no tenía una respuesta razonable.

Porque lo que acababa de descubrir modificaba retrospectivamente aquel beso.

Y no debería.

No significaba nada.

Era parte del acuerdo.

Una práctica.

Noah se acomodó contra el asiento.

—Tranquilo. No voy a ponerme sentimental porque seas el tercer hombre al que beso.

—No estaba preocupado.

—Ya.

—Y tú tampoco deberías interpretar esto como algo que no es.

Noah dejó de sonreír.

—No lo hago.

—Bien.

—Me pagas por estar aquí. Lo tengo bastante claro.

Otra vez.

Aquella misma frialdad mínima.

Julian la detectó.

Y esta vez supo que había sido él quien la había provocado.

No dijo nada.

Tampoco Noah.

El Porsche siguió avanzando por la carretera mientras Oakridge desaparecía definitivamente detrás de ellos.

Julian debería haberse sentido mejor.

Había conseguido exactamente lo que necesitaba: una pareja falsa atractiva, convincente y dispuesta a seguirle el juego durante el fin de semana.

El problema era que empezaba a sospechar que Noah Beck podía ser muchas cosas.

Fácil de manejar no era una de ellas.

Y todavía quedaban tres días.