Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 2 #2
23%

Capítulo 2 #2

—¿Quién es?

Noah tardó un segundo.

—Mi padre.

Julian volvió la cabeza.

—¿Qué?

—Ese es mi padre.

—Noah...

—Aparca.

Julian debería haberse negado.

En cambio, encontró una plaza a pocos metros.

El hombre los vio inmediatamente.

Su rostro se endureció.

Noah abrió la puerta.

—No hace falta que vengas.

Eso sorprendió a Julian.

—¿Qué vas a hacer?

—Comprar algo.

—Has dicho que querías despedirte de alguien.

—Ya lo he hecho.

Noah señaló con la barbilla hacia su padre.

—Me ha visto.

Salió.

Julian permaneció dentro.

El padre de Noah no se acercó.

Noah tampoco fue hacia él.

Simplemente rodeó el Porsche y, para sorpresa de Julian, abrió la puerta del conductor.

—¿Vienes?

—¿Me estás abriendo la puerta?

—Estoy intentando proyectar cierta categoría.

Julian lo miró.

Noah mantuvo una expresión completamente seria.

—Eres idiota.

—Pero educado.

Julian salió.

En cuanto se incorporó, sintió la mirada del hombre.

No era imaginación.

El padre de Noah lo estaba observando.

A él.

Después a Noah.

Y de nuevo a él.

Julian conocía aquella mirada.

Había crecido rodeado de ella.

Sintió cómo el cuerpo se le tensaba antes de poder evitarlo.

Noah debió notarlo.

Porque no hizo ninguna broma.

Simplemente se colocó a su lado.

Muy cerca.

—Vamos.

Empezaron a caminar.

—Noah.

La voz llegó desde detrás.

Noah se detuvo.

Julian también.

—¿Qué haces aquí?

El padre no miraba a su hijo.

Miraba a Julian.

Noah se dio cuenta.

—Comprando.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

Noah guardó silencio.

Entonces hizo algo que Julian no esperaba.

Le cogió la mano.

Sin teatro.

Sin sonrisa.

Entrelazó los dedos con los suyos y dijo:

—Me voy.

El hombre apretó la mandíbula.

—Ya te fuiste hace tres años.

Noah no reaccionó.

Pero su mano se cerró con más fuerza alrededor de la de Julian.

—Esta vez más lejos.

—Haz lo que quieras.

—Eso pensaba hacer.

Su padre miró sus manos.

El desprecio fue tan evidente que Julian sintió algo antiguo moverse dentro de él.

Algo que detestaba.

Durante un instante volvió a tener diecisiete años.

Volvió a saber exactamente lo que significaba entrar en un lugar y descubrir que alguien había decidido que tu mera presencia era ofensiva.

Quiso soltar a Noah.

No porque le avergonzara.

Porque su cuerpo todavía recordaba cómo protegerse.

Noah se volvió hacia él.

Sus ojos se encontraron.

Y Julian supo que lo había notado.

Noah no dijo nada.

Solo levantó sus manos unidas y besó los nudillos de Julian.

Un gesto pequeño.

Casi absurdo.

Pero deliberado.

La mirada de su padre se endureció.

—Eres una vergüenza.

Noah sonrió.

No aquella sonrisa enorme que utilizaba para provocar.

Otra.

Mucho más fría.

—Sí. Ya me lo dijiste.

Y siguió caminando.

Julian fue con él.

No se dio cuenta hasta varios pasos después de que todavía estaban cogidos de la mano.

—Puedes soltarme.

—Puedes soltarme tú.

Julian miró sus manos.

Noah tenía razón.

Fue él quien se apartó.

—Eso no ha sido una práctica.

—No.

—Me has utilizado para provocar a tu padre.

Noah se detuvo frente a las puertas automáticas.

—Sí.

La admisión directa lo desconcertó.

—¿Y no vas a disculparte?

—¿Quieres que lo haga?

Julian abrió la boca.

No supo qué responder.

Noah se quitó las gafas.

Ya no parecía divertido.

—Lo siento.

Aquello era todavía peor.

Porque sonaba sincero.

—No debería haberte metido en eso.

Julian lo estudió.

—¿Por qué lo has hecho?

Noah miró hacia el aparcamiento.

—Porque durante tres años he imaginado cómo sería volver aquí sin tener que esconder nada.

La respuesta dejó a Julian sin réplica.

Noah volvió a ponerse las gafas.

—Y porque soy un gilipollas.

Eso sí consiguió que Julian resoplara.

—Al menos eres consciente.

Las puertas se abrieron.

Entraron.

Noah recuperó parte de su ligereza en cuanto estuvieron dentro.

—Ahora sí. Bebida.

—Una.

—Y quizá vino.

—No.

—Tú necesitas vino.

—Necesito que dejes de decidir lo que necesito.

—Eso suena exactamente a algo que diría alguien que necesita vino.

Julian lo siguió hacia uno de los pasillos.

Estaba empezando a comprender algo preocupante.

Noah era agotador.

Pero no de la manera que recordaba.

Antes había sido cruel porque tenía público.

Este Noah parecía provocar porque no sabía qué hacer con el silencio.

Como si cualquier momento que amenazara con volverse demasiado serio tuviera que romperse antes de que alguien pudiera mirar dentro.

Julian conocía ese mecanismo.

El suyo simplemente era distinto.

—Noah.

Él se volvió.

—¿Qué?

—Una cosa.

—Dime.

—No vuelvas a llamarme Lovelace.

La expresión de Noah cambió.

—Vale.

Julian había esperado una broma.

No llegó.

—Lo digo en serio.

—Ya lo sé.

—Ese nombre...

—Lo sé.

Noah bajó la voz.

—No volveré a usarlo.

Julian lo miró durante unos segundos.

—Gracias.

Noah asintió.

Y siguió andando.

Aquello había sido demasiado fácil.

Quizá por eso le afectó más.

Encontraron las bebidas al fondo.

Noah cogió una botella de agua, otra de refresco y, después de ignorar ostensiblemente la mirada de Julian, una botella de vino.

—He dicho que no.

—Y yo he decidido ejercer mi libertad como ciudadano.

—No vas a beber en mi coche.

—Entonces tendremos que bebérnosla juntos en el hotel.

Julian sintió que se le calentaban las orejas.

Noah lo vio.

Una sonrisa lenta apareció en su cara.

—Vaya.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—No puedes descontarme dinero por pensamientos.

—Todavía.

Noah rió.

Esta vez Julian también.

Muy poco.

Pero lo hizo.

Noah abrió mucho los ojos.

—¡Lo he conseguido!

Varias personas se volvieron.

—Baja la voz.

—Has dicho que no me reiría antes de llegar al hotel.

—Yo no he dicho eso.

—Lo has insinuado.

—Eso no tiene ninguna validez contractual.

—¿Has visto Suits?

Julian negó con la cabeza y continuó caminando.

—Eres insoportable.

—Tres mil quinientos dólares, cariño. Nadie dijo que fuese barato.

Julian se detuvo.

No por el cariño.

Por el hombre que acababa de aparecer al final del pasillo.

Rubio.

Uniforme del establecimiento.

Veintitantos.

El parecido con Noah no era extraordinario, pero una vez que sabías buscarlo estaba ahí.

La forma de los ojos.

La mandíbula.

Noah dejó de sonreír.

—Kevin.

El hermano.

Julian lo supo antes de que Noah dijera nada más.

Kevin miró primero a Noah.

Después a Julian.

Y por último a la botella de vino.

—¿Qué haces aquí?

—Comprando.

—Ya lo veo.

Kevin miró a Julian otra vez.

—¿Quién es?

Noah tardó apenas un segundo.

—Mi pareja.

Julian giró la cabeza.

Noah ni siquiera lo miró.

Kevin soltó una risa corta.

—Claro.

Algo en el tono hizo que Noah se tensara.

—¿Tienes algún problema?

—Ninguno.

Kevin colocó una caja en una estantería.

—Solo me sorprende que alguien como él esté contigo.

Noah se quedó inmóvil.

Julian observó el cambio.

Era pequeño.

Casi invisible.

Pero después de una hora con Noah empezaba a reconocer cuándo una frase encontraba carne debajo de toda aquella arrogancia.

—Pues acostúmbrate —respondió.

Kevin sonrió.

—¿Cuánto le has contado?

Noah dejó la botella en el carrito.

—No empieces.

—¿Sabe siquiera quién eres?

Julian intervino antes de pensarlo.

—Sí.

Kevin lo miró.

—No estaba hablando contigo.

—Pero estás hablando de mi pareja delante de mí.

Silencio.

Noah volvió la cabeza hacia Julian.

Aquello no estaba ensayado.

Julian tampoco supo muy bien por qué lo había hecho.

Tal vez porque Kevin le desagradaba.

Tal vez porque sabía que aquel era el hermano que se había quedado con el dinero de Noah.

O quizá porque acababan de pagarle tres mil quinientos dólares para representar un papel y Julian odiaba hacer mal cualquier trabajo.

Prefería esa explicación.

Kevin soltó una risa.

—Buena suerte.

—No la necesita —dijo Julian.

Noah seguía mirándolo.

—Vámonos —dijo finalmente.

Cogió las bebidas.

Pasaron junto a Kevin.

Noah no le hizo ningún gesto obsceno.

No lo insultó.

No montó ninguna escena.

Solo se detuvo un instante.

—No voy a volver, Kevin.

Su hermano se encogió de hombros.

—Mejor.

Noah asintió.

—Sí.

Continuó caminando.

Julian lo siguió.

Noah no habló durante todo el trayecto hasta las cajas.

Ya en el aparcamiento, Julian guardó las compras en el maletero.

Noah se apoyó en el coche.

—Has estado bien.

Julian cerró el maletero.

—¿En qué?

—Ahí dentro.

—Estaba interpretando mi papel.

—Claro.

Noah sonrió.

Julian no supo por qué aquella sonrisa le molestó.

—Eso es lo que me estás pagando por hacer.

—Técnicamente, soy yo quien cobra.

—Sabes perfectamente lo que quiero decir.

Noah abrió la puerta del acompañante.

—Tranquilo, doctor. No voy a enamorarme porque hayas defendido mi honor en un supermercado.

Julian se quedó quieto.

—¿Doctor?

—Has dicho que el congreso es médico.

—Eso no significa que yo sea médico.

Noah asomó la cabeza por encima de la puerta.

—¿No lo eres?

—No.

—Entonces ¿qué haces?

Julian abrió la puerta del conductor.

—Ya hablaremos de eso.

—Misterioso.

—No. Simplemente quiero salir de este aparcamiento.

Noah entró en el coche.

Julian hizo lo mismo.

Puso el motor en marcha.

Estaban a punto de incorporarse a la salida cuando Noah dijo:

—Por cierto.

—¿Qué?

—Mi padre sigue mirando.

Julian echó un vistazo al retrovisor.

Era verdad.

El hombre seguía junto a la entrada.

Observándolos.

—Ignóralo.

—Podría.

Julian conocía ya ese tono.

—Noah.

—Estamos practicando.

—No.

—Solo un beso.

—Definitivamente no.

Noah se acercó.

Julian puso una mano contra su pecho.

Error.

La camiseta estaba caliente.

Debajo, el músculo se tensó.

Los dos bajaron la mirada hacia la mano.

Julian la retiró inmediatamente.

Noah sonrió.

—Te pones nervioso muy rápido.

—No estoy nervioso.

—Tienes las orejas rojas.

—Hace calor.

—El aire acondicionado está encendido.

—Noah.

—Julian.

Aquello era ridículo.

—Si vas a besarme durante el congreso —dijo Noah—, deberíamos saber hacerlo sin parecer dos desconocidos.

—Podemos fingir perfectamente sin besarnos.

—Hasta que alguien espere que lo hagamos.

—Nadie va a...

Noah se inclinó.

Julian tuvo tiempo de apartarse.

No lo hizo.

Los labios de Noah tocaron los suyos.

Nada más.

Un contacto breve.

Casi casto.

Y precisamente por eso Julian se quedó inmóvil.

Había esperado una provocación.

Algo exagerado.

Una broma.

No aquello.

Noah se apartó unos centímetros.