Capítulo 2
Julian llevaba cinco minutos esperando dentro del Porsche y ya se había arrepentido unas doce veces.
Cambió de emisora.
Jazz.
No.
La siguiente.
Una voz hablaba de política.
Peor.
Apagó la radio.
El silencio tampoco ayudó.
Apoyó ambas manos sobre el volante y miró hacia la cafetería.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Noah Beck.
De todas las personas a las que podía haber recurrido, había escogido a Noah Beck.
Durante nueve años había conseguido reducirlo a algo que pertenecía al pasado.
Una colección de recuerdos desagradables que ya no tenían ningún poder sobre él: pasillos recorridos con la cabeza gacha, risas a su espalda, el miedo constante a encontrarse con un grupo de jugadores del equipo de fútbol y descubrir demasiado tarde que Noah estaba entre ellos.
Había trabajado mucho para dejar atrás al chico que había sido.
Universidad. Terapia. Una carrera. Una vida a cientos de kilómetros de Oakridge.
Y ahora acababa de ofrecer tres mil quinientos dólares al principal responsable de que sus últimos años de instituto hubieran sido un infierno para que fingiera ser su pareja durante todo un fin de semana.
Julian cerró los ojos.
Era objetivamente una idea espantosa.
Lo peor era que no podía culpar al impulso.
Había tenido tiempo para pensarlo.
Demasiado.
Porque encontrar a Noah allí sí había sido una casualidad. Detenerse en aquella cafetería, también.
La propuesta no.
Esa había nacido durante el café, mientras escuchaba una historia que no esperaba y observaba al hombre en el que se había convertido el chico al que había odiado durante años.
Me gustabas.
Julian abrió los ojos.
No.
No iba a volver a pensar en eso.
Especialmente porque Noah Beck, por algún capricho particularmente cruel del universo, se había convertido en un hombre escandalosamente atractivo.
Julian había esperado sentir satisfacción al verlo.
Tal vez incluso lástima.
No aquello.
Nunca aquello.
Un movimiento tras el cristal de la cafetería llamó su atención.
Noah apareció con una bolsa de lona colgada del hombro.
Se había duchado.
El pelo castaño seguía húmedo y llevaba unos vaqueros, zapatillas y una camiseta blanca que se ajustaba demasiado a su cuerpo.
Julian lo observó acercarse.
Mal.
Muy mal.
Noah dejó la bolsa en el asiento trasero y cerró la puerta.
—Un momento.
Antes de que Julian pudiera preguntarle nada, regresó hacia la cafetería.
—¿Adónde vas?
Noah levantó una mano sin volverse.
Julian soltó aire por la nariz.
Por supuesto.
Esperó.
A través del ventanal distinguió a Noah acercándose a Tobias. El viejo seguía detrás de la barra.
Hablaron.
Julian no podía oírlos, pero tampoco hacía falta.
Tobias negó con la cabeza.
Noah extendió una mano.
El hombre volvió a negarse.
Noah señaló hacia algún lugar detrás de la barra y dijo algo más.
Tobias se puso en pie.
Julian se enderezó en el asiento.
—No.
El viejo señaló a Noah con un dedo.
Noah respondió.
—Noah...
Tobias dio un golpe sobre la barra.
Julian llevó una mano al claxon.
No llegó a pulsarlo.
Noah permaneció completamente quieto durante unos segundos.
Después se inclinó sobre el mostrador, cogió algo —Julian no distinguió qué— y se lo guardó en el bolsillo.
Tobias intentó agarrarlo del brazo.
Noah se soltó de un tirón.
Julian abrió la puerta.
No pensaba involucrarse.
Absolutamente no.
Pero entonces Noah dijo algo.
Incluso desde el coche, Julian vio cómo la cara de Tobias se volvía roja.
Noah sonrió.
Una sonrisa enorme.
Y salió de la cafetería.
Tobias apareció detrás de él.
—¡Beck!
Noah aceleró el paso.
—¡Como vuelvas a pisar mi local...!
—¡Ese era exactamente el plan!
—¡No vuelvas a pedirme trabajo cuando te quedes sin un puto duro!
Noah abrió la puerta del acompañante.
—Buenos días para ti también, Tobias.
—¡Noah!
—Arranca.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Te está persiguiendo un hombre de sesenta años.
—Tiene cincuenta y cuatro.
—Eso no mejora la situación.
Noah cerró la puerta.
Tobias estaba ya a pocos metros del coche.
—Arranca, Julian.
—¿Te ha dado tu finiquito?
Noah levantó un puñado de billetes.
—Hasta el último centavo.
—Entonces ¿por qué está intentando matarte?
Noah guardó el dinero.
—Puede que le haya dicho un par de cosas.
Tobias golpeó el techo del Porsche con la palma.
Julian palideció.
—¡Eh!
Eso sí era intolerable.
Bajó la ventanilla.
—¡No toque el coche!
Tobias lo miró como si acabara de descubrir su existencia.
Noah soltó una carcajada.
—Ahora sí te has metido en problemas, viejo.
—Cállate —masculló Julian.
Puso primera.
Tobias dio un paso atrás.
—¡Y tú! —gritó, señalando a Noah—. ¡No durarás ni una semana fuera de aquí!
La sonrisa de Noah desapareció.
Solo durante un instante.
Julian lo vio.
Después Noah sacó el brazo por la ventanilla y le dedicó un gesto obsceno.
—Vamos a comprobarlo.
Julian arrancó antes de que aquello pudiera degenerar.
No dijo nada hasta que la cafetería desapareció por el retrovisor.
Entonces:
—Eres un completo desastre.
Noah reclinó el asiento.
—Y llevamos juntos menos de una hora. Espera a conocerme mejor.
Julian lo miró de reojo.
Noah sonreía.
Como si acabara de salir de una fiesta en lugar de abandonar el único trabajo y la única vivienda que tenía.
—¿Qué le has dicho?
—Nada importante.
—Noah.
—Le he explicado mi opinión sobre su política salarial.
—¿Y?
—Sobre su carácter.
—¿Y?
—Sobre su higiene personal.
Julian cerró los ojos un segundo.
—Estoy conduciendo. No puedo estrangularte.
—Qué suerte la mía.
—¿Por qué necesitas convertir todo en una provocación?
La sonrisa de Noah se redujo.
—No todo.
—Acabo de verte abandonar un trabajo haciendo que tu jefe salga detrás de ti a gritos.
—Mi antiguo jefe.
—Eso es exactamente a lo que me refiero.
Noah miró por la ventanilla.
Durante unos segundos no respondió.
—Llevaba tres años tragando mierda de ese hombre.
Julian volvió los ojos hacia la carretera.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiendes.
La respuesta no fue agresiva.
Eso consiguió que Julian prestara más atención.
Noah apoyó la cabeza contra el cristal.
—Tobias sabía que no tenía dónde ir. Por eso podía pagarme lo que le daba la gana. Si protestaba, me recordaba que la habitación estaba incluida. Si pedía un día libre, me recordaba la habitación. Si llegaba cinco minutos tarde...
—La habitación.
—Exacto.
Julian apretó ligeramente el volante.
Aquello cambiaba algunas cosas.
No todas.
—Aun así, podrías haberte marchado sin montar una escena.
Noah volvió la cara hacia él.
—¿Y qué diversión tendría eso?
Julian suspiró.
Ahí estaba otra vez.
—No tienes remedio.
—Eso me han dicho.
Noah estiró las piernas.
Parecía relajado.
Demasiado.
Julian llevaba todo el cuerpo en tensión y aquel hombre acababa de abandonar su vida entera con una bolsa de lona en el asiento trasero.
—¿Eso es todo lo que tienes?
Noah siguió su mirada hacia atrás.
—Más o menos.
—¿Todo?
—No soy muy materialista.
Julian observó la bolsa.
Estaba desgastada en los bordes.
—Ya.
Noah giró la cabeza.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Esa cara.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—La de pobre Noah.
Julian volvió la atención a la carretera.
—No siento pena por ti.
—Perfecto.
—Aunque empiezo a pensar que debería preocuparme por mí.
Noah sonrió.
—Eso sí.
Julian intentó no devolverle la sonrisa.
Fracasó.
Solo un poco.
Noah lo vio.
Por supuesto que lo vio.
—Mira eso.
—¿Qué?
—Te caigo bien.
—No exageremos.
—Has sonreído.
—Un espasmo muscular.
—Claro.
Julian subió el volumen de la radio.
Noah lo bajó.
—Tenemos que hablar del fin de semana.
—Precisamente estaba intentando evitar hablar contigo.
—Me pagas tres mil quinientos dólares. Tendrás que soportarme.
Julian se arrepintió por decimotercera vez.
—Es un congreso de medicina y farmacología. Habrá médicos, investigadores, representantes de laboratorios y varios inversores.
Noah puso cara de profunda concentración.
—Gente divertida.
—No vas allí a divertirte.
—Eso empieza a preocuparme.
—Vas como mi pareja. Necesito que seas educado, discreto y...
Julian lo miró.
Noah esperaba.
—Vestido —terminó.
Noah bajó la vista hacia su camiseta.
—Estoy vestido.
—Me refiero durante todo el evento.
—Ah.
—Y no hagas comentarios sexuales delante de nadie.
—¿Ni siquiera sobre ti?
—Especialmente sobre mí.
—Entonces ¿cómo van a creer que somos pareja?
Julian respiró despacio.
—Las parejas normales pueden pasar una velada completa sin hablar de su vida sexual.
—Las aburridas.
—Noah.
—Vale.
Levantó ambas manos.
—Seré encantador.
Eso era exactamente lo que Julian temía.
—Necesitamos acordar una historia.
—Nos conocimos en una orgía.
Julian lo miró.
Noah aguantó unos segundos antes de reírse.
—Joder, eres facilísimo.
—Cien dólares.
La risa desapareció.
—¿Qué?
—Te descuento cien dólares.
—¿Por hacer una broma?
—Por poner a prueba mi paciencia.
—Eso no estaba en el acuerdo.
—Acabo de añadirlo.
—No puedes modificar unilateralmente un contrato verbal.
Julian arqueó una ceja.
—Vaya. ¿También eres abogado?
—He visto Suits.
Julian tuvo que morderse el interior de la mejilla.
No iba a reírse.
Noah lo miró con sospecha.
—Casi lo haces.
—No sé de qué hablas.
—Te voy a hacer reír antes de llegar al hotel.
—Si lo consigues, te descuento otros cien.
—Eres un tirano.
—Y tú mi empleado.
Eso cambió algo.
Fue mínimo.
Pero Julian lo percibió.
La boca de Noah continuó curvada, aunque la diversión abandonó sus ojos.
—Claro.
Julian sintió una incomodidad inmediata.
No había querido...
No.
No iba a disculparse por recordar la naturaleza del acuerdo.
Era exactamente lo que era.
—Necesitamos parar —dijo Noah.
—¿Por qué?
—Quiero comprar algo de beber.
—Podemos parar en una gasolinera más adelante.
—Prefiero el centro comercial.
Julian miró el cartel que acababan de dejar atrás.
Oakridge Shopping Center.
—Creía que querías largarte de este sitio.
—Y quiero.
Noah se puso las gafas de sol.
—Pero primero tengo que despedirme de alguien.
Julian comprendió que había cometido un error en cuanto entraron en el aparcamiento.
Noah se incorporó en el asiento.
La despreocupación había desaparecido.
—Allí.
Señaló hacia la entrada.
Un guardia de seguridad recorría lentamente la acera.
—Aparca cerca.
Julian redujo la velocidad.