Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Noah apoyó una mano en el pecho.

—Lovelace, por favor. Soy un profesional.

Los ojos de Julian bajaron deliberadamente hasta su torso desnudo.

—Ya veo.

Noah sintió el recorrido de aquella mirada como si hubiese sido un contacto físico.

—¿Por qué yo?

La pregunta salió más seria.

Julian tardó demasiado en responder.

—Porque necesito a alguien convincente.

—Eso no responde a nada.

—Eres atractivo.

—Sigue.

—No abuses.

—Has empezado tú.

Julian negó con la cabeza.

—Sabes desenvolverte con la gente. No te intimida que te miren. Y, por lo que veo, necesitas dinero.

La última parte borró la sonrisa de Noah.

—Ah.

—No pretendía...

—Sí, sí pretendías.

Julian cerró la boca.

Noah miró el billete de cien dólares que todavía tenía en la mano.

—¿Cuánto?

—Tres mil quinientos.

Noah esperó.

Julian no añadió nada.

—¿Dólares?

—No pensaba pagarte en cupones de descuento.

—Tres mil quinientos dólares —repitió Noah, más para sí mismo que para él.

—Por el fin de semana.

Era una barbaridad.

Noah intentó que no se le notara.

Tres mil quinientos dólares no eran un capricho. Eran meses de respirar con algo menos de agua al cuello. Una habitación en otro sitio. Tiempo para buscar un trabajo decente. Incluso la posibilidad de volver a guardar dinero para algo que no fuese simplemente sobrevivir hasta el mes siguiente.

Y Julian acababa de ofrecérselos como quien pagaba una cena.

Eso, más que tranquilizarlo, despertó sus sospechas.

—¿Qué tendría que hacer exactamente?

—Acompañarme. Estar a mi lado. Hablar con gente. Dejar que crean que estamos juntos.

—¿Besarte?

Julian inclinó ligeramente la cabeza.

—Si resulta necesario.

Noah miró su boca.

Esta vez no disimuló.

—Empiezo a entender por qué pagas tan bien.

—No te emociones.

—Me ofende que pienses que tres mil quinientos dólares bastan para comprar mi entusiasmo.

—Hace diez minutos estabas dispuesto a quedarte cien.

—Mi valor de mercado acaba de subir considerablemente.

Una sonrisa apareció en la boca de Julian.

Noah entrecerró los ojos.

Había algo que no terminaba de cuadrarle.

Nadie pagaba tres mil quinientos dólares a un antiguo compañero de instituto al que no veía desde hacía nueve años simplemente porque necesitaba compañía durante un fin de semana.

—Quiero los gastos cubiertos.

—Por supuesto.

—Todos.

—Hotel, comida, ropa si la necesitas y desplazamientos.

Noah arqueó una ceja.

—¿Ropa?

Julian recorrió con la mirada el uniforme anudado alrededor de su cintura.

—Definitivamente, ropa.

—Cabrón.

—¿Algo más?

Noah estuvo a punto de decir que no.

Entonces miró hacia la puerta del almacén.

Tres años atrapado allí.

—Sí.

Julian esperó.

—Cuando esto termine, no quiero volver.

La expresión divertida desapareció lentamente de su rostro.

—¿Volver aquí?

—Exacto.

Noah apoyó los antebrazos sobre la barra.

—Así que, cuando cumplamos con tu pequeña representación, me compras un billete de avión al lugar que yo elija.

—¿A cualquier lugar?

—Dentro del país. Tampoco voy a aprovecharme.

—Qué considerado.

—Tengo principios.

Julian miró alrededor de la cafetería.

—¿Y ya sabes adónde quieres ir?

Noah pensó unos segundos.

Había un sitio que llevaba años asociando con empezar de nuevo, aunque probablemente no tuviera ningún sentido.

—Las Vegas.

Julian arqueó una ceja.

—Las Vegas.

—¿Hay algún problema?

—Ninguno.

Extendió la mano.

—Tres mil quinientos, todos los gastos cubiertos y un billete de ida a Las Vegas cuando terminemos.

Noah miró aquella mano.

Nueve años atrás habría dado cualquier cosa por tocar a aquel chico sin sentir miedo de quién pudiera verlo.

Ahora Julian estaba ofreciéndosela.

La ironía casi le hizo reír.

Noah la estrechó.

—Trato hecho.

Julian no retiró la mano inmediatamente.

Noah tampoco.

Durante un segundo absurdo, se quedaron así, separados por la barra, mirándose.

La palma de Julian estaba fresca.

La suya probablemente no.

—Una cosa más —dijo Julian.

—Ya empezamos.

—La conferencia empieza mañana.

Noah soltó su mano.

—¿Mañana?

—Tenemos que irnos hoy.

—Tengo trabajo.

Julian miró hacia Tobias.

Después volvió a mirarlo a él.

—Noah.

—¿Qué?

—Vives detrás de una cafetería y tu jefe acaba de pasar cuarenta minutos viendo un concurso mientras tú llenabas su nevera.

Noah apretó los labios.

—No hacía falta resumirlo.

—Pide tu finiquito.

—¿Así de fácil?

Julian cogió las llaves del Porsche.

—No he dicho que sea fácil.

Se puso las gafas de sol.

—He dicho que te vengas conmigo.

Noah lo vio caminar hacia la puerta.

Antes de salir, Julian se volvió.

—Ah. Y ponte una camisa.

Noah bajó la vista hacia su torso.

—Pensaba que te gustaban las vistas.

Julian abrió la puerta.

—Me encantan.

Y se marchó.

Noah se quedó inmóvil.

Luego miró a Tobias.

Tobias seguía frente al televisor.

Miró el billete de cien dólares.

Después el Porsche aparcado bajo la sombra.

Y por último la puerta del almacén.

Tres años diciéndose que algún día se marcharía.

Quizá el problema era que había estado esperando que ese día pidiera permiso.

Noah dejó el trapo sobre la barra.

—Tobias.

El viejo gruñó sin apartar los ojos de la pantalla.

—¿Qué quieres ahora?

—Mi finiquito.