Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4) Capítulo 1
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Capítulo 1

Noah llevaba toda la tarde esperando que el aire acondicionado terminara de morir.

No porque funcionara especialmente bien cuando estaba vivo, sino porque al menos entonces Tobias tendría que reconocer que aquel zumbido asmático que salía de la rejilla del techo no servía para una mierda.

A las cuatro y veinte, con treinta y tantos grados fuera y probablemente alguno más dentro de la cafetería, Noah decidió que había cumplido con su parte del trato.

Se desabrochó la camisa del uniforme.

—Ni se te ocurra.

Noah ni siquiera miró hacia la barra. Se sacó un brazo de la manga y luego el otro.

—Demasiado tarde.

—Te he dicho mil veces que no quiero verte medio desnudo delante de los clientes.

—No hay clientes.

Se anudó las mangas alrededor de la cintura y se agachó para recoger la caja de refrescos que había dejado junto a la nevera.

—Y no estoy medio desnudo. Llevo pantalones.

Tobias soltó un gruñido.

Noah sonrió.

Aquello era lo más parecido a ganar una discusión que podía esperarse con él.

Abrió la nevera y una ráfaga de aire frío le golpeó la cara. Cerró los ojos un instante.

Dios.

Metería la cabeza entera allí dentro si Tobias no fuese capaz de descontarle del sueldo el consumo eléctrico.

Empezó a colocar las botellas.

La televisión sonaba a su espalda. Tobias llevaba casi una hora sentado detrás de la barra viendo un concurso, pero tenía la habilidad sobrenatural de detectar cualquier momento en el que Noah dejara de trabajar durante más de quince segundos.

Noah sospechaba que era su único talento.

—Te has dejado dos mesas sin limpiar.

—Están limpias.

—La cinco tiene una mancha.

—Entonces no está limpia.

—Eso acabo de decir.

Noah cerró los ojos.

Uno.

Dos.

Tres.

Necesitaba aquel trabajo.

Por desgracia.

También necesitaba el cuartucho que venía con él y que Tobias llamaba alojamiento para empleados porque habitación sin ventilación detrás del almacén probablemente habría resultado menos atractivo en el anuncio.

Así que Noah sacó otra botella de la caja.

Tres años.

Llevaba tres años diciéndose que aquello era temporal.

Primero hasta conseguir otro empleo.

Después hasta ahorrar algo.

Luego hasta recuperar una parte de lo que Kevin le había robado.

Ahora había dejado de poner fechas.

Su hermano se había largado con prácticamente todo lo que Noah había reunido para la escuela de aviación y su familia había solucionado el pequeño inconveniente de que Noah fuera homosexual dejando de considerarlo parte de ella.

En retrospectiva, salir del armario había sido bastante menos liberador de lo anunciado.

No había habido una nueva vida.

Ni hombres interesantes.

Ni libertad.

Solo una maleta, trabajos de mierda y la constatación de que ser gay en un condado donde conocías a todos desde que llevaban pañales no abría precisamente un universo de posibilidades sexuales.

Noah había imaginado otra cosa.

Muchas otras cosas.

En ninguna aparecía Tobias.

—Beck.

—¿Qué?

—La mesa.

Noah cerró la nevera de golpe.

—Voy.

Cogió el trapo y salió de detrás de la barra.

A sus veintisiete años, aquel era el punto culminante de su carrera profesional: borrar una mancha de kétchup bajo la supervisión de un hombre que se pasaba la tarde viendo la televisión.

Al menos seguía teniendo un buen culo.

Eso tampoco pagaba facturas, pero era importante conservar alguna certeza.

Se inclinó sobre la mesa.

Fuera, el aire temblaba sobre el asfalto. La carretera parecía abandonada hasta que un sonido grave y limpio atravesó el silencio.

Noah levantó la cabeza.

Un coche redujo la velocidad.

No necesitó verlo para saber que no era uno de los habituales.

El motor tenía un sonido demasiado bonito.

Se acercó a la ventana justo cuando un Porsche gris plata entraba en el aparcamiento.

Noah dejó el trapo sobre la mesa.

—Hostia.

—¿Qué pasa ahora?

—Nada.

El coche se detuvo frente al local.

Noah se quedó mirándolo.

Un 911.

No uno nuevo de concesionario con diez kilómetros y plástico todavía en los asientos, pero sí lo bastante reciente para costar más dinero del que él había ganado probablemente en toda su vida.

La puerta del conductor se abrió.

Y entonces el coche dejó de ser lo más interesante del aparcamiento.

El hombre que salió de él era alto, aunque no tanto como Noah, y bastante más delgado. Llevaba pantalones claros, camisa blanca de lino con las mangas remangadas y unas gafas oscuras que parecían caras incluso desde el otro lado del cristal.

Cerró la puerta con suavidad.

Noah lo siguió con la mirada.

—Beck.

No respondió.

El desconocido se pasó una mano por el pelo oscuro y miró hacia la cafetería.

—Noah.

—¿Qué?

—Sal y atiéndele.

Noah volvió la cabeza.

—Puede entrar.

—Sal.

—¿Por qué?

Tobias señaló el Porsche.

—Porque un hombre que conduce eso deja propina.

Noah miró otra vez por la ventana.

El desconocido seguía junto al coche.

—Argumento convincente.

Salió.

El calor le golpeó inmediatamente el pecho desnudo.

Mala idea.

El asfalto desprendía tanta temperatura que podía sentirla incluso a través de las zapatillas. Se acercó al Porsche mientras su atención se dividía de forma bastante poco equitativa entre el coche y su propietario.

De cerca, el tipo estaba todavía mejor.

Noah tuvo que reconocerlo.

Mandíbula definida. Nariz recta. Un ligero rastro de barba oscura. Una boca demasiado bonita para la expresión seria que llevaba.

Noah intentó averiguar su edad.

Más o menos la suya.

Quizá alguno más.

No parecía de la zona.

Tampoco parecía alguien que se detuviera voluntariamente en una cafetería donde el cartel de la entrada llevaba dos años con una letra fundida.

—Buenas tardes.

El desconocido giró la cabeza hacia él.

Noah señaló el coche.

—Si buscas un taller, sigue otros veinte kilómetros. Aunque, si esto se ha averiado, puedo echarle un vistazo antes.

El hombre permaneció en silencio.

Noah esperó.

Nada.

—También vendemos café —añadió—. Por si eso era lo que buscabas.

Entonces el desconocido sonrió apenas.

Noah sintió un pequeño tirón en el estómago.

Mierda.

Tenía una boca todavía mejor cuando hacía eso.

—Un café estaría bien.

—Eso sí puedo solucionarlo.

Noah debería haber vuelto al local.

En lugar de hacerlo, pasó la mano por el techo del Porsche.

—¿Carrera S?

—Carrera.

Noah se inclinó ligeramente para mirar el interior.

—Manual.

Aquello sí consiguió una reacción.

—¿Te gustan los coches?

Noah levantó la mirada.

—Me gustan las cosas bien hechas.

—¿Y sabes conducirlo?

Noah soltó una risa.

—Sé conducir cualquier cosa que tenga ruedas.

—Eso suena a algo que diría alguien justo antes de destrozar mi coche.

—Si quisiera destrozarlo, empezaría por quitarle esas llantas.

El hombre bajó la vista hacia ellas.

—¿Qué tienen?

—Nada. Solo quería ver si conseguía ofenderte.

Otra vez aquella media sonrisa.

Bien.

Noah todavía sabía hacerlo.

Llevaba demasiado tiempo sin practicar con nadie que le interesara de verdad, pero algunas habilidades no desaparecían.

El hombre se quitó las gafas.

Noah dejó de sonreír.

No supo por qué al principio.

Los ojos eran de un azul muy claro.

Y conocidos.

El otro pareció darse cuenta exactamente del momento en que algo había cambiado.

—No me reconoces.

Noah estudió su cara.

—¿Debería?

—Probablemente.

La voz también.

Había algo en ella.

Noah buscó entre recuerdos de clientes, vecinos, antiguos compañeros, gente que había conocido jugando al fútbol...

Nada.

—Dame una pista.

—Oakridge.

Noah frunció el ceño.

—¿El instituto?

—Sí.

Volvió a observarlo.

No.

Era imposible.

Recordaría a un tío así.

—¿Estuvimos juntos en clase?

—Algunas veces.

—Eso no ayuda mucho.

—Tú no prestabas demasiada atención en clase.

Noah soltó una risa.

—Eso sí suena a alguien que me conocía.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Noah Beck. Número doce. Quarterback. Rey de Oakridge durante cuatro años.

El buen humor de Noah perdió algo de fuerza.

Hacía tiempo que nadie le describía de aquella manera.

—No sé lo de rey.

—Tú sí lo sabías.

Eso no había sonado a cumplido.

Noah volvió a mirarlo.

Esta vez con más atención.

El pelo era distinto.

Corto.

La mandíbula se había ensanchado.

Había desaparecido la delgadez casi enfermiza que recordaba...

Pero los ojos.

Los ojos seguían siendo los mismos.

El recuerdo llegó de golpe.

Un pasillo.

Libros apretados contra el pecho.

Pelo negro hasta los hombros.

Una camiseta demasiado grande.

Y risas.

Muchas risas.

Noah sintió que algo desagradable se instalaba debajo de sus costillas.

—Lovelace.

La expresión del hombre se endureció.

Solo un poco.

Fue suficiente.

—Julian.

Noah apartó la mano del Porsche.

—Sí. Julian.

—Me alegra saber que al menos mi nombre sobrevivió en algún rincón de tu memoria.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Nueve años.

Noah no preguntó cómo podía saberlo con tanta exactitud.

Julian volvió a ponerse las gafas.

El reflejo devolvió a Noah su propia imagen: alto, sudado, sin camisa, plantado frente a un hombre vestido como si acabara de salir de un anuncio.

La diferencia entre ambos resultaba casi obscena.

—Has cambiado —dijo Noah.

—Tú no demasiado.

Aquello podía significar muchas cosas.

Noah decidió no preguntar cuál de ellas.

—¿Vas a querer ese café?

Julian lo observó un instante.

—Sí.

Noah dio media vuelta.

—Entonces entra.

—Noah.

Se detuvo.

Julian le lanzó las llaves.

Noah las atrapó por puro reflejo.

Las miró.

Después lo miró a él.

—¿Qué coño...?

—Hay sombra en el lateral del edificio.

—Ya la he visto.

—Aparca allí.

Noah soltó una carcajada incrédula.

—¿Acabas de darme las llaves de un Porsche después de recordarme que te hacía la vida imposible en el instituto?

—No creo que vayas a robarlo.

—¿Por qué?

Julian pasó junto a él.

—Porque siempre fuiste muchas cosas, Beck. Ladrón no era una de ellas.

Noah se quedó inmóvil.

Aquello había dolido más de lo que debería.

Miró las llaves.

Luego el Porsche.

Y después el culo de Julian alejándose hacia la entrada.

Los pantalones claros no dejaban demasiado a la imaginación.

Noah apretó la mandíbula.

—Fantástico.

Ahora, además de sentirse culpable, quería follárselo.

Perfecto.

El Porsche respondía como un sueño.