Prohibido Fingir (PROHIBIDO #4)
© inepub.com
Prólogo
Nueve años antes
Julian Whitmore aprendió a odiar el nombre de Noah Beck mucho antes de aprender a odiarlo a él.
Era difícil no conocerlo.
Noah estaba en todas partes.
En los pasillos, rodeado de gente.
En el campo, con el uniforme de los Oakridge Wolves y media grada gritando su apellido.
En la cafetería, ocupando demasiado espacio en una mesa llena de chicos que parecían competir por conseguir su atención.
Incluso los profesores lo trataban de otra manera.
Beck.
Siempre Beck.
Noah cuando ganaba un partido.
Beck cuando hacía alguna estupidez.
El quarterback cuando alguien quería señalarlo sin necesidad de utilizar su nombre.
Julian lo encontraba profundamente irritante.
También lo encontraba guapo.
Ese era un problema considerablemente mayor.
—Whitmore.
Julian levantó la cabeza.
Noah estaba apoyado contra la taquilla de al lado.
Solo.
Eso era raro.
Sin sus amigos parecía distinto.
No menos grande. Noah ya tenía los hombros de alguien que se pasaba demasiadas horas entrenando y la seguridad irritante de quien nunca había tenido que preguntarse si pertenecía a un lugar.
Pero distinto.
Más silencioso.
Julian cerró su taquilla.
—¿Qué quieres?
Noah miró el libro que llevaba bajo el brazo.
—¿Eso es cálculo?
Julian bajó la vista.
—No. Es una novela romántica.
Noah frunció el ceño.
Julian esperó.
Dos segundos.
Tres.
Entonces Noah entendió.
—Qué gracioso.
—Gracias.
Intentó pasar junto a él.
Noah se movió.
No lo suficiente.
Julian tuvo que detenerse.
—¿Necesitas algo?
—Sí.
—Sorprendente.
—¿Puedes ayudarme?
Eso sí era sorprendente.
Julian lo miró.
—¿Con qué?
—Cálculo.
—¿No tienes amigos?
Noah sonrió.
Mala idea.
Tenía una sonrisa estupenda.
Julian la detestaba.
—Ninguno que sepa calcular nada que no sean yardas.
—Trágico.
—Entonces ¿sí?
—No.
Noah parpadeó.
Probablemente no escuchaba aquella palabra con frecuencia.
Julian sintió una pequeña satisfacción.
—Vamos.
—Tengo cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Cosas que no incluyen ayudarte a aprobar una asignatura que podrías aprobar tú solo si abrieras un libro alguna vez.
Noah volvió a sonreír.
—Así que crees que podría aprobar.
—No era un cumplido.
—Ha sonado como uno.
Julian empezó a caminar.
Noah caminó a su lado.
—¿Por qué me sigues?
—Porque todavía no has dicho que sí.
—He dicho que no.
—Eso no cuenta.
Julian se detuvo.
—¿Siempre eres así?
Noah se quedó mirándolo.
—¿Así cómo?
—Agotador.
Una carcajada.
Julian sintió la traición de su propio estómago.
Ridículo.
Noah Beck era exactamente el tipo de chico que Julian había aprendido a no mirar demasiado.
Deportista.
Popular.
Ruidoso.
Probablemente heterosexual.
Definitivamente peligroso para alguien como él.
Julian no ocultaba que le gustaban los chicos.
No porque Oakridge fuese especialmente tolerante.
No lo era.
Simplemente había descubierto muy pronto que fingir requería una cantidad de energía que prefería utilizar en otras cosas.
Eso no significaba que fuera idiota.
Sabía reconocer cuándo mirar era una mala idea.
Y Noah era una pésima idea.
—Media hora —dijo Noah.
—No.
—Veinte minutos.
—No.
—Te compro algo.
Julian arqueó una ceja.
—¿Estás intentando sobornarme?
—Estoy negociando.
—Mal.
—Entonces enséñame.
Julian lo miró.
Noah tenía esa expresión otra vez.
La sonrisa fácil.
Los ojos atentos.
Como si aquello fuese un juego.
—Veinte minutos —cedió Julian.
—Sabía que te caía bien.
—Y acabas de perder cinco.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué?
Julian siguió caminando.
—Quince minutos, Beck.
—Eso es abuso de poder.
Julian sonrió sin volverse.
—Diez.
Noah dejó de hablar.
Funcionaba.
Interesante.
Noah no era estúpido.
Aquello irritó a Julian todavía más.
Había esperado pasar diez minutos explicándole conceptos básicos antes de mandarlo al infierno.
En cambio, Noah entendió el ejercicio después de verlo una vez.
—Entonces ¿por qué estás suspendiendo?
Noah hizo girar el lápiz entre los dedos.
—Porque esto es aburrido.
—Magnífica estrategia académica.
—Tengo otras prioridades.
—¿Golpear gente?
—Eso es fútbol americano.
—Me tranquiliza la distinción.
Noah rió.
Estaban sentados en una de las mesas exteriores detrás de la biblioteca.
La mayoría de los alumnos ya se había marchado.
A lo lejos se oían voces en el campo.
Julian señaló el papel.
—Haz el siguiente.
Noah empezó.
Julian intentó no observarlo.
Fracasó.
Las manos.
Primero fueron las manos.
Grandes.
Un pequeño corte sobre un nudillo.
Después los antebrazos.
Después la boca porque Noah se mordió el interior de la mejilla mientras pensaba.
Julian apartó la mirada.
Mal.
Muy mal.
—¿Así?
Miró el ejercicio.
—Sí.
—Soy un genio.
—Has resuelto una derivada.
—Un genio.
—Voy a decirles que te adelanten la graduación.
—Gracias.
Noah se inclinó sobre la mesa.
Demasiado cerca.
Julian percibió el olor a jabón, césped y algo que probablemente era desodorante barato.
Se quedó quieto.
Noah también.
Por un instante ninguno habló.
Los ojos de Noah bajaron.
No mucho.
Apenas un movimiento.
Hacia la boca de Julian.
Después regresaron inmediatamente a sus ojos.
Julian dejó de respirar.
No.
Se lo había imaginado.
Tenía que habérselo imaginado.
Noah se apartó.
—Tengo entrenamiento.
Demasiado rápido.
—Claro.
Recogió los papeles.
Noah ya estaba de pie.
—Gracias.
—De nada.
Julian guardó el libro.
—Whitmore.
Levantó la mirada.
Noah parecía querer decir algo.
No lo hizo.
—Nos vemos.
Julian observó cómo se alejaba hacia el campo.
Solo cuando desapareció detrás del edificio permitió que el aire abandonara sus pulmones.
Idiota.
Absoluto idiota.
Había sido una mirada.
Nada más.
Noah Beck miraba a todo el mundo.
Sonreía a todo el mundo.
Probablemente conseguía que todo el mundo creyera durante cinco minutos que era la persona más interesante del instituto.
Julian no iba a convertirse en uno de esos idiotas.
Cogió su mochila.
Entonces oyó un ruido en el cielo.
Levantó la cabeza.
Un pequeño avión atravesaba lentamente el azul.
Julian apenas le prestó atención.
Noah sí.
Lo vio desde lejos.
Había llegado casi al campo, pero se había detenido.
Tenía la cabeza inclinada hacia atrás.
Completamente inmóvil.
El entrenador gritó su apellido.
Noah no respondió.
Seguía mirando el avión.
Julian sonrió sin saber muy bien por qué.
Había descubierto algo sobre Noah Beck que probablemente nadie más consideraba importante.
Le gustaban los aviones.
Guardó aquel dato en algún rincón de la memoria.
No sabía que años después recordaría aquella tarde.
No sabía que la mirada junto a la biblioteca había significado algo.
No sabía que Noah aprendería a convertir el miedo en crueldad.
Ni que Julian acabaría deseando no haberle dedicado nunca aquellos quince minutos.
En ese momento solo sabía dos cosas.
Noah Beck era un problema.
Y Julian quería volver a verlo al día siguiente.