Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Ella me contestaba por las noches, a las seis de la tarde en su hora, que eran la una de la madrugada en la mía.

Me contaba cómo iba el cardiólogo, el trabajo, el coche, el apartamento.

Que había hablado con el doctor Feldman, que había aceptado su renuncia con lágrimas y con una caja de bombones.

Que había vendido el coche. Que había enseñado el mapa a su padre, y que su padre lo había colgado en el taller, junto al calendario.

Que su madre se había apuntado a clases de alemán por internet, y que ya sabía decir «Königsberger Klopse» con un acento horrible.

Que Dana había tenido a la lenteja a finales de febrero, una niña de tres kilos doscientos, a la que habían puesto de segundo nombre Berlín.

Una tarde de marzo, en mi despacho, recibí un mensaje de tres palabras.

«Vuelo AB 4471».

* * *

Llegué al aeropuerto con veinticinco minutos de adelanto, con una cartulina de color rosa fosforito bajo el brazo y un paquete de ositos de goma en el bolsillo del abrigo.

Había escrito el cartel a las siete de la mañana, con un rotulador morado que se me estaba acabando, y había cometido la imprudencia de empezar con letras demasiado grandes, de modo que la última palabra se quedaba apretada en la esquina.

Decía: «WILLA brENNAN. HIGIENISTA DENTAL. DE PITTSBURGH».

Me planté junto a la barrera de llegadas, entre una familia con globos y un chófer con una tablilla. Sostuve el cartel contra el pecho. Me puse el gorro de lana hasta las cejas. Esperé.

Pasaron los pasajeros del vuelo de Londres.

Después los de Estambul. Después un grupo de monjas.

Miré el reloj. Miré el panel de llegadas.

Un rótulo parpadeante: «AB 4471 — Aterrizado».

Se me aceleró el pulso. Pasaron diez minutos.

Quince. Veinte. Me quedé con el cartel levantado, con los brazos temblando, mirando las puertas automáticas que se abrían y se cerraban con un siseo.

Y entonces, a los veintitrés minutos, la vi.

Salió por la puerta de cristal empujando un carrito con una maleta grande, dos bolsas de mano y una riñonera cruzada sobre el pecho.

Llevaba el pelo cobrizo recogido en una coleta torcida, una chaqueta vaquera, un jersey verde con renos, unos vaqueros gastados y unas botas que no le había visto nunca.

Tenía ojeras y la cara pálida del viaje, y le brillaban los ojos de un modo que me paró el corazón.

Miraba a su alrededor, con la mirada fija en los carteles, buscando, hasta que sus ojos se cruzaron con los míos.

Se detuvo. El carrito siguió rodando medio metro y chocó contra una columna.

Yo me quedé inmóvil, con el cartel rosa fosforito sobre la cabeza.

Ella soltó una carcajada. Una de esas risas desordenadas, húmedas, que le salían del estómago, que le doblaban el cuerpo. Se llevó las dos manos a la boca. Abandonó el carrito. Y echó a andar hacia mí, despacio, con la cabeza ladeada, con aquella sonrisa torcida de los primeros días.

—Hola —dijo, a tres metros—. Perdona. ¿Eres Kessler?

—Llegas tarde.

—Veintitrés minutos.

—Llevo veinte esperando que no vinieras.

—Pues ya ves.

—Pues ya veo.

Bajé el cartel. La tinta de la última palabra se había corrido un poco en la esquina, con el sudor de mis manos. Ella lo miró. Después me miró a mí.

—Se te ha acabado el rotulador.

—Sí.

—Qué ridículo.

—Lo sé.

—Qué bien.

Dejé caer el cartel. Dos pasos. La tomé en brazos, con las dos manos bajo los muslos, y la levanté del suelo, y ella me rodeó el cuello con los brazos y las piernas con la cintura, y la besé.

Fue un beso largo, hondo, húmedo, con sabor a lágrimas y a avión, ante un auditorio de monjas, chóferes y niños con globos, que nos observaban con indulgencia o con horror.

Alguien aplaudió, a lo lejos. Dos, tres personas.

Un niño preguntó algo en alemán y su madre contestó en voz baja.

—Te he echado de menos —dijo Willa, entre besos.

—Y yo a ti.

—Te he echado muchísimo de menos.

—Y yo.

—He traído una cosa.

—¿Qué?

—Una maleta entera de cosas. Mi madre me ha hecho llevar cuarenta botes de mantequilla de cacahuete.

—Qué buena mujer.

—Y esto. —Se echó hacia atrás. Metió la mano en la riñonera, rebuscó, y sacó un cuadrado de algodón blanco, doblado en cuatro, con el borde festoneado y, en una esquina, bordada con hilo rojo, una letra enorme, torcida, con una curva imposible: una «J».

Pero esta vez la curva estaba bien cerrada.

Con una puntada tan fina, tan apretada, que yo comprendí al instante que había pasado semanas aprendiéndola.

—La has terminado —murmuré.

—Con ayuda de mi madre. Dice que me ha salido bien.

—Está perfecta.

—Eso lo ha dicho también.

La volví a besar.

* * *

Subimos los cuatro pisos de mi escalera sin soltarnos de la mano.

Ella jadeaba, riendo, con la maleta en una mano y el tubo de cartón del mapa en la otra, y yo cargaba las dos bolsas. Se detuvo en el tercer rellano a recuperar el aliento, con la espalda contra la pared, igual que la primera vez. Me miró con los ojos brillantes.

—Tu escalera sigue siendo una trampa.

—Sigue siendo un gimnasio.

—Sigue siendo un crimen.

Levanté la puerta por el pomo, como siempre, y entramos.

El piso estaba exactamente igual: las pilas de libros, la bicicleta colgada del techo, las estanterías torcidas, el mapa antiguo de Berlín enmarcado sobre la mesa.

Había una sola diferencia. En el alféizar de la ventana, en una maceta de barro, había una planta.

Pequeña. Verde. Con tres hojas brillantes.