Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 20
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Capítulo 20

Frau Zielke abrió la puerta de la pensión con la bata de flores, el delantal encima, el gato en el hombro y una expresión de severidad absoluta, y nos miró de arriba abajo durante un tiempo que me pareció eterno.

Eran las siete y media de la mañana. Willa y yo estábamos en el umbral, con el pelo revuelto, la ropa arrugada, el barro de Grunewald hasta las rodillas y una toga negra con ribetes rojos echada sobre los hombros de ella para que no cogiera frío.

Yo llevaba la corona de papel dorado en la mano.

Se me había caído por el camino, en el andén, y Willa se había empeñado en recogerla.

Detrás de nosotros, en la calle, un tranvía pasaba con un campanilleo apagado.

—Siete horas y media —dijo Frau Zielke.

—Lo siento.

—Mi llave se queda a las nueve.

—Lo sé.

—Mi cena a las siete.

—Lo sé, Frau Zielke.

—Tu madre ha dormido bien.

—¿De verdad?

—Ha dormido de un tirón. Ha roncado como un oso. —Miró a Willa con los ojillos entornados—. Tienes color.

—Frau Zielke...

—Mucho color. —Se hizo a un lado—. Pasad. Tienes tres horas para hacer la maleta. Hay té. Y Kessler.

—Dígame.

—Por la puerta. —Hizo una pausa—. Hoy, por una vez, te lo permito.

Entramos. Willa se echó a reír, con la cara escondida en mi hombro, y yo noté cómo se me soltaba algo en el pecho que llevaba ahí un mes entero.

* * *

El aeropuerto de Berlín-Brandeburgo es un edificio inmenso, de cristal y acero, con techos altísimos y un suelo de piedra pulida que devuelve el sonido de las maletas con ruedas como una cascada de piedras.

Llegamos a las ocho y media: dos taxis, un monovolumen que había alquilado Emre, y una bicicleta atada a un portaequipajes por la ingenuidad de Colin, que había querido llevársela de recuerdo y que había tenido que devolverla a Frau Zielke en el último momento, con un pequeño discurso de despedida.

Éramos catorce. Carol, con el abrigo acolchado y el pañuelo de colores, empujando un carrito cargado con las seis maletas, ahora vacías de comida y llenas de recuerdos.

Colin, con la gorra de los Pirates y una mochila en cada hombro.

Willa, con una riñonera cruzada sobre el pecho, un mapa enrollado en un tubo de cartón y los ojos hinchados.

Oma Ilse, del brazo de Herr Brandt, con un sombrero de fieltro granate.

Frau Pohl, en una silla de ruedas empujada por Emre, que llevaba corbata otra vez.

Frau Zielke, con el bolso de piel de serpiente.

Hatice, con una bolsa de tela llena de hojaldres para el viaje.

Herr Lenz, que se había presentado sin avisar con un abrigo de lana y una expresión de resignación gruñona.

La doctora Yıldız. Schwester Petra. Marlene Haas, con las gafas rojas y un gorro de visón. Y yo.

Fue la despedida más ruidosa que ha visto aquel aeropuerto desde su inauguración.

Todos hablaban a la vez, en alemán, en inglés, en turco, en un idioma indefinible que era una mezcla de los tres.

Mi abuela le explicaba a Carol, con el bastón levantado, cómo se hacía la salsa de alcaparras.

Carol tomaba notas en la libreta de espiral.

Herr Brandt le enseñaba a Colin una fotografía de un vals.

Emre lloraba. Hatice lloraba. Frau Pohl, desde su silla, lloraba también, aunque nadie estaba seguro de por qué.

Willa y yo nos quedamos un paso aparte, junto a un pilar de hormigón, con las manos entrelazadas. No hablábamos. Nos mirábamos.

—Tengo que facturar —dijo ella al fin.

—Lo sé.

—Hay una cola enorme.

—Lo sé.

—Cuando vuelva, me voy a perder en este aeropuerto.

—Vendré a buscarte.

—¿Con un cartel?

—Con un cartel.

—Que ponga «Brennan».

—Que ponga «Willa Brennan, higienista dental, de Pittsburgh». Con letras muy grandes.

—Y que se esté quedando sin tinta.

—Obviamente.

Se rio. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Me abrazó. Me hundió la cara en el pecho, con los brazos enroscados a mi cintura y el tubo de cartón clavado en mi espalda, y yo le enterré la nariz en el pelo, que olía a bosque y a ella, y cerré los ojos.

—Te voy a escribir todos los días —dijo, contra mi camisa.

—Yo te mandaré un capítulo por semana.

—¿De qué?

—De lo que sea. —Le besé la coronilla—. Estoy pensando en un libro.

—¿Un libro?

—Sobre una turista que pregunta qué se siente.

—Suena aburrido.

—Será un éxito.

—Estoy segura.

Nos quedamos así un minuto. Dos. Hasta que una voz seca, imperiosa, rompió el momento desde el otro extremo del pilar.

—Willa.

Oma Ilse. Con el sombrero granate, el bastón de ébano y una pequeña caja de cartón atada con un cordón. Herr Brandt, detrás de ella, con las manos entrelazadas a la espalda, nos miraba con un orgullo tímido.

—Oma —dijo Willa.

—Tengo una cosa para ti.

Le tendió la caja. Willa la cogió con las dos manos, temblando, y tiró del cordón. Dentro, envuelta en un pañuelo de algodón, había una taza de porcelana blanca con un borde dorado y rosas pintadas a mano. Una de las tres que habían sobrevivido a la caída.

—Oma Ilse...

—Es la de la abuela Gerda.

—No puedo...

—Puedes. —Golpeó el suelo con el bastón—. Es una de tres. La tuya. Mía y de Jonas son las otras dos, y quedan en casa. Así sé que vas a volver. Una taza siempre vuelve a su juego.

Willa no pudo hablar. Se le descompuso la cara. Se agachó, con la taza apretada contra el pecho, y abrazó a mi abuela, que se tambaleó sobre el bastón y se dejó abrazar con los ojos cerrados, con la mano buena acariciándole el pelo.

—No llores, que te destiñes —murmuró Oma.

—No lloro.

—Eres una llorona.

—Lo sé.

—Eres mi nuera.

—Lo sé.

—Vete a facturar —dijo mi abuela, empujándola con suavidad—. Y cuida de tu madre.

Willa se enderezó, con la cara empapada.

Me miró. Después cruzó la sala, entre los carritos, los pasajeros, los pilares, hasta donde Carol discutía con Hatice sobre la receta del hojaldre de espinacas, y le tendió la taza.

Carol la miró, la sostuvo con las dos manos, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Es preciosa.

—Es de Oma Ilse.

—Eso ya lo veo, cariño.

Y Carol Brennan, cincuenta y ocho años, un infarto, dos stents y una cardióloga en Pittsburgh que no tenía ni idea de lo que se le venía encima, se acercó a mi abuela, la rodeó con los brazos con una delicadeza torpe, y le dijo algo al oído que no oí.

Mi abuela le contestó. Las dos se rieron, bajito, con los ojos brillantes.

—¿Qué se han dicho? —le pregunté a Colin, que se había colocado a mi lado con una mochila en cada hombro.

—No tengo ni idea.

—Pero es bueno.

—Es lo mejor que puede pasar. —Me puso una mano gigantesca en el hombro—. Cuídala, ¿vale?

—Lo haré.

—Y escribe. Mi madre necesita saber cómo va todo. Si no, se pone a llamar.

—Entendido.

—Y Jonas.

—¿Sí?

—Gracias por lo del Club-Mate. Es lo mejor que he probado en mi vida.

* * *

Los vi desaparecer por la puerta de seguridad.

Primero Colin, que se volvió dos veces para saludarme con las dos manos como si fuera un barco que partía.

Después Carol, con la taza de porcelana en el bolso y las gafas colgando del cuello.

Willa fue la última. Se detuvo en el umbral, con la bandeja de plástico en las manos y el abrigo doblado sobre el brazo, y se giró hacia mí.

Había catorce personas a mi alrededor, hablando a gritos. Y no había nadie.

—¡Jonas! —gritó.

Su voz atravesó la sala como una flecha.

—¡Dime!

—¡Voy a volver!

—¡Lo sé!

—¡Y cuando vuelva, quiero un Pfannkuchen! ¡Sin relleno!

La gente se volvió a mirarnos. Los viajeros, los guardias, la señora de la limpieza con su carrito. Alguien soltó una risa. Yo me llevé las manos a la boca, para que mi voz llegara más lejos.

—¡Tendrás el mejor Pfannkuchen de Berlín!

—¡Y un cartel!

—¡Con mucha tinta!

—¡Con muy poca!

Nos reímos los dos, a veinte metros de distancia, con la gente alrededor mirándonos como si fuéramos dos locos.

Ella levantó la mano. Yo levanté la mía.

Y como en un andén, como en la boca de un metro, como en cada despedida que había tenido en mi vida, fui moviendo la palma de un lado a otro hasta que ella desapareció tras una esquina de cristal, con el pelo cobrizo brillando bajo las luces del aeropuerto.

Y entonces mi abuela, a mi lado, apoyada en su bastón, me dio un golpe seco en la rodilla.

—Idiota —dijo, con voz temblorosa—. Pero un idiota de los buenos.

* * *

Pasé el invierno escribiendo.

Escribí a Willa todos los días, por la mañana, desde mi despacho de la universidad, que daba a un patio con un castaño y tenía una placa de latón con mi nombre que me hacía sentir un impostor.

Le escribí sobre las clases, sobre los alumnos, sobre un estudiante de primero que se había quedado dormido en mi seminario con un bocadillo en la mano.

Escribí sobre Oma Ilse, que se había quitado la escayola en noviembre y que, desde entonces, bailaba con Herr Brandt todos los sábados en la sala de un centro de mayores de la Akazienstraße, ante el escándalo y la envidia de media residencia.

Le escribí sobre Emre, que había empezado a vender una versión del Club-Mate con sabor a menta con la etiqueta «Edición Willa» y que le había mandado, en una caja, treinta latas.

Le escribí sobre Frau Zielke, que por Navidad había tenido a una pareja de recién casados de Japón y les había dado la cama nueva con una ceremonia de bendición. Le escribí sobre el libro.